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JUGUETE RABIOSO – SEGUNDA TEMPORADA

Hoy compartidos “La Chinita” de Matías Castro Sahilices

En la décima entrega de la sección que cura Diego Reis, hoy un cuento del narrador, editor y diseñador editorial
24/02/2024
Hoy compartidos “La Chinita” de Matías Castro Sahilices

La chinita

A Fray Mocho

 

El temporal era una constante en esa tierra miserable. Cuando todo rugía, el agua que caía del cielo se fundía con la que se elevaba del mar y formaban una borrasca que parecía estar hecha de piedra. La bahía, orientada hacia el sur, recibía de lleno los vientos gélidos provenientes del continente blanco. En un ciclo infinito tan viejo como la luna, las terribles olas de aquel océano embravecido golpeaban día y noche contra las rocas, los islotes y las islas. Aquellas costas estaban acostumbradas a la tempestad y, a la fuerza, los seres que las habitaban también.

Por el contrario, cuando el horizonte se alisaba como un velamen azul y los vientos del sudoeste se convertían en apenas una brisa, los animales se ocultaban en la frondosidad achaparrada de los bosques y los acantilados se desnudaban de pájaros; en aquel territorio, la calma no presagiaba nada bueno. Aprovechando el respiro, Bob Shepard soltó los remos un instante y apuntó su catalejo. Desde la chalupa que navegaba el cielo austral reflejado en el canal de Beagle, el agente de la agencia Pinkerton enfocó los cristales del artefacto y pudo ver la luz titilante de la única construcción que coronaba Bahía Desolación: el rancho Kasimerich.

Al mismo tiempo, mientras Shepard apuntaba la proa del bote hacia la ensenada, una figura encapotada oteó las nubes negras que comenzaban a ocultar las estrellas antes de golpear la puerta del rancho. La Chinita -como los loberos y buscadores de oro conocían a la más joven de las cinco esposas que el viejo Kasimerich había tenido en el “harem fueguino”-, se puso de pie y abrió la puerta. Tenía puesto un vestido claro, bata ajustada al talle, la abundante cabellera negra dividida en dos trenzas y ceñida la frente por una vincha de color punzó. El recién llegado pasó frente a la joven sin mirarla, colgó el abrigo de un clavo y se sentó frente en la mesa, muy cerca del fuego. Colocó su pistola máuser del lado derecho y, del izquierdo, una gran bolsa de cuero que parecía pesar.

El rancho Kasimerich seguía siendo una gran sala cuadrada, de paredes desnudas y cubiertas de hollín dondequiera que las piedras amontonadas que las formaban presentaban un reborde o un hueco. Un enorme candil de aceite de pescado iluminaba la estancia que era a su vez cocina, comedor, almacén, pesebre y otrora salón de baile. Ollas ennegrecidas, frascos y recipientes colgaban del techo arropados en antiguas redes de pesca. En los rincones se amontonaban barriles, botellones, bordalesas, cajas de madera y trozos de cabos de amarre, ofrendas de las diferentes embarcaciones que pasaban por la bahía y hacían pie en el rancho. Otros enseres, en cambio, habían sido recogidos en la playa, fruto de los cientos de naufragios que asolaban aquella geografía.

-Se acerca un bote -dijo Andrew Duffy y el fuego brilló en su diente de oro. El delincuente tristemente célebre por sus crímenes en los territorios de Montana y Wyoming utilizaba un castellano áspero, apretado, con un marcado acento yanqui que ni México ni la Patagonia habían podido domar. 

-Pueden ser los lavadores de Londonderry que pasaron hace unas semanas.

-No, se trata de un solo hombre. Y creo que viene a matarme -agregó Duffy.

