2026-03-14

CUARTA TEMPORADA:

Juguete Rabioso: En la décima entrega de esta temporada, "La Condición de la Estrella", de Viviana Núñez Cabral

Un fotógrafo marcado por una extraña condición: un beso en la frente capaz de apagar la vida. Entre memoria, violencia y amor, su don —o condena— lo enfrenta al límite entre la piedad y la muerte.

 

Lo esperaba, tenía una peregrina idea en la cabeza sobre los procedimientos, pero el mazazo hizo que saltara sobre el banco de metal renovándole el frío en los muslos a través de la bermuda. Por instinto abrazó la mochila para evitar que los rollos se desparramaran en el piso. El equipo le golpeó el pecho que, gracias a la correa, se mantuvo colgando en su cuello. Adentro estallaron carcajadas.

Imbéciles.

Enseguida hubo golpes casi rítmicos como si trataran de picar una barra de hielo. El pensamiento voló al refugio de un recuerdo de la niñez, cuando todavía no se le había revelado la condición. Sobre una bolsa de arpillera limpia, prolijamente extendida en el mesón de madera, su papá y el tío martillaban un punzón para sacar cubos de extrañas geometrías que enfriaran las jarras de agua, o vino, o granadina. Si tenían suerte, podían capturar pequeños cristales y metérselos en la boca.

No se metan muchos, que les va a doler la garganta.

Alguien empezó a aserrar del otro lado. No tenía recuerdos coincidentes; lo más parecido era su padre serruchando tablas para arreglar alguna cosa de la casa. El abuelo sí tenía sierras, dos tenía y dos serruchos. Uno muy chiquito, que sin embargo era pesado para sus manos infantiles. Quería usarlos, aprender, pero siempre se le saltaban a la primera mordida, entonces venían la reprimenda y el secuestro de la herramienta. Con el martillo, a veces tenía mejor suerte. Pero si no, mejor era aguantarse el machucón en el dedo para poder seguir practicando.

Deje de travesear y guarde esas herramientas.

El ruido adentro es insoportable, agudo. Lo odia tanto como a los dentistas. De eso dicen que se murió su primo. De una infección. El dentista lo había atacado con ese aparato que le metía adentro de la boca y a la boca la tenía abierta como si fuera a tragarse entera la sandía, agarrada con unos fierros la tenía. Esa vez también esperaba del otro lado. Se asomó con desesperación cuando escuchó gritar a Ramoncito. Parecía el chancho que carneó una vez el tío para una navidad y que ninguno de ellos comió. Se hizo pis y alguien dijo que hubiera sido menos problema si se quedaba en la casa. Pero en la casa no quedaba nadie, todos salieron urgente para llevarlo a Ramón, que pegó el primer alarido cuando mordió la sandía y después se desmayó.

Que no le pase nada, cuántas veces te dijo que tenía ese dolor.

Se putean, se amenazan. Cayeron instrumentos, algún órgano tal vez. Que la sangre que la mierda que este enchastre que te voy a reventar la cabeza hijo de puta que te voy a cagar matando pará pará pará. Sale uno, violento, da un portazo. Pero no mira; aprendió a focalizar en lo importante. El padre de Ramoncito estaba rojo, transpirado, y los ojos se le iban saliendo de la cara cuando gritaba insultando a la tía. Ella, que era tan grandota al lado de él, no hacía otra cosa que llorar y se iba achicando como un trapo empapado. No lo quería al padre de Ramoncito, nadie lo quería. Quería irse a su casa, que su papá viniera, pero entró al dormitorio y como si no tuviera miedo, ni los viera, se enfocó en su primo. Estaba muy feo, todo hinchado, con un poco de sangre y baba en la cara; no le importó: mejoró su foco y lo miró directo a los ojos, todavía estaba ahí adentro. Se inclinó sobre él y le besó la frente. Ramoncito sonrió; se agarraron las manos.

Las personas a veces se mueren porque necesitan descansar.

