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JUGUETE RABIOSO / SEGUNDA TEMPORADA

Bonus Track 2: “El monegasco”  de Tobías G.Genga

En este segundo “extra” que incluye Diego Reis en su sección, hoy un cuento del joven escritor barilochense
12/05/2024
Bonus Track 2: “El monegasco”  de Tobías G.Genga

Luego de publicar, durante esta segunda temporada, 19 cuentos de autores y autoras, tanto de la región como del resto del país, la sección  JUGUETE RABIOSO propone compartir algunos de los textos surgidos del taller de escritura creativa EL CUENTO DEL VERANO, coordinado por el escritor y profesor Diego Rodríguez Reis, este verano en la Biblioteca Popular “Osvaldo Bayer”. En esta oportunidad, “El monegasco”, un atrapante policial de TOBÍAS G. GENGA.

 

El monegasco

 Philippe siempre fue un buscador de sentidos.

Un hombre honorable, sin duda, dedicado a su labor de locutor, siendo una de las menos reconocidas voces en la radio del Principado de Mónaco, dotado de una habilidad extraordinaria para hablar en tonos graves y sacar humor hasta de las conversaciones más improvisadas. Un talento que, por lamentables razones, pocos lograron atestiguar.

Un ser brillante, curioso hasta por las cosas más sencillas, obstinado y detallista.

Regreso en mis palabras. Philippe, mi padre, siempre fue un buscador de sentidos. Fue, porque (obviamente) ya no es.

Esta tarde, vigésima séptima de enero, recibí un llamado de un antiguo vecino, y viejo compañero, informándome sobre el repentino y dudoso asesinato de mi padre en la residencia de la Boulevard d´Italie, la casa donde transité gran parte de mi infancia y adolescencia, y donde vivía con su amante, de quien desconocía completamente su existencia, la cual también apareció fallecida, según el testimonio que se me ha comunicado por teléfono.

La primicia terminó por cerrar mi pecho, dificultándome la respiración por un largo rato.

Habría pasado un largo tiempo desde la última comunicación que pude establecer con mi padre (y la cual hubiera sido a través de cartas ya que Philippe, mientras pudiera, se negaba a adaptarse a la modernización), a raíz de varias discusiones que fueron alejándonos con el pasar del tiempo y acortando nuestra relación, hasta el punto de abandonar mi país y mi ciudad de origen solo con la idea de alejarme de sus juicios, pero el solo hecho de pensar que alguien pudo arrebatarme una figura, tal vez lejana, de protección (a quien siempre he demostrado tenerle afecto por sobre toda frialdad recibida) me quebró hasta el inconsciente.

Afianzado al bastón, elevé mi cuerpo de la silla, recuperándome de la disnea, y avancé hasta la puerta del apartamento. El sonido de las llaves despabiló el silencio en el que me encontraba, acompañado del chillar de la madera vieja volviéndose a su estado. Tal vez, solo por mera necesidad, fui reflejando mis recuerdos con cada escalón.

La calle me envuelve como un abrigo en otoño, apenas necesario para su belleza.

Los cimientos de las antiguas construcciones van rodeándome por donde me detenga a mirar, encerrándome en espacios cada vez más angostos. A estas horas, todas las persianas están cerradas.

Voy eligiendo detenidamente los caminos a tomar con el paso de la mañana, evitando completamente cruzarme con el tráfico de las primeras horas del día, zigzagueando entre aquellas rutas que marcan la frontera, si es que así pudiese llamarse, regalándome aires de niñez.

Las edificaciones se vuelven más familiares, y los balcones me traen algunas caras conocidas, inolvidables por mis tantos recorridos sin destino alguno, a la par de mis vecinos de similar edad, cuando el caminar sin pensar no significaba un gran desafío.

Ninguno de esos rostros logró reconocerme bien, pues cinco años son bastante tiempo, y por más avenidas recorridas, es otro ser quien enfrenta, con un bastón en mano, los pasajes de Saint Romain. En su mirada, como en la mía, no soy más que un transeúnte.

