CUARTA TEMPORADA
Juguete Rabioso: Hoy compartimos: "Opio Azul", de José Ignacio Hernández
Luis
Nunca tendría que haber visto a Luis aparecer esa noche por el pasillo. Salir del ascensor y doblar justo para ver su sombra recortándose hacia mí, como si alguien le hubiera dicho que a esa hora, esa noche, él me vería y me hablaría por primera vez. Nunca. Nunca debí apurarme para entrar en el ascensor y besarme con la vecina del quinto. Pero Luis me vio y caminó hacia mí: yo sé que ustedes cenan de noche, dijo, me gusta escucharlos.
Yo no estaba bien de plata; cada mes que pasaba me dejaba menos tiempo para escribir. Pero el pedido no estaba tan fuera de lugar. Un plato más no traía nuevos gastos y una cena de tres siempre es mejor cuando dos no se hablan. Entramos y llamé a Silvina:
– Él es Luis.
– ¿Y quién es Luis? – dijo.
– Luis, el vecino de acá al lado, el silencioso. Siempre te elogiamos porque no hacés ruido. Tenemos problemas con la de arriba, con la del quinto.
– Un gusto, Luis. No sabés lo bien que nos caíste siempre y eso que no te conocíamos.
– Un gusto,…
– Silvina, soy Silvina.
– Me dice que le gustaría quedarse a cenar con nosotros, que no cocina y le gustaría…
– No sé si saben pero me encanta escucharlos, cuando hacen ese arroz, no sé qué le ponen…
– Ah, el guiso de azafrán – dijo Silvina – mirá cómo te diste cuenta.
– Es la única noche en la semana que puedo dormir bien – dijo Luis –. Cuando cocinan ese guiso.
– Bueno, váyanse un rato de la cocina así empiezo.
– Vamos, ella también tiene sus secretos.
La puerta de Luis estaba pegada a la nuestra, formaba una esquina al final del pasillo. Los guardias nos decían que tenía el departamento más grande del piso. Nunca antes lo había visto en persona, ni siquiera en el ascensor, en el piso de la basura, en el lavadero o en el estacionamiento. Ese día habíamos quedado con Silvina que en la noche comeríamos el arroz.
– Esto es lo mejor de la semana, ¿azafrán me dijiste que tenía?
– Sí – respondió Silvina – no, en realidad le pongo un reemplazo que me enseñó mi mamá, más barato. Amor, ¿me ponés vino? Luis, decime, ¿a qué te dedicás?
– Soy escritor y…
– Yo también – interrumpí.
– ¿Sí? Mirá, de haber sabido…
– Sí pero tengo otro trabajo durante el día, estoy un poco estancado. ¿Qué escribís? Tenés pinta de escribir mucho…
– Ja, ja, no, de hecho estoy un poco estancado también. Estoy investigando sobre un tema, empecé hace unos años… venía bien… ahora me está costando encontrar evidencias nuevas.
– ¿Y qué es lo que investigás? – dijo Silvina – ¿se puede saber?
– Estudio personas videntes.
– ¿Videntes? ¿Cómo? – pregunté.
– ¿Como Nostradamus? – preguntó Silvina.
– Un poco más contemporáneos pero sí, algo así, Baba Vanga, Gushterov, Briggs, eh, Cayce, muchos.
– ¿Y… por qué…?
– Estoy siguiendo, más que nada, la historia de los escritos robados de ciertos videntes. Hay un grupo muy reducido, curiosamente son los más importantes, que dejó muchos escritos después de morir y…
– ¿Y eso qué…?
– Y que fueron robados, todos, apenas murieron.
– ¿Estás rastreando los textos robados? Amor, ¿vino? Servile a él también…
– Venía bien – siguió, sin responder – gracias… había dado con un vidente local, que murió hace poco. El Facha Motarda le decían. En la escuela era el tigre blanco porque su mamá le remendaba toda la ropa con hilo del mismo color. Uh, no saben. Tenía visiones cuando soñaba. Se lo podía ver todas las noches en una esquina, en el centro. Le preguntabas lo que quisieras, él siempre te escuchaba apoyado sobre la moto, campera de cuero, una rodilla desnuda por el jean descosido, ahora sí, siempre lúcido. No te aceptaba ni un cigarrillo siquiera. A mí nunca me dijo nada, apenas me le acercaba él sabía a qué iba. Yo igual caía todas las noches.
