EXPLORANDO EL PARQUE NACIONAL NAHUEL HUAPI

Descubren otra senda al Pantojo y una nueva cascada

Se trata de una nueva senda de 4,5 km por el filo que separa los valles del río Pantojo y río Pereira. La cascada fue bautizada como Brensilda por los tres montañistas que a fines de noviembre abrieron el sendero y se encontraron con el pequeño salto;Brenda Segurel, Silvestre Sere y Darío Remorino. Compartimos el relato y fotos de Brenda Segurel y Darío Remorino.
Descubren otra senda al Pantojo y  una nueva cascada
05/12/2018
P

or Brenda Segurel

Hay algo de adrenalina en eso de levantarse temprano, armar una mochila y salir a un lugar que nunca fuiste, por una senda que todavía no existe y que estás por abrir junto a tu compañero de aventuras varias y uno de tus profes de andanzas montañeras.

El check list de equipo es rápido: machete, mate y algo dulce y rico para picar. Y a la ruta, a buscar el punto que Dario visualizó con la idea de un corredor, del Pantojo al Tres Hermanas casi sin escalas.

Afilamos machetes, preparamos cámaras, atamos cordones y salimos. Y ahi nomás, ni bien cruzamos la ruta, las primeras sorpresas: un camino abandonado, una zona de estudio demarcada por cintas, una lenga gigante (pero GIGANTE, la madre de las lengas), un bosque abierto, lleno de retoños. Y ese aire fresco, verde.

Empezamos a subir, siguiendo a Dario y siguiendo huellas lógicas de bichejos que ya se saben el camino. Nos topamos con los restos de la cena de algun animal, arroyitos, honguitos, liquienes de formas y texturas varias.

Y machete va, machete viene, un mirador natural. Un balcón con esa vista que dan ganas de meter una carpa e instalarse a vivir ahi. El Puyehue, el Mirador, la laguna nomeacuerdoelnombreydariomevaamatar, el Tres Hermanas, los valles y allá en el fondo, el Nahuel. Y mientras contemplábamos tanta belleza que no entraba en los ojos, un cóndor nos vuela a pocos metros. Sublime. Ese vuelo tranquilo, majestuoso, mezcla de curiosidad y marcación territorial que te deja boquiabierto y con una felicidad absoluta.

Seguimos montaña arriba buscando alguna vista del objetivo (mientras nos deleitábamos con TODAS las vistas).

Salimos del bosque abierto, nos metimos en algunas lengas achaparradas y seguimos por un pedrero lleno de arena. Kilos y kilos de arena. Faldeamos un par de lomos y nos encontramos con los últimos mantos de nieve. Los pies seguian la linea de las cumbres hasta llegar a un arenal que nos descolocó: un desierto de arena volcánica rodeado de lenguas de nieve, de más arena, de arroyitos naciendo de lo que queda de nieve... y al fondo, el Pantojo. Y unos pasos más y vemos un farallón del que llueven cascadas blancas, hermosas cascadas que se escuchan cuando el viento deja de soplar.

Y Dario nos dice que hay que ponerle nombre. Nos miramos con Silver, porque se nos viene una sorpresa (por no decir una responsabilidad histórica) más grande que todas. ¿Cómo bautizas una cascada que te deja sin palabras, que va tener ese nombre durante años? Debe ser como tener hijo: te embarcas en un camino que no sabés qué va pasar, te sorprende paso a paso y además, tenés que ponerle nombre. (Aca me vengo de Dario, porque seguro que él no se acuerda el nombre que le pusimos).

Almorzamos abajo de un peñón, refugiándonos del viento que cada vez es más intenso. Ese almuerzo que en cualquier otro lugar del mundo no tiene gusto a nada, en ese paisaje, después de esa caminata, es el más rico y el mate, la bebida más reconfortante.

Terminamos de comer con la idea de sacarle unas fotos más a las cascadas y al Pantojo. Pero cuando salimos de nuestro refugio, las nubes habían velado al Pantojo y estaban empezando a cubrir todas las cumbres. Emprendimos retirada por el arenal, cruzamos manchones de nieve, recuperamos los pasos enterrados, bajamos el pedrero y nos metimos al bosque, a ese refugio del viento y la arena que nos es tan grato.

Bajamos el bosque, siguiendo las marcas y salimos a la ruta de nuevo, con la nube llena de lluvia pisándonos las mochilas.

Una vez mi mamá me dijo que mi sonrisa más grande era cuando volvía de la montaña. Y ayer, volví no solo con una sonrisa enorme, sino con la cabeza estallada de los conocimientos que Dario nos regaló; con los ojos llenos de bellezas que este patio tan grande nos dejó disfrutar; con el corazón explotado de un día hermoso en la montaña, con grandes maestros y compañeros. Uno de esos días que uno ama lo que hace, que afirma las decisiones tomadas y que deja libre la imaginación para más aventuras.

Hay momentos en que le pedis a los dioses que te abran caminos. Y en una semana estás abriendo vías de escalada y sendas de trekking. Ojo con lo que se pide... porque puede hacerse realidad.

¡Gracias Dario por compartir éste día con nosotros!

Fotos y relato: Gentileza Brenda Segurel/Dario Remorino

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