ESPECIAL PARA DIARIOANDINO

"La realidad psíquica es la realidad social, y la neurosis depende de las relaciones sociales"

En esta entrega, la Psicóloga Violeta Paolini aborda los síntomas de la época del aislamiento y explica cómo actúa el Psicoanálisis en contacto con lo social.
13/03/2019
P

or Violeta Paolini*

En la actualidad nos encontramos con los síntomas de la época del aislamiento: amor líquido, efímero, que trae como consecuencia soledades, rechazo del otro, segregación, incomunicación, depresión, o su revés: la fiesta interminable, exhibiciones, escándalos del espectáculo; tribus adolescentes, violencia juvenil, adicciones, medicalización desde la niñez, abusos, muertes.

 Si el síntoma está determinado en su estructura por lo inconsciente y muestra lo que no marcha, es vía el Psicoanálisis, que cuestiona el discurso de la standarización, la idea de que en la desgracia hay que comportarse de una manera estándar, siguiendo a Eric Laurent, que “uno puede tratar su tristeza y saber por qué vino a su vida, reintegrarla a su historia y dejar de considerarse una máquina haciendo un uso de la palabra sin decir nada que tenga que ver profundamente con  vos”.

 La persistencia del síntoma y la proliferación de los síntomas contemporáneos con su envoltura formal en cada época: los llamados ADT, stress, depresión, bulimia, anorexia, cuttining, trastornos del sueño, hiperactividad, ataques de pánico, urgencias y desórdenes subjetivos (además de la aparición cada más frecuente de  psicosis ordinarias),  síntomas que parecen prescindir del nombre del padre como organizador y dejan al sujeto aislado en la soledad de su goce, rompen el lazo con los otros, y es allí que el real que lo causa ha de ser localizado para cada uno, puesto que el individualismo contemporáneo además es una cuestión de estructura, tal como lo plantea Miller. Síntomas en el cuerpo, que no pasan por el Otro, siendo vía la transferencia nuestra oportunidad de promover un síntoma dirigido al Otro, en principio, apostamos a seguir siendo destinatarios de estos nuevos síntomas, para poder hacer algo con eso, para vivir más dignamente, poniendo en juego un sujeto de deseo.

 Estamos advertidos de que el neurótico nada quiere saber de lo imposible, lo que no funciona, y no soporta o se permite estar triste, o angustiado, y entonces sólo quiere ser feliz, durmiendo el sueño del Padre, sumado a la cultura en la cual se tiende a persuadir a que todo aquel que no es feliz está deprimido, dando así lugar a la neurobiología en donde se pretende solucionar el vacío con una pastilla, o   llenar con palabras vacías la incomunicación, por medio del chat, o como es el caso de adolescentes con sus intentos de ser mirados y escuchados. Como también del engaño del ofrecimiento del mercado de objetos que supuestamente brindan la satisfacción, plus de goce disponibles para todos, que dejan al sujeto en  falsas soledades, obedeciendo al mandato superyoico de un gozar sin límite, trasponiendo la barrera de lo privado que pasa a lo público, hedonismo contemporáneo que borra la singularidad.

 Si hablamos de la función paterna como acotamiento de goce es porque es más que nunca en esta época en donde impera la desregulación, el caos de la época del no-todo, que es necesario que el analista cumpla esa función, con una clara orientación, que implica de nuestra parte una intervención, más allá de los consultorios,( y siempre teniendo como brújula el psicoanálisis puro, ya que sus resultados son invertidos en el psicoanálisis  aplicado y al que seguimos imponiéndoles las mismas exigencias en la formación de los analistas y teniendo el pase en el horizonte),  que intervenimos en las  instituciones, en la  ciudad, en los medios de comunicación,  en los diferentes dispositivos, en urgencias , en las Obras Sociales, en psicoanálisis en extensión.

