MEMORIAS

La historia de Jean Pierre: "Viaje por las Américas" (Cap 3)

En esta entrega, el vecino Jean Pierre Raemdonck escribe sobre su viaje por América.
La historia de Jean Pierre:
09/01/2021

 

En Los Ángeles, nos recibe “Bud Ekins” con los brazos abiertos. Bud había ido a Europa durante su juventud para practicar el motociclismo y había logrado una amistad con los Decorte. Puso a nuestra disposición su casa y su taller de moto con un mecánico. En una semana tanto nosotros como la moto nos encontrábamos como un cero kilómetro. Antes de partir Bud organizó un pequeño motocross y nos pidió de participar. No le podíamos rechazar la invitación.

En Estados Unidos el motocross no existía todavía y nuestra demostración fue un éxito. Nos divertimos y nos invitaron cerveza y comida en abundancia. Antes de despedirnos, un empleado de Bud nos pintó un hermoso dragón sobre el faro de la moto. Apenas acostumbrados a una vida confortable en la casa de Bud y su grupo de amigos, salimos a descubrir México pasando antes por "Las Vegas, la capital americana del juego". Nunca nos habíamos imaginado una ciudad así. Copio lo que Charles escribió a su padre sobre esta locura, para ser publicado en el diario “Les Sports Moteurs”, con las otras cartas que Raymond transmitía en el diario.

“Querido Papá:, 

En la ciudad de las Vegas se ve solamente Casinos, tubos fluorescentes y publicidades. Parecen montañas de lámparas de todos colores que se encienden y se apagan en dibujos de los más extraordinarios. Entramos en algunos de estos casinos, donde miles de máquinas tragamonedas funcionan sin parar día y noche. El principio es simple: pones: 5, 10, 25, 50, o 100 centavos de dólares en el aparato, tiras una palanca y esperas,…casi siempre para que nada ocurra. La impresión que uno siente al entrar en estas salas es terrible. Un ruido infernal de palancas accionadas continuamente, de monedas cayendo en las máquinas y de gente gritando. Son filas de máquinas llamadas acá ”Jackpots” que forman largos pasillos entre las cuales pasan unas joven, a fin de cambiar los dólares de los jugadores. No he visto nadie ganar. Son gente de clases sociales muy variadas, desde el antiguo “cowboy”, hasta el señor muy distinguido, o por lo menos que se muestra muy importante. Las mujeres, en general son de 50 a 60 años, vestidas de las maneras más extravagantes: algunas con pantalones cortos horribles, con colores para enfermar un elefante. Estas señoras se instalan delante de su máquina; un banquito mantiene sus voluminosas asentaderas; en una mano mantiene una copita llena de monedas que colocan una por una en los “Jackpots”, con la otra tiran la palanca con fuerza, a veces se enojan y vuelven a empezar. Y para ganar tiempo, porque acá “Time is Money”, algunas juegan con dos máquinas a la vez, mientras esperan los resultados de la primera, juegan con la otra. En el mismo casino se puede jugar a la ruleta y a todos los juegos de azar posibles”.

No era un lugar para nosotros. Nos escapamos de Las Vegas para acampar abajo de un puente y al día siguiente, nos dirigimos hacia el famoso Parque Nacional del “Gran Cañón del Colorado”. Allí todo se encontraba perfectamente organizado, especialmente para acampar. Carpas amplias, buenas instalaciones sanitarias, duchas, etc. En estos primeros días de la temporada de cacería, por respeto a las tradiciones del “Far-West”, durante las dos primeras semanas los cazadores podían usar solamente arcos y flecha, como usaban los indios un siglo atrás. 

 

