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JUGUETE RABIOSO / SEGUNDA TEMPORADA

Hoy compartimos, “Desde la canchita” de Tulio Omar Venegas

En la 13° entrega de la sección que cura Diego Reis, un cuento del escritor angosturense
16/03/2024
Hoy compartimos, “Desde la canchita” de Tulio Omar Venegas

DESDE LA CANCHITA / Por Tulio Omar Venegas *

 

Como todas las tardes de domingo, los pibes del barrio estábamos en la canchita, en medio de un “picado”. Los viejos con la Spika pegada al oído, estaban como siempre escuchando el partido mientras nos veían jugar desde un costado de la canchita. Alguno gritaba algo a uno de los “jugadores” y desataba las carcajadas del resto.

Era una tarde de barrio perfecta, a pleno sol, con vecinos tomando mate en la vereda. Algunos viendo nuestro partido desde la vereda de enfrente, cómodamente en sus reposeras, otros atentos a sus hijos que jugaban en la calle tan poco transitada por los autos que no corrían ningún peligro mientras piloteaban sus carritos a rulemanes.

A espaldas de nuestro arquero estaba una de las calles; a un costado de la canchita pasaba la otra. Frente a nosotros, detrás del arquero que intentábamos vencer estaba el paredón de la casa del tanito José.

Le decíamos “tanito” para diferenciarlo del tano grande, Salvador, su hermano cuatro años mayor.

El padre de ambos era un típico calabrés: algo encorvado, con un palillo asomando entre los bigotes y los dientes, y siempre tarareando algo mientras daba vueltas por la vereda desde la puerta de su casa hasta la esquina de la canchita, deteniéndose de a ratos para charlar con alguien o para mirar el partido.

Sólo faltaba el sonido de fondo de la cornetita que anunciaba la llegada de las manzanas acarameladas y los pochoclos.

Como dije, era una tarde de barrio perfecta. Pero repentinamente, esa perfección fue interrumpida por la irrupción del camión que paro en la puerta de la casa del tanito deteniendo al barrio y al tiempo.

Del bullicio anterior pasamos a un silencio imposible donde todo pasó a estar tan quieto y silencioso como en una fotografía. Todas las miradas estaban puestas ahora en el tipo de bigotes que bajó del camión verde con una escarapela pintada en la puerta, y le hacía la venia al tano que lo miraba estupefacto.

Con voz impregnada de una prepotencia característica preguntaba si allí vivía el ciudadano Salvador Rocco. No recuerdo la respuesta del tano. Respondió tan bajito que tuve que imaginar su respuesta afirmativa.

Entretanto el tanito, al lado mío, comenzó a caminar muy lento hacia el lugar donde estaba centrada nuestra atención, mientras su madre aparecía por detrás del paredón envuelta en una visible e infinita angustia y su esposo la contenía dentro de un abrazo.

Posiblemente al episodio le corresponda una duración de veinte minutos. Pero en mi recuerdo es mucho más. Todos están quietos, todos menos el tanito que sigue caminando con la lentitud de quien no quiere llegar nunca al lugar donde un camión lleno de soldados; que debajo del casco, exhibiendo un fusil y enfundados en sus uniformes de combate que los igualaba a todos; dominó la escena hasta el momento en que todas las miradas cambiaron de dirección.

Salvador apareció “doblando la esquina”, de la mano con su novia, y vio el camión del ejército. Yo alcancé a percibir un instante de duda en él. Luego caminó con decisión y un gesto adusto en su semblante a contener a sus padres. Ellos no eran tan mayores, pero en un instante los vi muy viejos,

Recuerdo entonces una actitud que me dejó una duda hasta el día de hoy: Salvador no miró al militar a cargo. Dándole la espalda entró con su familia a su casa, dejándolo parado en medio de la vereda. Fue visible la incomodidad del tipo. Todos ahora lo miraban a él. Seguramente la espera se le hizo larga.

No sé si el tano Salvador lo hizo a propósito, o fue un despiste por la presión del momento el que originó semejante desplante; pero estoy seguro que lo pagó adentro. Para mí, en ese momento fue un héroe.

Volvió al rato, sólo con su novia. Se despidió de ella mientras el viejo venía caminando detrás. Recién después miro al militar, le hizo la venia y subió al camión que no se demoró en salir. Eran las cinco de la tarde, pero el día terminó tras la partida de Salvador. No hubo más futbol en la canchita, que dejó de ser cancha para ser tribuna de ese triste episodio que no fue un espectáculo. Tampoco hubo más fútbol en las Spika de los viejos. El sol seguramente siguió brillando, pero no recuerdo de qué color era el cielo. En mi memoria, el tanito sigue con su lenta e interminable caminata desde su lugar en la canchita. Todavía lo veo de espaldas y caminando con desgano mientras su hermano subía al camión que, siguiendo las órdenes de un general alcohólico al cual sus superiores llamaron “general majestuoso”, se había detenido en su puerta.

Pero el recuerdo más fuerte, el que rebota aún después de tantos años en el interior de mi cabeza, es el de las palabras de Don Rocco que, palmeando la espalda de su hijo mientras subía al camión, decía:

-Vaya hico, vaya, ¡viva Aryentina!

 

 *

 

* TULIO OMAR VENEGAS nació en febrero de 1966 en el barrio porteño de Parque Patricios, pero vivió en el conurbano bonaerense, más precisamente en la ciudad de Banfield. En enero de 2009 se trasladó con su familia a Villa la Angostura, y allí vive hasta el día de hoy. Es dibujante y profesor de Lengua y Literatura. Si bien a lo largo de toda su vida ha incursionado en la escritura, la pintura y el dibujo, nunca ha expuesto ninguna obra hasta el momento.

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