CUARTA TEMPORADA:
Juguete Rabioso: En la 11° entrega, compartimos "Pequeña historia del desierto", de Clara Lucía Bianco
Casa, hogar… qué lejanas le sonaban esas palabras. Hacía tiempo que había dejado de contar las lunas. El viento había borrado las huellas y ya nadie sabía por dónde se entraba o salía de aquel oasis, donde se encontró entre aquella gente extraña, que hablaban una lengua incomprensible para ella, pero habían salvado su vida.
Gracias a una de las mujeres, que con paciencia le enseñó el idioma, no sólo pudo comunicarse, sino que se convirtió en la mejor narradora de historias de la tribu. Cada noche era convocada para que, a la lumbre de las hogueras, contase sus cuentos. El predilecto y que le hacían repetir era el de Betsabé:
“Érase una vez, una muchacha que sabía escribir. La había contratado un grupo de hombres de la ciudad, que decían querer conocer las costumbres de la gente del viento, los azules, como solían llamarlos, aunque todos sabían que lo único que les interesaba era descubrir dónde estaban los restos de la Gran Caravana y sus tesoros.
Ella había concluido los informes de los últimos seis días y se dirigía a la carpa del director de la expedición, bien alejada de la suya, porque al ser mujer, debía quedarse lejos, para evitar que las tentaciones nocturnas de los hombres, la pusieran en peligro.
La tarde caía con la velocidad del viento y el cielo pasaba del rojo al azul profundo en pocos minutos.
No se percató de la nube obscura que se aproximaba rápida y silenciosa a sus espaldas hasta que la sintió cuando sus cabellos claros, quedaron a merced del simún… y sus papeles volaron.
Gritó con desesperación mientras caía al suelo
-¡Noo, mi trabajo… era el último! ¡Devuélvemelo, viento maldito!
Pero era tarde, las hojas se arremolinaban en una danza frenética sin sentido, sin dirección. Tirada en la arena empezó a llorar y tantas fueron sus lágrimas que un pequeño hilo de agua comenzó a bajar por las dunas y recorrió metros y metros, hasta llegar a una de las tribus que acampaba en esa época del año, cerca de allí.
Los que lo vieron, no entendían como en medio de una tormenta de arena, asomaba ese prodigio azul, maravilloso salvador de la vida. Y rápidamente fueron a contarle al amo.
Ibn Agag salió a corroborar con sus ojos y mandó a su guardia personal, para que averiguara de dónde provenía el arroyo.
Salió Malek presuroso y no tardó en encontrar a una mujer que, cubierta de arena, derramaba lágrimas mientras de sus labios, pequeños y rosados, salía un canto, una triste melodía.
Malek escuchaba ese lamento que fascinaba sus oídos y al verla de cerca quedó prendado de su belleza. Pensó que era una aparición, un fantasma que sus ojos llenos de arena le mostraban, pero la música que llegaba a su cabeza era tan real como ella.
-¿Quién eres? -le preguntó.
-Nadie -respondió la mujer.
-¿Cómo nadie puede llorar un manantial y cantar como tú lo haces?
-Sólo le diré mi nombre al rey, ¿acaso eres tú?
-No, soy su guarda personal y estoy aquí porque así me lo mandó. Te llevaré a su presencia, pero te advierto, es un jefe justo al que no le gusta que lo contradigan, ni desafíen. En esos casos puede volverse cruel y vengativo.
La extraña muchacha aceptó su mano y se puso de pie.
-Llévame con él -dijo.
Cuando el Jeque la vio entrar, echó a todos de la tienda real, incluido Malek y se acercó a la joven con extrema curiosidad.
Afuera, el viento había pasado y el campamento volvía a la normalidad, excepto por el arroyo que ahora lo atravesaba y al que, con cierto temor, todos se aproximaban. Malek les advirtió que nadie debía tocarlo, hasta que el Jeque no lo autorizara. Pero el prodigio era tan grande y la frescura del agua tan tentadora que apenas uno la tocó, el resto se abalanzó para probarla y beber. Malek sacó su alfanje y luego de amenazarlos con cortar algunas manos, entre gritos y empellones, logró alejarlos. El vocerío atrajo a otros hombres de la guardia que junto a su comandante, se ocuparon de proteger el manantial.
En la tienda real, el Jeque hablaba con la recién llegada y al preguntarle el nombre y cómo había hecho para que el agua surgiera entre la arena, ella contestó con evasivas y palabras ambiguas. Eso enfureció al rey, que tomándola por el cuello, la amenazó de muerte si no respondía con la verdad.
-No estás demostrando la sabiduría de la que hablan las historias sobre ti. Si me matas jamás sabrás lo que te inquieta ni conocerás de lo que soy capaz. Mejor sería que me escucharas.
-Nunca di la razón ni escuché con atención a ninguna mujer, y tengo muchas. ¿Por qué crees que lo haría contigo?
