HOJA DE VIDA

La historia de Jean Pierre: Las peripecias de dos trialistas en América

En esta segunda entrega de sus memorias, Jean Pierre Raemdonck escribe sobre su juventud y un viaje por América.
La historia de Jean Pierre: Las peripecias de dos trialistas en América
03/01/2021

DOS TRIALISTAS EN AMERICA.
Traducción artículo del Diario Les Sports Moteur de 1960

“Lamentablemente es muy raro que los jóvenes tengan todavía un espíritu  emprendedor. Es por eso que encontramos particularmente simpático que dos trialistas belgas, Charles Decorte y Jean-Pierre Raemdonck han decidido hacer algo que sale de los caminos habituales.

Estos dos simpáticos jóvenes, pensaron que, sus servicios militares cumplidos, que pronto iban a tener que mirar la vida con seriedad. Pero antes de eso se sintieron ansiosos de conocer el mundo. Por eso decidieron emprender un gran viaje, un viaje de seis meses a través de las Américas.

Salieron de Bruselas, navegaron a bordo de un barco de transporte de carbón hasta los Estados Unidos, su itinerario estipula después: México, Honduras, Guatemala, Nicaragua, San Salvador, Costa-Rica, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina y Brasil. Lo que es un lindo, pero muy largo periplo. 
Nuestros dos trotamundos desearon realizar este magnífico viaje, sin tener que recurrir a la generosidad de sus padres. Ya desde algunos meses, compraron antiguas motos de segunda mano, las arreglaron y las revendieron. También participaron en Pruebas de Motocross en las cuales unos premios en efectivo alimentaban la caja común. Hicieron la adquisición de una moto B.S.A. 350 cc de ocasión y la pusieron en buena condición.

Les quedaban entonces 40.000 francos, sea alrededor de 150 francos por día de viaje más los gastos de combustible. Adoptaron un equipamiento y equipaje mínimo. En mayor parte del tiempo, dormirán bajo carpa, cocinarán sobre un pequeño calentador y buscarán pequeños trabajos para redondear sus modestos ahorros. Charles Decorte decidió mantener el diario de la “expedición” y  comunicarnos los folletos que a partir de la próxima semana publicaremos aquí, en forma de telenovelas”.  

En 1958, terminé mi servicio militar con la experiencia de haber sido chofer particular de un simpático capitán del Instituto Geográfico Militar que  me había elegido,  tanto para acompañarlo en verano en sus misiones de mensuras en el país, como para atender el bar de los oficiales en invierno. Cumplía las dos funciones con mucho gusto. En el bar escuchaba las peripecias de la comisión belga en la Antártida y durante las misiones fuera del cuartel mi capitán elegía buenos hoteles y buenas comidas.

Este mismo año me recibí de perito automotor y empecé una pasantía en el estudio de un famoso perito al servicio de las compañías de seguros y de los tribunales. Rápidamente él me aclaró que esta profesión no era para mí. Para conseguir este diploma, había estudiado 4 años de cursos teóricos, además de una pasantía de varios meses en un taller de chapa y pintura automóvil. Mi patrón veía justo, se daba cuenta que mi diploma no me iba a servir mucho. Pero, sin embargo, antes de renunciar a esta profesión, opté por una última tentativa. Se trataba de hacer peritajes de los daños causados por posibles accidentes en los estacionamientos de la Gran Exposición Universal de Bruselas de 1958. Desgraciadamente para mí, durante mis guardias, no hubo ningún accidente. El destino me  confirmaba que éste oficio no era para mí.

En estos mismos días, mi amigo Charles Decorte había encontrado un trabajo en el stand italiano, donde escuchó durante dos meses, desde la mañana hasta el atardecer, el Concierto de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Después de tales jornadas monótonas para nosotros, nos encontrábamos para proyectar un porvenir más apasionante. Es así que nace nuestro proyecto de un viaje en moto a través de las Américas.

