GRUPO ÁRBOL

Compartir el territorio: el desafío de cuidar la naturaleza que elegimos para vivir

El Grupo Árbol Vla reflexiona sobre el impacto de las actividades recreativas, las mascotas y la apertura informal de senderos en los ecosistemas de Villa La Angostura. La protección del huillín y la fauna nativa requiere un compromiso colectivo.

Vivir en Villa La Angostura implica aceptar que no habitamos una ciudad vecina a la naturaleza, sino que somos parte de ella. Nuestra localidad está asentada sobre una matriz boscosa continua: los mismos pasillos biológicos que cruzan nuestros barrios son los que utiliza la fauna nativa para desplazarse, alimentarse y reproducirse. En este territorio compartido, los límites que dibujamos en los mapas entre el ejido municipal y el Parque Nacional Nahuel Huapi no existen para las especies silvestres. Por eso, la gestión ambiental de nuestro entorno requiere una mirada integradora, capaz de conciliar la vida urbana con la fragilidad del ecosistema que nos rodea.

La trampa del "paisajismo" y los nuevos senderos.

Uno de los desafíos de convivencia más complejos que hoy tenemos sobre la mesa es el impacto de nuestras actividades recreativas en las zonas más frágiles del área protegida. Hoy asistimos a un cambio cultural indiscutible donde las mascotas ocupan un lugar central en nuestros hogares, siendo consideradas un miembro más del núcleo familiar, y queremos compartir todo con ellas.

Por otro lado, la saturación y el incremento de usuarios en las playas más visitadas de nuestro pueblo, sumado a la búsqueda constante de rincones solitarios, impulsa la apertura informal de sendas orientadas únicamente por su valor paisajístico. El problema es que estos caminos se trazan sin considerar la fragilidad o la categoría de conservación del área. Con esta llegada, instalamos actividades humanas en sectores donde directamente no debería haberlas; la presencia humana arrastra consigo ruidos, pisadas sobre vegetación sensible, residuos de todo tipo y el impacto de los baños improvisados en pleno bosque, alterando por completo el equilibrio y la higiene del entorno natural.

El impacto silencioso: la "especie paraguas".

Cuando el cartel de prohibición choca contra el lazo emocional con nuestras mascotas y el deseo de esparcimiento, la norma se vuelve invisible. Pero el impacto en el territorio es severo. Esta problemática no se limita a las playas tradicionales; afecta de manera directa a las nuevas sendas boscosas y a toda la fauna terrestre.

Si focalizamos en el huillín, nuestra nutria patagónica, nos encontramos con una especie en peligro de extinción y en grave retroceso histórico. La Dra. Carla Pozzi, especialista que monitorea la especie en el Parque Nacional Nahuel Huapi, advierte que el rastro de olor, los desechos y los ladridos de los perros —incluso con correa— causan situaciones de gran estrés, provocando que abandonen sus sitios de alimentación, sus sitios de descanso (descansaderos) y sus huillineras (sitios donde tienen a sus crías, también conocidas como madrigueras).

El huillín funciona aquí como una "especie paraguas" y un emblema de conservación: sus datos científicos encienden las alarmas porque se miden hace años, pero al proteger su hábitat protegemos en silencio a las aves que anidan al ras del suelo o a los pequeños mamíferos de los que no tenemos estadísticas.

Esta misma realidad se vive de cerca en los barrios, donde es frecuente ver zorros merodeando. Ante su presencia, es totalmente comprensible que muchos vecinos se vean alarmados y preocupados por la seguridad de sus mascotas. Sin embargo, es el mismo bosque que nos brinda la protección del suelo y la posibilidad de disfrutar de especies tan amigables como los carpinteros o el huet huet, el que nos recuerda que nuestros barrios están inmersos en su hábitat y compartimos el mismo espacio.

Hacia una responsabilidad conjunta.

La realidad nos demuestra que la fiscalización de cada metro de costa o cada kilómetro de sendero es impracticable. Por eso, el escenario actual nos exige abrir el debate hacia una responsabilidad conjunta. La conservación de la biodiversidad y el valor ecosistémico del bosque no es una tarea que dependa exclusivamente de un control institucional; es un compromiso social y cultural que debemos asumir como comunidad.

Cuidar este entorno es, en definitiva, proteger el paisaje que elegimos para vivir y que representa el principal motor económico y de subsistencia de la villa. La madurez comunitaria nos exige un respeto absoluto y un cuidado estricto en el uso cotidiano que hacemos del espacio. Resguardar los santuarios donde la fauna nativa necesita tranquilidad total para sobrevivir es una decisión que empieza en la conciencia de cada vecino.

 

Escribió para Grupo Árbol Vla: Catalina Martínez

Técnica en Áreas Naturales protegidas

 

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