Los lustrados zapatos, algo desgastados por su infinito uso, acariciaron el Boulevard mientras aparecían los primeros automóviles. El transitar se volvió toda una odisea en esa arteria de individuos, ejerciendo una fuerza constante, y notable considerando una permanente lesión. De un instante al siguiente, expectante a los vehículos estacionados al borde de la acera, sentí un fuerte golpe en el abdomen, a lo que giré la mirada hacia mis espaldas, sin observar a ningún individuo, de aquellos tantos, darse la vuelta en un intento de disculpa, como debiera ser si azotara a cualquier ser, por lo que continué mi andar algo dolorido.

Al cruzar la glorieta, divisé la casona rosada, de la que aún relucían sus tejuelas con el dorado del alba. Ese pequeño trecho me devolvió un extraño alivio.

Tres coches se encontraban aparcados enfrentando la vereda de la residencia, aunque dando lugar al paso. Dos de ellos, de exacta coloración, de la policía del principado. Otro, color niebla y de aspecto añoso, estacionado igualmente junto a los demás.

La reja y, después, la puerta, estaban abiertas contrariamente. Dos jóvenes uniformados conversaban en voz baja mientras bajaban las escaleras, callando e irguiendo sus cuerpos tras verme entrar.

-Le está prohibida la entrada a esta residencia, señor -dijo uno de ellos-. Retírese para que continuemos con nuestro trabajo.

-Solicito hablar con algún superior -expresé cordialmente.

-No tiene nada que hacer aquí -pronunció elevadamente mientras se acercaba a la entrada, desabotonando el estuche del revólver.

-Vuelvan al cuartel, oficiales -vociferó una voz que se acercaba-, denle paso al hombre.

Ambos se retiraron rápidamente, y sin echar mirada alguna, hacia uno de los vehículos, que encendería su motor y se alejaría en pocos minutos.

Dos policías más, ya de mediana edad, bajaron las escaleras. Uno, conscientemente apresurado, salió de la casa sin saludar, aunque observándome profundamente, mientras el segundo, ancho de hombros, se acercó ofreciéndome su mano.

-¿Noah Crovetto? -preguntó con un vozarrón acentuado, correspondiente con aquella voz mandataria.

-¿Con quién tengo el gusto? -repliqué pocos instantes después, haciendo entender que estaba en lo correcto.

-Con el comisario a cargo de la investigación sobre el asesinato de su padre. Debo suponer que es la razón de su encuentro.

-Está en lo correcto -le respondí -, y quisiera saber más al respecto -. Aquel hombre suspiró y llevó la mirada al suelo por muy poco tiempo antes de hablar, ya dándome una respuesta sin palabras.

-Me temo que eso no va a ser posible -manifestó devolviéndome la mirada -. Por el momento solo puedo informarle que no hay indicios para afirmar el origen de su muerte. Hechos de tal gravedad como este, por no decir normalmente, no transcurren en estas zonas. Aunque, si lo desea, hable con Étienne, quien, tal vez, le dé una razón a su viaje -propuso antes de irse, saliendo y golpeándose el hombro con la reja.

 

 

II

 

Aún habitaba un reino de plantas en aquel departamento.

El escritorio. La lámpara. El cenicero. Los libros en la estantería. Todo acomodado en un lugar específico, milimétricamente. No existía duda que mi padre siempre fue un obsesivo del orden.

Los muebles eran los mismos, y sentí que me vi entrando en un mundo donde el tiempo volvió ocho años atrás. Sin embargo, nada parecía igual. El silencio no era habitual en una casa adornada de vinilos.

-Un hombre de gustos modernos, su padre -pronunció una voz femenina, sorprendente para el nombre que me habían mencionado minutos antes, saliente de la recamara en la que Philippe descansaba habitualmente.

