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OPINIÓN |
Perros a la deriva, responsabilidades compartidas
Por Mariana
M. Fernández
23/ 06/08- La irresponsabilidad
de los dueños sumado a la ineficiencia del estado, hacen que el
problema sea cada vez más grave. En la gestión del exintendente
Hugo Panessi se inició una campaña de esterilización
que continúa hasta la actualidad. En su momento, la comuna también
invirtió en un programa de “chips” para perros, chips
que incluirían la información del nombre del dueño
y dirección, y de esa manera, si era “cazado” por la
perrera, sabrían a quien ir a cobrarle la multa. Supuestamente
era obligatorio, pero muy pocos lo cumplieron.
Estas acciones no alcanzaron para resolver el conflicto ni mucho menos.
A raíz de los cuestionamientos recibidos por parte de la comunidad
y la falta de recursos (como caniles apropiados y espacio suficiente),
la perrera municipal sale poco y muy poco.
Es que una vez en los caniles, sin dueño que lo reclame ni alma
caritativa que lo adopte, el destino del pobre animal es la muerte. Pero
entonces, ¿qué hacer?
Algunos vecinos señalan la necesidad de imponer multas importantes
a los propietarios de perros que deambulan por la calle. Sería
una buena disposición en el marco de otras acciones complementarias.
No faltarán los vivos de siempre que dirán “este perro
no es mío” o “si quieren llevenseló y matenló,
no me interesa”. En esos casos habría que redoblar la apuesta:
“me lo llevo, pero usted paga la multa igual”.
Para que sean disuasorias, las sanciones deberían ser comparativamente
más caras de lo que le saldría al dueño solucionar
el problema de su perro “escapista”.
Sin embargo, en los barrios populares, la medida podría no resultar
efectiva dada la escasez de recursos. En esos casos, habría que
evaluar otras opciones.
Al margen de la situación de esos barrios, suelen verse perros
de raza y bien alimentados merodeando por el centro y en las calles. No
son perros marginales ni callejeros “porque no les queda otra”.
Varias veces he escuchado “ese es el perro de tal, lo sigue todos
los días al trabajo y da vueltas en el centro mientras lo espera”.
El gesto del perro enternece, pero vivimos en comunidad y como tal, se
basa en el respeto del otro.
Un ejemplo: además de hacer mal a la salud, el humo de cigarrillo
suele molestar a los no fumadores. Por respeto a ellos, en muchos lugares
está prohibido fumar.
Extrapolando esa situación y salvando las diferencias, hay personas
a las que les molesta o le tienen miedo a los perros,¿porque entonces
no respetarlos?. Todos tienen derecho a tener una mascota, pero ese derecho
no incluye que el “otro” tenga que soportarla.
Obviamente, no todos los canes son mordedores y molestos, y muchos propietarios
dirán “mi perro es muy bueno, no mata ni a una mosca”.
Pero ¿como puede saberlo el peatón iluso que camina por
la calle?. En todo caso, ahí va una posible solución: colgarle
un cartel al perro que diga “soy bueno, no ladro, ni asusto, ni
muerdo”.
Desde el punto de vista del propietario, las soluciones al problema del
animal suelto no son muchas: se lo mantiene atado y se lo saca a pasear
con correa, se alambra el perímetro, se construye un canil o bien
se puede optar por instalar un cerco “invisible” perimetral.
Esta última opción es muy utilizada en los barrios cerrados:
consiste en un dispositivo a modo de collar que se coloca en el cuello
del animal y un cable simple que rodea el área donde se desea que
permanezca el perro. Cuando el can se acerca al cable del perímetro,
recibe pequeñas descargas de “electricidad” no dañinas.
Por reflejo condicionado el perro aprende a no acercarse ni cruzar el
perímetro.¿La ventaja?no es necesario tener alambrado el
terreno. Aunque práctico, el sistema no es muy económico.
Sabemos que el problema no se resolverá de la noche a la mañana,
pero es necesario comenzar a transitar el camino. El Estado tiene la obligación
de controlar, legislar y ejecutar las leyes que promulga. La obligación
del ciudadano es cumplirlas.
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