ESPECIAL PARA DIARIOANDINO

"Milagros Inesperados"

En esta entrega, Ale The Rose reflexiona sobre la maternidad -y la paternidad, por añadidura- , los estereotipos, las posturas y las imposturas. De lectura obligatoria.
02/11/2018

Mi mamá fue una persona inmensa. Un milagro.

Y si…madre, lo que se dice madre, de esas, hay una sola. Y claro, a la mía le parecía una pavada eso del Día de la Madre. Pero para mí no tanto, porque cuando era chico (y hasta no tan chico), disfrutaba de esos terceros domingos de Octubre porque sabía que al mediodía la comida iba a ser especial, tanto o más que para Navidad o Año Nuevo. Por el resto, era un día más. Porque digámoslo, en definitiva, los hombres, en general somos los que nuestras madres hicieron de nosotros.

Pero más allá de todo esto y de que precisamente el Día de la Madre haya sido el pasado domingo 21 (por lo menos acá en la Argentina), está el asunto de que las madres ya no son lo que eran en la época de mi mamá, ni lo que van a ser en el futuro. Porque se sabe, el ser madre en sí, es un estado que va mutando desde el mismísimo momento en que ese elegido espermatozoide hace “toc, toc” en las gloriosas, celestiales o, más bien, rosadas puertas del óvulo. Y a partir de ahí, listo, esa mamá ya no va a ser la de antes. Va a estar cambiando sobre sí misma a cada rato y no se va a parecer a ninguna otra, nunca más.

Porque convengamos, no es lo mismo Vilma Picapiedras que la madre de Bambi; ni la “Mother” que le faltó a John Lennon que la “Mother” bien castradora del “The Wall” de Pink Floyd. No es lo mismo la madre de Norman Bates que Erin Brockovich. Tampoco es lo mismo la Virgen María que Madonna. Ni que decir sobre las diferencias entre la “Vieja” de Pappo y la “Madre Selva” de Spinetta. No es lo mismo, por citar a un par de madres mediáticas argentinas, Carolina “Pampita” Ardohaín que Mirtha Legrand. No es lo mismo Sarah “Terminator” Connor que Doña Florinda de la vecindad del “Chavo del 8”. Y claro está que no es lo mismo la madre de Raúl Alfonsín que la madre de Máximo y Florencia Kirchner.

Pero hay que decirlo: a todas ellas las une algo y es que cada una a su particular manera,  haciendo lo que pueden y como pueden, aman a sus hijos. Y bueno, ya que estamos con ese tema, no es lo mismo el bebé de “Mira Quien Habla” que el “Bebé de Rosemary”. Como tampoco es lo mismo el Star Baby de “2001: Una Odisea Espacial” que Demian de “La Profecía”.

Y ok, hay que hablar de la otra parte. Porque en el caso que todo vaya bien en la pareja o no, ahí están los papás. Y están como meros espectadores, presenciando ni más ni menos que un milagro, del que son necesariamente parte, pero que nunca en la vida van a poder entenderlo del todo. Y quizás por aquella historia freudiana de la “envidia del feto” o simbiosis o algo así, ellos también tienen antojos, náuseas y tienden a tener un poco más de kilos acumulados en la panza durante los nueve meses que dura la cosa.

Porque ok, ese diminuto espermatozoide muy suyo entro ahí para que alguien más grande, al cabo de aquel tiempo, salga de adentro de ese otro alguien. Y esto es sólo una parte de lo que jamás el tipo termina de entender. Y creo que es mejor que sea así porque nunca me voy a olvidar de esa horrible y hasta media perversa película llamada “Junior”, en la que Arnold “musculitos” Schwarzenegger se embarazaba. O, más divertido al menos, aquel video de los Fabulosos Cadillacs en donde por un momento, todos los integrantes de la banda se acariciaban sus embarazosas panzas cerveceras, eso sí, fermentadas con amor.

Y ok, hay que decir que durante todo el largo derrotero que dura el proceso, los padres son tipos que acompañan a su mujer temblando y tartamudeando como Hugh Grant en “Nueve meses” pero con el detalle de que no son Hugh Grant. Por toda esta historia es que en carteles publicitarios, en la tele o en revistas, la maternidad tenga mucha más presencia que la paternidad. Está claro que la maternidad vende y vende bien, en cambio la paternidad casi que viene de regalo con el 2x1 del combo.

