CARTAS DE LECTORES
“Náusea”
2/09/10 |
El inspector municipal y vecino Emilio Molla (H) reflexiona sobre la última sesión del HCD y asegura: "El Estado se hace violento también cuando no planifica, no es equitativo. El emprendedor privado es violento cuando actúa con desfachatez, con la pretensión de imponer su punto de vista con argumentos grosera y grotescamente falsos. Por ello, hay que detener esta violencia moral manifiesta".

En estos últimos días, analizando los decires de los grupos de “militancias” (incluidas las de los más fieles “soldados” de causas, no ideologías, como también de las asociaciones de todo tipo, más que nada, de los denominados grupos de presión) más activos de la localidades, desde aquellos que desde una función son capaces de descartar absolutamente todos los hechos para conservar una teoría (o decisión) sin importar los costos del tipo que fuere, abarcando en la lectura declaraciones oficiales, extraoficiales, informes, descargos y estudios instantáneos (es decir, tiempo acotado, pocas elementos probatorios y de análisis, con demasiadas conclusiones, teorías y recomendaciones), pude con gran esfuerzo encontrar la raíz ideológica de muchos de estos discursos a pesar de aparentar carecer mayormente de ella.
Me refiero a carencia aparente, en el sentido de que dichas manifestaciones muestran una naturaleza compulsiva, desesperada, intolerante. Por una parte, no ha sido demasiado dificultoso separar los contenidos, digamos, el ruido de la palabra; y alarmante resulta el ver cuales son los temas de debate y el real sentido de las acciones.
Dichas acciones, más que definidas en sí mismas, resultan sin un claro sentido.
Ordenando estas ideas, haciendo el intento de no apurar el paso por más que en ello se transita sobre brasas calientes, recordé algunas lecturas del pasado.
Por ello, retrotrayéndonos a las bases (o fuentes), intentando aludir a la razón interponiendo ideas, ideologías y análisis a la catarsis, haré cita de un apunte de particular interés que nos deja José Pablo Feinmann y que nos habla de los perfiles que adquieren, sin saberlo, las sociedades y las administraciones, cuestiones de época recordando el contexto cultural y filosófico nacional.
Más bien digamos que podemos comprender que entre 1884 y 1930-34, la región fue objeto del avance nacional argentino sobre la frontera a fin de asegurar la soberanía sobre estas tierras, expulsar de ellas a los nativos y con ello expulsar a la vez las pretensiones chilenas sobre el territorio.
Recordemos aquellos episodios en que el ejército revolucionario chileno operaba en las pampas argentinas contra las tribus allí refugiadas que oportunamente combatieron a favor de los realistas y les dieron refugio. También recordemos la agitación de las tribus desde Chile, la agitación e impulso de los malones sobre los campos de los estancieros argentinos (distingamos entre las oligarquías a la ganadera procedente de los días de la colonia e impulsora de la revolución de mayo y, hagamos buen análisis de la historia y economía argentinas, impulsora de todas las revoluciones políticas y económicas, por más que éstas se encuentren encubiertas por los denominados “ciclos económicos argentinos”) y la aparición de miles de cabezas de ganado en las haciendas de las estancias chilenas (por ejemplo, sobran testimonios de ello en las haciendas del Sr. Manuel Bulnes, primer mandatario chileno de su momento).
El número de septiembre de 1930 de la revista Caras y Caretas – el que se destina a saludar con fervor la revolución de Uriburu – se abre con una arenga patriótica de Manuel Carlés. (…) Era el caudillo de la Liga Patriótica Argentina, una banda de jóvenes elegantes que habían irrumpido en nuestra historia durante la semana trágica. (…) El atardecer del 6 de septiembre de 1930. Manuel Carlés enfrenta en una esquina de Buenos Aires a los jóvenes de la Liga – y también a muchos hartos de la “demagogia yrigoyenista”- y dice: voy a dirigiros la palabra, rápida como tiros de fusil. No eran lentos nuestros fascistas. Sabían hablar con brillantes el lenguaje de su ideología. No hay nada más impecablemente fascista que identificar a la palabra con el fusil. La palabra, para el fascista, debe ser veloz, ya que en esa velocidad radica su eficacia. No está destinada a despertar la reflexión, está destinada a incitar a la acción y, más precisamente, a la acción violenta. Nuestros fascistas surgen para impulsar el golpe de Uriburu a Irigoyen.”
