ESPECIAL PARA DIARIOANDINO

Buenos Muchachos

En esta entrega didáctica, Ale The Rose se mete de lleno con los libros y el cine "conspirativo".
Buenos Muchachos
14/12/2018
N

o es novedad que los libros ocuparon gran parte de mi niñez, de mi movida adolescencia y aún hoy (si bien mucho menos de lo que quisiese) en esta adultez. Y todo por culpa de mi padre. Él fue quien metió en mí esa locura de leer libros. Y ahí estaba mi viejo, lo veía venir del trabajo, se acercaba con algo bajo el brazo, muy seguido, trayendo lo mismo y como siempre: después de un beso, un libro.

Y hoy, a esta altura de la vida, tengo que decirlo, lo mejor que se le puede regalar a un chico en edad de empezar a leer, es nada más y nada menos que un libro. Nada electrónico o inalámbrico o a pilas. Todo lo contrario. Mejor una de las cosas más antiguas que existe, pero de sobrada y eficaz permanencia por los siglos de los siglos. Algo que se abre como una puerta para salir a jugar y no que se encienda como una ventana cerrada (esas negras pantallas) poniéndole un marco y límites mientras te seduce y te engaña con la promesa del infinito y más allá.

Y así fue que entre tanto libro, empezaron a llegar a mis inquietas manos adolecentes novelas policiales de autores para mi desconocidos a la vez que para mi padre eran semidioses del género. Y así pasaron Raymond Chandler, James Chase, John Le Carré y, obviamente, tanto Robert Ludlum como Ian Fleming. Y ok, digo obviamente porque en esta nota de hoy les voy a contar parte de la creación de estos dos autores que pasaron a ser referentes en la materia. Y sus derivados.

Dos de las criaturas de estos maestros comparten sus iniciales, una tendencia a moverse por todo el mundo y más o menos la profesión. Y a la vez son bien diferentes en sus métodos y éticas y entendimiento de eso que se conoce como patriotismo. Vamos por parte, James “007” Bond anda por la vida con licencia para matar y revolcarse con cuanta mujer se le cruza, en el nombre de una Reina que ni aparece y lo deja hacer cualquier cosa. Mientras que Jason Bourne no sabe muy bien por qué hace lo que hace y no tiene la menor idea de por qué tanta gente quiere matarlo lo más rápida y limpiamente que se pueda. O algo así. Y el hecho de que aquellos que lo quieren hacer desaparecer a toda costa suelan ser sus propios compatriotas y empleadores, no deja de ser tan inquietante como incómodo. A Bond esto le pasa muy de tanto en tanto, mientras que para Bourne es una rutina tan frecuente como la de ir a comprar la leche al almacén. 

Y cuando dejaba de leerlos a ellos, miraba la tele. Y ahí estaba “Mission: Impossible”, que siempre va a estar ligada al blanco y negro de aquel antiguo televisor con antenas ajustables. Y de chico ese título de la serie me encantaba, que sonaba igual y se escribía diferente y con tantas eses y los dos puntos en el medio. Mención aparte para la música y su autor. Que cada vez que sale el tema, se habla de Lalo Schiffrin con orgullo patrio y en un mismo aliento junto al dulce de leche, Messi, Favaloro, Maradona, la birome o las huellas digitales. La icónica serie se emitió por la tele argentina entre fines de los ‘60 y mediados de los ’70 hasta que Tom Cruise, en los ’90, pensó que era su oportunidad de ser algo como James Bond y empezó a producir y protagonizar sus propias películas de Mission: Impossible. Y, al igual que las de Bond, las vi a todas aunque se me mezclan y hasta se me confunden un poco. Cuando salió la primera de la saga en 1996, el lindo de Tom era en igual porcentaje una estrella del espectáculo como actor serio. “Top Gun”, “El Color del Dinero” y “Nacido el 4 de Julio” son la muestra de lo anterior. Y la lista sigue con una carrera llena de papeles tan locos como interesantes y complejos, bailando entre el bodrio de “Coctail” y la genial “Magnolia” o entre la catastróficamente lamentable “The Mummy” y la fantástica “Jerry Maguire”. Le pasó lo mismo que le pasó a Liam Neeson y a esa otra cumbre de lo incomprensible que es Nicolas Cage, pero sin la elegancia con que Matt Damon va y viene entre Jason Bourne y el resto de su carrera.

Eso sí, la sonrisa de Colgate no la perdió nunca, como tampoco esa cosa rarísima de la cientología,  al igual que la costumbre de reemplazar esposas y novias y llenar publicaciones en todo el mundo con rumores dignos de Michael Jackson.

Pero acá estamos y el tipo vino de vuelta con la sexta: “Mission: Impossible – Fallout”. Y la verdad que es la mejor de todas. Cumple con creces y dignifica, a pesar de la cara hinchada de Tom. Y ok, no es lo que fue la grandiosa “Skyfall” en la saga de James Bond porque a este muchacho, al que le pegan sin piedad pero que sin duda es indestructible y que se llama Ethan Hunt, le falta la mística y la mítica de aquel.

