lunes 27 de mayo de 2024    | Nubes 3ºc | Villa la Angostura

JUGUETE RABIOSO / SEGUNDA TEMPORADA

En esta entrega, compartimos el cuento “Arrayanes, Km 10” de Natalia Belenguer

En esta entrega, de la sección que cura Diego Reis, hoy un cuento de la escritora angosturense.
08/04/2024
En esta entrega, compartimos el cuento “Arrayanes, Km 10” de Natalia Belenguer

ARRAYANES, KM 10

 

Fue en mi época de deportista. Habíamos armado un equipo de vóley con algunas compañeras de trabajo y entrenábamos tres veces por semana. Corríamos por diferentes circuitos o hacíamos trekking por la montaña. Éramos entusiastas y eso era fundamental en un pueblo tan gris. No nos detenía el frío, la nieve ni la lluvia.

Pero esa tarde, ninguna pudo ir a entrenar. Fui sola al sendero del Bosque de Arrayanes. Me puse los auriculares y empecé a trotar. En el kilómetro cuatro sentí un viento muy fuerte, como un remolino. Se nubló de golpe y un hombre con gorro de lana azul pasó cerca mío. Me asusté un poco. Hizo un saludo con la mano sin darse vuelta y siguió corriendo. Frené. Ya no pude concentrarme en la música y dudé un poco de continuar hasta que me detuve en su manera de correr. Avanzaba rápido, hacía un pique y retrocedía trotando. Repetía lo mismo cada vez. De a poco se iba alejando, hasta que dejé de verlo. Seguí corriendo. No me crucé a nadie más en el sendero. Ni atletas, ni ciclistas. Eso sí, disfruté mucho del aroma dulce y húmedo que despedían las plantas, las mosquetas, las frambuesas. Todo era intenso en el bosque esa tarde. Arriba, los rayos de sol cruzaban entre las copas de los coihues que se balanceaban con la cadencia del mar. El aire era especial, oxigenado. En las partes bajas del sendero, el olor a tierra húmeda me envolvía y agarré tanta velocidad que sentí que levitaba. La vuelta se me hizo muy corta. En el mirador del kilómetro uno lo vi de nuevo, sentado en uno de los bancos de madera que dan a Bahía Manzano. Frené el trote. Me miró sacándose el gorro y dijo, estoy enamorado de este paisaje. ¡Qué lugar!, gritó mirando hacia arriba, y elevando los brazos. Me pareció que desplegaba alas. ¿¡Era él!? Al instante experimenté una oleada de energía en el pecho, como si me inyectaran alegría de golpe. Este es un lugar para volver, dijo. Miraba al cielo, parecía que no tenía cuello. Volvió a poner sus manos en la cintura. En un momento pensé que si agitaba los brazos en esa posición iba a salir volando. También miré al cielo, lo vi más azul que nunca. De pronto, se dio vuelta y con ojos encendidos me dijo: no cuentes que me viste acá, por favor. Sí, era. La sonrisa le iluminó la cara como un relámpago. También sonreí nerviosa. Gracias, dijo, se puso el gorro azul y siguió trotando.

 

Compré el diario local, estaba en la portada rodeado de gente, llevaba puesto el mismo gorro de lana. Entrenaba en una cancha de Bahía Manzano todas las mañanas. Mi mente volvía y volvía a la escena del encuentro y a esa alegría súbita que me infló el pecho y que nunca más sentí. Tenía que contárselo a alguien: a Cecilia, mi amiga. Me miró extrañada pero dijo vamos a verlo antes de que se vaya de Villa. No, le contesté, tengo que ir a comprar yerba, no quería compartirlo, prefería quedarme con el recuerdo de nuestro encuentro. Dale, en el auto son diez minutos, insistió. Pero el súper cierra muy temprano, le dije. Fuimos. Había demasiada gente para mi gusto. Todos alrededor de la cancha que estaba delimitada con una cinta de peligro. Esperaba algo más íntimo. Mi amiga estaba feliz. Vamos bien adelante, decía y empujaba a chicos y grandes. Nos sentamos en el pasto, en primera fila. Todo sucedía lejos, en la otra punta de la cancha. Yo estaba incómoda y sin lentes. Se oían aplausos. Me voy a quedar sin la oferta de yerba grité al aire. Cecilia se asombró. Estaba tan celosa, no quería que lo miraran. Me distraje viendo si los tréboles cercanos eran de tres o cuatro hojas. De pronto como un malón, aumentaron los aullidos y retumbaron los botines en el suelo. Los jugadores corrían hacia nosotras y la pelota volando me dio en la cabeza. ¡Ay! grité, más por susto que por dolor, y bajé el rostro. Cuando lo subí estaba él. Flaca, ¿estás bien?, dijo. Estoy bien flaco, contesté aturdida. La flaca se ligó un pelotazo del Diego, anunció en voz alta dándose vuelta, y luciendo el pecho al caminar. Todos rieron. Mi amiga estaba como loca, sacaba fotos, es él, es él, Naty. Siguió el partido y todo cambió en mí. Se nos hizo de noche y de la yerba ni me acordé.

