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La versión más tonta de las cosas (Última Entrega) Por Diego Rodríguez Reis

12/11/2022
La versión más tonta de las cosas (Última Entrega) Por Diego Rodríguez Reis

Mi tía Dina comienza a verse con Lázaro, a escondidas o a sabiendas de mi abuelo Jacob que (como bien ha quedado expuesto) consiente inexpugnablemente cada mínimo deseo de su hija menor. Hasta que pasa lo que tiene que pasar, lo lógico e inevitable: Dina se escapa con Lázaro. Lo que sigue es el relato (el recuerdo) de mi abuela Raquel, ya que para mi abuelo Jacob la historia terminaría acá. Se entiende, intento entenderlo: su hija amada, lo deja por otro hombre, ha perdido su amor exclusivo y, por ende, ha dejado de interesarle su destino. Ha sido postergado, traicionado. Para mi abuela, en cambio, la historia comienza. Como ya lo he expuesto, sus versiones suelen diferir vagamente. A veces, según sus dichos, se mudan a un departamento en la calle Suiza, en la ruta del Faldeo. Entonces le reconvengo a mi abuela que la calle Suiza no existía aún, al menos no como tal, ya que ese barrio (Los Troncos o El Botánico, no estoy seguro del nombre) se conformó recién en los noventa. A mi abuela Raquel parece no importarle: Para el caso es lo mismo, sentencia. Tiene razón, admito.

La cuestión es que Lázaro Siquem se muda a un departamentito (aparentemente al oeste de la ciudad) con mi tía Dina. Lázaro comienza a trabajar de electricista, oficio del que conoce los aspectos básicos, pero que va perfeccionando a fuerza de pequeños trabajos, de saber apenas un poco más que sus eventuales clientes, siguiendo ese clásico axioma de que “echando a perder se aprende”. Pero entonces, un día entre los días, Lázaro conoce a Esteban Durand, un cerrajero con quien se hace amigo primero y luego socio. Durand lo introduce en su verdadero medio de vida: el robo, el limpio y prosaico desvalije de casas. Al cabo de un tiempo, Lázaro (que tiene una gran capacidad de aprendizaje y un raro talento para improvisar) se especializa en desactivar alarmas: funda con Durand una empresa de seguridad que, cada tanto, vacía las casas que aparentemente protege. Pasados los meses, descubre que es mucho más rentable asaltar oficinas y pequeños negocios del centro que casas suburbanas.

El papel de mi tía Dina en esta historia es más bien secundario, por no decir directamente despreciable. Pasa los días sola, presa del spleen, en su departamentito de la improbable calle Suiza, sabedora de que su hombre, Lázaro Siquem cumplirá (como antes cumplió su padre) cualquiera de sus caprichos, cualquier cosa que la plata pueda comprar. Un detalle que en esta versión es irrelevante: mi tía Dina era pelirroja, furiosamente pelirroja.

Las hazañas criminales de la dupla Siquem/Durand se multiplican exponencialmente: pierden el rumbo, roban sin límite, sin respetar laya ni marca. En su raíd delictivo desvalijan las arcas de varias comisiones de clubes exclusivos, de asociaciones civiles sin fines de lucro pero cuyas sólidas cajas fuertes exponen exactamente lo contrario, de coquetos petit hôtels como el Londres o el Montecarlo que preservan pequeñas fortunas en sus cajas de seguridad particulares. La cosa no puede durar: han ido demasiado lejos. La policía o la mafia los arrinconan en su aguantadero, en el centro de Bariloche, a dos cuadras de la costanera, en la esquina de las calles Vicealmirante O’Connor y John O’Connor. Quedan despiadadamente atrapados en esa ratonera: ninguno de los dos sobrevive a ese ataque.

Luego de arduas instancias indagatorias, mi tía Dina vuelve, sin un peso, a la casa familiar. Para ese entonces (estamos hablando del año ochenta y dos, ya en el advenimiento de la democracia), mi abuelo Jacob había fallecido de la rotura de un aneurisma y todos sus hijos habían formado sus respectivas familias, entre ellos mi propio padre. Mi abuela Raquel, entretanto, había iniciado el lerdo derrotero de la pérdida del juicio: confundía fechas, lugares, personas. Por ejemplo, a mi padre lo confundía constantemente con mi abuelo: le reclamaba por qué no había tenido más mano dura con Dina, le preguntaba dónde había estacionado el Bedford que no lo veía en la calle. Parejamente, a mí me confunde con mi padre: me pregunta por mí, me dice que debo tener más mano dura conmigo mismo.

