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JUGUETE RABIOSO / SEGUNDA TEMPORADA

Hoy compartimos “Los tres vecinos” de Nicolás Aused

En la 14° entrega de la columna que cura Diego Reis, un cuento del escritor de Trevelin
23/03/2024
Hoy compartimos “Los tres vecinos” de Nicolás Aused

LOS TRES VECINOS / Por Nicolás Aused *

 

Los tres vecinos

 

Todo parece andar bien en este pequeño mundo

Joaquín Giannuzzi, La paz del torturador

 

Elegís, seguramente, la pera más amarilla. La observás, con detenimiento, palpás la tersura de la piel, sentís su peso, y la agregás al montón. Todas las del montón son muy parecidas, apenas las diferenciás mirándolas desde muy cerca. Lo único que te importa, en verdad, es lo exterior, que, conveniste, luego de riguroso examen, en tratar como una certeza, firme: tan bien te parece el amarillo tirando a rojo que recubre a la pera, que asegura, ya que lo conveniste, un interior jugoso y radiante, sin duda alguna.

Todas iguales, sí, oro puro, murmurás convencido, pero sin que te escuche el verdulero, ni el ayudante de éste, ni la señora a la cual diste paso en la fila; señora que observa, cuidadosamente, pesándolos, midiéndolos, escrutando la longitud de sus raíces blancas, dos puerros. Mirás a la mujer y pensás que habrá tenido, seguramente, su apogeo, hace muchos, miles, años.

Ahora cerrás la bolsa, donde cinco peras, iguales, amarillas tirando al rojo, aparentes, se amontonan. Como quien no sabe bien qué busca, achinás un poco los ojos, recorrés los cajones con zanahorias, lechugas, tomates, papas. Como quien encontró lo que no sabía que buscaba, enfocás tus ojos en un cajón con papas. Ya de lejos vas precisando, por su apariencia, cuales no vas a elegir. Das unos pasos, rodeando a las señora, que sigue escrutando dos puerros, ante la mirada cansada, o aburrida, del verdulero, que no para de sacar y poner su lápiz en el justo hueco que forman la parte superior e interna del caracol de su oreja y el costado de su cráneo, desde donde ésta sale, bañada por unos cabellos negros, lacios, cortados con un flequillo en la media frente, recto, que suponés un peluquín.

Te dirigís hacia el cajón con papas, pensando que la señora habrá tenido, sí, hace muchos, miles, años, su apogeo, y pensando también cuales de las papas del cajón al que te aproximás, no vas a elegir.

Mirás, ahora, de cerca, sin tocarlas, las papas que se amontonan, sucias, multiformes, desordenadas, en un cajón.

El verdulero dice que calor, ché, no se puede ni estar, y mientras la señora asiente con cara de tragedia, vos, sacando la mirada de las papas y llevándola a los ojos del verdulero, que te hace acordar, vaga y fugazmente, a tu hermano, le respondés, a mí lo que me gusta, y acá tomás cierto aire melancólico, descentrando la mirada hacia el cielo, es el invierno, y, para dar una precisión que no era necesaria, agregás, los días fríos.

No, dice, estirando la o y acompañándola con un gesto de brazos abiertos, el ayudante del verdulero, que dejó de acomodar pimientos en un cajón para responderte, y continuó, enfático, me tené que matá, y, bajando los brazos, siguió, a mí linvierno me pone loco, yol frío no me lo banco, y vos sonreís, aceptando la diferencia sin objeción. Sabés que con ese gesto disuadís toda posibilidad de discusión, y te sentís, por un segundo, un tipo comprensivo, abierto, un modelo de ciudadano, y así está bien, te decís, así se está muy bien, mientras das por terminado ese pliegue de tus labios que conveniste en llamar sonrisa, y que ha tomado aires de cordialidad, de acompañamiento, de civismo. 

De todas maneras, hay algo, confuso, oscuro, una mancha, que te llega como algo que late, pegajoso, en un segundo de duración, y se va.

Rápidamente seguís, claro, la conversación, que ahora es sobre lo inseguro que se está volviendo el barrio, y no pensás si es posible que exista una lógica, que haga derivar una charla sobre el clima en los robos que últimamente ha habido en la zona, sino que escuchás, mirándolo, al ayudante del verdulero contar como a la Pochi la desvalijaron en pleno día, y como la dejaron mañatada en el baño, y que no le quedó ni uno de los siete mil pesos que guardaba bajo el colchón.