-Porque eres un rey sabio y porque de mis labios salen palabras de verdad. Ellas hacen brotar el agua que corre por el pequeño arroyo. Si cierras tus oídos y tu corazón, ya no manará y pronto se secará.
El Rey supo que no podía con la lógica de esa extraña y además la halló tan hermosa, que aceptó de buena gana.
Pero ella le hizo una advertencia:
-Cuando sepas mi nombre no deberás repetirlo, ni decírselo a nadie de tu gente. Visitaré tu lecho cada noche y haré que me ames pero en silencio. Y conocerás los días por llegar y todas las maravillas que el Misericordioso tiene preparadas para ti y tu descendencia. Si no cumples estas condiciones, no sólo caerá a noche sobre tu pueblo, sino que jamás volverás a verme.
El Jeque supo que era una hechicera, pero lejos de asustarse, le dijo:
-Soy un rey poderoso y así como domino esta parte del mar de dunas y mis posesiones son tantas como estrellas hay en el firmamento, puedo retenerte cuanto quiera y podría obligarte a compartir mis noches contra tu voluntad, pero eres tan hermosa y me intriga mi porvenir. Que se haga como has dicho.
De allí en más, durante muchas lunas, Betsabé compartió con el Jeque su tienda y cada día lo enamoraba más y más, con su hermoso cuerpo y las artes amatorias en las que era versada. El arroyo siguió fluyendo, sin que nadie entendiera cómo el agua no cesaba de manar. Y las riquezas de la tribu se multiplicaron de manera sorprendente.
Hasta que una noche, una de las esposas del Rey dio a luz a un hijo, el primer varón. Todas antes, habían sido hijas. El Rey estaba tan feliz, que en su felicidad olvidó la promesa hecha a Betsabé y mientras bebía con sus soldados, dejó escapar el nombre. Toda la tribu sintió el estruendo en el suelo, como si una manada de camellos, pasara entre las tiendas, desbocados, atropellándolo todo.
El Jeque se dio cuenta de su error y fue corriendo a la carpa de las mujeres, para hablar con Betsabé, pero no la encontró. Las otras mujeres no la habían visto esa noche, ocupadas con la que estaba de parto. Llamó a Malek, quien acudió presuroso y empezó a buscar, según las órdenes del rey, a la extranjera.
Pasaron días, semanas y meses, sin poder hallarla. El viento y el calor se hicieron más intensos. Todos vieron horrorizados, como comenzó a secarse el arroyo. Las esposas y las hijas del rey murieron de una fiebre misteriosa, como así también hombres y algunos dromedarios, incluido su mehari blanco predilecto. El rey desesperado, hizo levantar todas las tiendas, mientras ordenaba que sus tesoros fueran puestos, sobre el lomo de los animales que seguían vivos. La caravana, que se empezó a mover hacia el norte, cada día se hacía más pequeña, muchos fueron quedando en el camino.
Ibn Agag dejó de hablar, pero los guiaba por la ruta que él conocía, la que había descubierto en su temprana juventud, en una de sus expediciones, años atrás y que llevaba al sitio mágico, donde encontrara los colmillos de marfil y los cofres llenos de piedras preciosas y el oro de Ofir.
Volvería a ese lugar, el sitio del que nunca debió salir.
Mientras allí se dirigía, una de las noches, creyó escuchar entre las dunas, alguien que cantaba a lo lejos, una triste melodía, casi un lamento y que llegaba sobre el lomo del viento del desierto. Lloró al reconocer la voz.
”
*
CLARA LUCÍA BIANCO: nacida en Mar del Plata en 1954, es una autora emergente que ha encontrado en la escritura una nueva y vibrante etapa de su vida.
Una gran familia de muchos hijos y nietos, la llevó a vivir en distintos lugares del país: Tandil, San Martín de los Andes y también aquí en Villa la Angostura. Estas experiencias enriquecieron su perspectiva combinada con actividades relacionadas con el turismo y la hotelería. De ascendencia italiana y también española, Clara se define como una mujer marcada por sus raíces, sus viajes y las relaciones que ha forjado a través de los años.
Clara comenta que un novelista para escribir usa lo que imagina, lo que ha leído y con lo que ha vivido. Sin embargo se autodefine como una lectora apasionada desde su más tierna infancia. Esa devoción por la lectura fue el motor de su creatividad, permitiéndolo en lo que ella llama su “otoño” abrazar la escritura como una manera de mantenerse activa, curiosa y viva: “Mis historias tienen romance, intrigas, acción, también toques de magia pero sobre todo una mirada personal del mundo que habito y aquel que me tocó vivir y al que veo desaparecer poco a poco, con algo de nostalgia”.
Ha escrito ya cinco novelas: Sólo con pensarte, Cuando sonríes así, Del color de la uvas, Mi querida Condesa, Donde crecen las mutisias; algunas publicadas en papel y otras como libros electrónicos.