Así pasó un año, más o menos. Ya no le hablaba, lo espiaba de lejos. Una mujer lo veía seguido; después supe que era la esposa. Me mudé a este edificio para estar más cerca de esa esquina. Estuve a punto de bajar los brazos, no tenía ningún indicio nuevo, no había podido averiguar dónde vivía. Nada.
– ¿Pudiste…?
– Hasta que una noche – me interrumpió y me asustó la manera en que empezó a hablar – una noche llego y veo la moto sin el Facha. La esposa estaba tirada en el piso, llorando, dando puñetazos. Yo le pedía, decía, le pedía que dejara a esa gente, que era peligrosa. Logré que me diera el domicilio del Facha y corro lo más rápido que puedo. No estaba lejos pero igual ya era tarde. Yo sabía, yo sabía – clavó el índice en la mesa y rebotó un tenedor – que este era el tipo de videntes que tenía escritos. El departamento olía a vómito, o pis de gato, no sé, tenía un cuarto todo revestido con estantes. No había un solo papel. Todo había sido vaciado, eso era obvio.
– Traigo más vino…
– Pero hubo algo – Luis me tomó del antebrazo y me impidió levantarme de la mesa – en ese departamento hubo algo que los saqueadores no advirtieron esa noche.
– ¿Qué? – preguntó Silvina.
– Un baúl. Estaba bien escondido, detrás de un placard. Un baúl lleno de billetes. Eran millones en billetes que decían ser argentinos. Hasta tenían cierto desgaste por el uso. Pero no se parecían a ningún billete argentino, histórico o actual, que hubiera circulado jamás.
– Era plata de mentira, imaginaria – dije.
– No, querido. Esa plata se usa, circula y vale más que la nuestra.
– ¿Dónde se usa, entonces?
Luis revolvió el último cono de vino en la copa y dijo:
– Ojalá nunca tengas que conocer a las personas con las que usarías esa plata – se llevó el vino a la boca.
– ¿Y qué pasó con la chica? – preguntó Silvina.
– Nunca dije que era una chica – Luis y Silvina se miraron –. Supe que ella lo había dejado mucho antes de que todo esto pasara. Se cansó de vivir con miedo. El Facha trabajaba para esa gente, o esa gente lo usaba, no sé. La cosa es que no podía equivocarse con ellos. Cualquiera sabe que las visiones no siempre son fáciles de interpretar. Es fácil caer en un error, o leer muy antes de tiempo. El Facha leyó su propia muerte y ni siquiera se dio cuenta. Esa gente lo torturaba, muchas veces lo dejaron en coma. La mujer se escapó y se fue a vivir con otro. Al poco tiempo volvió a verlo en la esquina todas las noches.
– Una mujer devota – dijo Silvina.
– Yo no lo podría haber dicho mejor.
– ¿Y el cuerpo del Facha? – quise saber.
– Puf, se evaporó. Increíble. Mirá que he investigado. Lo limpiaron de la faz de la tierra.
– ¿Y toda esa plata? – insistí – ¿qué pasó?
– La plata azul – respondió Luis, pensativo – yo la llamo opio azul, por el uso que tiene y lo que le hace a las personas que la manejan. Somos cada vez más infantiles. Siempre extrañamos a Dios, por eso queremos ser dioses. Antes nos bastaba dar la vida en la guerra para sentir que éramos héroes. Hoy somos más voraces. Les damos palabras a las máquinas, como si fuéramos creadores, con la esperanza de hacer algo nuevo que nunca será nuevo, ni significativo.
– No entiendo… ¿por qué opio azul?
– Porque se usa para traficar inteligencias, entre otras cosas.
– Mm, Luis, ¿tenés familia? ¿Estás en pareja?
– Sil…
– Está bien, está bien. Te lo digo de esta manera: antes miraba el precio de los preservativos para hacer chistes en mis grupos de amigos. Tenía miedo de que alguna vez me preguntaran y yo no supiera ni dónde se compran. Después, más o menos desde la muerte del Facha, ya no me importa seguirles el precio ni mostrar mi ignorancia.
