TERCERA TEMPORADA

Juguete Rabioso: hoy compartimos "La cama de piedra" de Javier Milanca

En la sección que cura Diego Reis, hoy una historia en donde En los acordes de una ranchera, se entrelazan los destinos de Cuco Sánchez y Olga Navarrete Huircalaffff en un bar de Los Lagos,
22/03/2025
Juguete Rabioso: hoy compartimos "La cama de piedra" de Javier Milanca
Juguete Rabioso: hoy compartimos "La cama de piedra" de Javier Milanca

Se escuchó Cuco Sánchez con su Cama de Piedra y el universo entero de los vasos de aquel bar tembló al retumbar el trémol patibulario con que empiezan las guitarras de esa ranchera.  Lloraron esas cuerdas, se hizo el silencio en las bocas y se hizo el incendio en las gargantas. Es que esa canción, a esa hora de la mañana es demasiado para todos y se cae en la realidad de que nadie nos va a querer dé a de veras y ni siquiera tenemos con quien estar cerquita para morirnos de amor en sus brazos. Y como la nostalgia trae memorias de lágrimas y a veces más sed de la que ya se respira, es mejor romper el silencio con un grito mariachi del alma que en estos lugares es más parecido a como si a alguien lo estuvieran agarrando de los soberanos huevos y mejor todos vuelven a sus conversas. Menos yo obvio, que evoqué esa canción con otra voz, con otros paisajes del interior, con tiempos pasados de una mujer sin cara para estos recuerdos, pero muy viva para estos presentes.

Se llamaba Olga Navarrete Huircalaffff, de eso, imposible olvidarse pues dejaba sonando la F al final como si fuese vikinga, pero ella era mapuche y, es más, antes de que se mezclaran letras con géneros ella explicaba, con la altanería de los Williche, que era MapuchA así es que no me webees gashito por decir gallito, pues hablaba con exhibida tonada argentina.

Yo en esos días quería ser poeta y estaba en ese camino de los perdidos. Por lo mismo llegué al peor bar de Los Lagos escudriñando territorios donde emborracharme por poco y porque además alguien me había hablado de lo amable que era la nueva dependienta argentina que allí atendía. Una vez que entré a su bar con mis letras al hombro, tuvimos una agradable cofradía pues le canté zambas y chacareras charlamos y me aclaró que era chilena aunque bien mapuchona y hasta nos hicimos cómplices de nuestros escritos. Esa noche bastó para encaminar complicidad y por mucho tiempo seguí yendo y viniendo de ese rincón pues me regalaba unos combinados de pisco  turbio a cambio de que escuchara sus versos llenos de amor desaforado. Olga era poeta de cuaderno limpio y me leía sus poemas mientras ponía en la radio La Cama de Piedra, versión de Cuco Sánchez, decía para que se asosieguen el resto de los borrachos pues esa canción de reverencia calmaba a cualquier fiera con su letra de agonía.  Y siempre sucedía que los borrachos se iban, tal vez muertos de miedo de que los maten de cinco balazos y quedábamos solos entregados a la poesía. Primero me  leía los de ella casi gritando y después dejaba que yo leyera los míos casi durmiendo. La primera vez que se los escuché recuerdo, le enrostré su mala ortografía,  la ignorancia juvenil tiene un osado temple pues ella trazaba sus poemas con una rara mezcla de entre anciana moribunda y niña vivida esperando que pronto escriban su último adiós con mil balas.

Y claro, que la Olga vivió saltándose muchas escuelas pues de niña se fue a la Argentina a trabajar de puta joven y allá le dirían La Chilena. Volvió años después a Chile a trabajar de puta vieja y acá le dirían La Argentina. En su vuelta a Los Lagos logró ocuparse administrando un bar que tenía muy poco que administrar, pero a cambio le daban algunos pesos, comida y dormitorio en una bodega de atrás que habilitó con el mágico ingenio que tienen los pobres para embellecer el mundo usando espejos rotos y cortinas colorinches transformando ese ratonal imposible en un rincón de amor de las mil y una noches. Allí a veces, cobraba por unas felatios cortas y baratas pero que le permitían todavía mantener su estatura de mujer que se las trae y aumentar su colección de anillos de lata que lucía con el orgullo de una española. Tengo más anillos que puta sin hijos, me decía.

Y por supuesto que pasamos noches leyéndonos mutuamente y luego que se iban los demás con su miedo de que los sentencien a muerte me dejaba besar su pezón izquierdo, negro y rugoso con intenso gusto a canela o a sándalo, según el incienso con que aromatizaba su venusterio y a pesar de su edad y el pisco a mansalva se le ponía duro y sulfuroso como una bala de buen calibre. Una vez le pregunté por qué me daba sólo de su teta izquierda y me dijo porque era peronista- allendista así es que no me webees gallito. Luego, siempre de amanecida, me iba a dejar a la puerta y antes de irme me descerrajaba un beso de sifón y me daba un buen apretón de bolas pues decía que pasar un solo día sin tocar alforjas de hombre era para ella un día perdido y de mala suerte.

Creo que nunca tuvimos sexo, o tal vez miento, lo tuvimos la vez que me quedé en su colchón apolillado y nos acostamos desnudos, pero nos pasamos la noche llorando, yo de amor por una mujer que no me veía y ella consolándome sobre sus dos pechos, desvanecidos pero tibios, mientras me acariciaba la cabeza como si yo fuera un gato romano que no tenía sarape para caja ni cananas para cruz. Seguro estoy de que sentí unas lágrimas calientes rodar por mi cara y mi cuello, pero como mi universo terminaba en la punta de mi nariz jamás le pregunté que le pasaba.

 Tal vez tuvo razón mi amiga Carola una vez que me acompañó a aquel bar poético y terminaron las dos haciéndose confesiones de borrachas mientras yo brindaba con otros beodos amanecidos en una mesa del rincón. Y mi amiga, con fino olfato y confesión de por medio, luego de putearme como compadre, me vino con la nueva de que Olga me amaba, que no me acercara más a ella, que la dejara en paz, que no debía seguir jugando en ese umbral donde se derraman lágrimas de hembra vieja porque se notaba que su llanto era de un amor en silencio y en poesía, con cama y cabecera de piedra.

La ranchera ahora se va terminando, es demasiado corta pienso y demasiada larga la vida para tantos recuerdos que se desordenan. Creo que por eso nunca fui poeta, pero Olga Navarrete Huircalafff lo fue en todo su esplendor. La última vez que nos vimos se emborrachó más que nunca, me dio de masticar sus dos pezones negros también como nunca y me lanzó por la puerta diciéndome no te quiero ver más corazón porque no amas, dándome además el más contundente apretón de huevos que me hizo lanzar un grito de dolor que despertó a los perros vagos y muy parecido al de un mariachi sufriendo por amor. Nunca más volví a escuchar una buena ranchera sin gritar para mis adentros o mis afueras y nunca más volví a ver A Olga sino en las canciones de la radio o cuando comienzo a escribir un poema y jamás puedo terminarlo.

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JAVIER MILANCA, nacido en Valdivia en 1970, es un escritor Mapuche-Williche de Chile cuya obra explora la realidad contemporánea de los marginados y los pueblos originarios. Ha sido galardonado con importantes premios, incluyendo el de mejor obra publicada en Chile en 2016 por su libro "Xampurria".

Su participación en numerosas antologías destaca su relevancia en el ámbito literario, y este año ha sido reconocido con una Beca de Creación que le permitirá culminar y publicar su más reciente obra, "Wüñolche", a la cual pertenece el cuento “La cama de piedra”.

 

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