Nos acercamos a México, pero allí nos sucede la aventura que nos cuenta Charles: “Llegamos a Phoenix, Capital de Arizona. Hasta acá habíamos tenido mucha suerte. En lo de Bud Ekins, cinco días sin ningún gasto, con pistón y cilindro nuevo, en otro negocio de moto pagamos y el patrón nos devuelve el dinero. En un bar amablemente nos ofrecen una comida gratis. Al borde de la ruta nos invitan a compartir un copioso picnic. Pero pocas millas antes de llegar a Phoenix, salimos de la ruta, esperando acampar a la orilla de un lago; anduvimos 20 millas de camino de tierra con dientes de serrucho para encontrar un lago sucio que abandonamos enseguida, volviendo al lugar desde dónde veníamos. A mitad de camino se desengancha el bolso de “los papeles” (pasaportes, visas, travellers checks…). Cuando nos dimos cuenta, Jean-Pierre pega la vuelta y me quedé esperando. Un auto llega y se detiene, explicándome que un “yellow Chevy” (una Chevrolet amarillo) que está por pasar había levantado el bolso. En ese instante, el “yellow Chevy” aparece. Hago grandes señas pero el coche no para. Espero a Jean-Pierre para perseguirlo. Cuando llega, salimos a plena velocidad sobre este camino de piedras y arenas. De repente un “click click” se oye y la moto se atraviesa durante 25 metros de un lado a otro y así otras veces más hasta que nos paramos para constatar que en la cubierta trasera había entrado un pedazo de hierro. La cámara de aire estaba fuera de uso. Por suerte teníamos una de repuesto. Reparamos rápidamente y salimos de vuelta atrás de nuestros papeles. Cinco kilómetros después quedamos sin nafta. ¡Qué día! Transpiramos empujando la moto y equipajes. A los 5 kilómetros encontramos un surtidor de nafta y salimos hacia Phoenix, siempre sin nuestros papeles ni travellers checks. ¡Vamos a la policía… pero nada! Nos aconsejan ir al Consulado de Bélgica. Como es tarde vamos a un albergue para estar presentables al otro día. Pero no encontramos ningún Consulado de Bélgica en Phoenix, tenemos que ir hasta Los Ángeles. Que mala suerte. Antes de viajar decidimos ir al Consulado de Francia, el Cónsul nos recibe muy bien y se ofrece de llamar a las diferentes comisarías de la ciudad. Primer llamado, nada. Segunda llamada nada. Llama una tercera vez, es la última posibilidad. Cuando el Cónsul me preguntó si mi nombre era realmente Charles-André, entendí que estábamos salvados”.

Después de 10.000 kms a través de los Estados Unidos llegamos a México. Otro país, otro mundo y otra manera de vivir. La primera ciudad donde paramos es Magdalena y justamente llegamos en plena semana de fiesta. No sabíamos que en México, a menudo es fiesta. La gente, a pesar que vive pobremente, parece feliz. Hay que acostumbrarse al calor, 42°C a la sombra y la moto recalienta. Hay que dormir la siesta como todo el mundo y viajar temprano en la mañana y/o al atardecer.

Cuidado a las mexicanas


Si en los Estados Unidos, gastábamos diez dólares por día, acá tres dólares por día eran suficientes. Desgraciadamente la moto empieza a mostrar algunos problemas: eléctricos, cubierta trasera, ruidos anormales del motor y otros. Hasta nuestra llegada a México City ya habíamos acumulado 12.500 km. Allí encontramos un hotel económico dónde nos dejan entrar la moto en el pasillo de los dormitorios. Al día siguiente, desgraciadamente nos damos cuenta que la carpa que había quedado sobre la moto, no está más. La dueña del hotel nos explica que los mexicanos son amantes de recuerdos y que eso hace parte de las costumbres del país. Pedimos auxilio a Bélgica, de donde una carpa nueva salió por avión. Después de esta experiencia, aceptábamos solamente los hoteles donde podíamos entrar la moto en la habitación. 

 

Después de México City, fuimos a conocer Veracruz sobre el Atlántico y después Acapulco, verdadero paraíso terrenal donde un amable soltero nos invitó en su espléndida casa con vista sobre el Océano Pacífico y un “mayordomo” para servirnos un excelente desayuno sobre la terraza. 

Sin haber conocido las pirámides mexicanas nos dirigimos hacia Guatemala. Nos avisan que la ruta está inundada y que nos conviene poner la moto sobre el tren. Como eso cuesta mucho, probamos seguir con nuestra buena moto BSA. Después de algunos kilómetros y varios vados de más de un metro de profundidad, decidimos seguir sobre la vía del tren.

 
Charles con la BSA sobre las vías del ferrocarril.

 

Pero ponerla entre los rieles es demasiado peligroso. No tendríamos el tiempo de retirarla a la llegada del tren. La moto con sus equipajes pesaba más de 150 kg. Tuvimos que ponerla sobre el borde exterior de las vías y manejarla con mucha habilidad, siempre listos a bajar del terraplén cuando aparecía un tren. Y a veces hundiéndonos hasta las rodillas en el barro. Después, nos costaba volver a poner la moto sobre la vía. Mientras uno manejaba el otro seguía a pie. Lo peor eran los puentes, allí arriesgábamos realmente, porque los travesaños de rieles sobresalían solamente 30 cm. Por suerte, después de dos días y 80 km. de saltos, llegamos sanos y salvos a Guatemala.