– El diablo siempre vuelve a pedirnos demostraciones – agregué –, como si se olvidara de las cosas.
Luis me miró y dijo:
– Como el buen viejo que es…
*
*
II
MMC
Las cenas siguieron y mi trabajo me hacía llegar cada vez más tarde. Después de unos meses empecé a perderme la mitad de las conversaciones. Una noche estaban comiendo otra vez el guiso de arroz:
– Está igual que siempre – dije – pero tiene algo distinto, está increíble, ¿qué le pusiste?
Ella no me respondió pero alcancé a ver cómo se miraron con Luis:
– No… ¿le pusiste azafrán?
La noche siguiente no volví a comer. Cuando llegué, Luis ya no estaba.
– Puedo lavar yo, Sil, andá a dormir…
– ¿Dónde estabas?
– En el trabajo, ¿no te avisé acaso?
– Sí, claro…
– ¿Cómo?
– Encima no encuentro el cucharón de la mamá, ¡no lo encuentro! ¡Carajo! Es lo único que me queda de mi mamá…
– Bueno, tranquila, ya aparecerá…
– Ah, sí, menos mal que llegaste justo para decírmelo. Todo con vos es así… va apareciendo, cae y aparece, ¿viste?
– Callate, caradura, ¿y vos? ¿Qué hacés poniéndole azafrán al tarado ese?
– ¿Qué te molesta? A mí no me callás, ¿entendiste?
– ¿Y? ¿Vos pagaste el puto azafrán? ¡No, querida! ¡Yo lo pagué! Capaz que el hijo de puta este te robó el cucharón…
– ¡Es culpa tuya! ¡Imbécil! ¿Qué más querés que haga? ¡Carajo!
– Bueno, dejá de romper las cosas, por favor, ¿qué querés que haga yo? ¿No ves la hora a la que llego?
– Mañana le decís al tipo ese que para él no cocino más. Tampoco para vos, ¡ahora te vas, imbécil! ¡No te quiero acá!
Tuve que decirle a Luis que no viniera más. Se mostró un poco incómodo al principio. La excusa de que mis horarios dificultaban las cosas pareció convencerlo. Hay algo que me preguntó en un momento y no supe responder. Decidí quedarme unos días en el departamento donde guardo las herramientas de mi trabajo. No recuerdo haber pasado en ese lugar ni una noche siquiera. La primera vez que amanecí ahí sentí un olor a encierro desagradable, como el vómito y el pis de gato del Facha Motarda. ¿Qué le preguntarías a un vidente? Esa pregunta me golpeaba el pecho, ¿por qué tuvo que hacérmela? ¿Habrá adivinado que la sola idea de acercarme a alguien así me produce espanto?
Todos somos adictos a lo desconocido. Despegamos la cabeza de la almohada para creer que estamos a salvo, que el sueño ha terminado. Y no hay nada mejor, tengo que admitirlo, que seguir durmiendo, con los ojos pegados a ese brillo azul en la noche y, por qué no, hasta me gusta vivir entre el vómito y el pis de gato. Todo con tal de no ver esa luz temprana que me dice es hora de hacer las cosas que no quiero hacer. Que no querría haber hecho.
Silvina me llamó una noche, desesperada. Eran cerca de las cuatro de la mañana y me pidió que fuera a verla. Cuando llegué estaba terminando de hacer las valijas. Me dijo que se iba a vivir con la hermana. Alguien había entrado en el departamento mientras dormía. Así no podía seguir. Respondí algo, no recuerdo bien qué, la vi de pronto gritando, temblando, apuntándome con el Buda de hueso. Después me vi apretándole el cuello con las manos. Yo no quería que se fuera, no así.
Pero tuve que dejarla ir…
La noche siguiente invité a Luis a cenar. ¿Qué pasó con Silvina?, es lo primero que me preguntó.
– ¿Whisky?
Chasqueó los dedos y dijo:
– Tomarás whisky en conmemoración mía.
– Amén. Estás animado hoy.
– No sabés – habló casi en secreto –, encontré la pista de un depósito.
– ¿De un vidente nuevo?
