OPINIÓN |
Seguridad Pública Vs. Seguridad Ciudadana
Si se calcula la cantidad de estos delitos
denunciados que se resuelven, es evidente que se vive una situación
de virtual impunidad (...) el éxito de las distintas instituciones
estatales encargadas de garantizar la seguridad depende de que se alcance
el bienestar y la justicia social. Politólogo Miguel Ángel
Rizza
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5/08/09-La
seguridad es una de las funciones principales del Estado. El hombre, según
Rousseau, Locke y Hobbes, se une en sociedad para protegerse de otros
y de sí mismo. El hombre le otorga al Estado o autoridad la facultad
para ejercer la violencia con el fin de garantizar el orden y la paz dentro
de cada sociedad organizada.
En un principio fueron los hombres fuertes de una comunidad,
después los señores feudales y el rey o emperador; hoy día,
es el Estado moderno el que asume esta responsabilidad, basándose
en una normatividad que establece las conductas aceptadas que permiten
la convivencia civil, así como un aparato que busca garantizar
y ejercer estas reglas y castigar a aquellos que deciden transgredirlas.
Los Estados democráticos contemporáneos
presuponen la existencia de un estado de derecho que no sólo regula
la convivencia entre los ciudadanos, sino que también limita el
poder del Estado para ejercer la violencia. Se supone que éste
no usará la represión, ni buscará el orden público
a cualquier costo.
Existen condiciones y pasos que deben seguir. En nuestro
país y sociedad, todos estos quedan incluidos dentro de la Constitución,
los códigos penales, los códigos de procedimientos penales
y otras legislaciones que esbozan los derechos y obligaciones del ciudadano
frente al Estado.
Es importante subrayar este último punto porque
la existencia de seguridad no significa necesariamente la vigencia del
estado de derecho, ni que esta seguridad vaya acompañada de justicia.
Es por ello vital recalcar que no es suficiente que una política
garantice seguridad. Si ésta no genera justicia, ni adhesión
a las leyes de la nación y pasa por alto los derechos humanos y
las garantías constitucionales, es una política que no cumple
con su cometido. La seguridad tiene que ir de la mano de la justicia y
el estado de derecho. Las políticas que no responden a esta necesidad
no son congruentes con la normatividad que regula el respeto a los derechos
de la población.
Una de las primeras complicaciones al estudiar la seguridad
pública es que no hay una definición única y precisa
acerca de lo que es.
Cada autor, cada dependencia gubernamental tiene una definición
distinta, dependiendo de sus funciones, objetivos, intereses e inclinación
política.
Sin embargo, es posible hacer ciertas generalizaciones.
Por ejemplo cuando se habla de seguridad cada quien la percibe de distintas
maneras; esto se debe a la naturaleza dual de este término. Tiene
tanto una connotación objetiva, como una subjetiva; es decir, al
hablar de seguridad, cualquier tipo de seguridad, no sólo se hace
referencia a la realidad palpable, sino también a una percepción
individual o colectiva sobre el tema. Por consiguiente, tomar en cuenta
la percepción ciudadana es crucial para las políticas de
seguridad pública.
No siempre sucede que las zonas con menores índices
de criminalidad sean las zonas dónde los ciudadanos dicen sentirse
más seguros, y viceversa.
Es importante resaltar este punto porque cualquier política
encaminada a mejorar la seguridad de los ciudadanos tiene que tomar en
cuenta el carácter subjetivo de la seguridad y diseñar estrategias
no sólo para disminuir el número de delitos cometidos, sino
para que los ciudadanos se vuelvan a sentir seguros y regresen a los espacios
públicos.
Desde hace unos años, la criminalidad y la seguridad pública
se han convertido en temas centrales para la atención ciudadana.
La seguridad pública se ha transformado en un tema prioritario
por varias razones, pero principalmente por el incremento en la criminalidad.
La inseguridad aparece constantemente entre los principales
problemas, siendo un asunto equiparable a la preocupación por la
economía.
El incremento en la criminalidad no es la única
razón por la que la seguridad pública ha sido foco de atención,
durante las transiciones a la democracia del fin del siglo XX, la reforma
del aparato de seguridad se convirtió en un tema prioritario para
los procesos de democratización.
Garantizar el control civil del aparato de seguridad y
alejarlo de las prácticas autoritarias y arbitrarias del pasado
se volvieron metas inmediatas de los gobiernos democráticos emergentes.
Un ejemplo de ello es el cambio de nomenclatura ya que actualmente en
muchos países latinoamericanos se habla de seguridad ciudadana
en vez de seguridad pública. Esto evidencia la democratización
de este concepto y la esperanza de mayor participación ciudadana
en la formulación y evaluación de las políticas de
seguridad.
Las fuerzas de seguridad siguen siendo instituciones que
no gozan de la confianza pública, la policía sigue siendo
una de las instituciones que más desconfianza despierta. Esta desconfianza
afecta de forma directa el trabajo de la policía, pues si no hay
confianza, la cooperación por parte de los ciudadanos es mínima
y, por ende, hay un bajo nivel de denuncia de delitos y no es posible
tener una idea real de la dimensión del problema.
Si se calcula la cantidad de estos delitos denunciados
que se resuelven, es evidente que se vive una situación de virtual
impunidad.
Distintos académicos proponen cambiar el concepto de seguridad
pública por el de seguridad ciudadana, como ya ha sucedido en otros
lugares de América Latina.