Mmmm, decís, pretendiendo que el sonido aparente un pesar y a la vez una irritación, y seguido, agregás pero qué cosa, acentuando en la q y en la c, y agregando tres puntos al final de la frase, invisibles, sí, pero que toman cuerpo desde el silencio que siguió a ésta, sumado al movimiento de negación que hacés con la cabeza. Sentís que tu frase entra en la lógica de la charla, ya que no te perturba en absoluto, sino, al contrario, te produce cierto bienestar interno, impreciso pero existente, que no te mueve en ningún momento a pensarla, porque al decir qué cosa, se da por descontado que no es una pregunta ni aún una exclamación, se deja ver, junto al gesto que la acompaña y al énfasis sonoro, que es el cierre perfecto que se le debe dar a un comentario que contenga, aparentemente, rasgos trágicos, y colaborar, junto a la  cara de velado temor de la señora, a que estos rasgos sean codificados por todos los presentes.

Yo los mataría a todos, continuás, con cierto placer que se desborda en tu boca, ni uno dejaría vivo, seguís, sin pretender enterarte de la tautología, pero sintiendo que la repetición te da, aparte de una aureola viril proveniente de la voz desafiante, un lugar, interno, sin resquicios, un mundo, clausurado, macho, impenetrable, donde se amontonan, se chocan, pero sobreviven, rígidas, nociones, ideas, que parecieran no tener origen ni final, provenir de un ser eterno, que, al fin y al cabo, informan tu discurso sobre el bien y el mal, el ario y el negro, el crimen y el castigo, pepsi o coca, ford o chevrolet, y qué bien te sienta ese universo bidimensional y cómodo, casi en armonía, cimentado férreamente con himnos patrios y propiedad privada.

De todas maneras, algo, como allá, en el fondo, entrando en los límites de la percepción, algo, una mancha, cierto regusto en la boca, un zumbido de mosca en el alma.

Recomponés tu mirada sobre las papas, desordenadas, sucias, multiformes, y aunque tratás de discernir cuales vas a llevar, no encontrás otras variables en la elección que no sean el tamaño y el peso. Agarrás una, grande, pesada, calculás doscientos gramos, y la llevás, empezando a mirar otra papa, a la bolsa. Tanteás la segunda, más chica que la anterior, con forma de corazón, cosa que no notás, y calculás, pesándola, cien gramos. Hay, ahora, en tu mano, otra papa, que presionás con tus dedos, y a la cual sentís floja. Podrida, pensás, mientras la dejás con el montón, en el exacto lugar donde estaba. Tomás otra, grande, pesada, ciento cincuenta gramos, crees, y, la llevas, satisfecho, a la bolsa.

Brevemente cruzás una mirada con el ayudante del verdulero. Te asombra ver que él también es parecido a tu hermano, pero al otro, con su frente enorme y calva y esos rulos largos, siempre despeinados, como una corona de pelos que le ciñe los costados de la cabeza. La mirada mutua dura, quizás, menos de un segundo, pero esto basta para que intercambien una mueca, parte de la boca y las cejas hacia arriba, como para dejar sentado un quelevacer, o un asiés la vida. La mirada, no sabés bien porqué, te deja cierta vergüenza, algo áspero en la boca, porque hubo, te diste cuenta, una posibilidad de acercamiento, real, mutuo, una especie de contacto, felizmente abortado por la mueca, que vino a cortar ese vértigo al que se puede llegar viendo los ojos de otra persona que nos mira. No pudo, de todas maneras, este contacto, producirse, durar, ya que tu mirada volvió a posarse en la cuarta papa, esta con un tallo verde en una de sus puntas, que arrancás con esmero, casi con odio, sin dejar rastro alguno de él, y empezás a sentir cierta satisfacción, leve, sí, pero suficiente como para enterrar el vértigo de la mirada del ayudante del verdulero, en lo profundo del olvido, y para siempre.

De todas maneras, sabés, ya que con la repetición se va formando la certeza, que hay algo, oscuro, como allá, en el fondo, pegajoso, menos borroso cada vez, como si emergiera desde una neblina y dejara ver sus contornos, poco a poco, algo, un verdadero estorbo.

