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OPINIÓN
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Democracia, Populismo y Peronismo
La “kirchnoburguesía” encarnada por un conjunto de empresarios
asociados al poder político que, recubiertos tras la bandera del
“capitalismo nacional”, prosperan a través de sus lucrativos
negocios con el Estado. Escribe el politólogo Miguel Ángel
Rizza
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9/08/09- Hace
ya cuarenta años, cuando todavía ni se soñaba con
el fenómeno de la globalización, en su libro “La Hora
de los Pueblos”, Perón decía que “la política
puramente nacional es algo casi puramente de provincias. Hoy todo es política
internacional, que se juega adentro o afuera de los países”.
La cita viene a cuento del
hecho de que el saldo del colapso del gobierno de la Alianza no fue solamente
de orden doméstico, sino que tuvo insospechadas proyecciones en
el escenario sudamericano.
Desde diciembre del 2001, la Argentina pasó a
integrar, junto a Perú, Ecuador y Bolivia, el arco de países
de la región cuyos presidentes constitucionales suelen ser derrocados
ya no por golpes militares, como sucedía hasta la década
del 80, sino por revueltas callejeras producidas en los grandes centros
urbanos como ocurrió reiteradamente en Quito o La Paz. Esa misma
“andinización” política forzó luego la
renuncia de Adolfo Rodríguez Saá y, pocos meses más
tarde, el abrupto adelantamiento de las elecciones presidenciales promovido
por Eduardo Duhalde ante el temor por las derivaciones de las reacciones
de protesta desatadas a raíz de la muerte de dos manifestantes
en el Puente Pueyrredón de Avellaneda.
No se trata de una simple analogía periodística,
sino de un punto de inflexión histórico. América
del Sur está dividida actualmente por un hilo político,
no ideológico ni tampoco geográfico, que separa básicamente
a dos categorías de países:
La primera categoría está integrada por
Brasil, Chile, Uruguay y Colombia, que tienen un sistema de partidos políticos
que, mejor o peor, funciona con cierta regularidad. Todos estos países
implementan también estrategias orientadas a su inserción
en el escenario mundial.
La segunda categoría está compuesta por
Venezuela, Bolivia y Ecuador, que carecen de un sistema político
estable. En estos casos, la opción estratégica es por una
política de aislamiento y confrontación en el plano internacional.
Más allá de la retórica discursiva,
lo que verdaderamente define al denominado “populismo” como
fenómeno político en el escenario latinoamericano del siglo
XXI es su condición de sucedáneo de una “democracia
fallida”. En ese sentido, el “populismo” como fenómeno
político está caracterizado por la existencia de un liderazgo
aglutinante sin el respaldo de una genuina organización política
ni la existencia de contrapesos institucionales.
La principal diferencia que separa a Lula, Michelle Bachelet,
Tabaré Vázquez y Alvaro Uribe de Hugo Chávez, Evo
Morales y Rafael Correa es la existencia o la inexistencia de un sistema
de fuerzas políticas organizadas y de contrapesos institucionales
que funcionen más o menos regularmente en sus respectivos países.
Lula, Bachelet, Vázquez y Uribe se apoyan en sistemas institucionales
estables y partidos políticos sólidamente constituidos.
Chavez, Morales y Correa, que carecen de esas bases de sustentación,
y - más aún - son en parte producto del vacío derivado
de esa inexistencia, gobiernan anclados casi exclusivamente en el aparato
del Estado, favorecidos por una coyuntura internacional extraordinariamente
favorable por el fenomenal incremento del precios de los commodities.
Si se deja de lado la relativa atipicidad del caso paraguayo,
el mapa político sudamericano presentó en estos últimos
años dos mudanzas significativas. La primera de esas mudanzas sucedió
en Perú. La victoria electoral del APRA (una fuerza política
con hondas raíces históricas y décadas de continuidad,
fundada por el legendario Víctor Haya de la Torre) sobre el mayor
Ollanta Humala, cuya candidatura era respaldada por Chávez, en
las elecciones que encumbraron nuevamente en la presidencia a Alan García,
logró aproximar a Perú al arco configurado por Brasil, Chile,
Colombia y Uruguay.