Me compré un televisor enorme quería tenerlo bien cerca. Vi todo. Hasta miré entrevistas de mujeres que le reclamaban hijos. Apagaba la tele y me imaginaba que era una de ellas. Mientras tanto los libros juntaban tierra en la silla del living. La directora me había llamado la atención por estar tan distraída. Planificá tus clases, me pedía. Pero yo quería una vida intensa. Pensé en invitarlo, la próxima vez, al Bosque de Arrayanes en lancha y alimentar juntos a las gaviotas o ir a caminar al Brazo Última Esperanza. Ese sendero es bellísimo, pero antes tendríamos que comprar en el centro unos sándwiches de miga y algún queso o salamín para picar. También podíamos llevar el kayak y la caña al Correntoso, le iba a encantar pescar truchas. Cuántas posibilidades teníamos. Qué lindo que lo íbamos a pasar.

Cuando las cosas en la escuela empeoraron volví a entrenar sola. Para ese entonces el equipo andaba re mal, teníamos a muchas jugadoras deprimidas, el invierno había empezado con toda su oscuridad y el equipo parecía más un grupo de autoayuda que un plantel deportivo. La directora me amenazó con un sumario, decía que estaba monotemática con Diego. Pero esa era mi vida.

 

Salí a trotar por Arrayanes necesitaba despejarme, me impulsaba el deseo de encontrarlo. En el kilómetro siete venía un hombre trotando de frente, pasó por al lado, hola flaca. Era él con su gorro azul, siguió corriendo, alzando las rodillas alternadamente. Cuando giré para mirar ya no estaba. Y otra vez el clima, un viento extraño arremolinaba la hojarasca del suelo, empezó a neviscar y a ponerse muy fresco. Bueno, vuelvo, pensé. Los hielitos me lastimaban la cara y el cielo estaba plomizo. Hacía demasiado frío. En el kilómetro cuatro lo vi sentado. Empecé a frenar. Él me miraba de costado, sonriendo. ¿Cómo estás? vos sí que sos de fierro, no te detiene nada, flaca. Gesticulaba mucho con sus manos. ¿Qué hacés acá? murmuré. Yo te dije que era un lugar para volver y volví, contestó. Le di un enorme abrazo.

Sin decir palabra, como si estuviera todo decidido de antemano, nos sentamos en un lugar de sol que había en un tronco de coihue. ¿Qué pasa con el equipo?, preguntó, yo no recordaba haberle contado. Hablé mucho, no podía controlar mis palabras. Vos dale para adelante, seguí entrenando y, agregó, no le aflojes, no hay que aflojar. Ahí se paró. Dio vueltas, pateó la hojarasca, en cada paso puso tanta energía que el piso tembló. Miraba las plantas como decidiendo algo. Se restregó las manos infló el pecho y cortó una flor violeta. Haciendo un pase de magia con el gorro de lana, me la regaló. Algunos me dicen gordito, y vos, de una me dijiste flaco. Además, por tu onda te merecés esto. La agarré indecisa, ¿vos cómo estás? le dije, antes de contarle todos mis planes. Me miró unos minutos sin hablar. Sonrió estirando los labios y agregó, estoy mejor, no es fácil ser yo y se rio moviendo cabeza y rulos. Venir acá me hace bien, tiene algo… distinto este lugar. Sagrado te diría. Bueno, me voy, nos vemos. Me paré. ¡Ay! ¡ya te vas!, saludos a Claudia dije en un gesto de cordialidad que odié, si yo no quería hablar de Claudia. Sonrió y empezó a trotar con esa manera tan particular de ir rápido y retroceder. No pude decirle nada más, y teníamos tanto para conversar. Se perdió en el camino. La flor perfumó toda la tarde. Al llegar a casa, la puse en agua contra la ventana e intenté trabajar. Estaba muy desconcentrada. Para mí sí, Diego era un tema transversal y lo justifiqué en la planificación: en geografía, historia, naturales, matemáticas y educación física. Seguí muy contenta mi rutina semanal.

