ESPECIAL PARA DIARIOANDINO

Sweet Home Buenos Aires

En medio de un vuelo que lo trae de vuelta a la Patagonia tras su paso por la Capital Federal, Ale The Rose reflexiona, “los argentinos nos volvemos aún más argentinos en el aire”.
Sweet Home Buenos Aires
14/09/2018
H

ay veces que cuando las cosas no van del todo bien, o querés que vayan todavía mejor de lo que van, digo, es ahí cuando existe una costumbre, -informáticamente hablando- y es esa de la opción que ofrece la compu cuando uno elige “Reiniciar”. Y convengamos, esto no es otra cosa más que la versión tecno-actual de ese íntimo deseo, más viejo que el mate cocido, de empezar otra vez. Eso de tener la posibilidad de empezar de cero, de borrar de un plumazo tanto pasado molesto para empezar a construir un nuevo futuro, de limpiar toda la mugre dejando solamente lo esencial, de aprender de lo que salió mal para que a partir de ahora salga todo bien. En fin, algo así como tener la posibilidad de una hoja en blanco y no tenerle ninguna clase de miedo…justamente por eso, porque está en blanco.

Soñaba con todo esto cuando un movimiento me sacudió de pronto y abrí los ojos y claro, entendí que estaba sentado en el avión, regresando. Atrás quedaba Buenos Aires y por delante, según lo informaba esa voz pausada y sádica flotando sobre nosotros, simples pasajeros, estaba cada vez más cerca Bariloche. Pero antes estuvo ese sueño, que también fue y vino y terminó disolviéndose como una nube de esas que se mira por la ventanilla, ahí afuera.

Y ¿qué fui a hacer a Buenos Aires? Nada raro, pero si interesante. Un congreso Internacional sobre Eficiencia Energética donde profesionales de distintas partes del mundo intercambiaron experiencias sobre que pasa por acá y por allá a la hora de calefaccionarse y refrigerarse. Y eso de andar por Capital Federal es de lo más atrapante por diversos motivos, pese a las cada vez más páginas de recomendaciones y advertencias que te ofrecen por todos lados, cosa que te manejes de la mejor manera posible por la city porteña. Y ahí aparecen consejos que pendulan desde lo paranoico a lo desquiciado, como saber si ese chofer de Uber es, en realidad, un asesino en serie hasta curiosas instrucciones para detectar a simple vista que esos choripanes que se venden en los precarios carritos de la costanera, tienen o no el punto justo de cocción. Por supuesto que a nada de eso le hice caso. Porque yo viví en Buenos Aires, en mi adolescencia y primera juventud que hoy rememoro como postales color sepia de aquellos años de principios de los ’80, donde mi tiempo se repartía entre el final de la escuela secundaria, las salas de ensayo y algún amor de primavera. Recorriendo calles repletas de Ford Falcon verdes más que amenazantes, en donde mejor no te metas, donde el silencio era salud y, por supuesto, donde todos éramos derechos y humanos. Y para mí todo empezaba y terminaba en mi mano, en la mano de aquel primer amor, ese que uno consideraba en ese momento como su único y verdadero amor. O algo así.

Y fue que me dije, mejor ahora no andar removiendo las brasas del asado del pasado. Así que tuve un acalorado congreso sobre el calentamiento global, firmé unos papeles, fotos grupales con gente que difícilmente vuelva a ver, y me quedó algún tiempo libre para deambular entre las callecitas de Buenos Aires que tienen ese…que se yo, ¿viste? Y sí, hay que decirlo, también deambulé entre las nieblas de la memoria y la amnesia.

Y ok, no recorrí mucho del mundo, a decir verdad bastante poco, pero si he conocido algunas ciudades impecables y algunas otras caóticas, pero nunca en mi vida vi una ciudad que sea en simultaneo caóticamente impecable.

Buenos Aires es como la Megalópolis de Blade Runner. Todo el tiempo acumulando ruidos, cortes de calles, movilizaciones, metrobuses, invasiones publicitarias, graffitis y ramificaciones del barrio de Palermo que, como un pulpo, pronto va a abrazarlo todo. Pero, al mismo tiempo, ahí todo tiene la sensación de latir con una hormonal incandescencia que seguramente no la vas a encontrar en ninguna de las metrópolis más limpias y eficientes del planeta. Un fulgor como la del firme hincha de Boca Juniors todo-terreno listo para conquistar todo lo que le pongan adelante. Y, agotado de jornadas largas, por las noches en el hotel me puse a surfear el insomnio de programas de televisión donde lo de siempre… todos gritan como profetas de desierto bíblico sin decir absolutamente nada. A los gritos sobre el Presidente o sobre Wanda Nara con los mismos modales, y, de la misma manera pronosticando la llegada del Apocalipsis o el mejor de los futuros cual tierra prometida.

