JUGUETE RABIOSO:

En esta nueva entrega de esta 4°temporada, hoy: "Tercer piso", de Michaela Osorio

Un niño pasa sus días mirando el mundo desde una ventana mientras algo crece dentro de él. En una casa dominada por el silencio y el miedo, la única salida parece ser un plan desesperado.
07/03/2026

Las horas pasan, mientras me encuentro mirando por esa ventana, siempre un punto fijo diferente. Observo los detalles de la palmera que se encuentra en frente, con detenimiento los memorizo y sigo visualizándola con los ojos cerrados.

Cada día que paso en esta habitación encuentro algo diferente que observar, desde mi tercer piso. Algunas veces cuento las ventanas de los otros edificios y repito los números en mi memoria, para no olvidarlos mañana.

Desde los doce años que llevo existiendo, la mitad, los pasé en esta misma habitación, mirando siempre esa misma ventana, o en su defecto el techo.

Mi hermana no entiende porque no puedo jugar con ella, a veces se acerca temerosa y me pregunta si quiero jugar a la cartas o al ajedrez.

Siempre me gana en el tutti frutti, piensa más rápido que yo. Me agobia jugar con ella.

No comprende... lo único que puedo, lo único que quiero, es mirar afuera.

Entender la vida de esos extraños. Transeúntes que caminan sin parar, otros que se detienen y entran a comprar en la librería. Otros que pasan caminando tomados de la mano. Están los que se bajan de sus autos con apuro y están quienes van a paso lento. Imagino sus vidas, les invento oficios, nombres.

Alimento al pequeño ser que crece en mi interior. Muy lentamente, pero ocupando todo el espacio en mí, haciéndose cada vez más grande.

Tengo miedo, aunque no le cuento a mi hermana de su existencia. Ella lo intuye... a veces me hace preguntas, que aprendí a evadir de forma inteligente.

Ya vino mucha gente a querer curarme. Todos fracasan. Lo que crece y yo lo sabemos.

Mi madre se la pasa el día tejiendo en la habitación de al lado, donde casi no hay luz natural y solo se ve el sol por un pequeño ventiluz que apunta hacia el cielo.

Mi abuelo vive en la cocina, nunca sale de ahí, pasa largas horas inventando recetas y mezclando ingredientes. No cocina rico, pero nunca se lo digo, porque no quiero apagar la única ilusión que lo mantiene entretenido y anclado a la vida.

Mi hermana en cambio va y viene por toda la casa, se mueve impunemente por los tres espacios. Él todavía la deja, no decidió qué hacer con ella.

Yo quiero preservarla, defenderla, liberarla de esta casa. Pero se que mis intentos fracasarán, aunque lo distraiga con el afuera, a él solo le interesa conquistar el adentro. Ya casi termina conmigo, buscará un nuevo huésped cuando abandone mi cuerpo. Mi madre y mi abuelo lo saben, por eso intentan hacer lo mismo, mantenerse ocupados para distraerlo, confundirlo, engañarlo.

Pronto dejará de habitarme, lo presiento.

 

Todas las noches son iguales cuando la casa queda en silencio y el terror nos quita el aire.

Pero esta noche tengo un plan. Llevo la mitad de mi vida esperando por este día.

El lunes pasado, convencí a mi madre de que invite a la vecina del segundo piso. Al principio lo dudo, después entendió lo que estaba proponiendo, me sonrió de costado y aceptó sin mayor emoción, para no levantar sospechas. Después bajó a invitar a la vecina para cenar el viernes, quien aceptó encantada y dijo que ella se ocupaba del postre, "como si eso importara", pensó mi madre.

Al regresar le avisó a mi abuelo, quién la miró un largo rato, en silencio y luego siguió cocinando.

En esta casa nadie habla demasiado, hace años. Nos quitó hasta las ganas de comunicarnos entre nosotros.

Malvina es la única que puede hacerlo, pasa largas horas conversando con sus muñecas.

A veces me detengo a su lado pero sin decir nada, solo la observó. Él me lo pide, y yo aceptó en contra de mi voluntad, porque si me resisto es peor. Antes odiaba que tomara el control sobre mí, por eso aprendí a obedecer.

 

 

Llega el viernes. La vecina toca el timbre y cuando abrimos la puerta, Malvina quiere ir hacia la escalera. Se detiene justo al llegar a los pies de la vecina, que aún permanece del lado de afuera.

