MEMORIAS

La historia de Jean Pierre: La primera competencia de Motocross (Cap 7)

En esta entrega, Jean Pierre Raemdonck escribe sobre la visita de una tía lejana de Bélgica y la organización de la primera competencia de motocross en la región.
La historia de Jean Pierre: La primera competencia de Motocross (Cap 7)
06/02/2021

Un día, a principios del año 1965,  me llegó un telegrama de Bélgica, diciendo: Llego  Buenos Aires - Vuelo Air France N°…., día…. Firmado Anne Delaere (Tía lejana de la familia, de más o menos 60 años en esa época). Yo poseía una antigua furgoneta Mercedes Benz, Diesel, color verde, que había bautizado  “Clorofila”. No andaba a más de 70 km por hora, con la  ventaja que gastaba muy poco en su velocidad de crucero de 70 km/h. Quedaba justo el tiempo necesario para llegar al Aeropuerto de Ezeiza a 1600 km de Angostura, para encontrarme con mi buena tía que había tenido la estupenda idea de venir a visitarme. Normalmente, yo demoraba tres días mínimos para tal viaje, a condición que sea sin inconveniente mecánico durante esos 1600 km. Por suerte, la mecánica funcionaba bien, pero la carrocería dejaba mucho que desear. El piso de madera se levantaba por la presión del aire cuando cruzaba un camión o un colectivo. A veces, las puertas se abrían solas. Durante las largas etapas, las ataba con sogas. Aparte esos pequeños problemas, Clorofila nunca dejó de andar y con ella hice varias veces el viaje Angostura/Buenos Aires/Angostura, aprovechando cada expedición para visitar el país y amigos.

Entre otros, la familia Steverlynck en Lujan y en Santa Rosa donde me invitaba el matrimonio de Marcelo Huvelle y Cecilia Steverlynck. Cuando  iba por la ruta de Bahía Blanca pasaba a visitar a Jean en Azul y a Tom en Choële Choël. Pero en éste viaje no había tiempo de sobra para llegar a Ezeiza, antes que aterrice la tía. Era una alegría para mí recibirla, a pesar que no la iba a  llevar en un vehículo más confortable. Era la primera visita de un miembro de la familia desde mi radicación en el país.

Tante Anne 

Una vez más, Clorofila se portó bien y llegué justo a tiempo a Ezeiza para abrazar a mi tía en el momento de su llegada. En esa época, la gente viajaba bien vestida, las mujeres con sus joyas. Fue como si recibiera a la Reina de Inglaterra. No olvidaré nunca su reacción cuando le presenté Clorofila, con su triste pinta, cubierta de tierra, estacionada al lado de varios coches de lujo y taxis impecables. Me pregunto: si eso era mi coche. Y poco después me preguntó: ¿es lejos donde vivís? Le contesté que no tenía que preocuparse, que antes de viajar hacia La Angostura, iba a poder descansar de su vuelo en la casa de la familia Groverman en Buenos Aires. Ella no podía creer que Buenos Aires se encontraba a 50 km del aeropuerto. Después de una cordial recepción y un buen descanso, dejamos Buenos Aires para dirigirnos en dirección de Mar del Plata, a bordo de Clorofila, limpita.

Clorofila en sus jóvenes 15 años de edad, en 1965.

Mi tía Anne,  había dedicado su vida a su madre y solamente después de su fallecimiento decidió comprar un cochecito para  viajar por Europa. Después de Europa, emprendió grandes viajes, uno a Estados Unidos y otro a Asia. Era como la exploradora de la familia. Seguramente que papá y mamá estaban contentos de aprovechar su expedición a la Argentina, para saber lo que era mi vida en este lejano país, después de conocer la noticia de la entrada de Jean en el monasterio trapense de Azul.

El día anterior a nuestra salida de Buenos Aires, me habían regalado un perrito que coloqué entre las valijas de Anne. Ella, muy bien vestida con sus joyas, valorizaba a Clorofila que se imaginaba a si misma convertida en una verdadera “Rolls-Royce”. En cada parada, provocábamos la curiosidad de la gente de campo, pocos acostumbrados a esta clase aristócrata tan pobre como para andar con ese miserable carruaje. Al mediodía almorzamos en un restaurante de camioneros. Creo que si el presidente de la República hubiera estado allí, no hubiera tenido tanto éxito como nosotros. Compartimos un “inmenso bife a caballo” con un huevo frito encima. Anne apreció la calidad de la carne y no se había imaginado nunca el  tamaño de las porciones de carne que pedían los clientes.

