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JUGUETE RABIOSO

En esta entrega compartimos “La cosa molesta” de Natalia Piehl

En la entrega N° 22 de la sección que cura Diego Reis, hoy un cuento de la escritora y profesora, integrante del grupo literario Alamberse de Villa La Angostura.
08/03/2023
En esta entrega compartimos “La cosa molesta” de Natalia Piehl

LA COSA MOLESTA/ Por Natalia Piehl *

 

-¿Y? ¿Qué era?

-No sé todavía. Recién lo abro.

Es realmente viejo, pero lo que debería sorprenderme es que todavía me sorprenda. Todo por acá es viejo, viejo hasta un punto en que ya no importa y deja de envejecer. Nada es nuevo, o lindo, o limpio. Nada tiene menos de sesenta años de uso descuidado y constante. Pero eso me gusta. Me gusta que con sólo forcejear un poco con la herrumbre, sólo con tirar fuerte, sólo con meterle un golpe, las cosas parecen arrancar.

Abrir la tapa del motor me lleva diez minutos. Sólo tiene dos tornillos: uno tiene tan vencida la rosca que baila; el otro está tan agarrado que parece soldado. Sería lo mismo decir que estuve diez minutos con un puto tornillo. Lo sacudo un poco y hace ruido de tener algo suelto. Lo abro un poco más, le saco la bobina. Está quemada.

-Fijáte dónde ponés las cosas.

-¿De qué me hablás?

Le acerco la llave estirando el brazo como para que la agarre. Pero no lo hace. La mira con desconfianza un momento.

-Eso no es mío.

-Lo tenía adentro el motor. Hizo corto con la bobina. Voy a tener que cambiar todo el alambre.

-Pero no es mía.

-Bueno, yo la dejo acá.  Vos fijate -le dije y apoyo la llave sobre el mostrador.

Desarmo la bobina y le enrollo como medio metro de alambre nuevo, o más, o menos, porque no me caliento en medirlo. Armo el ventilador de nuevo y ni me preocupo en probarlo para ver si anda. Siempre andan.

-Bue, ¿cuánto es?

-Ciento veinte. -Como me mira como que no entiende, le aclaro:- Veinte son del cobre y cincuenta solo por hacerme venir hasta acá. Me lo podrías haber acercado.

Chasquea la lengua con los dientes y me tira la plata sobre el mostrador. Son ciento diez, pero los agarro igual como si no me diera cuenta. Y fingimos que ninguno sabe nada. Porque no darse cuenta puede fácil valer 10 o más. Así que me voy rápido.

Es la hora de la siesta. No hay nadie dando vueltas. Con ese sol naranja que parece que nunca se movió de donde está desde el primer día. Un sol viejo también, un sol como medio huevo de campo estrellado en el horizonte del desierto, un sol como un aborto de gallina cuya albumina se extendía por minutos sin nunca cuajar. La única cosa que no se cocina con este calor tiene que ser el mismísimo sol.

-¡Che, flaca! -me llama desde la puerta del almacén- La cosa ésta.

El grito me sorprende y se me resbalan los dedos que mantienen cerrada la tapa de la caja de herramientas. Se abre y todo lo de adentro cae a la tierra de la calle.

-En casa de herrero… -se burla y me espera a que meta las herramientas de vuelta en la caja para pasarme el soldador que me había olvidado en el almacén.

-Y, sí. La cosa propia es la que nunca se arregla.

No le doy las gracias porque siento que se las estaría dando por el chiste.

-¿Te dijeron que el Tute te anda buscando? Tiene un tele que está andando mal.

-Mucho no me está buscando porque sabe dónde estoy y no me enteré.

-Bueno, vos sabes.

-Sí, yo sé. Decile que como quiera. Que me lo puede alcanzar o yo voy cuando me diga.

-¿Y le vas a agregar 50?

-Sí, pero eso no se lo digas.

Me voy directo para el cuchitril que me alquilaron por liebre y que fingí no ver que era gato. Porque igual alcanza. Dejo la caja sobre la mesa y me hago unos mates. Dormir la siesta con este calor cansa más, pero tampoco me queda energía para arreglar el cierre de la caja. Cuando al fin me siento, me mira como esperando que le convide un amargo. Pero ya no me da culpa. Me mira siempre, porque arreglar una cosa implica tener que seguir arreglando otra tras otra. Tendría que destrabar la puerta del armarito de abajo de la escalera, que nunca abrió, solo para ver si tiene lugar para la caja. ¿Para qué? La mesa es de cuatro y somos dos.

