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JUGUETE RABIOSO – SEGUNDA TEMPORADA

Hoy compartimos “Hay Rumores en el barrio del Puerto”, del Carlos Espinosa

En la entrega N° 12 de la sección que cura Diego Reis, un cuento del escritor patagónico.
09/03/2024
   Hoy compartimos “Hay Rumores en el barrio del Puerto”, del Carlos Espinosa

HAY RUMORES EN EL BARRIO DEL PUERTO

Por Carlos Espinosa (*)

Hay rumores en el barrio del puerto. Los carreros y estibadores de la barraca de Bemberg andan calientes y protestan. La paga se atrasa y no es buena y el trato del capataz Iturriaga es despótico.

-Ya me imaginaba que andaban rumiando algo ustedes, demasiado tiempo con el mate y el jarro del café, dando vueltas sin trabajar, gente vaga y pretenciosa -dice el Vasco, enojado, cuando Garganta Gómez y el Gallego Pablos se le presentan en la oficina con una hoja de papel donde anotaron con lápiz los reclamos.

El Garganta es un hombre alto, de piel reseca y oscura por el sol y la herencia india. Nació y se crió entre caballos, por eso tiene la voz ronca desde siempre, por tanto gritarle a los yeguarizos, cuando la chata vuelve muy cargada. Sus compañeros de pescante lo eligieron. “Vos hablás con el Vasco, lo que vos digas está bien” le confiaron desde lo alto de esos enormes carros que transportan fardos de lana y bolsas de trigo desde veinte leguas hasta el puerto de Santa Marta.

El Gallego, que en realidad es andaluz,  llegó al país hace pocos años y buscando trabajo se conchabó en las cosechas; hasta que se presentó en lo de Bemberg, donde lo pusieron como jefe de la estiba, a cargo de medio centenar de muchachos ágiles y fuertes, capaces de hombrear cincuenta kilos como nada y hacer rodar los paquetones de lana haciendo carreras por la planchada.

-Yo no puedo decidir nada, yo soy un empleado como ustedes, hay que esperar que vuelva don Alberto, que está en Buenos Aires -responde el capataz.

Hay tensión y sube la bronca. Gómez y Pablos encabezan la asamblea y tratan de poner orden en medio del griterío y el desánimo. Algunos quieren abandonar el puesto, otros plantean que a falta de pago se llevan un carro y cuatro caballos, que son propiedad del dueño de la barraca. Otros dicen que le van a prender fuego a todo. Los delegados logran que se entienda que conviene establecer una tregua hasta el regreso del patrón, y en tanto: brazos caídos.

-¡Acá no se mueve una sola chata, ni se carga una bolsa o un fardo hasta que no tengamos respuesta, joder! -exclama el Gallego, con ese tono de eses ruidosas y vocales extendidas que divierte a sus compañeros y levanta el aplauso.

 

Empieza a llover, despacio pero con persistencia. Los caminos que rodean al pueblo se ponen pesados y un carretón que arrancó el regreso antes de la protesta se empantana en la Bajada Grande. Iturriaga ordena que el Garganta y otros dos hombres salgan para cuartearlo, con caballos fuertes y descansados. Acatan, pero aumenta el descontento.

La noche lluviosa y destemplada empuja a los hombres solos a los pocos lugares cálidos y aptos para gente pobre. Los bodegones de la calle del muelle y la Casa Azul, que regentea Enriqueta Nikolik, la polaca.

Pablos tiene su chica favorita, Nazarena, andaluza como él y de Cádiz, el puerto donde los dos arrancaron a los mares de la vida hace un tiempo. La mujer lo conoce bien, claro que bien, y descubre el ceño fruncido, el cuello tenso que no se ablanda ni después del momento mejor. El muchacho le cuenta que “la protesta de la barraca ya no se puede parar, la explotación es mucha y la paga una miseria”.

-Lo que es, es y lo que no, no. Si tienes razón no te dejes nunca vencer, corazón mío. Sigue a tus ideas y si hay que luchar, lucha -reflexiona Nazarena, mientras juega con su dedos entre la pelambre del pecho de su amigo, que lo es, antes que un cliente. El calor sube de nuevo y se vuelven a perder entre las sábanas.

Pero esta vez no hay buen final. Un par de golpes discretos en la puerta de la habitación y la voz de Enriqueta interrumpen el abrazo. “Te busca uno de tus compañeros, Gallego, parece que ha ocurrido una desgracia en la Bajada Grande”.

Hay alboroto en la cancha de taba del bar del vasco Montero, donde se juntaron casi todos los trabajadores de la barraca.  La terrible noticia es que en plena lucha por sacar a la chata del barro se quebró una vara y el Garganta quedó muy golpeado por un trozo de madera que se le clavó en la espalda. “Todo por cumplir las órdenes de Iturriaga, esto no pasaba si dejábamos el carro en el camino hasta que secara el pantano” dicen los hombres. El herido quedó en la casa de un paisano que arregla huesos, ya no podrá participar en la huelga.

Se levanta el alba sobre el barrio del puerto. Desde la estación de prácticos avisan que el vapor Libertad ya está ingresando al puerto. En ese buque vuelve don Alberto Bemberg, el empresario que está haciendo una enorme fortuna con acopio y embarque de frutos del país. Sobre el mediodía en el muelle se empiezan a juntar los carreros y estibadores, los que se rompen el lomo para las ganancias del alemán.