-¿Por qué lo dice? -pregunté, buscando su apariencia.

-Ya llegaremos a eso -respondió, haciéndose visible una mujer que parecía de mi exacta edad. Vestía un amarronado abrigo de resistente tela que cubría gran parte de su cuerpo, dejando observarse solo unas botas oscuras. El sol de la mañana me hizo olvidar que estábamos en invierno, y que la nieve golpeaba vigorosamente sobre los últimos días de enero -. Imagino que sabrá que hago en este lugar, así que no perderé charla en eso.

Entré en la habitación de mi padre. Ya no existía ese aroma a tierra mojada. Más bien, no había olor perceptible.

La cama estaba deshecha, y una notable mancha carmesí teñía hasta las sábanas más profundas. Las persianas de ese tercer piso estaban cerradas, dejando apenas pasar la luz. No supe qué pensar, y menos qué decir. No soy un hombre de lágrimas, así que me dediqué a observar detenidamente, intentando reconocer, aunque fuera, un objeto entre todo el caos. Algo que me devolviera una sensación en esos momentos grises.

El ruido de la puerta me despabiló. Decidí salir apresurado y sin tocar nada, pues no quisiera hacer esperar a aquella mujer sosteniéndome aquella madera que cubría la entrada.

Ya afuera, miré las palomas reposadas en todos los balcones de la casona. Estaban comiendo.

“Conduce bien”, dijo una voz inconsciente. Por más arcaica fuera su apariencia, su coche poseía un agradable andar. Internamente, siempre fui un apasionado tradicionalista, aunque los vidrios exclamaban una limpieza.

Por siete casas tocamos sus puertas y por siete nos recibieron educadamente. Nunca olvidé haber tenido vecinos hospitalarios. No fue hasta la séptima, dada su importancia, cuando un desconocido anciano, al menos para mí, nos reveló algunas antiguas fotos de Philippe junto a él. Confesó ser un íntimo amigo de mi padre, con quien mantenía una fuerte comunicación.

Todos los días, a las cinco de la tarde, Philippe se ubicaba siempre en una silla distinta de la mesa a beber un té de limón, recitando párrafos del diario.

Según sus palabras, la última tarde que pasó por aquel salón, dijo que jugaría en Montecarlo. Allí es donde las ruedas nos llevan.

El Boulevard estaba paralizado por un atasco, del cual no logré ver su fin. Hasta los más serenos caminantes parecían apresurados a nuestro paso. Soy un hombre impaciente, así que intenté mantener la calma para no descender exacerbado del vehículo.

Durante los primeros minutos, un silencio me atosigó. No hallé las palabras para extinguir tal incomodidad, y, por lo visto, tampoco mi acompañante.

La mitad del camino se volvió cercana, dándome un aire de alivio e intranquilidad simultáneamente.

-¿A qué se debe su apoyo? -preguntó de un momento a otro, tardando algunos segundos hasta comprender, si bien lo hice, que hablaba del bastón que guardaba a un lado de mi asiento.

-Mauvaise pratique -le respondí -. Largo relato para contar -comenté posteriormente, mientras me observaba caminando en una esquina de la Rue Montgrand, paseando libremente cual errante marsellés. Una apuñalada desviada fue suficiente para dejarme al filo del desmayo, viendo a dos jóvenes correr con mi única visible pertenencia. Una herida profunda sobre un nervio, demasiado tejido dañado y una lesión irreparable para cualquier doctora. Nunca quise echar culpas, ni tampoco narrar relatos.

Montecarlo se hizo real. El auto gris debió dar una vuelta para estacionar entre tantos otros a los cuales ya no podría llamarles autos. La bandera roja y blanca del Principado estaba izada en lo más alto de una asta. Se veía nueva.