– No, no, encontré el depósito, ¿y la Sil, no va a venir a cenar?
– Está en lo de su madre, viste cómo es, ¿un depósito?
– Sí… con hielo, por favor, gracias. Si llego a dar con este lugar… no sé…
– ¿Cómo lo encontraste?
– En mi archivo está todo – siguió, sin responder – es el mejor trabajo que hice, le puse mi mejor cuento, ja, ja, ¿qué te parece?
– ¿Mi mejor cuento?
– Tiene un toque de añejo… agradezco que pusieras esa música, no soporto a los escritores que se la dan de rockeros…
– Amén.
– Y a volver a casa con olor a jabón chico – chocamos los vasos –. Cambiando de tema – dijo –, o volviendo al tema, ja – tomó un sorbo de whisky, agitó los hielos y volvió a tomar –, ¿sabías que la esposa del Facha se llamaba Silvina, no?
– ¿Y? ¿Tu pregunta es acaso una forma de decirme que estás al tanto de eso?
– ¿De qué? No, no sé…
– ¿Qué querés, Luis? Decime qué querés.
– Mirá, te voy a dejar esto en claro… – me miró, con la boca abierta.
– ¿Luis? ¿Estás bien?
Empezó a atragantarse, se le hincharon los labios, sus ojos despidieron un líquido amarillo. Con una mano levantó el vaso como para tirármelo en la cara. Pero el esfuerzo fue en vano, perdió el equilibrio y se cayó de la silla. Supe que agonizaba, podía escucharlo a pesar de la música. En algún momento, los sollozos se aplacaron, se perdieron en una última erupción de saliva. La música terminó, me levanté y caminé hacia él. Palpé en sus bolsillos un juego de llaves.
Es verdad lo que decían los guardias. Tiene un departamento impoluto, cuatro veces más grande que el mío. La cocina está adelante, hay una fuente alta con forma de flor de loto en el centro. Por un pasillo se llega a las habitaciones. Casi todas las paredes cubiertas con bibliotecas. A los pies de su cama, el baúl. No me costó encontrarlo, siempre supe que si él lo tenía, ese sería el lugar donde lo guardaría. Lo guardaría y no tocaría ni un solo billete. Sobre los fajos azules había una carpeta que decía: MMC.
Le di la carpeta a mi editor, le dije que ese era mi mejor cuento. Lo demás es innecesario, como la sentencia que hoy firmó el juez Versa, declarándome culpable. Yo nunca leí el escrito; por lo que me dijeron, es una declaración de Luis en mi contra, donde me acusa de matarlo a él, a Silvina y a la vecina del quinto piso. Todo es mentira, es un cuento. Pero mi editor pensó que debía terminar en manos de un juez. Mi único trabajo era recuperar el baúl. Me habían prometido una buena paga en opio azul por hacerlo. Si la policía no hubiera llegado justo cuando lo llevaba al depósito – no sé quién me delató –, lo hubiera conseguido. Cuando esa sombra, Luis, apareció por el pasillo, yo ya era su presa. La rara presa, irrefutable, del deseo de escribir.
*
JOSÉ IGNACIO HERNÁNDEZ (1988, Mendoza, Argentina) es escritor y estudiante de música. Desde el año 2019 hasta el 2024, estudió en el taller literario de Diego Niemetz. Publicó en diversas revistas literarias, entre ellas Ceniza, Surco, Buenos Aires Poetry, Irradiación, Ulrica, Santa Rabia Poetry, Phantasma, Grifo, Autores, Portal Azimut, El Poeta Ocasional. También participó en distintas antologías, como la antología de cuento psicológico, Psicogramas, de la Editorial Palabra Herida; en la Segunda Antología de Poesía, de Autores; en la primera antología de relatos, La casa, lo extraño, de la Editorial Lengua Suelta; en la colección La caravana del rayo: 28 poetas panhispánicos, de Santa Rabia Poetry; en Criaturas y mundos fantásticos: Antología de cuentos, del sello Nébula. En 2025 fue seleccionado para estudiar en el Writers’ Workshop de la Universidad de Iowa, con el poeta Mark Levine. En el presente, continúa sus estudios de escritura con el poeta Lucas Margarit.