Aquella habitación quedó en silencio y su primo al fin pudo dormir. En la sala habían menguado las voces, apenas se escuchaba algún intercambio de murmullos y el sonido apagado de cosas que se iban poniendo en orden. Suspiró. Sacó de la mochila unos hilos encerados y se puso a tejer una trama. El tipo violento volvió, se había cambiado el ambo. Antes de entrar hizo un gesto como para decirle algo, pero se arrepintió enseguida, en cambio le largó una mirada de reojo, mezcla de registro y demarcación. No hizo caso, mantuvo la atención en el diseño que tenía entre sus manos. Ya había recibido miradas de ese estilo: impersonales, de escaneo. Como los lectores que evalúan el precio de un producto en los supermercados. Antes no había esos lectores, pero sí esas miradas. Los compañeros de su papá miraban así.

Dios sabrá por qué.

Por mucho tiempo revisó esa escena minuciosamente en el recuerdo; como si se tratara de un rompecabezas intentaba descubrir la pieza adulterada, la faltante. No había nada que su mente infantil de entonces pudiera aportar para resolverlo. Se había levantado temprano, con la urgencia de orinar a pesar de la oscuridad que separaba la cama del baño. Un sonido familiar le trajo alivio, su papá estaba vestido, listo para irse a trabajar. Con un dedo sobre los labios le indicó que no hablara y escoltó su regreso del baño a la cama. Le cubrió hasta el mentón con las cobijas y le pasó el dedo por la nariz para que cierre los ojos y vuelva al sueño. En un impulso sacó los brazos y, tomándolo del cuello, atrajo hacia sí la frente de su padre y la besó. A la mañana siguiente se encontró en la casa velatoria junto a su mamá, sus abuelos y un sinnúmero de hombres vestidos de azul observándoles con esa mirada de costado. Cuando hablaban decían que eran familia, cuando miraban, no. Adentro reinaba el silencio.

Es temprano todavía para despertarse.

Parecía que todos se hubieran retirado por otra puerta. Podría dormir ahí mismo si no fuera por la situación y por el frío imperante del lugar. La dureza del banco no sería condicionante para su sueño. Así de rígido era el asiento del tren conque llegó, después de un día y medio de viaje, al lugar más ignoto de la Patagonia. Su nueva casa, su decisión. A unas semanas de su arribo, un cartero le entregaba el telegrama donde le avisaban que había muerto la abuela. Deambuló por calles desconocidas hasta llegar a la orilla del río donde se sentó a llorar. Al despedirse antes del viaje, en el portón de su casa, le corrió un mechón y besó la frente de su abuela. Entonces tomó conciencia de su estrella.

Cuidate mucho, siempre cuidate.

La puerta se abrió. Un tipo flaco, con el ambo manchado le indicó que ya podía pasar. El lugar estaba impecable, mejor que la primera vez que entró. Se habían esmerado en no dejar rastro del zafarrancho que causaron un rato antes. El único espectáculo ostensible estaba sobre la camilla. Cuando volvió a Buenos Aires lo hizo para cuidar la agonía de su abuelo. No merecía morir así; le habían rebajado la morfina porque el hospital no tenía insumos ni remedios. Y tenía cama porque una sobrina de él era médica y se la había conseguido. Dudó; se torturó tres noches seguidas, alentándose en los momentos de sueño y descanso del abuelo que cada vez eran menos. Se retaba a hacerlo bajo el pertinaz razonamiento, pero el estómago y la voluntad le impedían el gesto liberador. El abuelo gritaba y gemía aún dormido, entonces no tuvo corazón para negarse y en medio de un llanto estremecido, lo besó. Un hondo suspiro apagó los signos vitales, quitándole toda duda para su espanto.

Me lo pedía el corazón.

Los tipos no le sacaban los ojos de encima. La clásica broma del muerto agarrándose la poronga, no surtió el efecto que esperaban cuando entró antes. Hizo una sesión rápida; un rollo de doce para el frente, ahora carga otro de veinticuatro para espalda y detalles. Mintió algunos disparos; no como las bestias que lo habían acribillado. La Patagonia es ventosa porque el viento tiene dónde ser. Su condición hizo que se apartara del contacto con la gente. Se valió de su capacidad para escribir, redactando algunas notas para un diario regional. A falta de recursos desde la redacción, se compró una cámara de segunda para ilustrar sus publicaciones. Creció en el periodismo gráfico y le encomendaron todo tipo de registros. En los grandes latifundios aprendió mucho del poder verdadero. No pudo sustraerse a la tentación de besar el visor de la Canon antes del último disparo a un hacendado que celebraba la apropiación de tierras de varias comunidades junto a un diputado de turno. Fue un gesto infantil, un juego. Enfocó directo a la frente; el efecto fue inmediato y la conmoción de todos los presentes fue tal, que nadie se percató de su turbación. Un derrame cerebral, diagnosticaron. El diario y otros medios le ofrecieron fortunas por la última foto, pero la familia del occiso le ofreció mucho más.