Nuestros conservadores se visten de fascistas para utilizar a los fascistas. El regreso del conservadorismo al poder conduce a una nueva estructuración, a la conservación de la vieja estructura, a la sociedad piramidal de exclusión. Genera un perfil y refuerza una estructura de apropiación, anacrónico, nos separa de la evolución del resto del mundo, extirpa todas las revoluciones operantes excepto el fascismo, instala la oscura figura del golpe militar, retrasa a la industria pesada.
Luego mecaniza el campo, reduce el valor agregado, aumentan la exclusión. Se suman las violencias sociales, violencia física, violencia ideológica, fría y elegante, un esquema de supresión de clases intermedias que atento contra la evolución de la sociedad. Reitero, la exclusión.
Pruebas de estos criterios sobran, alcances locales se perciben, prueba de ello son las fichas parcelarias de la “Reserva Fiscal del Lote Pastoril 9”, las pruebas de usos y posesión de los mismos, la reubicación de aquellos, la implantación de nuevos propietarios y la imposición de nuevos usos.
Por otra parte, “la palabra rápida como tiros de fusil” me recuerda a cierto discurso no muy elocuente sino más bien teatralmente afectado que hemos debido padecer (más que oír) y hasta fue recibido con aplausos oportunamente. Quizá, porque se habla demasiado y cuando se percibe un sonido que nos retrotrae a épocas de discursos emocionales, revolucionarios, tan agradables en los días en los cuales parecen haber perimido las ideas, arranca impulsos atávicos tan tiernos y profundos como el del niño que succiona su pulgar hechando en falta la teta materna.
“Desde su triunfo en 1989, el sistema de libre mercado se presentó como la superación del fascismo y el comunismo. No se asumió como ideología. Era la superación de las ideologías pero no era, en sí, una ideología. Sabía cómo fundamentar esto: una ideología, dijo, implica siempre un sistema cerrado de ideas, un sistema totalitario que niega la posibilidad de lo distinto. Ideologías eran el fascismo y el comunismo: eran totalitarias, negaban lo plural, se afirmaban por medio de la negación de toda otra realidad que no fuera la propia. De esta manera, el fascismo y el comunismo eran inevitablemente violentos, ya que requerían silenciar lo diferente y toda voluntad de silenciamiento conduce a la violencia.
La violencia se concentraba en el Estado totalitario que ejercía un despiadado control sobre el cuerpo social. Así, el libremercadismo pudo presentarse como la única posible realización de la democracia: su apuesta por la libertad, su vocación antiestatista lo conducía al respeto por el Otro, por lo distinto; y en este respeto radicaba su condición antiviolenta. ¿Cómo habría de ser violento un sistema que se basaba en lo plural, en la democracia, en la exaltación del derecho individual? Declaró la muerte de las ideologías – especificando que las ideologías que habían muerto eran el fascismo y el comunismo, no sólo las más poderosas sino las únicas – y se asumió como el exclusivo sistema de ideas y valores con vigencia en esta etapa de la Historia. (…) Sólo algo más: resulta obvio que el libremercadismo no ha podido ser sino otra ideología, una ideología más, ya que ha afirmado hasta la desmesura su unicidad; pocas ideologías han insistido tan tenazmente en su carácter superador de todas las otras. (…) Sin embargo, el panorama es sombrío.