Por la particularidad de cómo comencé mi práctica fue desde esa posición, trabajando en una pequeña comunidad, orientada por el deseo del analista, teniendo en cuenta que lo que distingue a un psicoanalista lacaniano es la posición que ocupa en el discurso. Es desde ahí, que se diferencia terapias breves de efectos terapéuticos rápidos, por que el psicoanálisis en esos contextos que no son los clásicos nos exige más rigurosidad aún, el analista nómada capaz de desplazarse en nuevos contextos, lo que se llamó el lugar Alfa que implica una posición decidida, requiere la movilización inmediata del saber acumulado previamente tanto en el estudio de los textos como en la experiencia efectiva, la evaluación instantánea, la asunción razonada del riesgo clínico y una reconexión con la realidad social.

 Si para nosotros "la realidad psíquica es la realidad social y la neurosis depende de las relaciones sociales", los efectos psicoanalíticos no dependen del encuadre sino del discurso, de las coordenadas simbólicas por parte de alguien que es el analista y cuya cualidad depende de la experiencia en la que se ha comprometido.

 Así, los psicoanalistas en contacto directo con lo social  encarnan lo social y restituyen el lazo social para los sujetos que acogen, sujetos que están precisamente en situación de exclusión. Es más, dice Miller, un analista no puede funcionar más que si está en contacto directo con lo social, aunque en su consultorio pueda desconocerlo y alimentar las dulces ensoñaciones de su extraterritorialidad. Cuando el lugar alfa emigra del consultorio hacia la institución, la verdad que se desnuda es la de la sociabilidad estructural de la posición y del acto analítico. Tampoco socialmente se trata más de la época donde la inserción social se hacía por identificación simbólica, sino que hay precariedad simbólica, la inserción se hace por consumición y el sueño es la satisfacción, en un desesperado esfuerzo por suplir un defecto de satisfacción que es de estructura.

 Momento de choque de civilizaciones: ideal del yo, Otro, respeto, autoridad, de la época victoriana, y la nuestra: glotonería, perversión, derroche, orgullo de goce.

El Psicoanálisis es una práctica con lo que no marcha, pero ese fracaso no nos deja en el malestar de la civilización, al contrario, con entusiasmo, apostamos a poder  hacer algo mejor con eso, con los síntomas, con el sínthoma de cada cual, nuevos lazos,

Como cada cual encontrará una manera singular de arreglárselas con eso que no funciona, no unificada, porque no hay un para todos igual. En relación a este tema, podemos tomar el concepto de Foucault de biopoder o biopolítica: la desigualdad en nuestra sociedad, por ejemplo, las muertes simbólicas, más allá de los genocidios, como los jóvenes presos y su escolaridad;  el fracaso escolar, los niños deprimidos, violentos, compulsivos, niños pobres con saberes devaluados, niños con organismos dañados, con imágenes corporales deterioradas, niños violentados, cuando estas diferencias aparecen en los bordes de las instituciones es un diferencia que se expulsa y se naturalizan los despotismos.  Una manera de concebir una biopolítica lacaniana, teniendo en cuenta, como plantea Goldenberg, en el contexto actual, las políticas de evaluación, regulación y sanitarias,  que son políticas sobre el cuerpo, sería pensar que no hay comunidad de goce, sino maneras singulares de vivir, el cuerpo es un cuerpo que habla y por lo tanto goza, es pulsional, donde el síntoma es un acontecimiento del cuerpo.

  Intentamos desde el psicoanálisis producir la  emergencia de un hablante ser responsable, no culpable, teniendo una orientación a lo real, para poder hacer algo con el síntoma, sinthomatizarlo. La cura apunta  no a lo que a alguien le haya tocado vivir sino cómo lo transita. De Winicott: "Tratamientos del vivir, esa forma de la fantasía, el amor, el juego, el arte con la que los humanos se atienden en sus angustias".

 *Psicoanalista, Miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis

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Un patrullero debe pasar al menos dos veces por día por las casas de las víctimas para verificar que esté todo bien. También hay 3 consignas policiales vigentes. Esperan que se implemente el botón antipánico y la tobillera electrónica.