Mírame, mírame, mírame y no me toques.

Manuel yacía abierto ante sus ojos. En la primera sesión se convenció de que dormía. Corrían juntos, registrando la violencia de los hidrantes y esquivando balas cuando quedaron al resguardo de un móvil volcado; en la inminencia de la hora se atrevió a abrirse y habló con verborragia de su mala estrella. Al salir de Télam, decidieron tomar una cerveza en un bar de Retiro. Después de la sexta botella, Manuel, emergiendo de un profundo silencio entre ambos, miró directo a sus ojos y le dijo que no quería morir de otro modo que no fuera con un beso suyo en la frente.

Y se hicieron leyenda los dos amantes.

Entre los presentes en la sala, estaba su asesino. Piensa en flores, enormes cantidades, pletóricas de colores, muchas flores rabiosas de rojos. Dispara sin mirar. Sólo ve flores en la geografía del cuerpo de él. No tienen idea de quién tienen delante. El centralismo porteño, tal vez, era una frontera más sólida que la cordillera. Ahora esa frontera protege su fama. La de Manuel, era suficiente como para que ellos lo consideraran una presa de coto. Germinan amarillos en las capas expuestas de su piel y al fin el rojo se repliega ante un manto naranja. Manuel amó la Patagonia y embelleció el tiempo de su mirada. Algún día tendrían su hogar allí, un pedacito de tierra, quizá algún arroyo cercano. Y su beso en la frente para cerrar los ojos.

Ya despiértate nena sube al rayo al fin.

Los tipos están inquietos, tanta pericia los incomoda. Sobre su cuerpo sin vida regaron balas sin sentido, como todos los perros hacen cuando uno mea para marcar el territorio. Pero hay uno, uno, que está deseoso de develar su destreza. Lo capta cuando está registrando los disparos certeros; ninguno en el rostro para no arruinar la presa. Es una presa con mensaje. Reconoce el sudor frío que amenaza delatarse en su ropa. Reacciona y pregunta quién entalló esos tiros. El estatus de la palabra cautiva a la bestia que sonríe triunfal y se declara protagonista con un gesto de manos apuntándose en el pecho. Levanta una ceja, besa el visor, hace foco y dispara.

*

 Viviana Núñez Cabral

 

VIVIANA NÚÑEZ CABRAL. Técnica en Política, Gestión y Comunicación; Gestora Cultural Universitaria; Diplomada en DDHH. Integra: Allan Verse, Colectiva de Escritoras Patagónicas y la Unión Argentina de Escritores y Escritoras. Publicó: 2017: 27 Lenguajes+1 Arte y Psicoanálisis (co-autoría).  2019: Taller de Tango, narrativa. Los días del vinagre, poesía. 2020: Vestido, en Grito de Mujer 2020 Mar del Plata. Colgado en la plaza, Chile en Vigilia. Antología Internacional de Poesía: Contra molinos de Viento. Mención Premio Nacional Manuel Mujica Láinez, Como el Paraná. 2021: Antología. Poemas que serán árboles. Voces invisibles, antología de Literatura Infantil Juvenil del FEN. Los días del vinagre en antología Poetas del Neuquén FEN. 2022: Bitácora, poesía. 2023: Tren Patagónico, poesía. 2024: Poesía del Sur de Neuquén; CeDIE. 2025: Romance de la Insolda. Romancero patagónico. (También en formato de radioteatro). Premio Nacional CFI 2020 por revista web Patagonia CulturaS. Participante de los Encuentros “Chileno Argentino de Escritores, Puerto Montt”. Dicta talleres en línea y presenciales de poesía erótica y narrativa

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