Libre mercado y democracia comienzan a rebelarse como términos antigónicos. La economía triunfante en el fin de milenio genera marginalidad, exclusión y violencia. Y no visualiza otra modalidad de solución sino a través del control represivo. Aparece aquí la figura del viejo Estado gendarme: el que deja libertad para los buenos negocios de los dueños del mercado y castiga cruelmente a los excluidos, a los que se atreven a protestar, a quienes no se resignan a aceptar que el fin de la historia es, sí, para ellos: el fin de la historia, de la dignidad social, del trabajo y, con dramática frecuencia, de la vida. (…) Fanon describe – como fenómeno fundante de la posibilidad de la violencia; como fenómeno, digamos, sin el cual la violencia no sería posible – la deshumanización del castigado por medio del castigador.
El que ejerce la violencia (sea física o no), para justificarse, debe demostrar que el padeciente no pertenece a la condición humana. Escribe Fanon: el lenguaje del colono, cuando habla del colonizado, es un lenguaje zoológico. Se trata de una observación de notable agudeza: el violento, para ejercer su violencia, comienza por negarle al Otro su condición de ser humano. Esto se hace de diversos modos. Pero, centralmente, de dos: o asimilando al reprimido a la animalidad o excluyéndolo del derecho de gentes, del derecho de ley, a la justicia.”
Las políticas de desalojos, fueron expresión de violencia, un cierto tipo de violencia colonial. Y sigue más adelante “(…) Cierta vez, Norberto Bobbio lanzó una frase que tenía la serenidad y la hondura de las grandes reflexiones. (…) Decía – aproximadamente – algo así: los socialismos reales han sido derrotados, pero el capitalismo de fin de milenio (que poco difiere del experimentado y bastante traumatizado de esta primera década) no tiene respuestas para ninguno de los problemas que dieron origen a las filosofías socialistas. O, sin más, el socialismo. Habría entonces una mala superación. El capitalismo tardío cree que ha resuelto la historia, pero no tiene cómo responder a las angustias que originaron las realidades que pretende haber superado.
En otras palabras, el capitalismo sólo podría presentarse como superador del socialismo si hubiera encontrado solución a los problemas que lo hicieron nacer. El problema que permanece es el de la creciente desigualdad. De aquí que este concepto merezca nuestra urgente atención. Muchos filósofos (desde Aristóteles en adelante) se ocuparon de la desigualdad.”
En lo que compete a este esbozo de razonamiento, se establece claramente en el desarrollo histórico de Villa La Angostura así un modelo definido, fórmulas para el uso de la tierra, un perfil de ocupación y explotación de ella, y la generación y ocupación de espacios en la sociedad en evolución. Si vamos más lejos, genera un perfil al modo de hacer política (y entenderla) desde el Estado y de cómo éste se sitúa ante el privado y el acceso al uso de los recursos. A otro modo de experimentar “violencias”. Más adelante volveremos al tema, a los perfiles y a “las violencias”.
El acelerado crecimiento poblacional, y los “saltos” en el número de habitantes experimentados en los breves periodos encontrados entre los años 1991 (3.522 habitantes) y 2001 (7.500 habitantes) y entre este y el año 2006 (15.000 habitantes), han originado, virtualmente, sociedades paralelas. Esto causa una clara perturbación ambiental y en todo orden de la vida social, cultural y económica. La dispersión de la identidad propia de la sociedad y la localidad ha sido sustituida por las identidades individuales de buena parte de los habitantes actuales, usos y costumbres, propósitos y métodos (mayormente ello se verifica en la inalteración de las formas de vida de algunos habitantes que poco han hecho a favor de generar un “cambio de vida” o su “adaptación al medio”, generándose una sociedad altamente conflictiva cuya expresión cultural más clara y difundida es el disenso en todas sus formas.
De igual manera, se destacan algunos aspectos similares a los de Villa La Angostura, acentuando el de los “complejos” sociales establecidos a partir de las diferencias culturales, nivel socioeconómico y si, propio de nuestra localidad, el de los antecedentes étnicos (cuestión muy propia de los argentinos), que aflora en muchas ocasiones, destacado ello en quienes de alguna manera se encuentran vinculados a tiempos pretéritos, por una obstinación determinada a “olvidar y negar la historia” y en cierta franja social una cierta culpa que en las más de las veces refuerza los comportamientos exclusionistas y sectarios.
