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JUGUETE RABIOSO: el escritor Diego Reis inaugura un nuevo espacio literario con un cuento de su autoría

Se trata de un espacio destinado a publicar textos literarios de autores y autoras, noveles y profesionales, de nuestra ciudad y la región. Cómo participar.
04/12/2022
JUGUETE RABIOSO: el escritor Diego Reis inaugura un nuevo espacio literario con un cuento de su autoría

DiarioAndino y el escritor Reis Diego, inauguran hoy una nueva sección: “Juguete Rabioso”, destinada a los textos literarios de autores y autoras, noveles y profesionales, de nuestra ciudad y la región.

 La sección lleva este nombre en homenaje al gran escritor y periodista Roberto Arlt, quien en 1926 publicó su célebre novela "El juguete rabioso".

 Este año, justamente, se cumplen 80 años de su partida.

 El escritor Diego Rodríguez Reis da inicio a la sección con un cuento de su autoría e invita a quienes así lo deseen a compartir sus textos.

 Los mismos pueden enviarse al mail [email protected], adjuntos en formato de word y no deben superar las 3000 palabras.

El cuento

 

El equipo de memoria

Por Diego Rodríguez Reis

 

El instructor de Educación Física Euclides Córdoba (mejor conocido como “El Profe”), amigo, acreedor y probablemente el colaborador más conspicuo del genial artista residente en Villa La Angostura Allan Verse, cultivó desde su más tierna adolescencia dos pasiones, aparentemente irreconciliables: el fútbol y la literatura. En los papeles, sus logros fueron moderados (para no decir flojos): antes que la unión de ambas pasiones, más bien logró la intromisión de una en la otra, y viceversa.

Ya en sus años mozos, mientras cursaba el Profesorado de Educación Física en el “Instituto Superior de Formación Docente y Técnica Nº 39” de Vicente López, había cultivado un género poético específico: el soneto. Desde el vamos, en el campo particular de la poesía, el soneto ya era una forma anticuada, en desuso, muchas veces menospreciada. Euclides (aún no era conocido por el apelativo “El Profe”) no se arredró. Acometió la construcción de ágiles sonetos en los cuales describía (intentaba describir) su pasión por el fútbol de paladar negro, por el toque, por la gambeta y por el Club Atlético Platense de Vicente López. Fue precisamente, el autor de un fallido himno para dicho club, cuya primera estrofa versaba así:

 

Nadie rebaje a lágrima o reproche

mi canto, que mi garganta se tense,

y afirme que el Club Atlético Platense

es el plantel que vencerá esta noche”.

 

El himno no satisfizo las expectativas de los directivos del club, ni las de los fanáticos borgeanos, quienes (tal como ocurría con su ídolo) defendían la consigna de que el fútbol no era más que “veintidós tipos de pantalón corto corriendo detrás de una pelota”.

El estudiante y poeta tomó debida nota de la experiencia. Lo primero (lo único) que sacó en limpio fue que las tribunas futbolísticas no son muy gustosas del elegante verso endecasílabo o del alejandrino: el paladar de la hinchada, si bien se mira y oye, es más afecto al verso octosílabo, más efectivo, redondo y pegador.

Euclides Córdoba perteneció desde siempre a la escuela técnica predicada por César Luis Menotti, la del llamado “fútbol lírico”. Por ello, estando ya afincado en la ciudad de Villa La Angostura, habiéndose recibido y ganado el apodo por el cual se lo conocería eternamente (el de “El Profe”) decidió fundar una institución que enarbolara las banderas de ese fútbol y llevara esos estandartes a lo más alto. Así nació (o por menos, se pensó) el “Club Social y Deportivo Gimnasia y Retórica de Villa La Angostura”.

Formalmente, inició sus actividades con una veintena de jugadores, todos alumnos de Euclides del colegio secundario, convencidos o amenazados por su profesor y mentor. A falta de instalaciones físicas, el “club” funcionó (durante sus exiguos meses de existencia) en el patio trasero de la casa de “El Profe”. En esas locaciones se llevaban a cabo actividades de toda índole y carácter: en ocasiones, los entrenamientos se interrumpían brutalmente por la llegada de Alan Verse y su séquito, quienes tomaban posesión del lugar para sus habituales asados o juergas más o menos clandestinas, y mandaban prepotentemente a los pibes a sus respectivas casas.

De todas formas, con el correr del tiempo (y de los jugadores) los entrenamientos se fueron formalizando, normalizando. Dichos entrenamientos constaban de un doble parámetro, uno físico y otro puramente mental: el “Profe” Córdoba era un acérrimo defensor de aquella consigna griega de “mens sana in corpore sano”.

