Historia: recuerdos del “Angosturazo”

En septiembre de 1972 un grupo de vecinos se movilizó para repudiar la gestión del intendente de aquel momento y logró su alejamiento. Conrad Meier relata el convulsionado episodio. Fotos históricas del diario Río Negro.
15/05/2013
E
l 4 de septiembre de 1972 un importante grupo de vecinos se movilizó para repudiar la gestión de comisionado municipal designado por el gobierno militar de turno, Armando Mazza. Cuestionaban la gestión de gobierno y pedían al interventor provincial que instrumentara una investigación. El interventor, Ing. Salvatori, le otorgó a Mazza licencia sin goce de haberes, ordenó al comisario de entonces una investigación sumaria del jefe comunal destituido y el 14 de septiembre asumió un interventor, comandante Juan Mariano Bejarano, a quién le sucedería en diciembre, ya como intendente, el Sr. Carlos Fracassi.

A cuarenta años de aquel episodio, la comunidad angosturense todavía mantiene ese espíritu crítico y en permanente movimiento. Así, en la historia reciente se podría mencionar el movimiento “No al casino” que impidió la instalación de una empresa de juegos de azar en la localidad y el rechazo de megaemprendimientos que afectaban el bosque nativo y transgredían la normativa vigente. Todas iniciativas que contaban con el apoyo del poder político de turno.

El vecino Conrad Meier, protagonista de aquella “cruzada” angosturense, relata cómo vivió la comunidad el particular evento de 1972.

N. del R: datos históricos extraídos de  artículos publicados por el diario Río Negro, septiembre de 1972.

El “Angosturazo”

Por Conrad Meier *

Así fue conocida la revuelta popular que en septiembre de 1972 logró destituir al intendente de Villa La Angostura. En ocasión de este nuevo aniversario de la localidad, el relato de un suceso que pertenece a nuestra historia y estará incluido en un pequeño libro próximo a editarse: “Crónica de la política y la planificación en Villa La Angostura”.

En 1966 hubo un nuevo golpe de estado, y otro general asumió como presidente. También cesaron en sus funciones ministros, gobernadores e intendentes, que fueron reemplazados por generales, almirantes, brigadieres, coroneles y capitanes. Otra vez “la reserva moral de la patria” se había visto obligada de hacerse cargo de los destinos de la Nación para salvarla de los desaguisados de los políticos. Por lo menos, era eso lo que se informaba a la población por las radios en los consabidos con acompañamientos de ritmos militares. Por 1970 la aspereza inicial fue suavizándose y en algunos cargos se designó a civiles, tal lo que aconteció en este pueblito.

La envestidura de intendente recayó en Don Arturo (el nombre ficticio) quien en realidad ya era número puesto por sus vinculaciones y venía “autocandidateándose” desde hacía varios meses. Curtía la onda “western”, en su personal look: camisa leñadora, chaleco de piel con flecos, pantalón vaquero, botas y sombrero tejano. Recorría las calles en su camioneta adornado el capot con una enorme cornamenta vacuna. –”¡Paso al futuro intendente!” decía por un parlante mientras hacía sonar la bocina y se repetían los acordes de “El Puente sobre el río Kwai”.

Ya en el cargo, y como ser humano que era, Don Arturo hizo varias cosas bien, algunas más o menos, y otras mejor ni hablar. Pero en el país había efervescencia política. La gente no estaba conforme y el viejo “General”, aquel “Primer trabajador” que había gobernado casi dos períodos antes que otro general y un almirante chiquito pero muy bravo lo echaran, intrigaba desde un lejano país de Europa. Al general que era presidente se le estaba complicando la cosa, entonces desafío al viejo “general” mandándole a decir “que regresara si era tan macho”. Y el hombre volvió nomás. Por 1972 las revueltas y los motines estaban a la orden del día, hasta en este tranquilo pueblecito de La Angostura el vecindario se soliviantó.

Sublevados frente a la Municipalidad, unos 300 vecinos exigían la cabeza del intendente, atrincherado dentro con un puñado de sus incondicionales. La gente profería gritos y amenazas y “epítetos irreproducibles”, y arrojaba huevos (a pesar de la crisis estaban baratos). Algunos que los apoyaban salieron con carteles improvisados en los que podía leerse “Don Arturo o Muerte” “Mueran los revoltosos comunistas”, y otras consignas guerreras.

El bombardeo con huevos arrecía por momentos, ambos grupos se desafiaban gritándose guasotas lindezas, pero de ahí no pasó.

El destacamento de Gendarmería pidió refuerzos a Bariloche, quedaron allí de custodia durante toda la noche, y al otro día mandaron a un capitán como interventor. Como una semana después se hizo cargo un civil enviado desde Neuquén. Las cosas se calmaron un tanto pero el ambiente siguió caldeado porque se avecinaban las elecciones.

Tremenda la campaña aquella, hasta balaceras hubo. Si bien debe reconocerse que nunca la sangre llegó al río, o al lago en todo caso. El lugar había ganado fama de bravío y turbulento, entonces, para prevenir cualquier desborde, las autoridades mandaron días antes de la elección tres batallones de soldados con equipo completo. Armados como para ir a la guerra, a custodiar el comicio. El desembarco en Normandía parecía: patrullas con armamento desplegado recorrían las calles con apoyo de un par de carros blindados, cascos de acero con redes de camuflaje y ramas, fusibles con bayonetas caladas, gritos y órdenes y consignas marciales, puestos de guardia, santo y seña, toque de queda y demás.

En el frente de la escuela donde tendría lugar el acto eleccionario, emplazaron una ametralladora pesada FAP sobre el correspondiente trípode tras una trinchera de bolsas de arena. Pero por este despliegue de una fuerza disuasoria, o porque en el fondo los vecinos eran de temperamento pacífico, sólo se veían azuzados por los dirigentes y las circunstancias. Las elecciones fueron de lo más tranquilas y civilizadas y todo aquello pasó a formar parte del anecdotario local, sabrosamente enriquecido por los pasados acontecimientos.

Eso sí, la desconfianza y las diferencias entre los simpatizantes de ambos bandos se mantuvieron.

*Poblador nativo de Villa La Angostura, autor de libro “Cuentos que no son cuento”, que retrata la vida de los antiguos pobladores, declarado de interés por la Legislatura Neuquina.

Fuente: suple aniversario del diario Río Negro y Redaccion DiarioAndino
Destacadas
Más Leidas
Último momento
Seguinos en Twitter