 

En la frontera entre México y Guatemala nos esperaba un nuevo problema. Del lado mexicano a las 12 am., exactamente se cerraba la aduana hasta terminar la siesta, a las 15 horas. Del lado de Guatemala era peor, porque los aduaneros parecían no saber lo que es una visa. El primer aduanero abrió mi pasaporte al revés hasta que llegó a la foto. Lo enderezó rápidamente y lo entregó a su jefe. Todo eso con mucha seriedad. En realidad, estos aduaneros eran más psicólogos que burócratas y por fin, poco antes del cierre de la aduana, nos consideran gente bien, autorizados a entrar en Guatemala. ¿Para qué habíamos perdido tanto tiempo en conseguir las visas en el Consulado de Guatemala en Bélgica?

 
Bien recibidos por los habitantes.

Guatemala es un país de volcanes con una población primitiva, en general muy pobre. Alrededor de un lago, descubrimos varios clanes distintos, vestidos de forma muy pintoresca y hablando idiomas distintos. Eso a pesar que en las escuelas se enseña solamente el español. El clima es caluroso y húmedo. Por suerte la moto se porta bien, caso contrario no hubiéramos encontrado donde repararla. Una noche acampamos en un hotel abandonado, situado al pie de un volcán. Este volcán tenía la particularidad de ofrecer una erupción cada seis horas, hasta el día que un americano vino a construir su hotel. Apenas terminada la construcción, el volcán se apagó. Y ahora el americano espera. El guardián del hotel nos recibió amablemente y al día siguiente subimos hasta el cráter de dónde salía un humo amarillo con olor a azufre. 

 

Después de Guatemala, cruzamos sin problema a El Salvador, Honduras y Nicaragua.

 
Para estos chicos somos “Extraterrestres”.

 

Vuelvo a las notas de Charles comunicadas al diario “Sports Moteur” desde Managua la capital de Nicaragua, el 6 de Noviembre de 1961: 

“Atravesamos tan rápidamente estos países que no tengo mucho para decir. Sus capitales se parecen, la influencia de los Estados Unidos se hace sentir en todas. Los paisajes son espléndidos. Desde México, cuando sale el sol, miles de pájaros con sus colores y sus cantos nos hacen compañía. Sobre las rutas, vacas, terneros y cerdos viven en libertad. A menudo son víctimas del tránsito. Si es una vaca, aparecen los habitantes; uno se lleva el cuero, otros cortan con sus machetes grandes pedazos de carne que las mujeres llevan sobre sus cabezas. Los pájaros carroñeros aparecen al final.

 
Managua City.

Las rutas son generalmente de tierra y conocimos algunas terriblemente malas. Sin embargo, en todas partes se trabaja en la famosa “Panamericana” de la cual habla todo el mundo. Cuando podemos aprovechar algunos kilómetros de asfalto, es con frenesí que acostamos la moto en las curvas a pesar de nuestra sobrecarga y de nuestras cubiertas gastadas. Totalizamos actualmente 17.500 kilómetros, fácilmente realizados, pero nos espera Costa Rica, Panamá, Colombia, etc…”

En Nicaragua existen dos lagos, de los cuales uno posee 8264 km2. Sus orillas todavía muy salvajes en muchas partes. Alrededor hay numerosos volcanes. Ayer, aprovechando el calor del agua, debido a la proximidad de los volcanes, estábamos lavando nuestras ropas, cuando apareció el hijo del Cónsul de Nicaragua que Jean-Pierre había conocido en Bélgica, que nos invitó a dar una vuelta en su barco. Al bordo del cual navegamos entre las numerosas islas formadas por las erupciones volcánicas. Abordamos una, donde fuimos presentados a numerosos nicaragüenses, de los cuales varios hablaban inglés y algunos francés. Pasamos allí algunas horas de ensueño, al sol, atendido por gente muy amable, ofreciéndonos en cada instante algo de comer o beber. Aprendimos que el Rey Leopoldo III había pasado hace dos años, por esta isla. A la noche en nuestro hotel económico, con pulgas en nuestras camas, volvimos a la realidad. Muchos lugares del país están cortados por las inundaciones. Esperamos nuestra visa para entrar a Costa Rica. Como en muchas partes, acá la gente pasa horas sentados a la sombra de un árbol en largas conversaciones. 