 

 

IV

 

“Quien pone su suerte en manos desconocidas, será destinado a pagar deudas ajenas”, decía mi padre en su afán poético. Jamás fue un hombre a favor del juego, lo cual me dejó en duda la confesión de aquel educado señor. El tiempo esculpe a los seres, y, tal vez, Philippe lo hizo consigo.

-Su padre fue dueño de una fortuna -afirmó un hombre bien vestido, quien me despertó de mis pensamientos.

-¿Como dice? -pregunté, habiendo escuchado perfectamente lo que había pronunciado, pero con la necesidad de que reafirmara tal inesperada idea.

-El señor Crovetto estuvo aquí hace pocos días, adueñado de un entusiasmo envidiable. Se mantuvo atento a todos los movimientos de la Roulette desde que ingresó al salón-expresó el croupier -. Entró en la mesa junto a otro caballero, pero con quien no mantuvo conversaciones destacables. Jugó pasivamente, aunque incrementando su apuesta en el vaivén de los jugadores.

-Ya es consciente de que debemos de saber, Monsieur, por lo que le pido que sus palabras sean claras -solicitó Étienne, algo impaciente.

-A eso llego, Madame. Su juego final fue más que inesperado, pues confió todas sus fichas en un pleno.

-¿Y qué dice con eso? -pregunté, ya buscando una respuesta definitiva.

-Que el señor Crovetto, su padre según dijo, ganó más de un millón de francos.

Las palabras del croupier me desconcertaron. La conversación entre aquellas personas se volvió inaudible, mientras mi visión se volvía sensible a la escasa luz que habitaba en ese cuarto, como si mis pupilas se dilataran hasta cubrir el iris.

Las preguntas acabaron. Recorrimos los grandes salones del casino bajo miradas soberbias, algunas camufladas pero persistentes.

Afuera ya nevaba. Ese auto gris, ahora pintado de un blanco intenso, nos sirvió de abrigo contra el frio. Bajar las escaleras fue tedioso.

Sentí unas palabras susurrantes llegar desde algún lugar, mas no oí que decían.   Nos gobernó el silencio nuevamente.

V

 

Los almohadones estaban en el suelo, formando parte del desorden en el que se encontraba la recamara. Plumas grisáceas decoraban el pálido lecho, algunas caídas sobre el cuerpo frío de Philippe, el cual exhibía una abertura profunda en su pecho que dejaba ver sus pulmones y restos de sangre coagulada. Una herida de gran particularidad, pues ningún arma manipulable podría haber generado tales cortes.

La amante, en el suelo, con un disparo en la sien y un revólver a centímetros de su mano. No había duda de que se trataba de un suicidio, tal vez ante la idea de la repentina y dramática perdida de el único amor que la acompañaba. Nunca podré afirmarlo, pues, ante mí, fue una desconocida.

Cada crimen, al menos precisamente ejecutado, tiene un motivo, una interpretación y un significado. Ningún objeto está puesto en un sitio sin ningún sentido. Todo tiene una razón de ser y existir en un momento y lugar determinado. ¿Quién sería capaz de asesinar tan cruelmente a un ser que jamás ha avalado a la provocación? ¿Qué aconteció entre la salida de Montecarlo y el descubrimiento de la escena? ¿Cómo pudieron abrir su pecho sin usar armas y sin dejar sus huellas en su cuerpo, moviéndose tan veloz y sin provocar sonidos? La sola idea de la incertidumbre me llenó de indignación.

Desgraciadamente, no fui testigo de la escena que sufrió mi padre, y que lo mantuvo detenido en el tiempo hasta su hallazgo. Intenté robarle todos los recuerdos que tuviera a Étienne, quien enredó sus palabras para que no comprendiera su lenguaje. Espero que mi traducción haya sido la más acertada.

Cuatro golpes resonaron en el pasillo. Mi vecino se ofreció a abrir, pero, aun rengo, fui más pertinaz que él. No me sorprendió ver que era Étienne quien me esperaba del otro lado, viendo algunas canas nuevas en su cabello castaño.