Antes del anochecer, llegamos a Mar del Plata. El viaje, a pesar del ruido del motor y del olor de los pipis del perrito, no había sido demasiado cansador. Elegí un buen hotel sobre la costa. A la mañana siguiente, la hotelera, que se había encariñado con el perrito, ofreció quedárselo contra el pago de nuestra cuenta del hotel. Anne quedó encantada de la negociación y seguimos nuestro viaje en dirección a Bahía Blanca, segunda etapa. Al día siguiente empezábamos la cruzada este-oeste del país. Después de los 50 primeros kilómetros, Anne tomaba conocimiento de las rutas de tierra con todo el polvo que se metía en la furgoneta. Clorofila se transformaba en un verdadero aspirador de arena fina. Lo que  cambiaba el color del elegante vestido de Anne. Por suerte, ella como perfecta exploradora, aceptaba la situación.

En la tarde, llegamos a Choële-Choël, en lo de Tom, muy feliz por nuestra llegada y muy sorprendido, porque en aquel entonces no había forma de avisar por teléfono. Tom, todavía soltero, nos recibió como reyes. Anne vio así lo difícil de la vida en la Patagonia, lejos de todo, produciendo buenos tomates pero desgraciadamente muchas veces mal pagados al productor, que tiene decenas de problemas, antes, durante y después de la cosecha. Al día siguiente, atacamos la cuarta etapa.

Después de 200 km de desierto llegamos a las chacras del Valle de Río Negro. Anne sacaba fotos diapositivas y tomaba notas para sus futuras conferencias en Bélgica. En Neuquén, pasamos a visitar al Obispo, Monseñor Jaime de Nevares, que nos recibió, como siempre con su generosa cordialidad. Le presenté mi tía y nos invitó a almorzar en su cocina, donde siempre aparecían algunos sacerdotes de la Provincia y otros amigos de paso por Neuquén. Don Jaime era un hombre excepcional, de una inteligencia superior, lleno de humor y de santidad. Anne quedó admirada con su personalidad. Además le hablaba en un francés perfecto. No es por nada raro que el Colegio de las Hermanas en Angostura, lleva su nombre. 

Temprano, a la mañana siguiente, Anne pudo fotografiar la Cordillera que aparecía en el horizonte con una bomba de petróleo en primer plano. Clorofila con su ronquido le hacía entender las dimensiones y las riquezas del país. Alojamos en San Martin de los Andes, para llegar descansados el día siguiente a la tarde al chalet “Las Piedritas”, donde nos esperaba la Familia Gómez, avisada por Martine Groverman. A su llegada, Anne quedó maravillada. Tomó cientos de diapositivas durante su estadía. Se interesaba por todo.

Había que mostrarle todo: la propiedad de “Las Piedritas”, Los Tres Mosqueteros, el Pelícano, la construcción de la ruta Internacional a Chile. Mientras tanto, Clorofila nos llevaba a todas partes y Anne empezaba a apreciarla. En la mañana después del desayuno servido por la “Princesa India”, Anne agarraba papeles y lápices y proyectaba la ampliación del Restaurante “Los Tres Mosqueteros”, agregándole unos alojamientos (Una lástima que Anne no pudo conocer el actual Hotel Los Tres Mosqueteros de Michel y María). Después íbamos a saludar algunos vecinos que nos mostraban como ellos vivían en La Angostura, todavía en esos años, un pobre pueblito patagónico. Al anochecer, Anne llenaba las páginas de su diario de viaje y hablábamos de todo. Así me contó que iba a venir a alojar en su casa de Bruselas una joven estudiante, excepcional, llena de talentos, que se llama Bernadette y que el destino, con la ayuda de Anne me hizo encontrar algunos años después, en la cocina de Anne.

Después de su estadía en La Angostura, llevé Anne a Bariloche, donde embarcó a bordo de la Modesta Victoria, vía Puerto Blest y los lagos chilenos “Entre Lagos” y “Llanquihue”, con una noche en la Cordillera. Terminó su viaje en Santiago, donde tomó el avión para su regreso a Bélgica, llena de recuerdos, de notas y diapositivas que le permitió ofrecer pequeñas conferencias, llenas de elogios para Argentina. Seguramente que durante algunas tardes en compañía de su pensionista Bernadette, le contaba sus recuerdos a bordo de Clorofila.