A cada país sigue otro más lindo que el precedente. Cruzamos regiones extraordinarias y la ruta se pierde entre la selva. La densidad de la vegetación es fantástica: plantas trepadoras invaden árboles enteros, las enredaderas constituyen una selva impenetrable. En esta selva viven pumas, monos y otros animales. Frecuentemente, de ambos lados de la ruta, son lagunas y suelos esponjosos, donde los reptiles y los pájaros son reyes, allí nadie los pueden alcanzar. En un momento, una gallina se nos cruzó; mirando por atrás, vimos una nube de plumas que se dispersaban al viento. Otro día, tuvimos mucha suerte, en una curva en montaña, nos encontramos de repente frente a dos vacas acostadas en el medio de la ruta, cortándonos el paso. No hay tiempo para frenar, y es imposible pasar al lado, además la moto está muy inclinada. Entre las dos vacas, un estrecho corredor, hay que apuntar muy justo. A 80 kilómetros por hora, pasamos, raspando las dos vacas. Estos incidentes son compensados por lo que nos ofrece la naturaleza de estos países. Cada mañana, el cielo nos pinta maravillosas pinturas, donde los volcanes se pierden en las nubes y la luz da vida a un horizonte colorido. El atardecer es el fin del mundo cuando el espectro de los grandes árboles dibuja en un cielo de fuego, figuras macabras. A veces, un gran arco iris forma, al final de la ruta, una inmensa puerta. Es la puerta de la aventura que se aleja a medida que pensamos alcanzarla”.


Como Charles cuenta tan bien nuestro viaje en América Central, sigo copiando su diario:

“San José de Costa Rica, 10 de Noviembre 1960. Estamos en San José desde anoche. Llegamos escoltados unos cien kilómetros por un agente de policía en moto. Lo conocimos cuando recién se nos había reventado nuestra cubierta trasera. La cubierta salió de la llanta y por milagro no nos caímos.

Acompañado de nuestro agente, parábamos en cada pueblo. Él nos presentaba a sus conocidos que nos ofrecían algo de comer y beber, como ananás y otras frutas. Costa Rica es un país limpio y organizado con una naturaleza que ha guardado su aspecto grandioso y salvaje. En las ciudades y pueblos los chicos van con uniformes a la escuela. En San José nuestro policía nos presentó a su capitán que nos invitó a pasar las noches de nuestra estadía en una habitación del cuartel. El día anterior un joven llegando de Argentina había pasado la noche en el mismo lugar. Tenía en el cuerpo las marcas de 18 balas de revolver y algunas de cuchillos. Había sido atacado por bandidos en Colombia que le habían tomado todo lo que poseía. Después recibió la ayuda de otra banda colombiana…!Que aventura!

La ruta que sale de San José hacia Panamá, si bien existe sobre el mapa, en realidad está todavía como proyecto en muchas partes. El medio más simple para nosotros sería de tomar un barco directamente hasta Colombia o hasta Panamá. Pero nos gustaría tratar de viajar hasta Panamá por tierra. Si durante algunos tiempos no reciben noticias, es que estaremos en la selva. La prudencia nos incita a hacer la adquisición de una cámara de aire y de una nueva cadena. 

Hace tres semanas, que estamos acá en San José y no sabemos todavía cuando saldremos, porque la época de lluvia no terminó todavía. 

La primera semana, la pasamos en el cuartel policial de tránsito, muy bien atendidos por los agentes de la ciudad que ahora son nuestros amigos, lo que es importante porque son muy severos con los motociclistas. Allí, vivimos la tensión de un momento de revolución que empezó en Nicaragua pocos días después de nuestro pasaje. Unos cincuenta fanáticos, armados de algunos fusiles tentaron de tomar el poder, en lo cual fracasaron, pero mataron el jefe de la policía nicaragüense y algunos hombres en la frontera. De San José, salió por avión una tropa de refuerzo, con el fin de prohibir el acceso de los revolucionarios al país. Ahora, se olvidaron de la revolución y todo el mundo se prepara para las fiestas de Navidad y Año Nuevo. 

