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"La versión más tonta de las cosas" (Primera Entrega). Por  Diego Rodríguez Reis

DiarioAndino inaugura una nueva sección literaria y a partir de hoy, todos los sábados, publicaremos una entrega de los cuentos del prolífero escritor local.
01/10/2022
"La versión más tonta de las cosas" (Primera Entrega). Por  Diego Rodríguez Reis

“...un cuerpo resume todos los grados de la verdad”

Carlos Latorre, “Los móviles secretos”

 

La historia que escribiré transcurrirá en dos escenarios posibles, cada cual el exacto reverso de la otra. Esto es, transcurrirá o bien en una colonia suiza en Entre Ríos, o bien en una colonia entrerriana en Sui za. Y hay, además, una tercera versión, que referiré en una instancia ulterior.

La primera de las versiones es la más sencilla de escribir, ya que pre senta un número determinado de estereotipos que, merced a una serie de tropos literarios, pueden llegar a configurar lo que común mente se conoce como un cuento o, tal vez (dependiendo directa mente de mi tiempo y mi voluntad) en una novela corta o nouvelle.

La protagonista de esta primera historia es Esperanza Frontalier, la única hija de una familia de clase media baja de la ciudad de Colón, colonia de origen suizo ubicada en la provincia argentina de Entre Ríos. Aunque, para ordenar mejor el relato, lo lógico sería decir que la historia comienza mucho antes, a mediados del siglo diecinueve, con el arribo a las costas del río Uruguay de un conjunto de quinien tos treinta inmigrantes, la mayoría provenientes del cantón suizo de Valais, mezclados con algunos franceses, alemanes, saboyanos y pia monteses. Uno de ese medio centenar de individuos es Ernst Fron talier, un muchacho de Valais aspirante a marchant que ya ha intenta do fortuna en Marsella, París, Liverpool y Londres, para finalmente regresar a su cantón natal con una andanada de pinturas y grabados (originales y apócrifos) que no ha logrado venderle ni dejarle en con signación a nadie.

Ernst llega a tierras mesopotámicas de polizón en el buque conduc tor Galilée, que había zarpado de Burdeos el veinte de enero de mil ochocientos sesenta y uno y que naufragó en abril de ese mismo año, frente a la ciudad de Montevideo, en la República Oriental del Uru guay. El joven suizo prueba suerte en la capital uruguaya durante un par de meses, pero no logra hacer ningún contacto de fuste y, dejan do una respetable cantidad de deudas en diversos bares y piringun dines portuarios, sumados a los de la pensión donde se alojaba, toma rumbo hacia el que había sido su destino original: la colonia suiza en Entre Ríos.

Algo más sobre esta colonia: aquellos quinientos treinta colonos originales habían llegado a la entonces Confederación Argentina gracias a un contrato con el gobierno de Corrientes para formar colonias agrícolas. Pero surgieron desacuerdos entre las autoridades correntinas y la casa contratista europea: el proyecto fracasó, con los pioneros y todas sus pertenencias ya desembarcados en la costa del río Uruguay. El general Urquiza intervino y formó una colonia agrí cola en Entre Ríos, primero en Ibicuy y luego trasladada a las actuales ciudades de San José y Colón. Esta versión, el de la aparición mila grosa de Urquiza reparando una acción de fuerte filiación rosista es uno de los mitos de origen de la colonia y una profunda división de vertientes: están quienes comulgan con ella fervientemente y quie nes la deploran como del todo apócrifa.

Aquí ya están todos los elementos (los nombres) que configurarán el  relato: Ernst Frontalier, Colonia Suiza, Entre Ríos, Esperanza, Gali leo, Uruguay. La lerda urdimbre de estos nombres propios conforma la primera de las historias y se emparenta (secreta, serenamente) con las otras versiones.

Ya arribado a la colonia, el joven Ernst se presenta ante Alejo Peyret, el ciudadano francés que Urquiza designó como primer administra dor de la misma. Recita (inventa) una historia más o menos creíble, que Peyret escucha desinteresadamente: las tierras ya han sido repar tidas, le dice el administrador, pero le permite trabajar en la colonia, si es que algún vecino lo admite como ayudante. Entonces Ernst acude a sus coterráneos, los apellidos que cree reconocer lejanamen te (Albrecht, Blatter, Follonier, Vouigner), ya que ha abandonado demasiado pronto su pueblo natal. Nadie lo recuerda o simula no recordarlo, tienen ya demasiado con sus propios problemas y cuitas, demasiadas bocas que alimentar, prefieren trabajar de doce a catorce horas por día a sumar un nuevo integrante a la familia. Finalmente, es admitido en la casa de un tal Cyprien Pellisier, toda vez que el pa dre no tiene hijos varones en su familia y precisa dos manos fuertes y suplementarias para trabajar la tierra.

Ernst (que ha decidido comenzar a trabajar en la colonia solo por un tiempo, mientras así aprender el idioma del país, juntar algo de dinero y hacerse traer las obras que ha dejado provisoriamente en un depósito en Montevideo) comienza a olvidar sus propósitos ori ginales, merced al interés que siente por Constanza, la hija mayor de Pellisier y, en menor medida, por Eleanor, la hija más pequeña. Así transcurren las semanas, los meses, los años: en algún momento, en un último arresto de su idea inicial, se hace traer las obras desde la capital uruguaya y las deja arrumbadas en un galpón, para ya nunca más volver a recordarlas.