 

 

Al final me hizo venir. Cuando veo la tele entiendo que no le quedaba otra. Era un dinosaurio de los grandes, de esos que parece que pesan lo que un lavarropas, que hasta pensás que cuando los abras van a tener un cacho de cemento adentro para que no se muevan. Se aseguró que fuese un día que la señora no estuviera, pero también de no estar solo. Los dos hijos están dando vueltas como moscas curiosas.

-¿Qué es lo que te está haciendo?

-No mucho. Todavía anda. A veces se le va la imagen y se escucha un chispazo. Pero vuelve. También le sale como una sombra en el costado.

Con eso sólo me pongo a trabajar. No puedo pedirle más. Las explicaciones de la gente del desierto a veces me hacen sentir como un veterinario.

-¿Te va a llevar mucho tiempo? -me pregunta nervioso Tute mientras le estoy sacando la carcasa plástica de atrás.

-Eso nunca lo sé -dije, y me guardé la pregunta de si la “ñora” volvía pronto, porque eso sería darse cuenta.

La parte difícil es no romper el plástico mientras lo saco. De tan viejo y gastado, con quemaduras de pucho y otras que ni me imagino de qué, sólo estar agarrado al tubo evita que pierda la forma cuadrada.

Voy directo a revisar el imán y ahí está, pegada. Tengo que agarrarla de una punta y tirar, dejarla deslizarse hasta que se suelta del todo con un clack sordo y metálico: una llave. La miro un momento, no sé cuánto. Esa llave. La misma llave. La reconocí por el peso, demasiado liviana, como si fuera de mentira.

-¿Esto es tuyo, Tute? -digo y se la paso.

La agarra con poco interés. La mira rápido y dice: -No sé. A lo mejor es de los chicos.

-Estaba adentro del televisor.

-Entonces seguro que fueron los chicos -y tira la llave para un costado, contra una pila de cosas al lado del sillón. No pude ver dónde caía. Tampoco la escuché caer.

-¿Era eso no más?

-Parece -le digo mientras miro rápido el interior del televisor-. Pudo haber sido complicado si lo seguían usando. Los chispazos eran cortos, podía haberse explotado o prendido fuego -le explico y pongo de nuevo la carcasa.

-Los voy a recagar a pedos.

Tute está molesto, buen momento para irse.

De la nada, una vocecita me dice: -Tenés las uñas todas sucias.

Miro para abajo y me encontré a la nena agarrada de mi bermuda. Cierro la mano para tocarme las uñas con el pulgar. El esmalte ya se me está saltando.

-Es pintura -le contesto.

-Los chicos no se pintan las uñas.

-¡Lita! -grita el Tute y me desprende a la nena de la ropa. -¡No molestes!

            Se movió muy rápido, pero lo vi agarrar a la nena de los hombros, susurrarle algo y mandarla de un palmazo en la espalda en dirección a sus hermanos.

-Che, ¿cuánto es?

-Ciento veinte -digo con la caja de herramientas bajo el brazo, agarrada contra las costillas para que no se abra cuando me vaya a los tiros por la puerta.

Agarro el rollito de plata sin mirarlo y salgo mientras escucho al Tute prendiendo la tele a mis espaldas. Siempre andan, no hace falta probar.

En casa, suelto la caja. La dejo caer directo al piso y que todas las herramientas salten fuera como si se escaparan, felices. Me pongo una pava a calentar de pura costumbre, porque hacer algo es mejor que nada. Y me voy a tirar a la silla. Estiro tanto las piernas que casi quedo colgando por la nuca desde el respaldo. Finjo ser una tabla tiesa mientras la pava chilla en la hornalla. Con este calor no hace falta calentar agua, sale así directo de la cañería. Con las manos dentro de los bolsillos, me vuelvo a tocar el esmalte saltado de los dedos con el pulgar y empiezo a rasparlo con la uña. Abro los ojos cuando el dolor de la nuca es suficiente y así, como estoy, estiro el brazo para prender la radio.

Hace apenas ruido de sintonía, pega un chispazo y se apaga. Me caigo de la silla y termino con el culo en el piso. Miro la radio un momento como esperando que se mueva. Pero no lo hizo. Voy de rodillas hasta el toma y la desenchufo tirando del cable. Y vuelvo a esperar. La miro desde el piso. La radio no se mueve, obviamente.