En esos años, era un desafío muy ambicioso  para dos jóvenes de 20 años. En primer lugar hacía falta plata. Además de la compra de la moto y equipamiento, teníamos que prever un presupuesto de alrededor de 10 dólares por día. Si bien teníamos nuestra mini empresa de “Arreglo Todo”, disponíamos de poca clientela. Además habíamos dado a nuestra empresa el número de teléfono del estudio de abogacía de Papá. Lo que no le encantaba. Es así que recurrimos al estudio de arquitectura del Papá de Charles. Él estaba construyendo muchísimos  departamentos y casas en el barrio. Nos convertimos en especialistas en colocación de cerraduras para estos edificios. También arreglábamos motos para revenderlas con algo de ganancias y participábamos en pruebas de motocross que daban premios en efectivo. Además íbamos a tener el gasto de cruzar el Atlántico. El año anterior, Charles y su hermano Michel habían realizado un viaje  en moto por el Noreste de Estados Unidos, que gracias a un amigo de Raymond, que les había conseguido un barco de carga para trasladarlos (ida y vuelta) con su moto a Estados Unidos no habían tenido ese gasto tan importante. Raymond volvió a llamar a su amigo y nos solucionó así este  problema. El paso siguiente era conseguir la moto ideal y todo el equipamiento necesario. Carpa, herramientas, repuestos, ropa, material de camping, etc. También hacían falta las visas de los países que íbamos a atravesar. Las Embajadas y Consulados no nos creían y teníamos que convencerlos. En esos años, no era común viajar por estos países de América Central y Sud América. Nuestro desafío se transformaba en un montón de desafíos que íbamos solucionando uno por uno.
 
Gracias a nuestras relaciones en el mundo de las motos, no nos fue difícil encontrar el tipo ideal de máquina para este viaje. Fue una BSA de 350 CC.  Modelo que conocíamos perfectamente por nuestras participaciones en Trial y Motocross, con motos muy parecidas. Para el resto fue más difícil, porque nos dimos cuenta que además de nuestro peso, íbamos a tener una terrible sobrecarga de equipajes y que la moto no iba a aguantar. Teníamos que limitar la carga a menos de 50 kg. Sea una carpa más chica, menos ropa, menos herramientas y a casi ningún repuesto para la moto. En caso necesario habrá que pedirlos y esperar.

El 19 de Agosto de 1960, salimos para el puerto de Amberes, dónde embarcamos a bordo de nuestro “Liberty Ship”, muy bien recibidos por el capitán y la tripulación. De la cubierta superior del barco nos despedimos con grandes gestos dirigidos a nuestros familiares y amigos. En pocas horas nos encontramos en un mundo diferente. El mar en calma, el cielo todo celeste, se escuchaba solamente el ruido del agua contra el casco del barco. A bordo estábamos como en casa. Íbamos de la sala de máquinas a la cabina de mando, pasando por la cocina, intentando de aprender un poco de inglés en nuestro camarote. En total éramos solamente cinco pasajeros. Uno de ellos un joven negro de Nueva York, estudiante de arquitectura, que había hecho un master en Bélgica. Rápidamente nos hicimos amigos, se llamaba Phil Taylor.

En Nueva York, su familia nos iba a recibir en el barrio negro de Long Island. En el tercer día, el capitán nos avisa que está pronosticado un fuerte temporal y que es conveniente contornarlo. Serán dos días más de travesía pero lo exige la prudencia. Igual nos hallamos al borde del temporal, lo que me provocó un buen mareo. El barco cabeceaba y rodaba de estribor a babor. Las olas pasaban por la borda y no podíamos abrir el ojo de buey de nuestro camarote. En el comedor, los platos se deslizaban sobre las mesas. Nunca me hubiera imaginado que esta situación angustiante podría haber sido peor.

Por suerte habíamos evitado el temporal, o el capitán había calculado mal. Después, el mar se calmó relativamente. No me reponía totalmente de mi mareo, comía sin apetito y pasaba horas encima de la proa mirando los peces voladores. Un día, unas ballenas nos anunciaron que nos estábamos acercando a la costa. Se multiplicaron las gaviotas y apareció una línea negra en el horizonte. Era América. Después de tres semanas de travesía mi corazón latía con más fuerza.

