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OPINIÓN |
El Estado y la estrategia
de la ilusión
Por Mariana
M. Fernándeznández
12/ 06/08 "El príncipe
debe ejecutar a través de otros las medidas que puedan acarrearle
odio y ejecutar por sí mismo aquellas que le reportan el favor
de los súbditos", Nicolás Maquiavelo, "El Príncipe",
siglo XVI.
Cuando uno es parte del problema, trasladar
las culpas y delegar responsabilidades suele convertirse en la solución
más práctica. En la Argentina esa estrategia ya es política
de Estado. A través de discursos políticos cargados de sofismas,
lo que antes era aparente y falso logra instalarse como real. En el imaginario
popular, el reclamo de tierras de la recientemente conformada comunidad
mapuche Paichil-Antriao se ha convertido en un enfrentamiento entre poderosos
y marginales. En ese contexto, el Estado emerge como "árbitro"
del conflicto, cuando en realidad es responsable (único punto en
que las partes están de acuerdo).
Hace poco, desde las nuevas –y no tan nuevas- autoridades del gobierno
provincial se deslizó la posibilidad de realizar una “mesa
de diálogo” entre la comunidad mapuche, los propietarios
afectados, autoridades y hasta el INAI. Una emisaria de la “paz
social” enviada por el Ministro Tobares tomó contacto con
los distintos actores que participarían del esperado encuentro.
Fue la primera vez –al menos es lo que me informa mi memoria- que
el gobierno provincial “arrimó el hocico” al problema.
Días antes de la visita del gobernador Jorge Sapag a la localidad,
con motivo del aniversario del pueblo, se confirmó la fecha. El
gesto fue alentador. Pero era “demasiado bueno” para ser verdad:
luego de la partida de Sapag, la “mesa” se levantó
(y no por un problema gravitacional consecuencia del cambio climático).
La actitud puede interpretarse de dos maneras: el gobierno buscaba simpatizar
con la comunidad mapuche para evitar el tradicional escrache al político
de turno durante el acto oficial del aniversario; o bien, como una gran
humorada popular. Si fue lo primero, la estrategia “anti-escrache”
fue impecable. Si fue lo segundo, no entendí el chiste.
Igualmente, más allá de las interpretaciones y las causas,
la actitud del gobierno provincial fue un “mamarracho”.
De todas formas, muchos se preguntarán ¿pero servirá
de algo la mesa de diálogo?. No lo sé. Al menos, la clase
política asumiría algo de la responsabilidad que le cabe
en el asunto.
Como veedor del cumplimiento de las leyes, el Estado avaló y legalizó
sucesiones y escrituras de las tierras que hoy la "comunidad"
reclama como propias. Si -como afirman los descendientes de Paichil-Antriao-
las tierras fueron escrituradas a través de engaños, presiones
y violencia, entonces el Estado fue cómplice.
La dirigencia opta por trasladar el conflicto
al ámbito privado, reduciendo la complejidad del problema a un
enfrentamiento entre "ricos propietarios" y "pobres aborígenes".
Desde el gobierno nacional, con claros fines demagógicos, se financian
estudios a través del INAI (conferencias, etcéteras) de
modo que parezca que algo se hace en pos de un arreglo. Sin embargo, hasta
el momento hizo poco y nada.
En noviembre de 2006 el Congreso sancionó
la ley que suspende desalojos de comunidades indígenas, mientras
se “realizan” los estudios pertinentes. En La Angostura, el
estudio de títulos de las tierras en litigio que encararía
el INAI -la medida más urgente que resolvería gran parte
del problema- fue anunciado hace tres años y todavía se
espera alguna señal.
El reconocimiento de los derechos de los pueblos originarios era necesario,
y desde el 94 -cuando toman rango constitucional- mucho se ha avanzado
en la materia.
Ahora bien, si se comprueba que el propietario
fue comprador de buena fe, que la escritura no observa "vicios"
y que la titularidad de la tierra es legal, ¿de que forma la justicia,
operando en un supuesto Estado de Derecho, puede anular arbitrariamente
el derecho a la propiedad de un individuo? Es que ambos derechos (de los
pueblos originarios y el derecho a la propiedad privada) tienen igual
jerarquía constitucional.
Por otra parte, si se admite responsabilidad
del Estado nacional, que por décadas legitimó esas ventas
y escrituras, es el que debería resolver el problema, ya sea otorgando
tierras fiscales a las comunidades indígenas que reconozca como
tales, o expropiando las tierras a particulares. Obviamente, ambas salidas
implican un costo político demasiado alto para dirigentes que pretendan
hacer vitalicio su poder.
Más "adaptable" a las necesidades
de agenda del gobierno resulta dar un paso al costado y mirar desde afuera
la pelea entre "ricos" y "pobres". La inacción
del Estado (municipal, provincial y nacional) corresponde a una estrategia:
diluir el conflicto en los tiempos electorales, manteniendo la esperanza
en los peticionantes y ganando la simpatía de quienes observan
la "preocupación oficial" por el más desprotegido.
Así, el conflicto se congela,
los costos políticos se minimizan y mientras se aguarda el "deshielo",
todo lo que suceda será adaptado al "guión de campaña".
De esta manera, la propaganda deja de ser una mera herramienta de difusión
de los actos de gobierno para convertirse en un sofisticado instrumento
de transformación de lo aparente en real.
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