-Hola nena, ¿a dónde vas tan apurada? -le pregunta.

-Malvina me llamo -contesta mi hermana y se va a nuestra habitación con todos sus osos entre las manos, esos que fue levantando durante el camino de regreso, hacia la habitación.

La vecina entra, nos saluda con un beso a todos y lleva el postre a la cocina.

Mi abuelo no la mira. Mamá se lo recibe y lo pone en la heladera.

-No hacía falta tomarse la molestia -le dice.

-Faltaba más -contesta ella.

La cena es aburrida y monótona, la vecina habla en un soliloquio que se hace eterno, sobre datos irrelevantes acerca de su vida: que hace poco que vive en el edificio, que nos agradece la invitación porque los otros vecinos no parecen tan amables, que sus hijas se fueron a vivir a Europa.

Empiezo a odiarla.

Él descubre lo que intento hacer, ha comenzado a debilitarse y sabe que tiene que abandonar mi cuerpo, pronto.

 

Le ofrezco mi ofrenda, preguntando a la vecina si acepta un regalo de mi parte.

Al principio lo duda, y no entiende porque la interrumpí en su relato tan interesante sobre su trabajo, pero titubea y acepta.

- ¡Ay! ¿A ver qué es? -pregunta, mientras me mira a los ojos.

Le doy una caja negra, con un moño rojo. Adentro hay un talismán y una cadena de oro brillante. Se deslumbra al abrirlo.

La observo, parece hipnotizada, como cuando algunos vecinos se detienen en la vidriera de la librería esperando decidir que van a comprar, si van a entrar o no.

Me mira a los ojos y me agradece emocionada.

"Qué fácil fue", pienso...

Guarda el regalo en su bolso, y continúa con su monólogo sin interés.

Luego de la cena, comemos el postre. La vecina cocina bien, no como mi abuelo. Eso le agrada de ella. Acepta mi ofrenda.

Cuando empieza a darle sueño, la vecina se despide, pero al llegar a la puerta no puede abrirla. Mi madre se disculpa, le cuenta que hace un tiempo la cerradura tiene algunas fallas, entonces a veces se traba, pero que sí está muy cansada puede dormir en la habitación nuestra. Vuelve a dudar, pero ante los intentos en vano por abrir la puerta acepta, aunque esta vez con menos entusiasmo que como aceptó el talismán. Mi madre le ofrece un camisón, pero ella se acuesta con lo puesto, arriba de las frazadas.

 

Cuando toda la casa está en silencio, comienza el terror.

 

Malvina y yo dormimos en el comedor en una cama de dos plazas que se vuelve sillón.

Escuchamos como se cierran todas las puertas de las habitaciones.

Mi hermana corre hacia la puerta del departamento, la abre y me susurra:

-Llegó la hora.

Le doy la mano, y salimos juntos hacia las escaleras del edificio.

La puerta se cierra nuevamente, pero nosotros dos sabemos que ya no podremos volver a entrar, nunca.

 

Mi madre despierta y ve luces blancas sobre su cabeza, está mareada y conectada al oxígeno. No recuerda nada, estrés post traumático le dicen los médicos.

Mi abuelo ya no está más.

La vecina logró irse de la casa.

De nosotros dos, todavía se desconoce el paradero.

La gente en el edificio, se encuentra en shock. Algunos lloran nuestra ausencia, otros hacen hipótesis sobre lo que pudo haber pasado con "la nueva del segundo", para semejante horror.

La policía se encuentra tomando huellas en nuestro departamento. Sacan el cuerpo hallado sin vida en la casa.

De la vecina, poco a poco, se van olvidando.

 

A Malvina y a mí, nos siguen buscando.

 

*

 

MICHAELA OSORIO (Viedma, Río Negro). Nació en 1994. Es docente de Nivel Inicial, y estudiante de la Licenciatura en Psicopedagogía. Se formó en distintos talleres de escritura. Ha publicado sus poemas en antologías tales como Letras de la Comarca (2014) y Primer Piso (2018), como así también en la antología de poesía argentina Decir(es) Ajeno(s) (2025) de editorial TinTapujo. Su primer poemario Voz en off fue publicado por Halley Ediciones en 2023.