En el mes de noviembre del año 1965, llegó Michel por primera vez con un pasaporte de turista. Había venido a conocer el lugar, pero sobre todo, conoció la actividad del Restaurante Los Tres Mosqueteros. Y en enero de 1966 me ayudó a organizar el Primer Motocross de Villa la Angostura. Fecha histórica, porque fue el primero en Argentina.

Enero 1966, El Primer Motocross en Villa la Angostura.

En el mes de abril de 1966, con su visa de turismo vencido, Michel vuelve a Bélgica para organizar su emigración  definitiva hacia la Argentina, pocos meses después.

Es así, que en diciembre de 1966, Michel llegaba, como inmigrante a bordo del barco de carga argentino “Río Primero”. En cada una de sus cuatro baúles de inmigrante había colocado un molde de 20 kg para fabricar galletitas.

Acompañado de varios amigos, recibimos a Michel en el puerto de Buenos Aires. Una vez más la aduana no permitía el ingreso de los equipajes. El aduanero encontró el peso de los baúles demasiado pesado y exigió que los vacíen. Realmente era muy poco equipaje para un inmigrante. Marina Alonso que me había acompañado, entendió enseguida que convenía dejar 50 dólares de propina al aduanero. Enseguida estaba todo bien. 

Dos días más tarde, salíamos en tren con destino a Bariloche, llegando 44 horas después. Era un verdadero descanso, con buenos asientos “Pullman”,  buenas cuchetas en vagones-cama y buenas comidas en el vagón-restaurante. Era maravilloso, un verdadero tren del “Far-west” con el zarandeo de los vagones y el polvo que se filtraba por todas partes. La velocidad máximum era de 80 km/h con varias paradas en pequeños pueblos de menos de 200 habitantes con sus escuelitas y canchitas de fútbol. Estas pequeñas poblaciones vivían gracias al tren que los unían con el resto del mundo. Desgraciadamente, hoy ese servicio de transporte ha sido reemplazado por los colectivos de larga distancia que hacen el trayecto en 24 horas con comida a bordo o  por los aviones que hacen el viaje en dos horas.

El primer tren había llegado a Bariloche el 5 de mayo 1934, después de veinte y ocho años de sacrificios inauditos. En las partes ricas de la Pampa, la construcción del ferrocarril se pagaba fácilmente con las ventas de las tierras por donde pasaba el tren. En las partes desérticas de la Patagonia, la tierra no valía nada y los gobiernos no veían el interés en desarrollar estas tierras. Fueron grandes idealistas, los que se enfrentaron con el desafío de construir un ferrocarril a través de la Patagonia. Muy pocos se imaginaban el futuro de estas zonas áridas. El descubrimiento del petróleo, la irrigación del valle del Río Negro, el turismo y los grandes diques, les iban a hacer cambiar de opinión.

Una vez más los grandes visionarios eran considerados como locos. El gran pionero de Bariloche Primo Capraro aguardó con desesperación que el Estado le pague los 60 últimos kilómetros de vía, que su empresa había realizado, entre el pueblo de “Pilcaniyeu” y Bariloche. Lamentablemente se suicidó por encontrarse en quiebra, por culpa de la gran crisis de los años 1930 y la falta de pagos adeudados por parte del Estado. Cientos de hombres pasaron una importante parte de su vida en esta obra, muchas veces en pleno viento, con temperaturas de más de 40° grados de calor en verano y hasta 20° grados bajo cero en invierno, viviendo en campamento, donde faltaba de todo. Fueron verdaderos héroes de los cuales, nadie habla. Los que no supieron mantener este servicio, tendrían que tener vergüenza. El tren, especialmente en esta región del país, fue lo que aportó el desarrollo y el progreso.

El Padre Miche con Michel y Argentino, en “Los Tres Mosqueteros” en 1966.

El asfalto llegó a Bariloche en el año 1966, bajo el régimen militar del General Onganía. Magnífica realización que trajo sus múltiples ventajas, pero también sus inconvenientes. La población de Bariloche pasó de veinte mil habitantes a más de cien mil en pocos años. Un desarrollo explosivo bajo la varilla mágica de agencias inmobiliarias sin escrúpulos. Hasta aquel entonces, Bariloche había mantenido sus características de aldea de montaña, con sus casas construidas por inmigrantes, en su mayoría  europeos montañeses, a los cuales se agregaron los majestuosos edificios de Parques Nacionales y otros como el Centro Cívico, la Iglesia Catedral y otros proyectos del famoso arquitecto Alejandro Bustillo. Hoy, los enormes edificios departamentos dejan en sus sombras las casas y hoteles que eran de dos o tres pisos máximos. El progreso nos acercó del resto del país, pero la vida en Bariloche, ya no es la misma.