Pero la otra gran mudanza política, sin duda mucho
más significativa por su notoria gravitación en el escenario
regional, fue protagonizada precisamente por la Argentina, que realizó
el camino inverso al de Perú. La hecatombe de diciembre de 2001,
que puso fin al sistema bipartidista que rigió desde 1983, acercó
a la Argentina, en términos institucionales, a la realidad imperante
en Venezuela, Bolivia y Ecuador. Allí reside la raíz estructural
en la que luego anidó el fenómeno de Néstor Kirchner.
Para evitar confusiones, vale la pena subrayar aquí
que, contra lo que afirma la prédica incesante del antiperonismo
de izquierda y de derecha, el peronismo nunca fue un fenómeno “populista”,
al menos en el sentido con que actualmente se utiliza esa expresión,
sino un gran movimiento popular, el más importante de América
Latina.
Esa condición de movimiento popular, con una fuerte
identidad doctrinaria, fue la principal razón de la continuidad
y vigencia histórica del peronismo luego de la desaparición
de su líder. Perón siempre marcó el valor central
de lo orgánico: “la organización es el primer paso
para cumplir cualquier obra”.
Uno de sus apotegmas más repetidos fue aquél
de que “sólo la organización vence al tiempo”.
En su visión doctrinaria, siempre diferenció el concepto
de “masa” de la noción de “pueblo” y destacó
que la diferencia ente “masa y “pueblo” reside precisamente
en la organización. Para Perón, el poder es organización
y la organización es poder.
Estructuralmente, el “populismo” es pre-peronista
y por ausencia de toda otra alternativa, en diciembre del 2001 el peronismo
pasó a ocupar la totalidad del escenario político argentino,
entendido no en el sentido del lugar de expresión de las opiniones
sino en el del ámbito de toma de las decisiones.
El problema es que, al mismo tiempo, “este”
peronismo, erigido en única opción de poder en la Argentina,
atravesaba y atraviesa una profunda crisis, que se manifiesta en dos dimensiones
estrechamente vinculadas entre sí: una seria crisis de identidad,
manifestada en la ausencia de una actualización doctrinaria que
lo ubique en el mundo del siglo XXI, y también una crisis de representatividad
y una notoria parálisis política.
Su expresión emblemática fue la intervención
judicial del Partido Justicialista, digitada desde la Casa de Gobierno,
y el hecho, mundialmente inédito, de que haya sido el interventor
judicial la única autoridad partidaria que consagró la candidatura
presidencial de Cristina Kirchner.
Estos datos constituyen mucho más que simples detalles
de la vida interna del peronismo. Revelan el estado generalizado de fragilidad
institucional que atraviesa la Argentina. Porque el peronismo no es sólo
un partido político más, cuya suerte sólo puede importar
a sus adherentes, es hoy el eje indiscutido del sistema político
argentino.
En rigor de verdad, ese congelamiento político
del peronismo, con el consiguiente vacío de conducción,
no es obra originaria de Kirchner, sino que fue la causa misma de su encumbramiento.
En el 2003, urgido por las circunstancias y para evitar
un previsible triunfo de Menem, Duhalde impulsó la anulación
de la convocatoria a las elecciones internas para elegir la fórmula
presidencial del Partido Justicialista. Desde entonces, el peronismo careció
de una expresión política organizada a nivel nacional.
En su provisorio reemplazo, sólo quedó el
aparato del Estado, convertido en la única maquinaria política
en funcionamiento. Fue en virtud de esa engrasada maquinaria burocrática
y presupuestaria, centrada en el manejo de “la caja” y en
el control territorial de la provincia de Buenos Aires, que Duhalde pudo
entronizar en el poder a Néstor Kirchner en el 2003 y que Cristina
Kirchner logró imponerse en octubre del 2007.
La denominada “Concertación Plural”,
que motorizó oficialmente la fórmula Cristina Kirchner-Julio
Cobos, no es el resultado de un acuerdo programático y orgánico
entre el Partido Justicialista y la Unión Cívica Radical,
sino el entendimiento “transversal” entre la mayoría
de los gobernadores e intendentes del peronismo y el radicalismo, coercionados
económicamente por el gobierno nacional.