Y así nosotros, digo, los argentinos, según el diario el Observador de Uruguay, estamos juntos con nuestros vecinos Chile y justamente Uruguay, entre los países con más baja natalidad de América Latina y que nuestro país está entre los llamados países por debajo del nivel de reposición y con riesgo de envejecimiento poblacional. Si, leíste bien. Y este asunto de la maternidad más tardía es la última noticia de los últimos…10 o 20 años. Y los motivos para esto, dicen, son “…los cambios de hábitos sociales, que el retraso en la edad de tener un bebé se deba por la difícil conciliación laboral y los coletazos de la crisis económica y un difuso papel de los hombres”. ¿Y esto último qué significa? ¿Desinterés?, ¿quiero seguir de fiesta? o ¿baja calidad de esperma?

Sea cual fuere el caso, también se te dice de los “inesperados beneficios” de tomarse un considerable tiempo y parir casi a último momento, mientras los últimos estudios desarman los engranajes de todo aquella historia repetida, esa del asunto del reloj biológico acompañado de los terrores de hijos menos inteligentes o el perderse de verlos crecer o el ser señalados con el dedo o la vergüenza de ser confundidos con los abuelos a la salida de la escuela. O algo así.

Y ok, está también, la historia del activismo, a veces un tanto fanático, de aquellas que se niegan de cuajo a la maternidad como si se tratase de lo peor que se le pueda hacer a una criatura o a ellas mismas. O quien sostiene eso de que la maternidad es una especie de tortura a la que fueron llevadas por engaño, con voces retorcidas repitiendo aquello de: “Mirá que no es como te dijeron eh”. A lo cual me pregunto: ¿cómo cuernos es que pensaron que era la cosa?, si está todo a la vista desde el mismísimo principio de los tiempos.

Pero bueno, así y todo siguen con la conspiranoica teoría en donde los hijos vienen a ser algo así como pequeños aliens que vinieron a invadir su planeta hasta entonces lleno de paz y en perfecta armonía. Hay miles de ejemplos y se las conoce, como “madres arrepentidas” y resulta fácil reconocerlas porque entre otros pequeños detalles, son las que se olvidan el cochecito en las plazas porque están muy distraídas leyendo las nuevas publicaciones en su telefonitos móviles que las inmovilizan.

Pero también hay que decirlo, existe la otra cara de la misma luna. Hay publicaciones con sentidos y divertidos ensayos sobre la felicidad que provoca esto de ser madres y padres. De lo mejorcito que ha leí acerca de esta cuestión es una nota de un tal Alberto Olmos que se llama “El silencio de los padres”. Ahí encontré una frase que me dejó admirado. El tipo se despacha sin anestesia con esto: “Una persona que no tiene hijos no sabe nada en realidad sobre no tener hijos. Solo quien tiene hijos sabe lo que es no tenerlos...”. Así nomás y ya necesito un trago.

Y entre tanto griterío y lloriqueos y pañales y caca, leo en la revista “Nature” que “el embarazo cambia el cerebro de la mamá” reduciendo durante algo así como dos años la materia gris de varias áreas de la cabeza de la señora, para así mejorar la relación empática con el bebé y este asunto lleva a preguntarme si el amor, ese amor de verdad y ese que es para siempre, digo, depende de pensar menos como un adulto o de pensar más como un bebé. No lo sé.

También, leyendo en la misma revista, me entero, que aumentan notablemente los niveles de algo llamado prolactina, que no solamente se ocupa de permitir ese acto inigualable de amamantar sino que es definida por algunos especialistas en el tema como la “hormona budista”. Y eso porque eleva a la mujer a un estado “emocionalmente inteligente” y de contemplación pausada y lenta de todas las cosas de este mundo, esas que de pronto son tan poco importantes, mientras que sus parejas masculinas se convierten en individuos hiperkinéticos y llenos de una histeria muy particular, en donde no dejan de temblar todo el tiempo, diciendo boludeces la mayor parte del día...y de la noche.

En otra de esas revistas que se me da por leer, hace poco, supe que antes, bastante antes, hace miles de milenios, cuando unos seres llamados sapiens se apareaban con otros llamados neandertales, los hijos de estos “matrimonios” terminaban pareciéndose más a los papás, como para que de esa manera estimularan un afecto narcisista que de otro modo no existiría. Y concluía la nota confirmando eso de que ahora, cada vez se parecen menos a ellos y más a sí mismos porque, culturalmente, ese afecto ya viene por inercia. 

Y ok, así las cosas, todo tranquilo, cada uno con la parte que le toca pero no nos olvidemos nunca: los padres, se sabe, son inventos de los hijos.

Son los hijos los que los transforman en padres. Los hijos comienzan siendo una nota al pie de los padres y los padres, es bueno tenerlo bien claro, terminan siendo una nota al pie de los hijos.

No desde siempre pero sí hasta siempre.

 

Ale The Rose

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