Durante la temporada de verano de los años 1966/67, Michel vendió wafles y helados en los Tres Mosqueteros. A partir de marzo, me acompañaba muchas veces a bordo del Pelícano. En esta época, el Colegio Don Bosco me autorizaba a amarrar en el lugar donde habitaba el cocinero del Colegio “Rodolfo Celedón” con su familia numerosa. Celedón se convirtió en mi capitán de puerto, encargado de mis negocios de leña y transportes en la zona de Bariloche. El fondo de la Bahía San Pedro era un lugar ideal como puerto, muy protegido del viento. Celedón facilitó a Michel un pequeño galpón, donde empezó a producir, con sus cuatro planchas de 22 kg c/u, sus primeras galletitas. Para venderlas, las ponía en dos grandes valijas que llevaba en colectivo hasta Bariloche para distribuirlas en las distintas confiterías y negocios del centro, con su canasto bajo el brazo.

Los años que siguieron la llegada de Michel fueron de muchas actividades. Además de ocuparnos de nuestros negocios de transporte lacustre y producción de galletitas y de wafles, hacíamos parte de varias Comisiones Directivas de Villa la Angostura (Comahue Moto Club, Dirección de Turismo Municipal, etc…) con sus múltiples reuniones.

Con Clorofila y la moto a bordo del Pelícano.

Siempre llevaba mi moto, y también a veces a Clorofila, a bordo del pelícano. Incluso en pleno invierno, recorría en moto los cien kilómetros, desde el Colegio Don Bosco hasta La Angostura para asistir a estas reuniones nocturnas interminables donde cada uno proponía lo que había que hacer, con un “Hay qué” persuasivo, pero que pocos estaban decididos a efectuar, ni financiar. Recordaré siempre un fuerte temporal de nieve, con fuertes ráfagas de vientos que tuve que enfrentar con mi moto, desde el Río Limay hasta que pude refugiarme en la Hostería Santa María de Horacio Barbagelata, donde por fin recuperé calor cerca de la estufa con un  buen café y un sándwich de queso y jamón casero. Esta noche, me quedé a dormir en Santa María, invitado por Don Horacio.

Otra vez, llegando a “Loma Guacha”, a pocos kilómetros de Villa La Angostura, a bordo de Clorofila, nevaba tanto que tuve que abandonarla en una profunda capa de nieve. Con mucha pena y caminando en la nieve honda, llegué a la casa del matrimonio Diem, quienes con su gentileza de siempre me ofrecieron hospedarme. Si me hubiera quedado en el coche, arriesgaba morir congelado como les ocurrió a algunos automovilistas, atrapados en grandes nevadas patagónicas.  Por suerte los Diem estaban cerca.

Durante una decena de años, consagramos mucho tiempo a las organizaciones de motocross y a las preparaciones de las motos en el taller de Hella Garagnani, en Bariloche, representante de las motos “Gilera”. La tía Hella como la llamábamos, mujer con fuerte carácter de jefe de empresa, nos alojaba con buenas comidas cocinadas por su fiel Irma, durante estas trascendentes organizaciones. El entusiasmo de Hella no tenía límite.

La querida “Tía Hella” entre Pichi Carasquedo y  J-P.

 

El trabajo difícil era de transformar las motos  de calle en motos especiales de motocross, visto que las “importaciones de motos eran prohibidas”.

Además, el trazado de los circuitos, en Bariloche y en Angostura, con sus parques cerrados, palcos, quioscos, medidas de seguridad, etc., llevaba mucho tiempo. Nelo Garagnani había conseguido de la municipalidad el permiso de realizar un circuito en el “Botánico”, situado en el Barrio Belgrano de Bariloche. La tierra era fina como talco. La tía Hella misma vino a ayudar a verter cientos de litros de aceite quemada que nos regalaban las estaciones de servicios para dar consistencia a la pista y evitar las peligrosas nubes de polvo que no hubiera permitido la organización de las carreras. Después del operativo, éramos irreconocibles, negros y empolvados de la cabeza a los pies. 

Nuestros ayudantes, vertiendo aceite quemado en el circuito.