Los mencionados “complejos” de las diferentes componentes sociales, aunados a una desconfianza hacia el Estado y un fuerte sentimiento de descrédito de la justicia, el “retraso social, cultural y económico” en otros, los diferentes objetivos, metodologías y propósitos, conocimiento específico, expectativas y estabilidad, naturaleza de los bienes, “espacio social” y otros, hacen de difícil crédito y cumplimiento de toda norma, más aún cuando ésta se encuentra orientada a la igualdad de derechos y deberes, al bien común y la propiedad pública.
Las grandes “decisiones difíciles” que hubo de enfrentar esta comunidad, analizadas dentro de su contexto socio-histórico-cultural no han sido tan complejas, pero las mismas razones que “descomplejizan” tales decisiones hoy son fundamentos irrevocables para declarar irrepetibles. Cuando Villa La Angostura enfrentó el emprendimiento de un centro de esquí en plena cuenca alta del Río Bonito con un desmonte muy importante, la situación de desarrollo y crecimiento locales parecían impulsarlo, al igual que el potencial crecimiento del mismo ante las localidades de San Carlos de Bariloche y San Martín de los Andes y un eventual plano de competencia.
Así también, la decisión de construir un camino que llevara desde la Ruta Nacional 231 (en aquel entonces Ruta Complementaria F) hasta el sitio de localización de las pistas en apariencia resultó en una “pérdida aceptable”. Si bien los conceptos de “medio ambiente” y “desarrollo sostenido” se encuentran acuñados y en desarrollo en la humanidad mayormente desde fines de la década de 1960, las obras a las que me refiero se corresponden a mediados de la década de 1970 en la República Argentina, Nación en la cual los conceptos de un manejo más eficiente y amigable del ambiente desembarcaron cerca de una década después.
Actualmente, dado el desarrollo y crecimiento de las localidades vecinas, el perfil adquirido por ellas y por la “industria turística”, inmersos en una cultura global, con un aumento constante de conocimientos sobre el buen manejo del ambiente, el desarrollo sostenible, y fundamentalmente teniendo conocimiento de que grandes esfuerzos y sacrificios ambientales a modo de inversión, tal y como lo es el sector del Cerro Bayo utilizado para el centro de esquí, ya han sido concretados y remediado en cierta medida sus aspectos negativos, invalidan cualquier razón esbozada con pretensión racional para efectuar iguales sacrificios del medio.
Por estos días, somos concientes, dentro de la cultura y el saber global, que a las áreas verdes se las toma a la ligera, más sus grandes extensiones promueven la vida humana. Proveen de materias primas, dan refugio a animales, renuevan los suelos y previenen la erosión y controlan las plagas de insectos.
Debido a que muchos de estos “servicios” del ecosistema”, como los llaman los científicos, no han tenido un valor económico, su protección a largo plazo se ignora a favor de los beneficios a corto plazo. “Los seres humanos somos ahora un elemento relativamente importante en la vida en la Tierra y podemos dañar los ecosistemas en forma intensa”, dice el ecólogo Robert Constanza de la Universidad de Maryland.
Para demostrar los beneficios económicos de la conservación, científicos como éste, están tratando de estimar el valor de los “servicios del ecosistema”, que resultan en miles de millones de dólares anuales en el mundo. “Atribuir valores por más imprecisos que estos sean, ayuda a dejar en claro que perder todo esto implica un costo enorme”. Aceptar que para “pensar” un plan y un proyecto implica altos niveles de desarrollo en los esquemas de pensamiento nos hace hombres de “nuestro tiempo”, adoptando así el “know how” global.
