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JUGUETE RABIOSO

Hoy compartimos, “Tarde de lluvia” de Mónica de Torres Curth

En la edición N° 20 de la sección que cura Diego Reis, un cuento de la  escritora barilochense, profesora de matemáticas e integrante del grupo literario Alamberse!
01/03/2023
Hoy compartimos, “Tarde de lluvia” de Mónica de Torres Curth

TARDE DE LLUVIA/ Por Mónica de Torres Curth*

 

Llueve. Tremendamente. No suelen ser así las lluvias en estos pagos. En general son largos días de una caída persistente pero suave, para dale tiempo a la tierra impermeable de tragarse toda el agua. Pero a veces, como ahora, llueve así, a baldes como dicen. Hacen estruendo la chapas. No pasa nada por acá. Se hacen algunos arroyitos y el agua se escurre por alguna cañada hacia el río. En algún lado, sí, habrá aluviones de agua y barro, que se perderán por alguna planicie, arrastrando cercos y vacas. Pero no por acá.

Eso pasa con estas lluvias de verano. Traen algún alivio al calor de los días. Pero es un rato nomás. Cuando vuelva a salir el sol de atrás de esas nubes negras que oscurecen todo, hará calor, mucho calor, y la ropa se volverá pegajosa. Las botas se pegarán a los pies sudados, y todo olerá mal, a sucio y mojado. Hasta que se seque. Entonces los olores volverán a ser los de siempre: humo y transpiración.

La grasa se está derritiendo en la olla, mientras la masa crece abajo del trapo. La grasa usada varias veces. Dorada. Es lo único que no es gris. La mujer con el delantal que le cubre de la cintura para abajo, corta unos rombos en la masa estirada y hunde el cuchillo en el medio, en forma de cruz, como lo hizo siempre, y su madre y su abuela antes que ella. Son incisiones precisas y lentas. Como si fueran la clave. La grasa hace ruidos como gorjeos. Casi no se escuchan por la lluvia golpeando en las chapas. Tiene que probar con un triangulito de masa a ver si está suficientemente caliente para empezar a freír. Falta aún. Abre la puerta de la salamandra y mete un par de palos secos que tiene ahí en el cajón. Menos mal que entró algo de leña. Él hachó la semana pasada.

La pava chilla. Pone un poco de agua de la canilla antes del chorro caliente, para que no se queme la yerba. Chupa y escupe en la pileta. Vuelve a llenar la calabaza y sale al vano de la puerta. Él está parado, apoyado en uno de los palos que da soporte al alero. Tiene el costado del cuerpo apoyado en el palo, y la pierna cruzada de una manera rara. Fuma un armado casi sin interés. Cuando ella se acerca se para derecho, pareciera que se cuadra. Estira la mano y recibe el mate humeante. Todo humea en esta tormenta. Incluso de la salamandra vuelve el humo para adentro y lo que logra salir por el caño baja pegado al techo y se refugia abajo del tinglado.

No ladran los perros cuando llueve, le dice él mientras le devuelve el mate. Ajá o mmm murmura ella mientras se vuelve adentro. Es una verdad lo que él acaba de decir, pero no le da importancia. Ya no le importa si lo que él dice es verdad o no.

Revisa de nuevo la temperatura de la grasa con el mismo triangulito, que agarra por un vértice con los dedos. Ahora sí la grasa hace una fiesta. Suelta el triangulito y lo deja un minuto, o menos. Se hincha, se da vuelta solo, parece que nada de felicidad. Se dora. Lo saca con una espumadera de alambre. La hizo él hace años. Está bien hecha. Firme. Como la casa. Ahora pone los rombos con la cruz en el centro. Le entran seis en la olla. Se hinchan enseguida, pero no tienen la libertad de darse vuelta, entonces ella ayuda con el tenedor. La cruz en el centro impide que se haga un globo. No le gustan las tortas huecas. El olor en la cocina supera al de la tierra mojada, y el ruido de la grasa al de la lluvia, al menos en su mente, esto es ahora más importante. Al lado de la olla, en un borde de la salamandra hay una fuente enlozada amarilla con el borde verde, con un pedazo del papel de la bolsa de harina adentro. Saca las primeras seis, se ceba un mate mientras la grasa recupera su calor y pone otras seis. Así hasta que termina. Son cinco tandas. Con eso tendrán tortas para hoy y mañana. Cuando pase la lluvia no van a dar ganas de estar cerca de la salamandra. Saca la última tanda y con un palo engancha la manija de la olla y la corre hacia el otro borde donde el hierro no está tan caliente. Ceba otro mate, agarra una torta caliente todavía y vuelve a salir bajo el alero. No para de llover. Él vuelve a cuadrarse, hace el gesto de limpiarse las manos en el pantalón y recibe el mate y la torta caliente. A él le gusta que les ponga azúcar a las tortas cuando salen de la grasa. Ella lo sabe y lo hace. Él chupa de la bombilla y después muerte la torta. Los bigotes se le ribetean de cristales de azúcar. Mastica con placer. Son las mejores tortas siempre, piensa pero no lo dice porque ella lo sabe también. Ella vuelve a entrar y él se acomoda de nuevo apoyado en el palo que sostiene el techo, en esa posición enredada y mirando entre la bruma de la lluvia. Ella sale con la pava y la fuente enlozada llena de tortas, las pone en la mesita y se acomoda en el sillón que hizo él cuando se casaron. Sigue firme, como el rancho, como el alero, que aguanta la tempestad sin que entre una gota de agua. Los cueros de chivo que ella curtió para cubrir los almohadones han perdido un poco el pelo, tanto que los han usado.

