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OPINIÓN
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Clientelismo Político: enemigo del progreso,
de la libertad y de las políticas de desarrollo social
“En un sistema clientelista,
el poder sobre las decisiones del aparato administrativo del Estado se
usufructúa para obtener un beneficio privado”. Escribe
Miguel Ángel Rizza.
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3/08/09- La
situación social de la Argentina dista mucho de ser reconfortante.
Pese al crecimiento económico que experimentó
el país desde 2003 hasta el año pasado, la incidencia de
la pobreza es hoy similar a la de octubre de 2001 y más elevada
que en cualquier momento de la década pasada, con excepción
de mayo de 1990.
La distribución del ingreso medida por la brecha
entre el 10 por ciento más rico y el 10 por ciento más pobre
mejoró con respecto a los años 2001 y 2002, pero es casi
igual que a fines de 1998 y bastante más desigual que hace dos
décadas.
Actualmente, los factores estructurales son la causa de
que alrededor de un tercio de la sociedad no pueda participar de un proceso
de movilidad social ascendente. Esos factores se vinculan con la informalidad
laboral, que aparta a muchos trabajadores de la seguridad social y del
acceso al crédito, y con la insuficiente educación y capacitación.
El éxito duradero de cualquier política social dependerá
de que se preste atención a esos factores estructurales, antes
que a circunstancias coyunturales, a menudo ligadas a conveniencias partidarias
de cara a un proceso electoral.
Un sistema extraoficial de intercambio de favores, en
el cual los titulares de cargos políticos regulan la concesión
de prestaciones, obtenidas a través de la función pública
o de contactos relacionados con ella, y la moneda de intercambio de esta
connivencia criticable y retrógrada es el apoyo electoral, se lo
conoce como Clientelismo Político.
Como se sabe, se trata de una práctica política
en la que participan como mínimo los siguientes actores: clientes
(ciudadanos), mediadores o brokers (punteros) y patrones políticos
(funcionarios). Políticas erróneas, adobadas con condimentos
populistas, demagógicos y la falta de confianza, impulsan hacia
arriba el ya elevado índice extraoficial de desempleo. Consecuentemente,
el aislamiento y marginación ubican a este postergado sector de
la población ante la disyuntiva fatal del asistencialismo.
Casi inmediatamente y de la mano llega el clientelismo
político, una patología que corroe la base moral de nuestra
sociedad, provoca la caída de valores, pérdida de la costumbre
del esfuerzo y la casi nula perspectiva de pensar en el futuro. Su suerte
se encuentra atada al desempeño electoral del “patrón”.
Como se puede apreciar claramente, el “cliente”
se enfrenta a estos condicionantes que envician y atentan contra la sana
pretensión de incorporarse al encuadre laboral formal. En un sistema
clientelista, el poder sobre las decisiones del aparato administrativo
del Estado se usufructúa para obtener un beneficio privado. El
“patrón” toma decisiones que favorecen a sus clientes.
Ellos a su vez compensan mediante la sumisión y el voto, con la
perpetuación en el poder del funcionario implicado o de su entorno.
Una vez ingresado, la relación se transforma en
un círculo vicioso del cual es muy difícil salir.
Se puede observar que el “patrón” habitualmente
utiliza esa misma capacidad de decisión para perjudicar a quienes
no colaboren con el sistema.
Las relaciones clientelares están profundamente
arraigadas en nuestra frágil democracia, mas aun, es tan habitual
este sistema dadivoso que es aceptado como el mal menor que morigera el
impacto negativo del desempleo. En general, también los sistemas
clientelares aparecen cuando existe la necesidad de organizar rápidamente
a los participantes de un sistema político sin tradición
organizativa.
En el clientelismo, los bienes públicos no se
administran según la lógica imparcial de la ley, sino que
bajo una apariencia legal, son explotados discrecionalmente por los detentadores
del poder político. Sin embargo, existen pocos incentivos para
que los participantes busquen acabar con el sistema clientelar, puesto
que este se halla institucionalizado en el sentido sociológico
del término.