El pretender no crecer y evolucionar, es decir, pretender hacer con y del medio sólo lo que sabemos, es la decisión más apropiada para consumar el desastre (quizá desastre sea un termino más literario, más bien dramático). En la naturaleza, la especie preponderante es la humana dado su alto nivel de inteligencia (aunque algunos filósofos y científicos ya se hacen planteos al respecto) que la capacita para alterar el medio en su propio beneficio.
No obstante, queda implacablemente demostrado que ninguna especie es capaz de alterar el medio a su completa satisfacción, la modificación del medio altera las condiciones del mismo y lleva a un gradual desgaste de sus propiedades, pensémoslo en términos de oferta de energía y demanda de ella. El deterioro es inevitable, pero actualmente el grado de deterioro es elegible y subsanable.
Todo depende de nuestra capacidad racional, de qué proyecto podemos realizar, qué nos proporciona el medio (local, circundante y global), qué limitaciones tiene, cual son nuestras metas y ambiciones, si las mismas son coherentes o alejadas de todo orden racional.
Muchas veces se corre el riesgo de considerar a “un medio antropizado” como “tierra perdida o arrasada” en lugar de maximizar los cuidados de la misma) se puede prescindir del mismo. La educación, la legislación y las actitudes “corporativas” son factores importantes para moldear la moralidad, pero el “comportamiento ético” no deja de ser en gran medida responsabilidad de los individuos. A cada uno de nosotros, estudiantes, padres de familia, profesionales, trabajadores en general, comerciantes, “inversores”, funcionarios públicos, nos corresponde, como ciudadanos responsables, reconocer la conducta cuando la vemos y denunciarla cuando es necesario. Un antiguo dicho dice que “Todo lo que se necesita para el triunfo del mal es que los hombres buenos se abstengan de actuar”.
Jean Jacques Rousseau afirmaba en “El Contrato Social” expresando que “(…) (se considera que) la voluntad general es siempre recta y tiende a la utilidad publica, pero no que las deliberaciones del pueblo. Se quiere siempre el bien, pero no siempre se sabe donde esta. Nunca se corrompe el pueblo, pero frecuentemente se le engaña, y solamente entonces es cuando parece querer lo malo.
Hay con frecuencia bastante diferencia entre la voluntad de todos y la voluntad general; esta no tiene en cuenta sino el interés común; la otra busca el interés privado y no es sino una suma de voluntades particulares. Pero quitad de estas mismas voluntades el más y el menos, que se destruyen mutuamente, y queda como suma de la diferencia la voluntad general. (…) Pero cuando se desarrollan intrigas y se forman asociaciones parciales a expensas de la asociación general, la voluntad de cada una de estas asociaciones se convierte en general, con relación a sus miembros, y en particular, en relación al Estado; se puede decir entonces que ya no hay tantos votantes como hombres, sino como asociaciones.
Las diferencias se reducen y dan un resultado menos general. Finalmente, cuando una de estas asociaciones es tan grande que prevalece sobre todas las demás, el resultado no será una suma de pequeñas diferencias, sino una diferencia única; entonces no hay voluntad general, y la opinión que domina no es sino una opinión particular. Es importante, pues, para la formulación de la voluntad general que no haya ninguna sociedad parcial en el Estado”).
Como nos destacaba José Pablo Feinmann en su ensayo “La sangre derramada”, “(…) Todos somos desiguales ante lo eterno, ante Dios, ante la muerte, ante el amor y ante el arte, por poner sólo algunos – tal vez desmesurados – ejemplos.
Pero debemos ser iguales en la educación, el trabajo y la salud. La derecha naturaliza la desigualdad tornándola imprescindible al sistema. No dice otra cosa la tasa de sufrimiento: para que el sistema se mantenga es necesario que algunos (es decir, muchos) sufran. Establece una relación necesaria entre crecimiento y exclusión. Para la izquierda el horizonte es la inclusión. No hay crecimiento sin inclusión. La tendencia económica de fin del siglo XX y de la primer década del siglo XXI, de la globalización, de la sacralización del libre mercado, impone una sociedad de la exclusión. (…) De este modo, la sociedad actual, esta sociedad de pocos incluidos (o cada vez menos) y muchos excluidos, ha comenzado a establecer una alarmante relación entre economía y violencia”.