Mientras tanto, la conversación sigue, como de fondo, saltando en una lógica que no se discute, y que hace que haya derivado en la suba de los precios y lo caro que se está poniendo todo, y vos escuchás, palpando la cuarta papa, y pensando que con las otras tres apenas pasan el medio kilo. El problema, dice el verdulero, con el flequillo recto en la media frente y su pelo negro, lacio, brilloso, como un peluquín, es que en este país son todos corruptos. Sus ojos parecen los de un chino, pensás, mientras asentís sin mirarlo, pero mirando, ahora, los variados y confusos colores de la bolsa de la señora, que, pensás, habrá tenido su apogeo, hace muchos, miles, años. Al ver los dos puerros dentro del bolso, pensás que van a ser lavados, cortados, cocinados por esas manos que tendrán ese olor a madre, manos que secan lágrimas, preparan la mesa, y entonces la señora, que hace muchos, miles, años, debe haber tenido su apogeo, te parece ahora más dulce, más casera, domésticamente agradable.

Pasa que falta mano dura, dice el ayudante del verdulero, y sus ojos saltones y bien redondos se endurecen acompañando a lo que dijo, incluso, pensás, su nariz parece más filosa, y decís, a la par que te dirigís al cajón de las frutillas, claro que eso es lo que hace falta, y entonces, la necesidad de hablar te hace detener, para que sigas con que no hay otra forma de terminar con esos vagos que se la pasan todo el día cortando la calle, ¿que se creen?, preguntás sin realmente preguntar, y en seguida viene el recuerdo, y seguís con que yo trabajé toda la vida, todos los días a las seis me levantaba, y laburé como un buey y sin chistar para que mis hijos tengan el plato lleno y un techo donde dormir, y, frenético, luego de un suspiro rabioso, agregás que los agarre yo a esos, que me vengan a cortar la calle, van a ver como los paso por encima, decís, saciado y con el rostro enfurecido, mientras que el verdulero, su ayudante y la señora hacen gestos de afirmación, o comentan pero claro, seguro, poniendo cara de tener derechos afectados y ciudadanía compungida.

De todas maneras, hay algo, aún indiscernible, pero espeso, pegajoso, algo que surge desde la oscuridad, desde la neblina, algo que chapotea y que tiene olor nauseabundo, que aún no se ve, pero cómo lo sentís, y cómo te estorba realmente, y tratás de sacártelo de encima enfocando tu mirada en la frutilla que tenés en la mano, y viendo el tallo, verde, que sobresale, y te apurás a tirar de él con tanta mala suerte que tu codo va a parar entre las costillas de la señora, lo cual provoca una involuntaria carambola que desemboca, al contorsionarse la señora sobre sí, en un bolsazo que va derecho a la cara de Moe, que hace de verdulero, y que al sentirse mal herido y al ver la risa de su ayudante, Larry, va hacia él con la intención de arrancarle los pocos rulos que le quedan, pero en ese instante ves que la señora, que debe haber tenido hace muchos, miles, años, su apogeo, tiene un pastel de crema blanca en su mano, con el cual te apunta directamente, así que te agachás, con un movimiento instintivo y rápido, sin ver como el pastel de crema sigue en su trayectoria para ir a dar a los ojos espantosamente abiertos de Moe, y cuando empezás a reírte de tu propia suerte, tu mano, en un ademán exacto, va a posarse de lado frente a tu propia nariz haciendo imposible el piquete de ojos que Larry te acercaba a la cara para vengarse.

A todo esto la pelea continúa, y mientras ves como vuelan media docena de rabanitos directamente hacia la señora, sentís que alguien te golpea con el puño cerrado en la parte superior del cráneo, que vale decir, no muestra ni un solo rastro de haber tenido nunca un cabello, y que, mientras caés, casi desmayado, escuchás una graciosa musiquita de voces en falsete, y pensás, murmurante, están todos chiflados, sí, los tres, balbuceás, antes de caer pesadamente, entre las peras y las papas, ahora desparramadas por el piso, que vos tan bien habías elegido.

 

*

 

*NICOLÁS AUSED. Nací hace 46 años, en la localidad de San Justo, provincia de Santa Fe. Viví en la ciudad de Rosario unos 30 años, donde pude hacer estudios universitarios de Letras y de Música en la UNR. Hace unos 20 años vivo en la zona de Trevelin, provincia de Chubut. He publicado muy poco, algún cuento en una antología nacional y unos poemas en una antología provincial. Este año, editorial Halley va a publicar un poemario mío. Participé de varios talleres literarios, últimamente de manera virtual con la poeta Estela Zanlungo, también con Claudia Masín, entre otros. He participado de lecturas en muchos encuentros de escritores en la zona y en el programa Mis poetas contemporáneos, de Gustavo Tisocco, en cuya página ha publicado algunos textos míos. Tengo hace muchos años un blog (literatrofia.blogspot.com) y cada tanto posteo algún artículo sobre lecturas.

 

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