Al final me llevo la radio conmigo al piso y manoteo un destornillador de entre el desparramo de herramientas. Tengo que sacarle seis, quizá ocho tornillos hasta que casi esté abierta. El último tornillo, completamente emputecido, no se mueve. Termino por arrancar la carcasa, rompiendo el plástico alrededor del tornillo. Sacudo la radio y el ruido a sonajero termina de desesperarme. Golpeo la radio contra el piso dos, tres veces hasta que la placa de capacitores se parte a la mitad. Pedazos de plástico y estaño, componentes que habían perdido los alambres se sueltan y vuelan por todas partes. Cinco o seis veces hasta que el ruido metálico y hueco suena como una campana mientras rebota en el piso de cerámicos.

La veo brillar debajo de la mesada. Ni sé por qué. No es brillante. Pero cuando la agarro y el peso me dice que es la misma, empiezo a sentir que no tengo manera de perderla.

-Que llave puta -digo-. ¡Qué llave de mierda!

Y sin pensarlo, la tiro para cualquier parte. Pero rebota y me cae sobre el pié. En medio del silencio escucho el ahogado grito de la pava completamente seca. Me sacudo la llave del pie y voy a apagar el fuego.

Veo la llave tirada en el piso y pienso. Pienso por primera vez que esa porquería va a seguirme toda mi vida. Y la miro y pienso, y pienso mientras la miro. Y pienso en la puerta de abajo de la escalera. La que está trabada y no abre. Pienso que quizás. No sé sino para qué. Y trato.

Voy a la puerta y pruebo la llave, y entra. Pero no gira. Pruebo de nuevo, más rápido y nada. Respiro hondo. Busco aceite de bisagras y pruebo de nuevo. Nada. Dos veces, tres. Y nada. Respiro hondo.

Me guardo la llave en el bolsillo y me voy para el almacén. El paisa está en la puerta fumándose un pucho.

-¿Tenés la llave del ventilador? -lo saludo.

-Ni idea -me saluda él-. Fijate donde la dejaste.

            Entré al almacén y miré el mostrador, abajo del mostrador, atrás. Nada. Vuelvo a salir. El paisa ya se prendió otro pucho, uno detrás del otro.

-¿La encontraste, flaca?

No contesto.

-¿Sabés de qué es? -insiste.

Y le contesto con la cabeza que no.

Por un rato nos quedamos mirando el desierto y la ciudad sin ciudad, la ciudad sin, la nada.

-Contame de vuelta la historia de cómo aprendiste arreglar cosas.

-Mi viejo quería varones -digo.

El paisa se larga a reír ahí nomás que parece que se meaba encima. Siempre es igual. La carcajada se hizo más grande con el tiempo. No más exagerada, pero sí más grande.

-Y contame de vuelta -siguió- cómo terminaste acá.

Lo dejo esperando un momento antes de contestarle.

-Mi viejo quería varones.

Esta vez la risa no llegó porque le pegó una pitada larga al pucho para recuperar el aliento.

-Eso no funcionó, ¿no?

-La cosa propia es la que nunca se arregla, Guille.

-¿Lo probaste?

-Sí, fue la última vez.

-Bueno, a veces las cosas no funcionan, y ya está. -Dio una o dos pitadas, y siguió: -Y a veces hay que seguir probando.

-Me llevo tu hacha -digo y vuelvo a casa.

Entro y voy directo a la puerta. Golpeo con el hacha varias veces la cerradura, la manija, incluso el marco de la puerta. Golpeo hasta que la placa de la puerta parece empezar a doblarse. Entonces la pateo y me tiro contra la puerta con el hombro, con todo el peso de mi cuerpo, y con el hacha otra vez. Hasta que la puerta cede.

 

* NATALIA PIEHL nació, y luego creció, entre Olivos y San Isidro (Buenos Aires) en 1986. Ha colaborado en la difusión de la literatura desde muy temprana edad y a partir de diferentes grupos, incluyendo la Asociación Tolkien Argentina. Se mudó a Villa La Angostura a principio del 2016 y desde entonces forma parte del grupo literario Alamberse de la Biblioteca Popular Osvaldo Bayer. Actualmente es profesora de Lengua y Literatura.

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