Mi tía Dina también enloqueció o algo parecido: se fue poniendo flaca, esquelética, deambulaba murmurando a todas horas por el corredor de la casa con un atlas en la mano, se había puesto monomaníaca con los mapas (aunque la abuela Raquel sostenía que siempre había tenido esa obsesión). Mi abuela decía esta otra cosa de ella, que siempre me pareció asombrosa: Se hacía la linda. La verdad es que era linda mi tía Dina cuando la conocí (y eso que ya estaba muy venida a menos) así que es de suponer que en sus buenos tiempos debe haber sido hermosísima, lo cual lógicamente debió despertar la envidia de todas las mujeres que la conocieron (incluidas, principalmente, las mujeres de su propia familia). Un día la encontramos seca, sentada en su reposera, con un Atlas Universal en el regazo. El volumen estaba abierto claramente en la sección “Cantón de Valais”. ¿Habrá soñado esa última tarde con volver a la tierra de sus antepasados? Las páginas correspondientes a Suiza estaban muy desgastadas, como si una infinidad de veces una mano (o unas manos) las hubiesen acariciado devotamente.

Las posesiones que dejó entraban en una cajita: un set básico de maquillaje, otro de tintura colorada para el pelo, ese ejemplar del Atlas universal de una colección escolar Salvat Editores, varios mapas sueltos, políticos, geográficos y otros recortados de diarios y revistas (todos rayados, dibujados y con notaciones ilegibles) y varios cassettes de audio. Uno de ellos, por supuesto, es el que registró Lázaro Siquem, ese mediodía en Colonia Suiza, el del concierto improvisado de Edmundo Rivero y Los Fronterizos.

El sonido es muy malo: es de suponer que el por entonces asistente del ingeniero de sonido del cuarteto tenía su grabadora escondida (tal vez en un bolso o en el bolsillo interior de un saco) por lo cual hay pasajes en los cuales solo se oyen golpeteos o rasguidos, y en otros lo que parecen ser risas y a veces puro ruido blanco. Se oyen fragmentos de la zamba “La volvedora” de Manuel Castilla y Eduardo Falú, “La tristecita” de Ariel Ramírez y Sosa Cordero, una vidala que parece ser la “Vidala de la lluvia” de Pérez y Botelli; del repertorio de Rivero, se oyen malamente los tangos “Audacia” de Celedonio Flores y Hugo La Rocca y “En la vía” de Escaris Méndez y Vaccaro. Lo más audible y extraordinario: una versión sucia, desprolija de la milonga “El títere” de Jorge Luis Borges y Astor Piazzolla, del disco El tango que grabara Rivero en mil novecientos sesenta y cinco.

He escuchado muchas veces la grabación. Se la ha hecho escuchar a varias personas: novias, amigos, conocidos, ingenieros de sonido, especialistas en las obras de Rivero y/o en la de Los Fronterizos. Todos opinan que la cinta es apócrifa. A todos les expongo la misma duda, que me muerde constantemente el pensamiento: ¿para qué alguien falsificaría una obra de esta especie? ¿Para qué inventar un supuesto encuentro entre Edmundo Rivero y Los Fronterizos y exhibir como testimonio una grabación con una calidad espantosa? Yo creo esto: que la imperfección del registro es la prueba irrefutable de su veracidad. Un falsificador de poca monta hubiese abundado en detalles precisos, en oportunas evidencias, en claras menciones de nombres propios. Yo creo (fervientemente, inútilmente) en el registro de Lázaro Siquem.

Por desgracia, hay elementos que han quedado fuera de todas las versiones de la historia. De las dos primeras, porque el desarrollo argumental de las mismas fue tomando un curso que hubiese vuelto inverosímil su introducción. De la tercera, porque hubiese sido mentir deliberadamente, falsear un relato que ya tiene muchas capas de subjetividades y de sentidos impuestos. Cotejada con las primeras, esta última versión tiene la ventaja y la desventaja de la prolijidad (por no decir pobreza) de lo real. La realidad es, siempre, la versión más tonta de las cosas.

 

Dedicado a David “Tito” Fresco

 

* “La versión más tonta de las cosas” forma parte del libro LA FORMA DEL AMOR, que obtuvo el Tercer Premio en la Categoría “Cuento” en la edición 2021 del clásico concurso del FONDO NACIONAL DE LAS ARTES. Este año, fue publicado en la colección de Narrativa SUR DEL MUNDO de EDICIONES ESPACIO HUDSON.

* DIEGO RODRÍGUEZ REIS (Ciudad de Buenos Aires, 1979) es Escritor, Editor – corrector, Profesor en Lengua y Literatura y Coordinador de talleres de escritura creativa. Ha publicado varios libros de poesía y narrativa. Textos suyos han integrado publicaciones de Argentina, Chile, Brasil, Colombia, México, España y Alemania. Desde 2010, vive en Villa La Angostura, donde integra el grupo literario ALAMBERSE.

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