LA COLUMNA DE ALE THE ROSE

"La Ausencia de la Soledad"

Tras unas merecidas vacaciones Ale The Rose vuelve recargado y reflexiona sobre la dificultad de desconectarse en esta era de hiperconexión.
26/10/2018

Acá estoy, otra vez, acá vuelvo a estar.

Y que levante la mano quién extrañó a Ale The Rose. ¿Sólo esos? Bueno ok, en realidad no me importa. Porque andan diciendo por ahí que lo que vale es la calidad y no precisamente la cantidad.

Y ya retornado, en casa y dispuesto a escribir para ustedes, a decir verdad, me estoy preguntando a dónde se fueron esos supuestos días de descanso, que ya no son tales (¿vacaciones?, nah…nada de eso); que tampoco tienen que ver con aquellas vacaciones de cuando uno era pibe, en la que el reencontrarte con amigos y la vuelta al barrio o al colegio tenían algún sentido…más bien narrativo.

Eso de contarse y escucharse y hasta inventarse y creerse todo lo que pasó o lo que no pasó mientras se estuvo ausente físicamente, pero presente en los pensamientos del resto. O capaz que no, ni siquiera eso. No sé pero digo, ese raro placer de ser olvidado para que de golpe te recuerden. El comienzo de una nueva etapa.

Pero ahora ya no. Ahora la historia es otra, la ausencia no es otra cosa que el estar siempre ahí, a tiro de cachetazo, al alcance de todos y alcanzándolos a todos. A más o menos ciento cuarenta caracteres de distancia y la distancia de tantas casuales fotos que lo único que revelan es la facilidad con la que se sacaron y el modo en que nos van robando ya no el alma, pero sí el tiempo. Como esos pibes del colegio que les contaba, de guardapolvos blanquísimos y sus manos en alto, repitiendo: “¡Presente! ¡Presente!”.

Pero como te dije, ya no. Ahora, lo único que de verdad está ausente es la ausencia misma.

Algo de esto leí hace un tiempo en uno de esos libros, que de tan interesantes, te vuelven casi adicto. Cosa que no es fácil, pero a veces me pasa. Este se llama “The End of Absence”, que en criollo es “El Fin de la Ausencia” y que aparte, ya en el subtítulo te dice: “Reclamando lo que perdimos en un mundo de conexiones constantes”, y lo firma un tal Michael Harris. De quien no tenía ni la menor idea de quien era hasta que mi padre, para variar, lo nombró, allá por 2013, cuando me recomendó este libro. Y de lo que ahí ya hablaba este buen hombre era de la preocupante y creciente imposibilidad de estar solo.

Del renunciar a eso de estar constantemente conectado, sea en las benditas redes o en “La Nube”, para volver a estar pero colgado de las verdaderas nubes o aburrido o sin saber qué cuernos hacer. Para que exista el todo, argumenta don Michael, antes debe existir la nada. Y te tira así nomás y sin anestesia, que la nada, ahora, “…está contaminada por una falsa ilusión del todo”. Algo que te tiene siempre en alerta y concentrado y… sí, te cuento que, aunque no lo creas, ya hay demandas de divorcio basadas en el argumento de: “no me contesta los whatsapp”.

Y ok, necesito un trago de mi cada día más caro Jack. Porque ya saben a qué me refiero, eso de: tweetear, facebookear, whatsappear. Esos nuevos e imberbes verbos.

Pero lo interesante es el punto de vista y de partida donde se para este muchacho, hasta con aire de profeta apocalíptico, diciendo eso que uno ya sospechaba: “Pronto no quedará nadie que recuerde cómo era la vida antes de Internet”. Y agrega que aquellos que vivimos las dos cosas, eso del antes y el ahora, el sin y el con, estamos especialmente capacitados y con conciencia para diferenciar lo que te define de lo que te complementa.

Y, resumiendo, podemos darnos cuenta más y mejor acerca de los peligros envueltos entre tanta supuesta ventaja. Y así asoman cosas como recuperar la idea de que el teléfono era algo que se quería desconectar antes que algo a lo que vivir conectado; habilidades como memorizar por necesidad y olvidar por reflejo y la capacidad para acordarse de algo pero por uno mismo, sin tener que “googlear” cada cosa todo el tiempo.

O tal vez superpoderes como poder leer tranquilo cualquier libro como “Cien Años de Soledad” sin estar pensando si algún amigo al que nunca conocimos ni conoceremos jamás, nos haya enviado un link a un artículo acerca de algo que no nos interesa en absoluto, ni nos va a interesar. Y lo más importante de todo este asunto es eso del poder estar a solas con uno mismo. Y en este sentido viene lo más interesante del caso.