Y si no la viste, te la recomiendo sin dudarlo porque antes que perder mi tiempo viendo la ridícula final de la Copa Libertadores opté por verlo a Cruise en esta película, colgado de muchos lugares o tirándose de algún otro y de perseguir y ser perseguido en autos, motos o helicópteros por las calles de París o en los cielos de Noruega y Nueva Zelanda. A todo esto Tom siempre mostrando su boca llena de blanquísimos dientes y esa sabida cuestión de que insista en no usar dobles en todas las delirantes escenas de riesgo al límite y claro…alguna parte de su cuerpo siempre se le rompe y a empezar de nuevo, hasta que en algún momento logre ese secreto cometido de “desaparecer en acción”.

Mientras, a todo esto, en los noticieros de todo el país se habla con el mismo tenor del caso Darthes, de las repercusiones de la innecesaria final Boca-River y de la posibilidad o no de que Macri pueda gobernar más o menos coherentemente hasta el año que viene (lo que parece ser una misión imposible).

Y así fue que ante semejante panorama social, económico y de escándalos varios, me puse al día con la última de Jason Bourne, esa del 2016 que me la debía desde entonces. Y a su muy particular manera, Bourne es una especie de héroe con modales más bien hamletianos pero con la eficacia de Frankenstein, que va a la caza de su creador para ajustar cuentas: ¿es o no es? ¿Quién soy? ¿Por qué y para qué? Algo así como Bourne el desmemorioso, con licencia para olvidar y, en el medio del camino de su incertidumbre, volviéndose tan inolvidable como certero. En resumen: para James Bond, Jason Bourne sería nada más y nada menos que el malo de la película y el M16 no dudaría en encomendarle su rápida y limpia ejecución. Pero yo no apostaría demasiado por eso. 

Y lo dicho, así en el 2016 Bourne volvió, después de esa suerte de secuela media lateral y simultánea que fue "El legado de Bourne" de 2012. Con sorpresa llegó la a secas "Jason Bourne" contradiciendo el mandato, marca registrada del creador de la bestia: Robert Ludlum. Y este tal Ludlum que les nombré al principio de la nota, patentó eso del apellido en el título pero agregando alguna palabrita más. Así y de ahí, los libros como: "El caso Bourne" o "Identidad desconocida" de 1980, "El mito de Bourne" o "La supremacía de Bourne" de 1986 y "El ultimátum de Bourne" de 1990, con las muy buenas películas de igual título, con las que poco y nada tienen que ver las novelas, más allá de la premisa de la amnesia y esas gloriosas cacerías. Respectivamente filmadas en 2002, 2004 y 2007 y concebidas para lucimiento y persecuciones del marciano Matt Damon. Ese actor que al principio me pareció un insalvable error de casting pero terminó a la altura de los papeles, a pesar de su baja estatura.

Y no puede decirse que lo que hizo Ludlum tenga la elegancia de ese gran maestro que fue John le Carré. Nada que ver. Ahí están, en cualquieras de las páginas de Ludlum, todas esas caprichosas itálicas y esos insoportables signos de admiración. Pero, así y todo, lo que hizo tiene algo que no tiene ningún otro escritor de best sellers conspirativos y que incluso hace que las películas en las que se convierten sus libros parezcan lentas y melancólicas comparadas con su redacción siempre a punto de irse a cualquier lado, pero tan adictiva y responsable de placeres varios.

Y ok, ya que estamos, hace un tiempo cuando una revista yanqui que se llama “Publishers Weekly” llamó a votar por la mejor novela de espías de todos los tiempos, la ganadora fue "El espía que vino del frío", justamente de Le Carré. Y el segundo puesto fue para "El caso Bourne" de Ludlum. Pero tengo que confesar que para mí la obra maestra de Ludlum es el primer libro que me acercó mi viejo: "El círculo Matarese".

Jason Bourne volvió y devolvió más de lo mismo: un perfecto y astuto cóctel de paranoia de los sesenta-setenta pero servido en este presente más que imperfecto y terrorista en el que, si vas al cine, ese tipo medio raro atrás tuyo haciendo la cola para ver “una de acción”, puede decidir volar por los aires, y obviamente a todos con él, en el nombre de la grandeza de Alá.

Mientras tanto y hasta no sé cuándo, pienso que este tal Jason Bourne, único y singular, después de todo se parece un poco bastante a mi o a cualquiera de ustedes ahí leyendo esta nota.

Es un pobre tipo al que sus jefes le desean lo peor y preguntándose cómo y para qué fue ahí, corriendo, para llegar a un lugar donde le expliquen el misterio de su existencia.

O, por lo menos, que le expliquen cómo llegar a fin de año.

Ale The Rose

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