-Acompáñeme -dijo con voz calma, y sin siquiera saludar.

-¿A qué se debe? -pregunté interesado, pues soy un hombre dotado de interrogación.

-Acompáñeme -repitió en el mismo tono mientras me daba la espalda, volviéndose a su auto.

Volví a pisar el asfalto con extrañeza, como si hubieran pasado meses desde la última vez que lo hice. Ya no sentí frío.

El vehículo encendió su motor, y, en las lejanías de cualquier oído ajeno, empezó a cifrar sus expresiones, comunicándose con un idioma en código el cual no pude descifrar a pesar de mi esfuerzo, logrando fastidiarme fácilmente.

-Sea clara, Étienne -exclamé algo agobiado -, pues no lo ha sido desde nuestro encuentro.

-¿Fue su padre devoto a alguna religión? -preguntó, aliviándome en algún punto.

-Sí, lo fue -respondí -. Me obligó a asistir a las misas de los domingos en la Iglesia de Santa Devota.

El auto empezó a acelerar hasta velocidades inimaginables para su antigüedad. No terminé por comprender la situación en la que me encontraba, pues lo que pareciera su sobresalto era inminente.

-¿Quiere decirme que es lo que sabe? -pregunté, desconfiado de cual podría ser su respuesta.

-Sé quien es el asesino de su padre.

 

 

VI

 

Ella entró primero, ocultando una Mauser en uno de los bolsillos internos del abrigo. Pasé unos segundos después, luchando con el dolor de pierna, el cual, singularmente, se mostró menos torturante.

Reinaba una densa oscuridad en el interior de la iglesia. Apenas podía apreciarse la luz entremeterse por los vitrales. La imagen de cristo en la cruz, por vez primera, se volvió imponente. Recité la fórmula trinitaria antes de seguir caminando.

Un solo individuo, además de nosotros, se encontraba sentado en el segundo banco más próximo al altar. Vestía un saco blanco, homogéneo con el color ceniza de su cabello. No estaba rezando; más bien, estaba fumando.

Hubo una conversación inaudible entre ellos, por lo que fui acercándome, disimulando el ruido del bastón e intentando escuchar alguna palabra entre todas las que flotaban en el aire. Alguna palabra que pudiera darme el motivo de la pérdida.

De alguna manera, y por más mutismo que hubiera, otro susurro se acercó desde mis espaldas. Parecía estar diciendo mi nombre, a lo que di un giro lentamente.

Observé claramente la silueta a contraluz de un hombre cerrar con fuerza el portón de madera, generando un robusto eco en todas las paredes de la parroquia. Tres explosiones más retumbaron consecutivamente, a la par del estallido de un vitral y, lo que creí ser, una baldosa.

El varón ya estaba en el suelo cuando devolví la mirada al altar. Gritaba apaciguado, como si el tabaco hubiera terminado con sus cuerdas vocales. Étienne no desprendía la vista de él, como si supiera algo que no quisiera revelarme. Usaría las palabras justas para encubrir su verdad.

-¿Es él? -pregunté.

-No -respondió.

VII

 

Su cuerpo apenas se movía en la butaca trasera. Una herida de bala en el brazo y un golpe de empuñadura lo dejaría descansado hasta nuestra llegada al cuartel.

La desesperanza empezaba a invadirme, al igual que una neblina de interrogantes. Sentí una cólera subir por mi garganta hasta atascarse en un nudo, aunque no lo volví visible. Vuelvo a decirlo, no soy un hombre de lágrimas.

-¿Puedo saber por qué mintió? -cuestioné, quebrando el silencio con mis puños.

-Nunca lo hice -respondió calma -, solo que no fue atento.

-¿Y qué hago aquí entonces?

Dejó transcurrir unos segundos de silencio, suspirando antes de hablar, ya sin comprender cuáles fueran sus palabras.