El clientelismo, ha sido usado reiteradamente como una
máscara que explica las limitaciones de nuestra endeble democracia,
por las cuales los pobres siguen a líderes autoritarios, conservadores
y/o populistas quienes lo toman como una formidable forma de control político.
Pero al mismo tiempo, el clientelismo es uno de los principales
mecanismos a través de los cuales los ciudadanos marginales resuelven
sus problemas de sobrevivencia diaria. Esto es, la obtención primaria
de comida para alimentarse, medicina, becas educativas y hasta un empleo
público o un subsidio de desempleo.
En fin, como se puede percibir todo es válido
a la hora de cosechar. Mucho de todo lo citado precedentemente, es lo
que pasa en la Argentina de hoy, y resignados a padecer por siempre esta
perversa forma de hacer política.
En la campaña que acaba de terminar, hemos visto ejemplos muy claros
de esta forma de captar voluntades. Bienes transables de todo tipo, tal
cual espejitos de colores fueron dilapidados a mansalva en todo el universo
de votantes. No creo oportuno puntualizar los casos más significativos
para no herir susceptibilidades. Sin embargo, los resultados muestran
palmariamente, que el “cliente” puede recibir dádivas
de todos los “patrones” interesados, pero el voto en definitiva
es para uno solo.
El clientelismo, lamentable lacra del país, es enemigo del progreso,
de la libertad y de las políticas de desarrollo social. Romper
con el clientelismo es dignificar la vida de cada niño, de cada
mujer y de cada hombre. En los estados clientelistas, se relega el derecho
como instrumento de gobierno. La vigencia del derecho está determinada
por el grado de preponderancia de los vínculos clientelistas. En
los estados puramente patrimoniales, las relaciones clientelistas desplazan
al derecho como medio de gobierno. La ley y las instituciones dependen
del capricho de quienes ostentan el poder, y la norma no guía la
conducta de los individuos. Las personas dejan de ser iguales ante la
ley: el trato depende de la relación con los que ostentan el poder.
El estado de derecho es un medio para lograr una falsa legitimidad, un
instrumento de manipulación, y a veces, de represión. La
horrorosa cultura política, que tenemos, vinculada con la utilización
de la ayuda social como herramienta electoral o de gestión y con
la denigración de personas de condición humilde, son maniobras
clientelistas, que en lugar de asumirlas como un grave vicio instalado
en el propio sector político, deberían ser desterrado porque
en nada se condice con la idea de "la nueva política"
prometida.
Es imperioso avanzar hacia modelos de ayuda social vinculados con la creación
de trabajo genuino, en los cuales las ONG podrían prestar una colaboración
profesional tan valiosa como desinteresada y despojada de las muchas veces
mezquinos intereses políticos partidarios.
Resulta decepcionante que desde las distintas fracciones del partido gobernante
se insista en concebir los programas sociales como una fuente de dominación
política territorial o como plataformas para la construcción
de estructuras partidarias. Más lamentable aún es que la
más alta autoridad nacional pretenda desconocer el problema y desvíe
el eje del debate con acusaciones a la prensa, y que la oposición
siga buscando su espacio en la sociedad para las futuras elecciones presidenciales
del 2011, conociendo lo que sucede y sin hacer algo para modificar lo
que realmente ocurre.
Es de esperar que la nueva etapa que se inicia en el país, luego
de los resultados electorales del pasado 28 de junio, esté marcada
por la búsqueda de consensos amplios para la construcción
de políticas de Estado en el área social, que contemplen
incentivos contra la informalidad laboral; fuertes inversiones en el desarrollo
del capital humano para fomentar la igualdad de oportunidades; proyectos
de formación continua que tiendan al pleno empleo y asegurar a
éste de por vida, y mecanismos para la universalización
de la educación y la seguridad social de manera de combatir la
pobreza y la exclusión.
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