Ese invierno fue crudo y con tanta nieve no se podía correr en el camino de Quetrihue. Después cerraron el sendero por caída de árboles. Abandoné el equipo, ya no estaba para oír problemas de las demás. Tenía mi norte: mis ganas de encontrarlo. Más noticias sobre él. Escándalos. Otra vez la droga. La flor echó raíces y ya tenía su maceta en la ventana. Los que venían de visita se maravillaban con el perfume y me preguntaban qué flor era. Algunos sospechaban, ¿se habría filtrado mi secreto? No sé, es del camino a Arrayanes, decía restándole importancia.

Cecilia no paraba de llamar para contarme todo lo que se enteraba: me hablaba de Mandiyú, de Racing, del partido en la Bombonera. Pero no quería escucharla, es mío, pensaba. Y le dije che, basta, con los quilombos de la escuela me alcanza y sobra. Mi ritual era hablarle en voz alta. Le pedía todas las noches encontrarnos, pero no siempre funcionaba. Entonces me conformaba con las clases, poniéndolo como centro en todos los temas, aunque los estudiantes protestaran. Pensé en pedirle que viniera a la escuela, así conocía en vivo y en directo a los chicos y a la directora. Y ahí iban a decir mirá tenía razón, es muy simpático. También quería que viniera a mi casa con su gorro azul y que las vecinas lo vieran sentado en una reposera en el patio. Iban a decir mirá qué invitados tiene. Quería mostrarle la huerta, cómo habían crecido las lechugas. Que fuéramos juntos a la verdulería a hacer las compras, o a la biblioteca a devolver libros. Todas y todos se iban a morir de envidia cuando él, al lado mío, les dijera hola fieritas.

El día en que apenas pisé el portal de troncos que dice Istmo de Quetrihue, supe que iba a suceder. En las escalinatas rumbo a los miradores, sentí una certeza, ese aire oxigenadísimo que penetraba mis pulmones. El camino volvió a perfumarse con sus aromas de madera húmeda, mosquetas, frambuesa. Sí, se iba a dar. Iba a poder contarle todos nuestros proyectos.

Esa tarde vino distinto. Apareció corriendo y traía una camiseta de Boca. Hacía frío, le ofrecí un buzo y no lo quiso. Soy Diego, flaca, dijo. Lo miré, parecía más alto e irradiaba una energía luminosa. Traje mate le dije y, nos sentamos sin hablar, en el lugar del tronco que cuando él llegaba siempre tenía sol. Esta vez las palabras no fluían. Le dije que tenía guardada la flor, qué flor dijo mientras sorbía rápido y ruidoso el mate, qué flor, repitió alzando la voz y mirándome como si sus ojos fueran taladros. Y empezó la charla que tanto había deseado, pero que nunca imaginé en ese tono. Me salió la maestra de adentro y dije: ¿Diego por qué con la droga, si tenés todo? Se paró tirando el jarrito blanco del mate. Hizo un silencio aterrador, me miró desafiante poniendo las manos en la cintura y mordiéndose los labios, ¿a mí?, ¿a mí me hablás? Me decía acercándose. Temí que me pegara. ¿Quién te creés que sos? ¿Qué sos periodista? No lo reconocí. Sus ojos refulgían. Y empezó a patear troncos y ramas. En ese instante llegó el temporal. Me miró con ojos encendidos e hizo una cruz con los dedos en sus labios. Cuando puso el primer dedo vertical en su boca se oyó el crujido tremendo de una rama en lo alto y grité encogiendo el cuerpo. Cuando apoyó por segunda vez su dedo, paralelo a los labios, empezó el viento. Me señaló desafiante y se fue corriendo entre los árboles que bamboleaban sus altas copas como una tempestad. Me parece verlo diminuto en el sendero. Iba oscuro bajo la tarde, por la sombra. Me asusté, me puse a llorar. Corrí siguiéndolo, pero no lo vi más. Llegué a casa como pude en medio de la tormenta de nieve. Hubo corte de luz y caída de árboles sobre algunas casas. El temporal era mi ánimo. Me tiré a llorar en la cama. El corte de luz ayudó para hundirme del todo. Después la lluvia sobre la chapa y las pastillas.

No fui más a entrenar a ningún lado. Tampoco pude retomar mi vida. Me pedí una licencia. Cecilia venía cada dos días a ver cómo estaba. Mal. Fue una etapa muy oscura. No recibí a nadie más en mi casa, tenía las ventanas cerradas y un olor nauseabundo. La flor agonizaba. Pasaba los días en cama. Tuve que abrir la puerta cuando vino el médico de la ART. Más pastillas, le pedí. No sé cuánto tiempo pasó.

Una noche soñé que iba a caminar a Quetrihué y estaba hermoso, un Llao Llao naranja fosforescente me hablaba desde el piso. Se inflaba y desinflaba con cada palabra. Me susurraba algo que no alcanzaba a oír. Y cuando acerqué mi oído para escuchar, se transformó en tres colibríes, después en dos luces violetas y luego en una liebre que me miraba de frente, se daba vuelta y huía veloz por el camino. Me desperté asustada. La mirada de la liebre tenía ojos intimidantes. ¿Tendré que ir? me dije.