La joven, que había vuelto a su sillón de cuero a remendar un gorro de piel de nutria, detuvo un instante la aguja que perforaba la piel antes de tirar de ella para ajustar el hilo encerado. Después, se puso de pie, se acercó al fogón y removió el guiso que se calentaba en una olla de hierro, sobre la parrilla. Cuando pasó junto el recién llegado, este la tomó fuertemente por el brazo antes de hablar:

-Puede que se trate de algún lobero o lavador de la zona buscando refugio antes de que se desate la tormenta. Si ese llegar a ser el caso, lo vas a atender como siempre. En cambio, si llega a ser quien imagino, me vas a dejar el asunto a mí. Mientras tanto, vos te vas a quedar ahí, en el rincón, quietita y calladita. Y que no se te ocurra hacer alguna seña o llamar la atención, porque vas a terminar en el fondo del pozo, junto a los esqueletos de tus amigas y del viejo Kasimerich. Eso sí, primero me voy a dar el gusto de hacerte más largo el tajo que tenés acá abajo -dijo Shepard, metiendole la mano libre bajo la falda.

La posadera le apartó la mano con una sonrisa y la mueca duró lo que tardó en llegar a la pared del fondo, donde los alimentos y vituallas se acomodaban formando una pequeña despensa. De ahí sacó un jarrito de metal, una botella de vino Panquehua y volvió junto al fogón. Vertió la bebida en el recipiente, dejó la botella sobre la mesa y le acercó el vino al recién llegado.

-En cambio, si te portás bien -agregó Duffy colocando su mano sobre la bolsa de cuero-, algún día te voy a llevar a Punta Arenas. Con esto nos sobra para armar un bolichito lindo, cerca del muelle. Incluso, te voy a dejar elegirle el nombre.  

La joven, que seguía cada movimiento de Duffy con atención, vio como el forajido tomaba el jarro de vino y se lo acercaba a la boca. Sin embargo, en ese mismo instante, la puerta sonó con tres golpes secos. El criminal dejó el jarro sobre la mesa, apuntó la pistola y le hizo señas a ella para que empujara la puerta. Pero al abrirla, el abismo que empezaba en la boca del rancho no enseñó ninguna figura humana, sino el rostro de la noche austral. No obstante, una explosión repercutió entre las piedras, los islotes y las olas, y una bala certera pasó junto a la oreja de la mujer, abatiendo a Duffy. El impacto del proyectil lo arrojó sobre los leños secos que había atrás, junto al fogón. 

Bob Shepard entró a la estancia empuñando un rifle y sus botas sonaron contra el entablado. La corriente helada que trajo consigo alivió brevemente los olores del espacio. Acto seguido, cerró la puerta con el taco de su bota y tomó la pistola de Duffy. Después, apoyó el Winchester contra la pared y, sin dejar de apuntar al forajido con su pistola, se sentó en la mesa. Recién ahí se dirigió a la muchacha que se había refugiado en el fondo del rancho, haciéndole señas con el mentón para que se colocara a la vista, junto al fogón.   

-Aunque no lo creas, me alegra volver a ver una cara conocida -dijo Shepard al forajido, en inglés.

-Lo que te alegra me importa una mierda, hijo de puta -contestó Duffy. La bala le había atravesado el hombro, limpia, de lado a lado, y la sangre le calentaba el cuerpo. No obstante, con algo de dificultad, logró incorporarse nuevamente en el tonel que oficiaba de asiento.

-¿Cómo me has encontrado?

-En Buenos Aires, miembros de la agencia te creían en el Valle 16 de Octubre. Cuando llegué al lugar, un tal Underwood me habló de rumores que te ubicaban mucho más al sur, buscando oro en Tierra del Fuego. Entonces remonté el Chubut para embarcar en el primer vapor. Recorrí la zona hasta que, hace unos días, en Puerto Toro, oí a un marinero hablar de una tragedia en Bahía Sloggett. Una tragedia seguida de un milagro, dijo, porque el mismo temporal que había estrellado contra las rocas a todos los lavadores que dormían en una goleta anclada, había dejado un sobreviviente. A ese hombre, un norteamericano con un diente de oro, Dios no sólo le había salvado la vida, sino que le había otorgado un regalo especial: después de la tempestad, la arena se había abierto para enseñarle las pepitas más grandes que este territorio haya escupido.  

Duffy gruñó y pudo haber sido tanto por la herida como por el sermón.