Esta realidad es consecuencia de la conversión
de la política en una práctica absolutamente vacía
de ideas, reducida a un conjunto de procedimientos ejecutados por una
corporación de políticos profesionales cuyo único
común denominador es la pretensión de sus integrantes de
mantenerse indefinidamente en el usufructo de sus espacios de poder.
La principal base de sustentación material de esa
estrategia de subordinación de las provincias y los municipios
al poder central, que arrasa con la vigencia del federalismo consagrado
por la Constitución Nacional, son las retenciones a las exportaciones,
que tienen una importancia política aún mayor que su propia
significación económica.
Por su carácter no coparticipable, esas retenciones
conforman una gigantesca masa de fondos presupuestarios distribuida con
absoluta discrecionalidad para disciplinar políticamente a gobernadores
e intendentes. En términos prácticos, la Argentina es hoy
un Estado unitario, que necesita imponer esa condición al propio
peronismo para poder subsistir.
Este sistema político de “Partido del Estado”
es coherente con el actual modelo económico de “capitalismo
de Estado”. Y esta combinación político-económica
constituye el núcleo del parentesco entre el “kirchnerismo”
y el “chavismo”. Paradójicamente, ambos coinciden con
Carlos Marx en la definición de que “el Estado es el comité
de administración de los negocios de la burguesía”.
El “valijagate” puso de relieve hasta qué punto el
llamado “socialismo del siglo XXI”, montado en el espectacular
ascenso del precio del petróleo, encubre ideológica y propagandísticamente
la consolidación del poder económico de la denominada “boliburguesía”
venezolana. Esa “boliburguesía” venezolana tiene ahora
su réplica en la Argentina.
Es una suerte de “kirchnoburguesía”
encarnada por un conjunto de empresarios asociados al poder político
que, recubiertos tras la bandera del “capitalismo nacional”,
eufemismo por “capitalismo de amigos”, prosperan a través
de sus lucrativos negocios con el Estado, especialmente en materia de
obras de infraestructura, y cuentan además con la ayuda oficial
para apropiarse, total o parcialmente, de empresas petroleras, de compañías
concesionarias de servicios públicos o de actividades que funcionan
bajo licencia estatal, como el juego. Se trata, en definitiva, de una
retórica ideológica del “setentismo tardío”
combinada con una versión actualizada de aquellas prácticas
corruptas de la “Patria Contratista” que imperaron en la Argentina
hasta la década del 90.
El nuevo escenario político devenido luego del
28 de junio pasado, esta signado por las consecuencias de la inestabilidad
energética, el alza de precios y los coletazos del dengue, gripe
porcina y la crisis financiera internacional, revelando así que
el “kirchnerismo” ya inició su etapa de decadencia,
pero aún en esta nueva etapa la oposición no capitalizó
el momento, ni tampoco el triunfo del 28 de junio, y toda la iniciativa
política continua todavía del lado de Néstor Kirchner.
La Argentina, que hoy navega a la deriva en el escenario
mundial, requiere recrear la acción política, en el sentido
que la definía Perón como “la lucha por la idea”,
para que vuelva a ser capaz de definir con claridad un rumbo estratégico,
una visión de mediano y largo plazo que guíe su destino
por varias generaciones, acorde con los tiempos de hoy, que brinde respuestas
concretas y realizables a los problemas que afectan a los argentinos de
carne y hueso, como: una actualización salarial acorde con el incremento
del costo de la vida, la seguridad pública y ciudadana, la corrupción,
la reforma política que implique la reimplantación de la
derogada y nunca aplicada ley de elecciones internas abiertas, obligatorias
y democráticas en todos los partidos políticos, en las legítimas
protestas de los sectores productivos contra las medidas y actos de agresión
implementados desde el gobierno, en las manifestaciones de defensa del
Estado de Derecho contra los atropellos de cualquier naturaleza y en los
actos de reivindicación del federalismo y la autonomía de
las provincias y municipios frente a la prepotencia del poder central.
Miguel Ángel Rizza
Politólogo
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