Fui. Era sábado y estaba feo.

Me costaba caminar en subida, las escalinatas eran demasiado para mi cuerpo que estaba débil por tanto encierro. De pronto empecé a sentir ese aire y los aromas intensos. Caminé más rápido. Me ilusioné. Pensé en invitarlo al Cerro Bayo, que subiera en la aerosilla al lado mío, así le indicaba todos los cerros y sus nombres, también los lugares peligrosos en los que se podía resbalar al bajar. Yo iba a alquilar buenos esquíes, le iba a enseñar en las pistas fáciles. Él podía ponerse el gorro de lana que tanto le gustaba, lo podía llevar debajo de la capucha de la campera, no había problema. Nos podríamos comer un choripán en el Club Andino y disfrutar de la montaña. ¡Todo eso podíamos hacer! Volví a sentir esa alegría. Vi de lejos a un hombre todo tapado que a medida que se acercaba se iba sacando ropa. Mi sonrisa se dibujaba. Cuando se sacó el pasamontañas, lo vi. Era el carpintero: voy a pasar para medir el bajo mesada, dijo. Lo miré atónita. Me mareé, me zumbaron los oídos. Hacé lo que quieras, tarado, pensé, poniendo cara de compromiso. Lo saludé de mala gana y seguí desilusionada. Iba por el kilómetro seis con ganas de volver a casa, cuando vi y escuché pasar por el cielo a un grupo de chimangos a los gritos, giré para verlos. Miré hacia arriba y al volver a girar: ahí frente a mí, venía Diego trotando, con musculosa negra, vincha y pantalón azul. Me paralicé, temblaba. No quería hablar para no cagarla. Habló él: Flaca qué pasó que no venías. Más solo que Kung Fu estuve, ni un mate pude tomar, me dijo mientras trotaba despacito en el lugar. Diego no recordaba la discusión. Dale, flaca, dale vamos, vamos a entrenar aunque no haya más equipo. Sentí que revivía, que dios existía, vamos, le dije y trotamos juntos uno al lado del otro como dos novios contentos. En un momento nos sentamos y hablamos de cosas cotidianas. No me dijiste cómo te llamás. Natalia, susurré. Natalie, te voy a decir, en napolitano. Estuvo un rato en silencio y agregó: me encanta este lugar. No hablé más hasta que dijo ¿Seguimos? Íbamos por el kilómetro diez y empezó a lloviznar. Unas bandurrias pasaron por el cielo gritando como cornetas que anunciaban algo. Después el viento y el atardecer. Diego, tendríamos que volver. No te preocupes, dijo. Y ahí se desató la tormenta. Me agarró de la mano, seguime. Nos guarecimos en una especie de gruta. Acá vamos a estar bien. Ya no veía si eran piedras o árboles. Sí, supe que tenía la forma de una cueva y que no teníamos frío. Nos miramos bien de cerca y todo empezó a brillar, había luces, flores violetas como la que me había regalado. Nos fuimos sacando la ropa. La piel irradiaba, su boca era una fruta para morder y las manos, animales inquietos. Energía pura. Desperté sobresaltada, tengo que ir a la escuela. No seas Sarmienta, che, dijo sonriendo, vamos, agregó. Yo no quería, pero volvimos hacia el kilómetro uno. Cuando llegamos a los portones corredizos, intenté abrir el primero haciendo fuerza y él lo saltó. Lo miré extasiada. El segundo portón lo abrió sin tocarlo. Hizo un solo gesto con la mano y se desplazó sobre la guía. Bueno Natalie, me voy yendo. Me abrazó fuerte, cuidate mucho, me dijo. Cuidate, repitió con voz temblorosa y ojos vidriosos. Se dio vuelta, siguió corriendo y no lo vi nunca más.

 

*NATALIA BELENGUER nació en Bahía Blanca. Es Profesora y Licenciada en Letras por la Universidad Nacional del Sur, Especialista en Literatura Hispanoamericana por La Universidad Nacional del Comahue. Se radicó en Villa La Angostura en el año 2000. Publicó los libros Desafinan los huesos (El Baqueano, 2007), Territorios (Ediciones De La Grieta, 2007), La vida en el suelo (en coautoría con Cecilia Fresco, Espacio Hudson, 2019) y El Paraíso tembló (Ediciones De La Grieta, 2020). “Arrayanes, km 10” pertenece a su libro de cuentos más reciente, La mataperros y otros quiebres (Ediciones Las Guachas, 2023).

 

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