-No sólo encajaba la descripción, sino que se trataba de una situación perfecta para que un hijo de puta le saque provecho al asunto -agregó Shepard tomando el jarro y bebiendo torpemente, derramando parte del vino sobre su barbilla. Antes de volver a hablar, sus ojos oscuros se posaron en la bolsa que había sobre la mesa.

-Parece que el oro de esos hombres ahora ha encontrado otro dueño.

Entonces fue la mujer la que pareció entender lo que estaba diciendo Shepard, pero enseguida bajó la mirada. 

-Yo no maté a nadie en Bahía Sloggett -dijo Duffy-. Sobreviví  gracias a un milagro; Dios así lo quiso. Y ese oro es mío, maldita rata.

-Puede que, por primera vez en tu maldita vida, estés diciendo la verdad. Todo hombre que haya vivido un puñado de días en este lugar sabe que el territorio es el mayor peligro al que se enfrenta. Puede, como dices, que la tormenta haya arrastrado a esos pobres miserables al fondo del mar. Pero ambos sabemos que ese oro no fue lavado por tus manos y, sobre todo, que no hay nada en el mundo que pueda hacer cambiar a un hombre sin alma -agregó Bob Shepard, poniéndose de pie y estirando el brazo para apuntar mejor.

Andrew Duffy quiso decir algo más, pero la bala que se alojó en su cerebro le dejó la mueca a medias. Con los ojos desorbitados, la boca abierta y la lengua afuera, cayó lentamente de cabeza al fogón, junto a la parrilla. El cuerpo no tardó en encenderse y el fuego comenzó a cobrar volumen. 

Shepard observó la escena con satisfacción un momento antes de apuntar a la joven.

-Necesito un serrucho, un barril donde guardar la cabeza y mucha ginebra. Y que sea rápido: debo irme antes de que llegue tormenta -dijo el agente, en un castellano aún más duro que el del forajido. Pero en ese mismo instante, un dolor profundo en el estómago lo hizo tambalear y caer en la silla. Entonces, su mirada se posó primero en la bolsa de oro, después en la botella de vino y, finalmente, antes de entenderlo todo, en el rincón donde la muchacha se había refugiado. Llegó a disparar una vez cuando cayó al suelo de costado, pero el cañón de la pistola apuntaba al techo. Shepard, acurrucado sobre el entablado, tomándose el estómago con ambas manos, comenzó a vomitar. Apenas notó cuando ella martilló el Winchester a su espalda.

-Yo soy la tormenta -dijo la joven antes de disparar.

Aquella noche el clima volvió a reinar sobre la bahía y la borrasca avivó las llamas del rancho. A la mañana siguiente, la posadera usó la chalupa que había arrendado Shepard para aproximarse al vapor Huemul. Nadie le hizo preguntas cuando el resto de los pasajeros observaron las ruinas humeantes del rancho desde la cubierta del barco. Tampoco, cuando la vieron entrar aquella mañana al Banco de Tarapacá y Londres de Punta Arenas para abrir una cuenta. Mucho menos cuando, a los pocos días, casada ya con ese marinero nórdico al que le daría una decena de hijos, decidió inaugurar un almacén de ramos generales que llevó el mismo nombre de aquella otra mujer, esa que los loberos y buscadores de oro de la zona conocían como la más joven de las cinco esposas que el viejo Kasimerich había tenido. 

     

“La chinita” fue publicado, bajo el seudónimo de Gil Pender, en la revista Salvaje Sur Nº4 "Western", ilustrado por Javier Mattano.

 

* MATÍAS CASTRO SAHILICES es narrador, editor y diseñador editorial. Imprimió fanzines, publicó revistas digitales y emprendió distintos proyectos como la editorial artesanal Muscaria y el célebre fanzine de literatura y humor Ars Combustia. Como diseñador editorial, colaboró con el Centro Editor Municipal de San Martín de los Andes, el Fondo Editorial Neuquino, bibliotecas populares, entidades educativas, instituciones culturales y proyectos editoriales como Llantén, Las Guachas, Ediciones De La Grieta y Paquidermo, entre otras. Asimismo, en varias oportunidades fue parte de comité de lectura del Concurso Literario ITAU. Actualmente, dirige la revista federal de relatos pulp Salvaje Sur.

 

 

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