Se baja la planchada y antes de los pasajeros, para sorpresa de todos, aparece un batallón de treinta soldados, con fusiles y pertrechos de campamento al hombro, comandados por un oficial de botas lustrosas y mirada prepotente que apenas pone pie en tierra da la orden de despejar la zona y hace retroceder cincuenta metros a los obreros y los curiosos.

Todo se pone más tenso e incierto. Bemberg se encierra en su casona, al lado de la barraca, y los soldados impiden que alguno se acerque. El capataz informa que “el patrón ya está al tanto de todo y va a tomar medidas entre hoy y mañana”. Todo el edificio está rodeado de uniformados y los trabajadores, que tampoco pueden entrar al galpón, quedan a la espera en la calle.

A la media tarde el oficial a cargo del batallón se presenta ante los obreros.

-Soy el capitán a cargo de la seguridad en toda la zona del puerto, tienen diez minutos para dejar la calle despejada. Hasta nueva orden deben retirarse a sus domicilios y esperar la notificación del señor Bemberg para presentarse a trabajar.

La situación es inesperada. Llega pronto el anochecer y vuelve a llover. Los soldados armaron carpas en la playa de las chatas y mantienen vigilancia. La gente del centro y del barrio alto pasa en sus coches, asombrada ante el despliegue militar nunca visto.  El intendente y el comisario se apersonan ante el capitán y se anotician de una orden de intervención emanada del ministerio del Interior.

-La situación está bajo control, y ustedes quedan relevados de toda participación, señores, si necesito de alguna colaboración les será requerida, pueden retirarse.- informa el oficial, chocando sus tacos.

La noche es negra. Hay temor en el barrio del puerto.

 

Pablos y varios de sus compañeros toman ginebra y caña en lo de Montero. El Gallego quiere convencerlos de que hay que sostener los reclamos, que todo que se pide es justo. En eso aparece la Ñata, una chica que lava y limpia en la Casa Azul, con un mensaje para él. “Dice doña Enriqueta que vaya rápido”.

La polaca lo hace pasar a su habitación, donde recibe a los clientes importantes.

-Tenés que desaparecer ya mismo. Esta tarde pasó por mi cama el capitán de las botas lustradas y le saqué información, mañana ordenará que vuelvan los obreros a la barraca, que no hay aumento ni nada y los que se resistan recibirán balas. Nosotras te conocemos y sabemos que no vas a dar el brazo a torcer. No te hagas matar, que esta lucha recién empieza.

-¡Yo no puedo abandonar a mis compañeros, Polaca!

-Ahora lo que debes hacer es salvar tu cabeza, solamente así podrás volver para seguir luchando contra esos explotadores.

Antes que Pablos pueda seguir protestando busca debajo de la cama un cofrecito de madera y saca un manojo de billetes. “Tomá, compra un par de buenos caballos y piérdete para el lado del río, ya sabrás por donde cruzarlo”. Enseguida aparece Nazarena, con una bolsa con pan, queso, un salame y una bota de vino. “Aquí tienes, guapo, para que no pases hambre mientras te pones a salvo, anda y cuídate que te quiero alguna vez de vuelta por aquí” le dice, mientras le estampa un sonoro beso en la boca.

El Gallego está emocionado y confundido. Entonces la polaca y la andaluza entonan juntas una letra que bien pronto le resulta conocida.

Hijo del pueblo, te oprimen cadenas y esa injusticia no puede seguir, si tu existencia es un mundo de penas antes que esclavo prefiere morir.

Pablos canta junto con las mujeres, se abrazan los tres. Comprende que no hay tiempo que perder, que está bien acompañado en el secreto y el esfuerzo por la victoria, que la lucha sigue y necesita estar vivo, por sus compañeros y por la causa libertaria que une a los hombres puros.

Cuentan que los soldados siguieron el rastro del Gallego, que era andaluz, pero las pisadas de los caballos se perdían en la costa. Su nombre quedó en la leyenda, y se llegó a decir que anduvo más al sur unos años después. En Santa Marta la barraca de Bemberg siguió acumulando riqueza, hasta que el propio alemán decidió levantarla y mudarse a otro puerto, más conveniente para sus negocios.

 

*

 

* CARLOS ESPINOSA nació en la ciudad de Buenos Aires en 1950, pero se reconoce como patagónico desde 1967 y vive hace 34 años en Carmen de Patagones. Periodista y escritor, autor de crónicas y relatos, este cuento corresponde a su primer libro dedicado totalmente a la ficción: La sequía y otros folletines al sur, 2021. Ha publicado, además, los siguientes libros: Perfiles y Postales, crónicas de la historia chica de Viedma y Carmen de Patagones; Por los pasos en la vereda, crónicas en primera persona de la vida cotidiana en Viedma y Patagones; Roberto Arlt en la Patagonia, sus aguafuertes y andanzas imaginarias; Los oficios de don Guillermo; Crónicas de la Casa de Gobierno de Viedma; y Extraordinaria exposición viviente de los indios salvajes del fin del mundo. En 2023 obtuvo medalla de oro en la categoría CUENTO de los Juegos Bonaerenses por "Ese rengo de la calle del puerto de Patagones", luego editado como folletín.

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