Cuando el capitán de la policía nos preguntó si pensabamos irnos, entendimos que ya habíamos abusado de su hospitalidad y como chicos bien educados, nos despedimos para domiciliarnos en el local del Moto Club de la ciudad. Era un antiguo cobertizo del Club de Aviación de San José con oficina y baño con ducha. No nos hacía falta más y a pesar que la vida no cuesta mucho acá, empezamos con un trabajo de pintura para mejorar un poco nuestra economía. El trabajo consistía en pintar el techo del local, agregando sobre el mismo el nombre del actual Club. Trabajábamos durante las horas de la mañana. Al medio día, en un típico restaurante comíamos el plato nacional “Arroz con frijoles” con carne y verduras, postre y café por muy poco dinero. A la tarde, excursiones y nuevos encuentros. Es así que hemos conocido una simpática señora francesa, casada con un costarricense, que pasó su vida viajando y donde pasamos a almorzar dos veces por semana. Ella nos cocinaba recetas que llamaba “bien nuestras” pero que nunca habíamos probado antes. Esta dama, atrás de una cortina tiene un pequeño consultorio donde lee las manos de sus clientes, jóvenes y no tan jóvenes, quienes le pagan la consulta después de escucharla con mucha seriedad. Nosotros sin quererlo escuchábamos sus predicciones. Para nosotros dos, nos reveló con mucha seriedad “ustedes tienen afición para los viajes”. Esta mujer, después de haber estudiado psicología y la naturaleza humana, usa también cartas con las cuales nos anunció que una carta nos esperaba en el correo. Este matrimonio es de lo más acogedor que hemos conocido. En su jardín nos ofrecen bananas, naranjas, limones y otros frutos exóticos.

 
Jean Pierre, en plena labor.

 

 
Trabajo terminado

Después de haber terminado la pintura del Club, Jean-Pierre se puso a reparar la moto del presidente del Club. Ayer fue para nosotros una jornada inolvidable. El Club festejaba su sexto aniversario y estábamos invitados como personalidades de honor. La fiesta se organizó en pleno campo con un inmenso asado además de otras preparaciones de pastas, verduras, salsas, etc…También habían juegos típicos de América Central como la “Tinaja”, que es un envase lleno de golosinas, suspendido a un árbol, abajo del cual la gente está invitado uno por uno, a tentar de romper la Tinaja con un palo pero con los ojos vendados. La muchedumbre grita, ayudando o engañando al que tienta su suerte. Escenarios cómicos hasta que se rompe el envase y todos se precipitan para agarrar las golosinas y recuerdos. Después de la comida, nos hicieron contribuir con una demostración de Trial y la organización de un Motocross. Con nuestra moto incluida, había solamente cuatro motos. Después de cuatro vueltas Jean-Pierre me pasó la moto y así terminamos con tres vueltas de avance sobre el segundo participante. Recibimos flores y tres jabones perfumados, como premio. En San José, todo el mundo empieza a conocernos. Uno de nuestros amigos, un chino cuyos padres son dueños del mejor restaurante de la ciudad, nos invitaba a comer. Otras veces, otros nos invitan. Nos ofrecieron también café y un fabricante de spaguetti nos regaló un montón de pastas. No nos falta nada y el local del Club se convirtió en un centro de reuniones y de reparaciones de motos donde Jean-Pierre se está haciendo algunos pesitos. A decir la verdad, nos encontramos bien en esta ciudad, donde muchos son un poco locos, donde la circulación es bastante peligrosa y por otra parte, donde la vida parece fácil. Mientras estoy cocinando, Jean-Pierre se está rompiendo la cabeza con un problema de distribución de engranajes de la moto del presidente. Después de haber controlado y corregido sus diagramas, quedaba una sola conclusión: “En la fábrica se tienen que haber equivocado”. Ahora la moto esta rearmada y anda bien. Es lo principal. Vamos a despedirnos de esta ciudad, o más bien de éste gran pueblo, que según sus habitantes es lo mejor del mundo y de estos muchachos un poco locos que para darse importancia hacen cualquier locura y de las chicas que parecen siempre volver del baile”. 

Después de esta excelente estadía en San José, esperando el final de la época de lluvia, nos encontramos de vuelta sobre la famosa “Panamericana” en construcción. San José está a trescientos kilómetros de la frontera de Panamá, pero en aquel entonces ningún puente se encontraba terminado. Normalmente, pensábamos poder cruzar los numerosos ríos que corren desde las montañas hacia el Pacífico, por su bajo caudal. Pero, no sabíamos que la época de lluvias terminaba más tarde al sur de San José. Y todas las tardes, caían sobre nuestras cabezas, verdaderas lluvias tropicales, ocasionando la subida de los niveles de los ríos.