Llegábamos a Norfolk en Virginia. A pesar de mis clases de inglés no entendía una sola palabra de lo que me preguntaba el aduanero, quién subió a bordo para verificar nuestras visas. En tierra, fuimos bien recibidos por la población que nos invitaban una bebida y se interesaban por nuestro proyecto de llegar hasta Argentina con nuestra moto. Descubrimos una forma de vida distinta a Europa, donde los Supermercados y los Autoservicios no existían todavía. 

Acampábamos al borde de las autopistas, dónde a menudo nos venía a despertar la policía con sus impresionantes motos “Harley-Davidson” y nos hacían salir. Ellos no tenían ninguna idea de donde veníamos y sin duda que pensaban que Belgium era un estado americano donde vivía gente rara. Otro día acampábamos al borde de un río y un pescador con mosca nos ofreció una trucha. Un día que acampábamos sobre la playa de estacionamiento de un sitio ocupado por un histórico campamento de una tribu indígena, nos despertó  la llegada de los empleados del sitio con sus grandes coches. Una hora más tarde visitamos el campamento indígena y  encontramos a los mismos bajo sus carpas con las vestimentas tradicionales de sus antepasados. En realidad, nuestro campamento era más auténtico.


 Así, nos acercábamos a Nueva-York, dónde nos esperaba Phil, nuestro compañero de travesía. En aquel entonces los blancos y los negros estaban muy separados. Nos había llamado la atención que hasta  los baños públicos para negros eran separados de los otros con la mención “Colored People” para la”Gente de Color”. Eso explica porque sin conocer a Phil, nunca nos hubiéramos aventurado en el barrio negro de “Long Island” donde él vivía. La familia de Phil era humilde y nos recibió muy calurosamente. A nuestra llegada, seguramente parecíamos tan sucios que enseguida nos ofrecieron  una buena ducha en el único baño familiar. Después nos ofrecieron una buena comida en la cocina. Todo con una cordialidad que no olvidaremos nunca.  Phil nos hizo conocer su barrio, en el cual no nos hubiéramos sentido seguros sin él. A la noche nos llevó al famoso parque de atracciones de “Long-Island” con su terrible tobogán, arriba del cual uno percibe la ciudad antes de precipitarse en caída libre y volver a subir y bajar varias veces. Por suerte nuestros corazones aguantaron. 


Después de Nueva-York, seguimos hacia el norte de los Estados-Unidos para conocer las Cataratas del Niágara. Seguíamos acampando al borde de las rutas y en las ciudades dormíamos en los albergues para estudiantes (YMCA). En los “supermarket” descubríamos que podíamos probar gratuitamente las muestras de quesos y algunos otros productos. Al borde de las rutas podíamos conseguir frutas por pocos centavos de dólar. Bastaba pesar uno mismo las frutas y dejar las monedas en una alcancía. La vida parecía simple en Estados-Unidos entonces.
Después del gran espectáculo de las “Niagara Falls” nos dirigimos hacia el oeste. Hubiera sido interesante conocer Canadá, pero eso no estaba previsto en nuestro plan de viaje ni en nuestro presupuesto. Con mucha disciplina  vivíamos y el combustible estaba incluido en nuestros diez dólares diarios. En las ciudades era difícil y varias veces nos tentaban los restos de comida de los restaurantes. No podíamos imaginarnos que una vez en México, con cinco dólares diarios nos iba a alcanzar. 


A razón de 400 a 500 kms por día nos acercábamos a California, pasando por Kansas City, Colorado Springs, Salt Lake City, para llegar por fin a San Francisco donde entrabamos triunfalmente por el famoso “Golden Gate Bridge”. Ciudad extraordinaria con sus mezclas de razas humanas, todos americanos pero con sus características diferentes y su tranvía con cremallera en sus calles muy inclinadas. Después de dos días en San Francisco nos dirigimos a Los Ángeles, pasando por el “Yosemite National Park”.

 


 


 
Sobre un lago Salado cerca de Salt Lake City.
 

Al encuentro del petróleo.



 


Grandiosos paisajes en los desiertos en Estados-Unidos.
 

 

Charles lavando los “Bluejeans”.

 


Jean-Pierre ayudando a girar el tranvía en San Francisco.
 

Fuente: https://jpraemdonck.blogspot.com/
 

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