EN PRIMERA PERSONA
"Mi hermano no necesitaba que nadie lo condenara»: el dolor de una familia tras una respuesta del pastor"
Hoy, a un mes de la partida de mi hermano Elías, quiero contar algo que hasta este momento había decidido guardar en silencio. No porque no me doliera, sino porque el dolor de perder a mi hermano era tan inmenso que apenas tenía fuerzas para sostenerme de pie.
Pero hay situaciones que marcan para siempre, palabras que quedan grabadas en el alma y actitudes que jamás imaginamos recibir, mucho menos de alguien que predica el amor de Dios.
Quiero contar en primera persona lo que me sucedió el día 3 de octubre, cuando me comuniqué con el pastor Enestalis Hernández, responsable de las iglesias ubicadas en el barrio Mallín, sobre calle Chumuy, y en el barrio Norte, en las calles Huiliches y Confluencia.
Aquel 3 de octubre, cuando nuestras vidas cambió para siempre con la muerte de mi hermano, en medio de la desesperación, el dolor y la angustia más grande que jamás había sentido, tuve que sacar fuerzas de donde no las tenía y hacerme cargo de organizar su despedida, no porque me lo pidieran sino como acto de amor ante los restos de mi hermano.
Me encargué de solicitar el servicio fúnebre y de buscar un lugar donde pudiéramos velar sus restos.
Mi madre nos crió dentro de esa iglesia. Crecimos escuchando la palabra de Dios, participando de su congregación y aprendiendo sobre el amor, la misericordia y la compasión. Incluso yo, siendo madre, también presenté a mis hijos en esa misma iglesia.
Por eso, para mí era importante que mi hermano pudiera ser despedido allí. Pero, sobre todo, sabía lo que significaría para mi mamá.
Con la voz quebrada, llorando y tratando de encontrar las palabras, llamé al pastor para contarle lo sucedido y solicitarle la iglesia.
Durante la conversación me preguntó cómo había fallecido mi hermano.
Con el alma destrozada le respondí:
—Mi hermano se suicidó…
Del otro lado hubo un silencio.
—¿Pastor, me escucha? —pregunté.
Y entonces recibí una respuesta que jamás voy a olvidar:
—Lo siento, pero de la forma en que su hermano se quitó la vida se me complica prestarle la iglesia. El municipio le puede ceder la Mutual Policial, así lo velan.
Intentando mantener la calma, le respondí:
—Lo sé, pastor, pero mi mamá no va a querer que mi hermano sea velado en un lugar que no sea la iglesia.
Y, saliendo completamente del contexto de mi pedido, me dijo:
—Aparte, yo a usted nunca la veo en la iglesia. A su mamá sí, pero igual va poco.
No podía creer lo que estaba escuchando.
En ese momento, mientras mi hermano acababa de fallecer y mi familia estaba completamente destruida, tenía que dar explicaciones sobre cuántas veces asistíamos a una iglesia.
Le respondí:
—Pastor, yo voy cuando puedo y cuando siento la necesidad. Pero nosotros nos criamos en su iglesia. Incluso yo presenté a mis hijos allí.
Nuevamente hubo un silencio.
Hasta que finalmente me dijo:
—Mire, yo le voy a prestar la iglesia, pero no le voy a hacer el servicio, ni puedo orar por el alma de su hermano, porque su hermano se quitó la vida. Bien dice la palabra que los que se quitan la vida no van al Reino de los Cielos. Como pastor tengo prohibido ir a darle una palabra.
Y ahí sentí que algo más se rompía dentro de mí.
Mi hermano acababa de morir. Mi mamá acababa de perder a su hijo. Nosotros acabábamos de perder a una parte de nuestra vida.
¿Y en ese momento había que juzgar la manera en que había muerto? ¿Había que cuestionar nuestra asistencia a una iglesia? ¿Había que negarle una oración a una familia que estaba completamente destruida?
Tenía tantas cosas para decirle. Tanta impotencia, tanta bronca y tanto dolor acumulado que hubiera querido gritarle todo lo que sentía.
Pero me callé.
Me tragué cada palabra, cada lágrima y cada pensamiento.
Y simplemente le agradecí por prestarnos la iglesia.
Hoy, un mes después, me pregunto:
¿Dónde quedó el amor al prójimo? ¿Dónde quedó la misericordia? ¿Dónde quedó esa mano extendida hacia quien está sufriendo?
Porque yo no estaba pidiendo que juzgaran la vida de mi hermano. No estaba buscando explicaciones sobre su decisión, ni que nadie determinara el destino de su alma.
Estaba pidiendo un lugar para despedirlo. Estaba pidiendo un poquito de humanidad en medio de la peor tragedia que atravesó mi familia.
Mi hermano no necesitaba que nadie lo condenara. Mi madre no necesitaba escuchar que su hijo no merecía una oración. Y yo no necesitaba sentirme cuestionada por no asistir todos los domingos a una iglesia.
Necesitábamos consuelo, respeto y compasión.
Porque detrás de una persona que decide quitarse la vida hay un sufrimiento que muchas veces nadie alcanza a comprender. Y detrás de esa partida queda una familia que tendrá que aprender a vivir con preguntas que quizás nunca tengan respuestas.
Yo creo en Dios. Creo en su amor, en su misericordia y en que solamente Él conoce el corazón, las batallas y el sufrimiento de cada uno de sus hijos.
Y no voy a permitir que las palabras de un hombre me hagan dudar del amor de Dios por mi hermano.
No escribo esto para atacar la fe de nadie ni para cuestionar a quienes forman parte de esa congregación. Lo escribo porque fue lo que viví, porque me dolió profundamente y porque considero que ninguna familia que atraviesa una pérdida de esta magnitud debería sentirse juzgada cuando lo único que necesita es un abrazo.
Una iglesia debería ser refugio para el que sufre, no un lugar donde el dolor encuentre una condena más.
Hoy se cumple un mes sin vos, mi negro. Un mes desde que nuestra vida cambió para siempre.
Y aunque todavía me cuesta comprender tantas cosas, hay algo de lo que estoy segura:
Nadie en este mundo tiene derecho a decidir cuánto merecías ser amado, recordado o encomendado a Dios.
Tu vida fue muchísimo más que la manera en que terminó.
Fuiste hijo, hermano, padre y parte de una familia que te ama inmensamente y que te va a extrañar hasta el último de sus días.
Y si algo le pido a Dios es que te haya recibido con todo ese amor, esa paz y esa misericordia que tanto necesitabas.
Porque si hay alguien que conoce tu dolor, tu corazón y tus luchas, es Él.
A un mes de tu partida, mi negro, sigo defendiendo tu memoria, tu historia y el amor inmenso que nos dejaste.
Te amo desde que llegaste a este mundo y te seguiré amando hasta que Dios un día me llame por mi nombre!
Tu mejor hermana Agustina