Y, claro, como quien no quiere la cosa y hablando con mozos de alguna gloriosa pizzería o café, todos ellos, sin excepción parecen como felices de sabérselas todas y con muchas ganas de cantarte “la posta”. Todos parecen saber exactamente lo que va a pasar, con lujo de detalles. Y así como al pasar todos preguntan: “ta lindo bariloche ¿no?” con una rara emoción en los ojos, como si la vida les fuera en la pregunta, como imaginando el posible destino a la huida de su rutina. Y yo contesté lo poco que puede ante semejante escena, pero entendiendo que lo que le pasa a la Argentina, estando en Capital Federal, me pereció como un rumor lejano, como algo que sucede en unos de esos reinos de serie de Netflix, donde ya no se entiende nada y todos son nombres raros y juegos y tronos y si, las próximas elecciones ya vienen galopando.

Y ahí otra vez lo de más arriba. Reiniciar. Todos de vuelta, en modo reinicio-mix modelo Cambiemos + Justicialismo + Radicalismo para temblor y risas del Kirchnerismo, volando para arrastrarnos a sus nuevas aventuras. Y uno ya sabe de dónde vienen cada uno de ellos y a dónde quieren llegar. Mientras que algunas encuestas revelan que tres de cada cuatro argentinos creen que los políticos no se preocupan en lo más mínimo por los votantes y que sólo están ahí por “intereses personales” y que en campaña y a último momento muchos deciden no a quién premiar dándoles el mando sino a quiénes castigar. Y pienso que hasta ya no es anormal pensar en una normalización del fracaso político. Tal vez si Charly García se hiciese cargo del asunto…pero no, mejor no.

Se sabe. En el Reinicio lo que siempre empieza distinto siempre acaba terminando igual.

Y como cada vez que estoy en Capital, me tomé el tiempo de pasear por el Cementerio de la Recoleta, por entre esas casitas de mármol llenas de huesos y de apellidos dobles. Y desde ahí, atravesando las multitudes que rodean y se instalan en Plaza Francia, a sentarme en La Biela a tomar un café en la mesa contigua a la de Borges y Bioy Casares.

Y todo este relato pensado en el avión para la nota de hoy y confirmando en cada vuelo eso que sí, nosotros, los argentinos nos volvemos aún más argentinos en el aire. Nos gusta volar parados de a ratos, como si el avión fuese un colectivo más, pero que vuela. Y muchos hablando entre ellos a los gritos. Y caminan yendo y viniendo. Y aplauden cada aterrizaje, cosa que jamás voy a entender. Y las charlas giran exclusivamente alrededor de números y a la conversión de pesos a dólares y viceversa. Pero me doy cuenta que los quiero a todos. Desde siempre y para siempre.

Mientras tanto, ese flamante 737-800 de Aerolíneas Argentinas avanzaba con rumbo a la sombra de la noche marcha adelante y al resplandor del tiempo marcha atrás, hacia el futuro del pasado donde se conjugará, en modo regular o irregular, el recuerdo o lo que se decide recordar. Y ok, eso fue síndrome de abstinencia de Jack.

Así, me traté de estirar en el nuevo pero cada vez menos espacio que las aerolíneas venden a los pasajeros. Y me acordaba de que, allá abajo, estando en alguno de esos tantos “Palermos”, cada vez más lejanos, me olvidé de acercarme al Obelisco. Pero, ahí arriba, recordando mi olvido es como si lo hubiese visto y lo hubiese tocado con la punta de los dedos, al pasar, como alguna vez algún simio tocó a un monolito para, de pronto, evolucionar y comprenderlo todo, o casi todo. Casi, dije.

Ahí delante, yendo hacia el Oeste, comprendí que faltaba cada vez menos para llegar a casa, a ese lugar que dentro de poco y de seguir así, pronto será Palermo Bariloche.

 

Ale The Rose

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