-Está aquí para aliviar su dolor. No creo equivocarme diciendo que ese fue el objetivo de su viaje: liberar una pena que lo atormenta desde cuando Philippe aún vivía.

-Fuera cual fuera mi razón, solo deseo saber qué fue lo ocurrido el día de su muerte -pronuncié, conteniendo mis emociones mientras pudiera. Puede que Étienne haya notado mis ojos vidriosos, puesto que fue deteniendo el auto hasta dejarlo estacionado en medio de la avenida.

-Si le sirve de consuelo, sepa que su padre fue su propio asesino -reveló en voz baja, haciendo detener mi tiempo en ese momento, sin ningún ruido detectable.

Todavía no lograba infiltrar tales palabras en mi consciencia, como si ellas hubieran sido dichas en un idioma desconocido, aunque la realidad fue cayendo cada vez más apresurada. Un peso enorme fue aplastándome con el paso de la nada, pues el tiempo ya no existía. El dolor fue insoportable, incomparable contra cualquier sufrimiento físico.

La pérdida se volvió visible a mis ojos, y dejé caer una lágrima, que fueron dos y luego tres. El llanto terminó por cubrir mi rostro de desesperación, pero, entre cada apuñalada, sentí tranquilidad.

Las bocinas de los autos volvieron a sonar. La vibración del motor rozó mi cuerpo erguido. Étienne seguía mirándome, y le devolví, o al menos eso aprecié, una sensación de paz. El auto volvió a moverse, al igual que el tiempo.

-¿Cómo supo? -pregunté.

-Un vaso decoraba el escritorio de su padre el día de su muerte -me respondió sin despegar la vista de la calle -. Y, según dijeron, no fue un hombre de excesos. No de aquellos que beben mientras escriben.

-¿Y su herida?

-Se encontraron restos de comida de aves en su cuerpo. Tal vez su padre alimentó de más a las palomas que habitan en los balcones de su residencia.

Traté de encontrar un sentido a semejantes revelaciones, pero no pude. Todo era extraño, incluso las calles. Ya no supe por cual transitaba el automóvil, del cual ya ni recordaba su color.

-¿Quién es este hombre entonces? -pregunté, fingiendo un enojo pasajero.

-Digamos que es un envidioso.

-No puedo comprender si sigue hablando de tal manera -contesté ya exacerbado.

-En este punto, no hay nada que entender, señor Crovetto. Solo queda esperar.

Sentí algo rozarme el rostro suavemente, mientras veía dos autos aproximarse en nuestra contra. Buscando el bastón con la mano, noté un calor relajante subir por mis pies.

El bastón no estaba allí. Nunca lo estuvo.

 

 

VIII

 

Abrí los ojos y estaba recostado. Mi visión estaba completamente borrosa, aunque noté a varios seres recostados a mis alrededores. No recordé bien lo ocurrido para terminar allí.

Vi pasar una silueta vestida de blanco, e hice una seña para que se acercara. Tenía algo en sus manos, pero no le regalé atención.

-¿Dónde se encuentra Étienne? -pregunté, apenas pudiendo hablar.

-Debió irse -aclaró la imagen nublada, retrasándose en responder.

-Dígale que hizo un buen trabajo.

-Mejor dígaselo usted -dijo y se fue.

           

*

 

* TOBÍAS G. GENGA.  Nací un 19 de mayo de 2006 en Bariloche, hasta que mis padres, por propias vueltas y proyectos, volvieron a su ciudad de origen: Mar del Plata. Me crié durante 15 años en la ciudad costera, de la cual resguardo una infancia tan bella como particular.

El arte me llegó fuertemente a mis 14 años, cuando empecé a escribir mi primer novela, titulada XIX, la cual me ayudaría a descubrir la poesía. La música llegó sutilmente, mirando una serie en pandemia, agarrando la guitarra que me regalaron la navidad de 2019, y desde ahí no volví a dejarla guardada. Hoy me reconozco músico, compositor, y, sobre todo, artista.

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