También había que ocuparse de las publicidades del campeonato, de las inscripciones de los participantes y de sus delegaciones (siempre bastante numerosas), prever reuniones de prensas para las cuales teníamos la colaboración de Francisco De Cesare, reportero y locutor a la radio “LU8” de Bariloche. Hella era conocida en todo Bariloche y tenía sus entradas en todas partes. Transmitía su entusiasmo y toda la ciudad participaba. Michel y yo éramos corredores oficiales de  “Gilera Argentina”. Hella, además de ocuparse de todo, se ocupaba personalmente del quiosco de sándwiches, chorizos y gaseosas para ayudar las finanzas. También hacían falta varios colaboradores para cobrar las entradas y vigilar los intrusos que querían ver las carreras sin pagar.

 

Primeros Motocross en el circuito Belgrano de Bariloche
 
Todo el país hablaba de los grandes premios de Motocross de Bariloche y Villa La Angostura. Muchas ciudades nos solicitaban  la organización de una primera prueba. Lo que hicimos, una vez en Mendoza y dos veces en los alrededores de Córdoba. Eran famosas expediciones que nos tomaban más de una semana. Todos nos recibían como reyes. 

 

También,  fuimos a competir varias veces a Chile y una vez a Perú. Lo que exigía muchos más preparativos. El mecánico de Hella preparaba los motores. Me correspondían las transformaciones del resto de las motos. Desgraciadamente faltaba potencia de motores y recorrido de suspensiones. Hacíamos lo que podíamos, esperando que con un buen pilotaje pudiéramos competir contra los extranjeros y sus motos importadas. Los vecinos del barrio Ñireco, venían a la noche, asistir a los preparativos. Hasta el cura de la Parroquia, el Padre Pascual, venía a tomar un mate en el taller y alentarnos. Para nuestra primera participación a Chile salimos, cuatro corredores con nuestras motos.

A bordo del lanchón de Parques Nacionales; Saliendo a Santiago: Eduardo Hensel, Jean-Pierre, Juan Carlos Deyurka y Goyo Martínez.

En el límite con Chile, alojamos en la casa de un habitante

 

En Osorno, fuimos invitados en el fundo de la familia del amigo   ”Nancho Kemp”.
 

 

 En Osorno tomamos el tren hasta Santiago.

Nuestra llegada a Santiago.

Corrimos dos carreras con una semana de descanso, recibidos en casas de algunos participantes, con la cordial hospitalidad chilena, incluido un pequeño temblor que nos despertó en plena noche para colocarnos abajo de los marcos de puertas, porque los pisos podían derrumbarse. Siempre recordaré cuando nos encontramos todos en pijama, en un pasillo que daba sobre los dormitorios.   

Largada en el circuito de “Las Vizcachas”.

El circuito había sido trazado sobre una superficie relativamente plana con muy pocas dificultades, lo que aventajaba las motos importadas de nuestros adversarios, mucho más veloces que nuestras pequeñas Gilera argentinas. Además los organizadores habían decididos que la prueba final tenía que ser de 100 kilómetros. Sin duda que pensaban que nuestras mecánicas no iban a aguantar tanto tiempo de carreras. Terminé tercero, seguido por mis tres compañeros. El equipo Gilera quedaba muy bien clasificado, con lo cual, podíamos volver satisfechos con estos resultados.

Tercero detrás de Ehrard Kausel sobre moto Husqvarna, y Kurt Horta, primero sobre moto Montesa.

Pero para el regreso, no teníamos el dinero para tomar el tren de Osorno. Nos alcanzaba justo lo necesario para comprar combustible para las motos y un poco de pan, que llevábamos en los bolsillos para alimentarnos durante esos 1.000 kilómetros. Recuerdo que me había roto un hueso de la mano izquierda y me pusieron un yeso cuando llegamos a Bariloche.  

De regreso, sobre la Panamericana.

Michel se había quedado en Bariloche, donde prosperaba su empresa de galletitas. El negocio había tomado importancia y habíamos  decidido de alquilar un pequeño local en la calle Elflein al 50. El local incluía una cocina y un ambiente con baño. Era lo ideal para alojar, producir y vender, pero el precio del alquiler nos parecía muy caro, era aproximadamente, por año, el 20% del valor del inmueble. El dueño nos tomaba por pobres infelices por quejarnos del precio del alquiler y estaba seguro que no disponíamos del dinero necesario para comprarle el local. No pensaba que podíamos contar con la ayuda familiar. Él nos pidió un precio que nos pareció razonable y lo aceptamos. El mismo día firmábamos un boleto de compra en la escribanía. 

Michel, saliendo a repartir su producción con su canasto 

Uno de los primeros emplreado de la empresa MICHEL en Bariloche

Fuente: https://jpraemdonck.blogspot.com/

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