En principio, sometía a sus discípulos a una férrea rutina física: extensos y eternos ejercicios de precalentamiento, trotes, flexiones, abdominales, dorsales, lagartijas, sentadillas, estocadas y un multiforme etcétera. Cada tantos días, jugaban un picadito, constantemente interrumpido por las indicaciones, las instrucciones, los gritos del “Profe” Córdoba. Pero lo peor era la otra parte del entrenamiento: rigurosas repeticiones de versos del barroco siglo XVII español, por excelencia de Don Luis de Góngora, el favorito del instructor. Así, los alumnos debían aprenderse de memoria la “Fábula de Polifemo y Galatea”, de la cual ignoraban el significado de la mayor parte de las palabras:

 

Estas que me dictó rimas sonoras,

culta sí, aunque bucólica, Talía

- ¡Oh excelso conde! - en las purpúreas horas

que es rosas la alba y rosicler el día,

ahora que de luz tu Niebla doras,

escucha al son de la zampoña mía,

si ya los muros no te ven, de Huelva,

peinar el viento, fatigar la selva”.

 

El summum de dicho entrenamiento era, claro, efectuar ambas maniobras al unísono. Para ello, había ideado una versión de invención propia y mejorada del “test de Cooper” (aquella prueba de resistencia que se basaba en recorrer la mayor distancia posible en doce minutos a una velocidad constante), que el “Profe” Córdoba había rebautizado como el “test de Whitman”: los alumnos debían completar el consabido recorrido al tiempo que recitaban constantemente la primer estrofa del “Canto a mí mismo”, del poeta estadounidense. Solía verse a muchachos extenuados dando vueltas a la manzana, recitando con los últimos resabios de voz estos versos:

 

Yo me celebro a mí mismo y me canto a mí mismo.

Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,

porque lo que yo tengo lo tienes tú

y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también”.

 

Estas reglas no eran arbitrarias, formaban parte de un plan, inaudito a priori (y a posteriori): la de formar y forjar a fuego el cuerpo y el carácter en “la sana y sabia costumbre de la memoria”, según los dichos del propio Córdoba. El fin ulterior era demostrar su tesis más resonante, ruidosa: “No existen los elegidos. Lo que torpemente llamamos talento o intuición no son más que respuestas reflejas de nuestro cuerpo y de nuestra mente ante determinadas situaciones”. El “Profe” aseveraba, después de la cuarta y quinta vuelta, ante la displicente o desatenta mirada de Alan Verse: “La memoria se educa. Si logramos armar un equipo que funcione completamente ‘de memoria’, sin accidentes, contingencias o eventualidades, podremos determinar exactamente el desarrollo y resultado de todos y cada uno de sus movimientos”.

Bien mirado, fue un visionario, un pionero del deporte moderno, profesionalizado y mecanizado hasta la hipérbole. Pero en aquél entonces, sus ideas y postulados parecían lindar con la locura. Pero Euclides Córdoba fue aún más lejos. Según su lógica (llamémosla así) todos aquéllos planteles históricos del fútbol argentino, campeones de todo, que habían logrado armar con esfuerzo un equipo que podía recitarse de memoria, gracias a la regularidad de sus formaciones, habían sido erróneamente (inversamente) juzgados.

Él sostenía, copa de anís en mano, que esos equipos no brillaron por sus juegos y campeonatos y luego, eventualmente, salieron campeones. Sino que, el hecho de que fueran recordados “de memoria” y de que jugaran “de memoria”, eran la causa directa del logro posterior de esos campeonatos. Sin dudarlo un solo instante, se abocó entonces a la ardua tarea de armar que un equipo que fuera recordado fácilmente, así, de memoria.

Y aquí acudió en su ayuda su veta poética, la musa inspiradora. Pensó: ¿qué es lo que hace que uno recuerde un poema de memoria? La respuesta, fácil: la métrica y la rima. Decidió urdir un equipo infalible, que pudiera ser recitado respetando esos dos cánones clásicos de la poesía.

No fue fácil. Tuvo que apelar a todos sus dones de poeta amateur, revolver manuales de retórica, echar mano de cuanto recurso o licencia poética anduviere dando vueltas. Debió despedir algunos jugadores de apellidos demasiado largos o humanamente impronunciables y reclutar a otros, que se prestaran más a la composición poética metrada y rimada. Para resolver un último y desesperante problema, tuvo que irse hasta los confines de las tortuosas manzanas del barrio Las Piedritas, donde se decía que había un pibe que vivía en la calle Huemul (o Licurá ) al 200, de apellido Gadano, y que según varias versiones, “la tenía atada”. Después de infinitas negociaciones, promesas o lloriqueos, el pibe accedió a jugar una temporada de prueba para el “Gimnasia y Retórica”.