 

El 10 de Diciembre de 1961, Charles escribe: 

“Después de cuatro semanas en San José, seguimos nuestro viaje vía Panamá, calculando un máximo de tres días, teniendo en cuenta algunos imprevistos siempre posibles. Saliendo de San José el sábado, viajamos todo el día bajo la lluvia. A los pocos kilómetros se termina el pavimento y empieza el barro.

 
La Panamericana al sur de San José en el año 1960.

 

La primera parte nos obliga a la ascensión del Cerro Chirripó Grande (3250 m.s.n.m) y luego bajamos casi al nivel del mar. Al atardecer llegamos a San Isidro del Caheral. En San José, un amigo nos había dado una carta de recomendación para un sacerdote que nos recibe muy bien y pone a nuestra disposición una habitación en la cual entramos la moto. Cerca se encuentra una estación de radio con el nombre de “Radio Sinaí”. Este sacerdote, asume solo la dirección de esta estación. También dirige un diario, en el cual incorpora un artículo sobre nuestro viaje. Todo eso, mientras se ocupa de su parroquia y dirigiendo además la reconstrucción de su iglesia. A la noche, vamos al más “cowboy” de los cines que hemos visto y justamente es un western. El público es parte del espectáculo, gritando cada vez que la ocasión se presenta”. 

 

Domingo 11 de Diciembre 1960: 

“Después de un copioso desayuno ofrecido por nuestro buen padre, salimos pensando llegar a Panamá el mismo día. Al principio la ruta es magnífica, de tierra y muy ancha. Pero pronto se angosta y nos encontramos con el barro y los primeros ríos.

 
La Panamericana en época de lluvia en 1960.

Los primeros ríos son fáciles, 20 metros de ancho, 50 cm de profundidad. Pasamos varios, bastaba parar el motor y empujar la moto hasta el otro lado. Cuando teníamos suerte, arrancaba enseguida sin necesidad de secar la instalación eléctrica. Más adelante no fue tan fácil, los ríos eran más anchos y más profundos, bajo una lluvia torrencial o bajo un sol de plomo. En cada cruzada, teníamos que pasar en primer lugar los equipajes, buscar el mejor lugar para empujar la moto, mientras la corriente nos desviaba. En la otra orilla, teníamos que desarmar y limpiar el carburador y los platinos. Lo ideal hubiera sido una magneto “Waterproof”. 

Después de una cruzada, mientras estamos cargando los equipajes, un camión se acerca y el conductor se ofrece llevarnos. Apreciamos el confort y la facilidad del camión para cruzar grandes ríos. Es un camión equipado especialmente para este fin. Llegamos a un pueblito, en el cual el camión se queda. Bajamos la moto que no quiere arrancar. Por fin, después de acercar al mínimo los electrodos de la bujía, podemos continuar contentos porque nos dijeron que no había más ríos que pasar. A los pocos kilómetros, ¡Dios mío! más ríos que cruzar. Uno con el agua al nivel del tanque de nafta. Y milagro, una vez del otro lado, la moto arranca con la primera patada.

 

 
Seguimos por la Panamericana.

 

 
 

Llueve y la ruta empeora con todas sus trampas. Lo peor es la rueda delantera que se bloquea por efecto del barro arcilloso que se acumula entre la cubierta y el guarda barro. Mientras uno maneja, el otro empuja. Morimos de calor y la lluvia no para. El atardecer llega. Aparte del desayuno, no habíamos comido nada. 

Llegamos al rio más grande visto hasta entonces, 300 metros de ancho y 2,50 metros de profundidad, imposible cruzarlo. Hay una balsa, pero hasta mañana no va a funcionar. Sobre nuestra orilla, hay algunas piraguas, simples troncos en los cuales se tallaron el interior. Unos indígenas nos ofrecen cruzarnos. La moto la subimos a una piragua, con el agua al borde y manejada con mucha habilidad por dos nativos. Milagrosamente llega la moto a la otra orilla. No pensábamos que iba a llegar con el peso de la moto. Nosotros cruzamos en otras embarcaciones con los equipajes. 

Llegó la noche cargamos la moto y salimos. Todos nos aseguran que no hay más ríos. Pero cruzamos varios todavía. Queríamos llegar a un pueblo no muy lejos para conseguir nafta y aceite. En estas cruzadas de ríos el agua había entrado en el cárter del motor y se había mezclado al aceite. Nos encontrábamos en una ruta en obra. En muchas partes había deslizamientos de tierra, el camino se corta y teníamos que abrirnos paso por la vegetación con nuestro machete. 