Sus argumentos principales son que tanto la seguridad
como la justicia deben alcanzarse utilizando medios democráticos,
dentro del marco del estado de derecho. Es decir, la gestión democrática
se debe convertir en una herramienta para alcanzar estas metas. Al cambiar
el concepto de seguridad pública por seguridad ciudadana, la ciudadanía
se convierte en destinataria de las políticas de seguridad, es
a ella a quien sirve la seguridad y no a la autoridad.
Lo que ahora se debe privilegiar es que las políticas
de seguridad respondan a las necesidades de los ciudadanos, y garanticen
el respeto a sus derechos.
La seguridad es, al fin y al cabo, un derecho básico
de todo ciudadano y ciudadana. Es así como se trata de establecer
un antes y después en las políticas de seguridad; aquellas
en las que el Estado era el actor central y respondían a sus intereses
(llamada entonces seguridad pública) y hoy día, políticas
de seguridad que responden a y ante el ciudadano (seguridad ciudadana).
La seguridad ciudadana podría ser entendida como:
una tarea político-administrativa, la cual podría calcularse
por los resultados en la acción del Estado ante las faltas administrativas
y la prevención de delitos.
También se distinguiría la seguridad ciudadana
del sistema de justicia penal, precisando a este último como: persecución,
defensa y juicio, sancionando a los responsables de los delitos y resguardando
a los inocentes para responder exclusivamente a normas jurídicas
y no a criterios de conveniencia u oportunidad.
Es importante señalar la diferencia, pues para
el Estado la seguridad pública no se limita a la prevención
del delito, sino también a la persecución e investigación
de los delitos cometidos.
Aún recalcando estas distintas etapas, tiene que
haber una visión sistémica del sistema penal en su conjunto,
dónde la fase de prevención del delito (seguridad ciudadana
para muchos investigadores), justicia penal y readaptación social
vayan de la mano. Si cualquiera de estas etapas no funcionan cabalmente
alguna de las otras dos lo va a resentir; sin acceso efectivo a la justicia,
sin un sistema penitenciario eficiente será muy difícil
poder gozar de seguridad plena.
El Estado argentino ha carecido, a lo largo de su historia, de una visión
coherente con los principios democráticos para brindar seguridad
a sus ciudadanos y generar los mecanismos necesarios para asegurar un
acceso igualitario y eficaz a la justicia, sobra decir que el sistema
de seguridad pública y de justicia penal se encuentra en un momento
de crisis.
Más allá de debatir si Argentina es más
seguro hoy que en el pasado, vale la pena considerar que la base de cualquier
Estado democrático moderno es la existencia de un estado de derecho.
Por ello, su fragilidad se convierte en un gran obstáculo no sólo
para garantizar el bienestar e integridad (en todos los sentidos) de la
ciudadanía, sino también para consolidar y asegurar la sostenibilidad
de las funciones básicas del Estado: justicia, salud, educación
y seguridad. Los problemas que tiene el sistema de Seguridad Pública
y de Justicia Penal están en todos los frentes.
Es un sistema extraordinariamente amplio con una infinidad
de funciones, actores, instituciones, responsabilidades y procesos internos
contradictorios.
A pesar de que las instituciones que la forman tienen
ciertas metas generales en común, cada una tiene su propia identidad,
inercias, reglas internas, preocupaciones e intereses. En la práctica
cada una actúa por sí misma, muy lejos del paradigma de
sistema que establece la normatividad.
Asimismo, es importante destacar que estas instituciones
han demostrado ser peculiarmente ineficientes. Las organizaciones de la
sociedad civil deben desempeñar un papel central en el proceso
de reforma de este sistema para proponer reformas adicionales y ejercitar
mecanismos de rendición de cuentas.
La eficiencia y persistencia de estos esfuerzos dependerá
de que las organizaciones ciudadanas puedan asegurar un flujo consistente
de información y la colaboración de las autoridades correspondientes.
El modelo de seguridad ciudadana, debe buscar garantizar la igualdad de
acceso de todos los ciudadanos al sistema penal; debe buscar un equilibrio
entre las exigencias legítimas de protección de los individuos
y las garantías constitucionales de los ciudadanos; puede experimentar
con un abanico más amplio de medidas para la resolución
de conflictos (mediación, conciliación, negociación,
penas alternativas); debe incluir a las víctimas dentro del proceso
de resolución de conflictos de carácter penal; debe buscar
educar a la ciudadanía en temas de justicia y derecho, debe admitir
la participación de la sociedad civil en las discusiones y buscar
la transparencia de sus procesos e información.
También se propone que la seguridad ciudadana forme
parte de una estrategia más amplia de desarrollo social.
Tal vez este último requisito resulte ser el más
complicado para crear una política de seguridad ciudadana, pues
se convierte en parte de la discusión sobre los elementos y factores
que realmente producen la inseguridad y la criminalidad: ¿el desempleo?
¿la marginación? ¿la ignorancia? Y si la inseguridad
tiene como origen una infinidad de problemas sociales, ¿cuántos
de estos problemas realmente puede atender el sistema penal?
Es decir, si se acepta esta premisa, entonces el éxito
de las distintas instituciones estatales encargadas de garantizar la seguridad
depende de que se alcance el bienestar y la justicia social.
No es suficiente resguardar la estabilidad del gobierno
y sus instituciones, la condición de seguridad pública significa
mantener el orden y paz pública, en el que estén garantizados
tanto la integridad física y los derechos que la Constitución
otorga a los individuos y sus bienes, para su plena disposición,
como la reparación del daño para las víctimas de
un delito y la creación de mecanismos para la prevención
y castigo de la delincuencia.
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