El inevitable crecimiento de la localidad debe acarrear un también inevitable desarrollo. Y para alcanzarlo ya no se puede impedir la evolución. Al decir “impedir la evolución” destaco el hecho de que se hace indispensable mantener los elementos de marca y calidad de la oferta turística (motor, atrayente, imán de inversión, proveedor de mercado sostenible, economía y desarrollo sustentable), desarrollar nuevas ideas (para nosotros, elemento ya probado y de éxito en el mercado turístico internacional), buscar medios de inserción en el parque circundante.
Se debe entender que la oferta inmobiliaria no es una industria en si misma, y al igual que la construcción no son sostenibles ni sustentables, además de competir con la misma industria turística. El desarrollo turístico de Bariloche no es necesariamente proporcional y equilibrado con el desarrollo de la industria de la construcción, y buena parte de la alta conflictividad social de “nuestros vecinos” se corresponde a este profundo desequilibrio.
De todos modos, sin perder de vista el término “desequilibrio”, hay que saber que las mismas sociedades, en ocasiones se erigen sobre la violencia. Violencia silenciosa y pasiva en algunos casos, creciente, alimentada por el rencor que forja al odio. Un odio cebado por la percepción de un modelo no inclusivo, un modelo expulsivo desde su exclusivismo. Una violencia propia de un odio experimentado desde la misma hipocresía de una sociedad que no es capaz de vivir abiertamente su resentimiento, algo absolutamente latinoamericano.
“No asistimos en estas tierras a la infancia salvaje del capitalismo, sino a su cruenta decrepitud. El subdesarrollo no es una etapa del desarrollo. Es su consecuencia. El subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno y continúa alimentándolo. Impotente por su función de servidumbre internacional, moribundo desde que nació, el sistema tiene pies de barro. Se postula a sí mismo como destino y quisiera confundirse con la eternidad. Toda memoria es subversiva, porque es diferente, y también todo proyecto de futuro. Se obliga al zombi a comer sin sal: la sal, peligrosa, podría despertarlo.
El sistema encuentra su paradigma en la inmutable sociedad de las hormigas. Por eso se lleva mal con la historia de los hombres, por lo mucho que cambia. Y porque en la historia de los hombres cada acto de destrucción encuentra su respuesta, tarde o temprano, en un acto de creación.” Nos señalaba Eduardo Galeano en 1978 en su “Las Venas Abiertas de América Latina”. Mas allá de esta reflexión, se me antoja urgente recordar que la violencia engendra más violencia, da estructura al odio, deforma las sociedades, brinda estructuras negativas, altera la planificación, alimenta la diferencia, nos provee de una auténtica geometría y arquitectura del odio.
Por ello, se me antoja urgente poner freno a la violencia que gobierna a las sociedades, en especial a esta localidad. Esta violencia electriza el aire, se la escucha en las radios, en los pasillos, en las declaraciones públicas y privadas en la histeria de los actores principales, y también de los secundarios. La violencia que nos impelen las recetas, las indicaciones; si no hace esto será el fin de la localidad; usted atenta en contra de la comunidad; “esto no es para cualquiera, es para gente como uno”; “sólo para profesionales”; las ciencias ambientales son para administrar, no son únicamente para proteger, el estudio paciente y dedicado hace a la buena planificación.
El Estado se hace violento también cuando no planifica, no es equitativo, no iguala, no cumple. Violenta a las sociedades cuando no es claro. El emprendedor privado es violento cuando actúa con desfachatez, con la pretensión de imponer su punto de vista con argumentos grosera y grotescamente falsos. Por ello, hay que detener esta constante agresión, esta violencia moral manifiesta.












