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JUGUETE RABIOSO #7

En esta nueva edicion, compartimos el cuento “Encuentro en la catedral”, de Carlos Salgado

En este espacio literario curado por por Diego Reis, hoy un relato fantástico del escritor de Cinco Saltos.
11/01/2023
En esta nueva edicion, compartimos el cuento “Encuentro en la catedral”, de Carlos Salgado

Encuentro en la Catedral / Por Carlos Salgado *

 

Lo que voy a contar sucedió hace cinco años, un jueves, día que desde entonces afronto con cierto mal humor. Esa tarde, después de salir del trabajo —todavía soy cajero en el banco Macro—, decidí aprovechar la hora y media que faltaba hasta mi segunda cita con Julia y evacuar algunos pendientes, pequeñas cosas, pavadas, tareas que solo ocupan lugar en la cabeza: comprar CDs vírgenes para hacer copias de un disco de Tina Brooks y compartirlo con amigos, conseguir un cuaderno de notas parecido al que usa John Doe en Seven, y cortarme el pelo.

Los CDs vírgenes ya no existen, en ese momento se conseguían hasta en los kioscos, aun así decidí bajar hasta la disquería y de paso mirar unos discos. Luego de una recorrida infructuosa, columna por columna, CD por CD —nadie escucha jazz y las góndolas dan cuenta de eso—, pasé por la caja. Rechacé un par de promociones, repetí que no tengo tarjeta de puntos y que no me interesa tener, pagué mis CDs vírgenes y mis cajitas, y salí.

La próxima tarea era la compra del cuaderno para notas. Me encaminé hacia el oeste, hacía la librería Platerito, unas diez cuadras, ahí trabajaba mi amigo Juan Quinteros, él sabría bien a qué tipo de cuaderno me refería. Era una tarde calurosa y las personas lucían atuendos de playa: los hombres, ojotas, bermudas, y una remerita liviana o musculosa; las mujeres, vestidos ligeros y sandalias. Solo los infelices como yo, que acababan de salir del trabajo, sufrían pantalón de vestir, zapatos, camisa, corbata y saco. Fue en ese momento, viendo a esas personas frescas, que lo decidí: después de comprar el cuaderno, me haría un corte a dos milímetros, lo mejor para el verano. Las siete cuadras hasta las vías —por las que ya no pasa ningún un tren— me parecieron catorce o veinte a pesar de la botella de agua que compré de paso. Cuando me detuve en el semáforo conté seis o siete personas esperando de mi lado, y otras tantas del lado contrario: tres adolescentes con auriculares vestidas prácticamente igual, un hombre en bicicleta, y un tipo con un bastón blanco apoyado en el borde del cordón, como si fuera un punto de largada. En un principio —los primeros cinco milisegundos— noté una familiaridad. Mirando con más atención —la atención que permitían los autos cruzando—, descubrí que, salvo por el pelo largo y los anteojos, ese ciego era idéntico a mí, idéntico como solo pueden ser dos gemelos o clones. El hombrecito del semáforo se movió, pero yo permanecí inmóvil, alguien me golpeó el brazo. Las personas empezaron a mezclarse con los que venían en dirección opuesta, entre ellos, mi doble. Lo vi venir a mi encuentro en cámara lenta, cuadro por cuadro. Pasó a mi lado y, ya en cámara normal, comenzó a alejarse. No iba a permitir que se escapara.

—Disculpe, señor —dije, llegando al trote. No se dio por enterado.

Yo había leído que a los ciegos no les gusta que los toquen o los agarren, esto último a nadie le gusta, y no se me ocurría una forma de detenerlo sin tocarle el hombro, o agarrarlo del brazo.

—Usted, el del bastón, el ciego —dije. Entonces se detuvo y giró a medias, como si su cara en realidad fuera el oído derecho.

—¿Se refiere a mí? —la voz me pareció idéntica a la mía, aunque hay que decir que me encontraba muy sugestionado; la versión que uno conoce de su voz es distinta de la que los demás oyen, cuestiones relacionadas con el oído interno y la posición del aparato fonador, así que es probable que no sonara exactamente como yo.

 

—Sí, a usted le hablo. Me gustaría comentarle un asunto, creo que puede interesarle.

—¿Es alguna promoción?

—No, no es ninguna promoción, no soy un vendedor —tragué saliva—. No me lo va a creer, pero… usted es idéntico a mí.

—¿Cómo dice? —solo quería cerciorarse, lo noté en su rostro, además los ciegos tienen un superoído.

—Digo que usted es idéntico a mí, igual, un calco.

—¿También es invidente?

—No. No. No soy ciego. Me refiero a que usted es mi doble. Sé que suena loco…

—¿Su doble?

—Sí. Usted es exactamente igual a mí, aunque con el pelo más largo y bueno… ciego.

—Entiendo. Es algo notable esto que dice, pero, ¿está seguro?

—Sí. Muy seguro, es increíble el parecido, es como si fuéramos gemelos.

—Yo no tengo hermanos.

—Ni yo.

Quedamos en silencio, ¿Eso sería todo? ¿El ciego diría: “Bueno, fue un gusto conocerlo, que tenga buen día” y no lo volvería ver? Tenía que hacer algo.

—¿No quiere tocarme? —dije.

—¿Cómo dice?

—Digo si no quiere tocar mi cara, y así ver, sentir… digo usted tendrá una imagen de su propia cara, una imagen táctil o algo así.

