| |
POLÍTICA |
“Yo tengo un sueño”
Al cumplirse el 46 aniversario de lo que para muchos analistas y estudiosos
de retórica es "el discurso del siglo pasado", escribe
el politologo Miguel Ángel Rizza
___________________________________________________________________
28/08/09-
Estoy feliz de unirme a ustedes hoy en lo que quedará en la historia
como la mayor demostración por la libertad en la historia de nuestra
nación.
Hace años, un gran americano, bajo cuya
sombra simbólica nos paramos, firmó la Proclama de Emancipación.
Este importante decreto se convirtió en un gran faro de esperanza
para millones de esclavos negros que fueron cocinados en las llamas de
la injusticia.
Llegó como un amanecer de alegría para terminar la larga
noche del cautiverio. Pero 100 años después, debemos enfrentar
el hecho trágico de que el negro todavía no es libre. Cien
años después, la vida del negro es todavía minada
por los grilletes de la discriminación. Cien años después,
el negro vive en una solitaria isla de pobreza en medio de un vasto océano
de prosperidad material. Cien años después el negro todavía
languidece en los rincones de la sociedad estadounidense y se encuentra
a sí mismo exiliado en su propia tierra. Y así hemos venido
aquí hoy para dramatizar una condición extrema.
En un sentido llegamos a la capital de nuestra nación para cobrar
un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron
las magníficas palabras de la Constitución y la Declaratoria
de la Independencia, firmaban una promisoria nota de la que todo estadounidense
sería el heredero. Esta nota era una promesa de que todos los hombres
tendrían garantizados los derechos inalienables de "Vida,
Libertad y la búsqueda de la Felicidad".
Es obvio hoy que Estados Unidos ha fallado en su promesa en lo que respecta
a sus ciudadanos de color. En vez de honrar su obligación sagrada,
Estados Unidos dio al negro un cheque sin valor que fue devuelto marcado
"fondos insuficientes". Pero nos rehusamos a creer que el banco
de la justicia está quebrado. Nos rehusamos a creer que no hay
fondos en los grandes depósitos de oportunidad en esta nación.
Entonces hemos venido a cobrar este cheque, un cheque que nos dará
las riquezas de la libertad y la seguridad de la justicia.
También vinimos a este punto para recordarle de Estados Unidos
de la feroz urgencia del ahora. Este no es tiempo para entrar en el lujo
del enfriamiento o para tomar la droga tranquilizadora del gradualismo.
Ahora es el tiempo de elevarnos del oscuro y desolado valle de la segregación
hacia el iluminado camino de la justicia racial.
Ahora es el tiempo de elevar nuestra nación de las arenas movedizas
de la injusticia racial hacia la sólida roca de la hermandad.
Ahora es el tiempo de hacer de la justicia una realidad para todos los
hijos de Dios. Sería fatal para la nación el no percatar
la urgencia del momento.
Este sofocante verano del legítimo descontento del negro no terminará
hasta que venga un otoño revitalizador de libertad e igualdad.
1963 no es un fin, sino un principio. Aquellos que piensan que el negro
sólo necesita evacuar frustración y que ahora permanecerá
contento, tendrán un rudo despertar si la nación regresa
a su rutina habitual.
No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que
el negro tenga garantizados sus derechos de ciudadano.
Los remolinos de la revuelta continuarán sacudiendo los cimientos
de nuestra nación hasta que emerja el esplendoroso día de
la justicia. Pero hay algo que debo decir a mi gente, que aguarda en el
cálido umbral que lleva al palacio de la justicia: en el proceso
de ganar nuestro justo lugar no deberemos ser culpables de hechos erróneos.
No saciemos nuestra sed de libertad tomando de la copa de la amargura
y el odio. Siempre debemos conducir nuestra lucha en el elevado plano
de la dignidad y la disciplina.
No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en la violencia
física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas
de la resistencia a la fuerza física con la fuerza del alma.
Esta nueva militancia maravillosa que ha abrazado a la comunidad negra
no debe conducir a la desconfianza de los blancos, ya que muchos de nuestros
hermanos blancos, como lo demuestra su presencia aquí hoy, se han
dado cuenta de que su destino está atado a nuestro destino. Se
han dado cuenta de que su libertad está ligada inextricablemente
a nuestra libertad.
No podemos caminar solos.
Y a medida que caminemos, debemos hacernos la promesa de que marcharemos
hacia el frente. No podemos volver atrás. Existen aquellos que
preguntan a quienes apoyan la lucha por derechos civiles: "¿Cuándo
quedarán satisfechos?" Nunca estaremos satisfechos en tanto
el negro sea víctima de los inimaginables horrores de la brutalidad
policial. Nunca estaremos satisfechos en tanto nuestros cuerpos, pesados
con la fatiga del viaje, no puedan acceder a alojamiento en los moteles
de las carreteras y los hoteles de las ciudades. No estaremos satisfechos
en tanto la movilidad básica del negro sea de un gueto pequeño
a uno más grande. Nunca estaremos satisfechos en tanto a nuestros
hijos les sea arrancado su ser y robada su dignidad por carteles que rezan:
"Solamente para blancos". No podemos estar satisfechos y no
estaremos satisfechos en tanto un negro de Mississippi no pueda votar
y un negro en Nueva York crea que no tiene nada por qué votar.