Al fin, el tan ansiado equipo, de memoria, quedó así:

 

Iturriaga; Carretero, Escalante,

Sarlanga, Pusineri; Zamorano,

Zaragoza, Marinelli, Gadano;

Aguirrezavala, Guerrero Infante.”

 

Un cuarteto hecho y derecho: de Arte Mayor, endecasílabo y con rima consonante.

-¿Qué somos?- preguntaba con voz estentórea el incansable instructor, antes y después de (y a veces, durante) cada entrenamiento.

-Un equipo de Arte Mayor- respondían desganados sus discípulos.

Finalmente, llegó el día del ansiado debut: un domingo, a las 10 de la mañana, en una canchita del centro. Fue un amistoso contra el “Deportivo La Inspiración”, un club de Villa Correntoso que defendía la postura contraria a la de Euclides Córdoba: ni siquiera entrenaban, se juntaban media hora antes de cada partido.

El “Gimnasia y Retórica”estaba afiladísimo. Al costado de la cancha, el “Profe” los hacía entrar en calor haciéndoles hacer complicadas series de flexiones al tiempo que recitaban silogismos de último momento:

 

Todos los hombres son mortales.

Sócrates es hombre.

Sócrates es mortal.”

 

Alan Verse, que estaba reponiéndose de una peña de la noche anterior, disimulaba apenas su estado, recostado en el banco de suplentes. Arrancó el partido y ya transcurrido medio tiempo, la cosa no podía ir mejor: 2 a 0 arriba y el partido totalmente controlado. Todo se sometía mansamente a los cálculos del “Profe”, que no podía disimular su satisfacción. Cada tantos minutos, se levantaba de su asiento, y efectuaba cortas caminatas de ida y vuelta, al tiempo que recitaba a media voz la formación de su equipo, como afirmándolo:

 

Iturriaga; Carretero, Escalante...”

 

Pero entonces ocurrió algo que no estaba en los planes. En una jugada cualquiera, el pibe Gadano desbordó por izquierda, pisó mal y cayó solo: pegó un grito animal y quedó destartalado.

No pudo seguir. El “Profe” Córdoba se desesperó. Miró para el lado del banco de suplentes, buscando respuestas: Ramírez, Fonseca y Cambiasso lo miraban, ansiosos por entrar a jugar. Pero había un problema: ninguno de sus apellidos podía ocupar el lugar de Gadano en la formación sin alterar la perfección del verso. Los tres tenían tres sílabas, pero sólo Cambiasso rimaba: aunque nó con rima consonante, sino con una inadmisible rima asonante. Perdido por perdido, le dio un par de indicaciones a Cambiasso y lo hizo entrar por el pibe Gadano.

Ahí, así, comenzó la debacle. “El Deportivo La Inspiración” descontó primero, luego empató el partido, y finalmente se lo dió vuelta, ganando 5 a 2 y pegándole un baile inolvidable al equipo del “Profe”.

El “Gimnasia y Retórica” nunca pudo reponerse de esa primera (y única) caída. El chico Gadano se había desgarrado y no pudo volver a jugar por un largo tiempo. El resto de los pibes fueron más o menos desertando, del equipo y de las clases de Córdoba. Casi todos rindieron Educación Física libre, en Marzo, donde otro profesor, común y silvestre, les tomó el clásico “test de Cooper” y el canónico reglamento oficial del handball.

El Club desapareció, tan de súbito como había surgido. Cada tanto, en alguna discusión, los parroquianos del bar le echaban en cara ese cambio incomprensible del hábil Gadano por Cambiasso, aduciendo que mal podía conducir al equipo un muchacho que era un rústico defensor con los pies cuadrados. El “Profe” Córdoba no quería entender esas pobres razones: terminaba negando con una triste sonrisa, y seguía echándole la culpa a “la reputísima rima asonante”.

El tiempo, como siempre, fue borrando o desfigurando todo. Del fallido proyecto, sólo quedó en la memoria, la eufónica formación de ese equipo perfecto, pero sin recambio. Formación que, tanto “El Profe” Córdoba como su leal amigo Alan Verse solían repetir en algunas ocasiones, como una contraseña, como un conjuro secreto.

Cuando el destino los llevaba a enfrentar un peligro insondable, cuando la Selección nacional debía trasuntar una fatal serie de penales o al asistir, boleta en mano, a la transmisión del sorteo vespertino de la quiniela provincial, se los escuchaba recitar estos versos, incomprensibles para el oído inexperto:

 

Iturriaga; Carretero, Escalante,

Sarlanga, Pusineri; Zamorano,

Zaragoza, Marinelli, Gadano;

Aguirrezavala, Guerrero Infante.”

 

 Villa La Angostura, diciembre 2022

 

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