Como para tratar de evocar cómo era eso, este Harris le dedica todo un capítulo, en modo diario íntimo, a experimentar todo un mes analógico y desenchufado  y volver a las circunstancias tecnológicas de su infancia. Es decir, el tipo se apaga de todo para, si hay suerte, ver qué cosa se enciende; sospechando que tal vez ya no le queden pilas o que se esté quemando, que esa lamparita del velador sobre su mesita de luz apenas titile antes de fundirse a negro. Imágenes paganas.

Y ok, a decir verdad y a medida que leía “su” experiencia nunca esperé que el tipo descubra algo relevantemente epifánico. Y fue así. No le pasó nada. O al menos, casi nada. Harris se ve obligado a utilizar un reloj analógico en su muñeca (ese que alguna vez fue el enemigo), a ver televisión (esa que alguna vez fue la enemiga), a sentir una profunda irritación primero y lástima después, ante el patético paisaje de adolescentes alienados soldados a sus telefonitos. Pero, así y todo el tipo entiende que tal vez la revelación haya sido el solo acto de rebelarse.

Y, sí, también descubre algo: la soledad sólo puede soportarse si se tiene una buena vida interior. Y no es tan sencilla la cosa. Porque cuando se reconecta a todo otra vez, Harris descubre que el buzón de entrada de su e-mail y su Whatsapp y su chat y su Facebook están llenos de mensajes de sus amigos desesperados por saber si vio la luz al final del túnel o, lo que es lo mismo, si hay vida después de la Red.

Y todo esto viene a que en este viaje me propuse hacer algo parecido y claro, no fue nada fácil, es más, fue imposible. Los amigos, los compañeros de la oficina, familia y los omnipresentes jefes del trabajo y varias personas más se encargaron de levantar sus manos diciendo: ¡Presente! Pero a decir verdad sí que me pasaron algunas cosas: me descubrí más indignado, dolido y triste que de costumbre por nuestra irreal realidad.

Con más polémicas por los negocios millonarios del clan Moyano; más estupideces en payasescos programas de televisión, más progresiva caída en las encuestas de Cambiemos y del Kirchnerismo y de todo político suelto y de la  revancha de alianzas supuestamente en vías de extinción; más padres y tíos matando a más hijos y más hombres matando a mujeres; más muertos fronterizos por todos lados del planeta; más migrantes que caminan miles de kilómetros escapando del terror para ir a …¿otro terror?; más el frío y las nieves de primavera; más el supuesto fin de la subida del dólar y las sonrisas de Macri y de Cristina por todos los medios. ¿De qué cuernos se ríen?

Y ok, a pesar de eso, lo que hice fue ver, en una tarde de tele maratónica, las cuatro primeras películas de “Misión: Imposible” (¿existe de verdad un trabajo así o se trata de movidas que hace la CIA para enrolar algún que otro inocente como alguna vez “Top Gun” metió a un montón de boludos en la Fuerza Aérea?) les decía, vi esas películas antes de ir a ver la quinta parte al cine seguramente rodeado de personas que escriban y lean en la oscuridad.

Tengo que confesar que aparte de no ir al cine, también practiqué esa sonrisa llena de dientes de Tom Cruise frente al espejo del baño y no hubo caso, no me salió nada bien y, ok, ya lo sé, mi sonrisa se parece más a la del Guasón, pero eso sí, sin maldad alguna; también comí mucho y aumenté algún que otro kilo porque picoteaba algo cada vez que veía los dedos de la gente a mi alrededor que empezaban a moverse solos sobre alguna pantalla, y hasta tuve una pesadilla. Una en el que mucha gente abandonada a su suerte, tenía que pasar por un Estado gobernante para que les implanten un chip de localización con teléfono y bluetooth, y eso por su seguridad. Y claro, a todos les prometían que ya nunca más estarían solos.

Y por suerte me desperté y después, ahora, el plano y chato Octubre se convierte en el empinado tramo hasta fin de año.

Y todo vuelve a ser como era antes del después de esa época en la que todavía te preguntaban: che, ¿dónde estuviste? en lugar de: che, ¿dónde estás?

Cuando la respuesta todavía podía llegar a ser esa de: “Estuve solo”.

Cuando sin ninguna duda, ésa era la respuesta correcta.

 

Ale The Rose

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