—Algo así. Soy ciego de nacimiento, pero tiene razón, puedo reconocer el rostro de una persona con las manos.

—Entonces, adelante.

—No sé si corresponde —dijo y tanteó las baldosas junto a su pie derecho.

—¿Por qué no? Vamos, con confianza.

—Bueno, está bien. Permiso —y colocó sus manos en mi cara. No era nada metódico, yo hubiera esperado que comenzara por un punto, arriba o abajo, y siguiera deslizándose hasta cubrir toda la superficie, pero colocó las manos abiertas y fue recorriendo los ojos, las cejas, el límite de la frente, la nariz, la boca, la pera, la oreja izquierda, la cejas nuevamente y así hasta que retiró las manos.

—¿Y?

—¿Tuvo usted un accidente? ¿Se lastimó una ceja? —dijo.

—Cuando era chico.

—Entonces supongo que salvo por esa ceja es usted bastante parecido a mí —concluyó.

—¿Bastante? Somos idénticos, es más que un parecido —dije levantando la voz, me resultaba inconcebible que no lograra reconocer su cara en la mía—. Pálpeme de nuevo.

—No es lo mismo para mí.

—¿Cómo que no es lo mismo para usted? ¿No le dio la impresión de que estaba tocando su propia cara?

—Le repito, me temo que no es lo mismo para mí. A ver, si puedo explicarme, usted tiene la imagen y esa es su referencia. Dice que somos idénticos y es cierto, no lo pongo en duda, al menos en lo que se refiere a nuestra imagen, aunque, insisto, no es lo mismo para mí. Le concedo que nos parecemos, pero yo tengo otra información. ¿Entiende?

—No. La verdad que no. ¿Se refiere a que percibe de manera distinta? Pero aun así, si usted toca dos cosas que son iguales puede reconocerlo, usted nota que son iguales.

—No es tan sencillo. Cuando toqué su rostro percibí algunas cosas que para mí no son despreciables, aunque entiendo que para usted lo sean: la temperatura de la piel, los depósitos de humedad cerca de la nariz, la textura de la frente, la rigidez en las mandíbulas.

—Pero en lo esencial somos idénticos.

—¿Qué es lo esencial? Para usted es la imagen, para mí, obviamente, no.

—No lo puedo creer, me encuentro con mi doble en plena calle y en lugar de ir a tomar una cerveza y festejar...

—No se ponga mal, amigo, igual puede invitarme una cerveza, lo acompañaré con gusto —y me palmeó el hombro demasiado cerca del cuello.

—¿Qué sentido tiene? Según usted no somos idénticos. Para mí es algo único, digamos, un evento extraordinario, y para usted no es más que un problema de percepción.

—No lo tome a mal. Solo digo que su percepción es incompleta, tanto como la mía. ¿Por qué no hace que nos tomen una foto? Aun tengo algo de tiempo, luego puede enseñársela a sus amigos y festejar con ellos, seguro podrán apreciarlo mejor que yo.

—Sí, supongo que no es mala idea. Si no le molesta entonces nos voy a tomar una foto con mi celular ¿Qué le parece si nos sentamos en el escalón? —estábamos frente a la Catedral.

 

—Me parece bien.

Lo guié hasta el inicio de las escaleras.

El ciego usaba el pelo largo y suelto, y se le venía sobre la frente.

—Me permite que le acomode el pelo, es para que se vea mejor la cara.

—Sí, sí, claro —y él mismo ayudó a tirarse el pelo hacia atrás, y se quitó los anteojos— ¿Está mejor así?

—Está perfecto —y preparé mi celular.

Mientras hacía foco pasó una adolescente muy parecida a las de antes y sostuvo la mirada hasta que se alejó. Pensé: “Seguro que nota el parecido, y cree que somos gemelos, o ni siquiera eso, hermanos”, y caí en la cuenta de cuán privado era ese acontecimiento único.

—Ok, va la foto —dije, un poco desanimado.

Saqué tres, él sonreía a pleno, yo no. Nos levantamos y nos quitamos el polvillo de los pantalones.

—¿Cómo es su nombre? No le pregunté su nombre —dije.

 

Del resto de cosas que pensaba hacer aquel día solo compré la libreta que se parecía a la de John Doe, el corte de pelo lo dejé para otra oportunidad. Con Julia no logré concentrarme y fue un desastre.

 

Eso sucedió un jueves, hace cinco años. Ningún cambio importante desde entonces, o sí, no sé: estoy rapado, es mi estilo permanente, Julia es un recuerdo, casi nunca escucho Tina Brooks, y todavía conservo las fotos con el ciego. Hice imprimir y enmarcar la mejor de las tres, y luego de tenerla una temporada en el living, a la vista de todos, la mudé a la biblioteca de mi dormitorio, en un rincón. Me cansé de insistir en que si el ciego no estuviera sonriendo se vería igual a mí, idéntico a mí.

 

* CARLOS SALGADO nació en San Carlos de Bariloche. Actualmente vive en la ciudad de Cinco Saltos, Río Negro. Es profesor en Letras y su ocupación principal es la docencia. Ha sido galardonado en diversos concursos de poesía y cuento. En el año 2022 se editó su primera novela, Eso que pasa mientras, seleccionada en la 3ra convocatoria editorial YZUR. En el mismo año fue beneficiado con una beca de creación del Fondo Nacional de las Artes.

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