Ella piensa, a veces, que él es un buen hombre. Trabajador, y cuando no se da a la bebida, es un buen hombre. Le ha dado hijos, y se ocupó de tener su casa firme. No le ha faltado nada en verdad. Lo piensa ahora cuando lo mira tomar un mate con la mirada perdida en el gris del fondo del paisaje. Es medio chambón le había dicho su madre cuando se fueron a vivir juntos. Él quiso que se casaran, y creía en Dios, así que hasta lo hicieron por la iglesia. Después Dios desapareció de sus mentes.

El perro ladra, escondido en alguna parte del galpón. Los dos hacen un gesto como de erguirse y llevan la mirada hacia el camino. La tranquera no se ve, de tan fuerte que cae la lluvia. El perro ladra otra vez, varias veces. No está atado, pero no va a salir de su refugio. Sólo cumple con advertir que algo se acerca.

Los dos achinan los ojos, a ver si pueden distinguir algo entre el gris de la cortina de agua. La lluvia redobla su intensidad y golpea más fuerte el alero. El ruido casi tapa los ladridos del perro. Él tiene el mate en una mano y media torta en la otra. Ahora está apoyado en los dos pies, las alpargatas con los bigotes erizados. Ella puso las manos en los posabrazos del sillón e inclinó el torso para adelante, como en un gesto de levantarse. El pensamiento de que él es un buen hombre se esfumó.

Ella se para al lado de él que está como en guardia. Los dos miran la huella de barro que se pierde en la cortina de agua. Una silueta negra de un caballo con su jinete empieza a definirse en el horizonte, que está a pocos metros. La lluvia acerca el horizonte hasta niveles alarmantes. El caballo es negro, y camina pausado, chorreando por las crines unas cascaditas de lluvia. El jinete tiene un poncho con un cuello alto, de lona encerada, y un sombrero de ala ancha. Las botas asoman de los bordes del poncho, apoyadas en los estribos. Las manos que sostienen la rienda están ocultas.

Cuando ven quién es, ya está a pocos metros de la casa. Él se mueve con la intención de entrar, pero el jinete desenfunda y dispara. Dos tiros. Uno para cada uno. Y caen ahí, donde estaban parados, unos centímetros antes del escalón. El mate partido sobre la madera. Él tiene la boca abierta. Ella ni alcanzó a abrirla.

El perro lo reconoció y ya no ladra. El jinete desmonta, se sirve una torta, monta de nuevo y se va. Estas tortas son las mejores, piensa. Los cristales de azúcar le adornan los bigotes.

 

* MÓNICA DE TORRES CURTH nació en Bariloche en 1961. Es profesora de Matemáticas, Doctora en Biología y Magíster en Enseñanza de las Ciencias Exactas y Naturales. En 2017 obtuvo el Primer Premio de narrativa de la Editorial de la Universidad Nacional de Río Negro por Todo lo que debemos decidir. En 2018, el Primer Premio en la convocatoria del Fondo Editorial Rionegrino, por El camino de la izquierda. En 2020, publicó Circulares (FER), un libro de narrativa poética en coautoría con la escritora Cecilia Fresco. Proximamente, saldrá publicado el libro Nosotras somos ellas. Cien años de historias de mujeres en la Patagonia (Educo), en coautoría con Laura Méndez y Julieta Santos. El cuento “Tarde de lluvia” fue publicado originalmente en la revista Salvaje Sur.

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