Por fin llegamos a Palma Sur, donde encontramos un conocido de San José que nos invita a alojar en su casa. Después nos encontramos con un mexicano ex-capitán de aviación que nos cuenta varias historias de aviación. Lo escuchamos con atención sin creerle demasiado y nos invita a cenar. Al salir del restaurante, conocimos al jefe de la policía local, quien también nos invita a dormir en su casa. De golpe nuestro nuevo amigo mexicano también nos invita a pasar la noche en el hotel del pueblo. Son tres invitaciones el mismo día. Terminamos por aceptar la invitación del jefe de policía, la moto estaría más segura. Le preguntamos si tiene mucho trabajo, nos contesta que de vez en cuando tiene que arrestar algunos asesinos que matan para robar. Pero dice que eso no es nada en comparación a Colombia donde son bandas organizadas, contra los cuales el gobierno no puede hacer nada, el país siendo muy grande y los bandidos bien informados. Después del problema de los ríos, esperemos que el próximo no sea el problema de los bandidos de Colombia. 

Al día siguiente, no encontramos ni combustible ni aceite en el pueblo. Salimos con la poca nafta que nos queda para reencontrar los mismos inconvenientes. Al atardecer nos encontramos con un río de cien metros de ancho, pero con una correntada tan fuerte que Jean-Pierre, cruzando a pie con un bolso, es llevado por la corriente varios metros, hasta que pudo alcanzar la otra orilla. En este momento empieza a caer una lluvia torrencial, el nivel del agua sube rápidamente y nos encontramos separados por este caudaloso río. Más lejos, descubrimos un árbol caído encima del río que hace oficio de puente, pero a más de 10 metros arriba del suelo. En el medio del río se quedó un camión. El chofer nos presta una soga. La atamos al eje trasero de la moto y la subimos colgada encima del tronco. Después, pueden imaginar lo que fue de llevarla sobre el tronco mojado. Si llega a caer en el río: ¿dónde la encontraríamos? Pero por una suerte increíble, pasamos sin incidentes. 

Desde la mañana hasta la tarde estábamos empapados pues el sol era tan fuerte y nos hacía transpirar tanto, que nuestras ropas no se secaban. Después de este río, otro y después otro más y en un momento nos damos cuenta que perdimos un bolso. Para aliviar la moto, Jean-Pierre sale solo en ella a buscarlo y yo sigo a pie. Después de tres o cuatro kilómetros, Jean-Pierre tiene que parar, el motor se bloqueó, sabiendo el estado del aceite mezclado al agua y el ruido que hacia el motor… algo tenía que ocurrir. Por mi lado sin escuchar volver a Jean-Pierre, vuelvo hacía atrás en su búsqueda. Jean-Pierre, después de haber disparado unos tiros con su revolver para avisarme y que no escuché, siguió a pie en la búsqueda del bolso. Caminamos así una hora en una noche sin luna. Cruzar una selva en esta condición no tiene nada de divertido. No se ve nada, pero se oían muchos ruidos. En el fondo escuchábamos el sonido de los monos y los pájaros, pero había otros ruidos, como el de las ramas que se quiebran y que nos asustaban. Por suerte nos encontramos en el lugar de la moto casi en el mismo momento.

A los pocos kilómetros, se encuentra una cantina, donde pudimos recuperar fuerzas. Acampamos cerca y al día siguiente, en un obrador de la construcción de la ruta, conseguimos cinco litros de nafta y uno de aceite. Limpiamos las canalizaciones de aceite y aprovechamos del sol para secar nuestro equipaje. Ahora en mejores condiciones, con la moto andando bien con aceite sin agua, seguimos. Pero los problemas siguen con otros ríos y cortes de caminos por deslizamientos. Cruzamos un río importante sobre una balsa, recién terminada. Son cuatro troncos unidos uno al lado del otro. Ya no aguantamos más el agua. Cruzamos un jabalí que no parece asustado de vernos y llegamos a la frontera. Ninguna indicación nos avisa que entramos en otro país. El puesto de aduana: una triste cabaña, se encuentra a 200 metros al costado de la ruta. 

Fuentehttps://jpraemdonck.blogspot.com/2021/01/capitulo-3-viaje-por-las-americas.html

 

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