Ante la alarma de la familia y acaso de toda la colonia, Ernst no ter mina de decidirse por una de las hijas de Cyprien (que ha mutado naturalmente en Don Cipriano): se acuesta secretamente con am bas y ellas no demuestran el mínimo prurito por esa circunstancia. Finalmente, para acallar los rumores y evitar el escándalo general (y luego de una somera visita del administrador Alejo Peyret) Ernst se casa con Constanza. De esa unión nace, un año más tarde, un hijo varón, al que llaman Cristián. Mientras tanto, Eleanor, la hija menor de Don Cipriano, se casa con uno de los hijos de los varios Miche loud y (ese mismo año, el del nacimiento de Cristián) nace Antonia, su única hija.

 

Sin embargo, a escondidas o a sabiendas de todo el mundo, Ernst si gue acostándose con ambas hermanas durante toda su vida. Por ello, la paternidad de Antonia nunca ha estado muy clara. Por ello tam bién, cuando veinte años más tarde, Cristián Frontalier y Antonia Micheloud deciden casarse, deben huir más o menos secretamente del pueblo, para el cual, a esas alturas, esa familia era una sucesión constante de escándalos, desde casi la fundación misma de la colo nia. Cristián y Antonia se mudan a la capital de la provincia. Allí don de nadie los conoce, donde son prolijamente ignorados por todos, prosperan o (al menos) sobreviven.

Ya en el siglo veinte, en el tercer año del mismo, nace en Paraná el único hijo de la pareja, a quien bautizan con el nombre de su abuelo, traducido al castellano: Ernesto. El muchacho nunca entenderá el aislamiento familiar de sus padres y, ya cercano a la veintena de edad, resolverá (contra la absoluta voluntad de Cristián y Antonia) volver a probar suerte a las tierras de sus mayores. Regresa. En Colón en cuentra todo abandonado: las casas convertidas en taperas, los cam pos en yuyales. Diez años le demanda a Ernesto Frontalier recuperar todo lo perdido, desde los cultivos originales hasta la dignidad del nombre familiar. Logra una estabilidad que luego se transforma en bonanza y aun en riqueza, se casa con una bella muchacha de una res petable familia suiza de la colonia, una Vougnier llamada Francisca.  De ese matrimonio nace un hijo varón, al cual Ernesto, en homenaje a su bisabuelo Pellisier, llamará Cipriano, todo esto del sumo agrado de la colonia. Los Frontalier vuelven a tener un nombre respetable: las decisiones de Ernesto siempre son un ejemplo de la medida exac ta de la virtud y el riesgo calculado. Pero con el transcurso de los años se verá que el joven Cipriano ha heredado el carácter díscolo de su bisabuelo Ernst: pudiendo escoger entre todas las familias acomo dadas de la colonia, decide casarse con una prima segunda suya, de una rama de los Vougnier de ínfima o ninguna fortuna. Estos dos da tos (pobreza y excesiva cercanía sanguínea) bastan para que el nom bre de los Frontalier vuelva a caer en desgracia. Ernesto Frontalier se recluye y casi no se deja ver hasta el final de sus días, su esposa Francis ca muere al tiempo o un tiempo antes, no hay registros de su deceso. Cipriano Frontalier queda viudo muy pronto y debe criar solo a su única hija (nacida en el año de mil novecientos cincuenta y ocho), la que será la protagonista de la primera versión de esta historia: Espe ranza.

 

(Continuará)

 

* “La versión más tonta de las cosas” forma parte del libro LA FORMA DEL AMOR, que obtuvo el Tercer Premio en la Categoría “Cuento” en la edición 2021 del clásico concurso del FONDO NACIONAL DE LAS ARTES. Este año, fue publicado en la colección de Narrativas de EDICIONES ESPACIO HUDSON.

* DIEGO RODRÍGUEZ REIS (Ciudad de Buenos Aires, 1979) es escritor, editor – corrector, profesor en lengua y literatura y coordinador de talleres de escritura creativa.

Ha publicado varios libros de poesía y narrativa. Textos suyos han integrado publicaciones de Argentina, Chile, Brasil, Colombia, México, España y Alemania. 

Además, se ha desempeñado como jurado en diversos concursos, tales como las convocatorias del Fondo Editorial Rionegrino, la Editora Municipal Bariloche y la Editora Cultural Tierra del Fuego. Formó parte del Centro Editor Municipal de San Martín de los Andes y el año pasado fue seleccionado por trabajadores de las letras de la provincia para integrar el consejo directivo del Fondo Editorial Neuquino.

En el 2020, su cuento “Caballo de trapo” fue uno de los 25 textos seleccionados para integrar la plataforma nacional Audiocuento.

En el 2021, recibió el Tercer Premio en el Concurso de Cuento del Fondo Nacional de las Artes, por La forma del amor.

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