No, no estamos satisfechos, y no estaremos satisfechos hasta que la justicia
nos caiga como una catarata y el bien como un torrente.
No olvido que muchos de ustedes están aquí tras pasar por
grandes pruebas y tribulaciones. Algunos de ustedes apenas salieron de
celdas angostas. Algunos de ustedes llegaron desde zonas donde su búsqueda
de libertad los ha dejado golpeados por las tormentas de la persecución
y sacudidos por los vientos de la brutalidad policial. Ustedes son los
veteranos del sufrimiento creativo. Continúen su trabajo con la
fe de que el sufrimiento sin recompensa asegura la redención.
Vuelvan a Mississippi, vuelvan a Alabama, regresen a Georgia, a Louisiana,
a las zonas pobres y guetos de las ciudades norteñas, con la sabiduría
de que de alguna forma esta situación puede ser y será cambiada.
No nos deleitemos en el valle de la desesperación. Les digo a ustedes
hoy, mis amigos, que pese a todas las dificultades y frustraciones del
momento, yo todavía tengo un sueño. Es un sueño arraigado
profundamente en el sueño americano.
Yo tengo un sueño que un día esta nación se elevará
y vivirá el verdadero significado de su credo, creemos que estas
verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales. Yo
tengo un sueño que un día en las coloradas colinas de Georgia
los hijos de los ex esclavos y los hijos de los ex propietarios de esclavos
serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la hermandad. Yo
tengo un sueño que un día incluso el estado de Mississippi,
un estado desierto, sofocado por el calor de la injusticia y la opresión,
será transformado en un oasis de libertad y justicia. Yo tengo
un sueño que mis cuatro hijos pequeños vivirán un
día en una nación donde no serán juzgados por el
color de su piel sino por el contenido de su carácter.
¡Yo tengo un sueño hoy!
Yo tengo un sueño que un día, allá en Alabama, con
sus racistas despiadados, con un gobernador cuyos labios gotean con las
palabras de la interposición y la anulación; un día
allí mismo en Alabama pequeños niños negros y pequeñas
niñas negras serán capaces de unir sus manos con pequeños
niños blancos y niñas blancas como hermanos y hermanas.
¡Yo tengo un sueño hoy!
Yo tengo un sueño que un día cada valle será exaltado,
cada colina y montaña será bajada, los sitios escarpados
serán aplanados y los sitios sinuosos serán enderezados,
y que la gloria del Señor será revelada, y toda la carne
la verá al unísono.
Esta es nuestra esperanza.
Esta es la fe con la que regresaré al sur. Con esta fe seremos
capaces de esculpir de la montaña de la desesperación una
piedra de esperanza. Con esta fe seremos capaces de transformar las discordancias
de nuestra nación en una hermosa sinfonía de hermandad.
Con esta fe seremos capaces de trabajar juntos, de rezar juntos, de luchar
juntos, de ir a prisión juntos, de luchar por nuestra libertad
juntos, con la certeza de que un día seremos libres. Este será
el día, este será el día en que todos los niños
de Dios serán capaces de cantar con un nuevo significado: "Mi
país, dulce tierra de libertad, sobre ti canto. Tierra donde mis
padres murieron, tierra del orgullo del peregrino, desde cada ladera,
dejen resonar la libertad". Y si Estados Unidos va a convertirse
en una gran nación, esto debe convertirse en realidad. Entonces
dejen resonar la libertad desde las prodigiosas cumbres de Nueva Hampshire.
Dejen resonar la libertad desde las grandes montañas de Nueva York.
Dejen resonar la libertad desde los Alleghenies de Pennsylvania. Dejen
resonar la libertad desde los picos nevados de Colorado. Dejen resonar
la libertad desde los curvados picos de California. Dejen resonar la libertad
desde las montañas de piedra de Georgia. Dejen resonar la libertad
de la montaña Lookout de Tennessee. Dejen resonar la libertad desde
cada colina y cada topera de Mississippi, desde cada ladera, dejen resonar
la libertad!
Y cuando esto ocurra, cuando dejemos resonar la libertad, cuando la dejemos
resonar desde cada pueblo y cada caserío, desde cada estado y cada
ciudad, seremos capaces de apresurar la llegada de ese día cuando
todos los hijos de Dios, hombres negros y hombres blancos, judíos
y gentiles, protestantes y católicos, serán capaces de unir
sus manos y cantar las palabras de un viejo espiritual negro: "¡Por
fin somos libres! ¡Por fin somos libres! Gracias a Dios todopoderoso,
¡por fin somos libres! Libres hasta el final".
|
|