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Pequeños grandes ambientalistas de Angostura: hoy recordamos a José Alfredo Vidal

  En esta nueva entrega de la saga "Pequeños Grandes Ambientalistas" compartimos las vivencias, imágenes y subjetividades de una niña pequeña, hoy mujer, que recuerda con pasión el legado y la herencia dejada por su abuelo en los albores de la Patagonia del 1900, en el paraje que hoy es Villa la Angostura.
30/09/2025

La conciencia y el cuidado del ambiente de los primeros pobladores en los recuerdos de la autora de esta nota.

 

En el verano de 1900 llegó mi abuelo, José Alfredo Vidal, a la zona de hoy Villa La Angostura. Dijo haber llegado dos o tres semanas después de cumplir 13 años.

El nació en Llanquihue, Chile, el 29 de enero de 1887. De ascendencia española, quedó huérfano a la edad de 4 a 5 años de ambos padres en un lapso de 6 meses aproximadamente. Sus padres eran Antonio Vidal y Candelaria Alvarado. Desconozco si tenía hermanos, no lo dijo. Fue tomado a cargo por la familia Vargas. Con ellos entra al país y se instalan en el actual paraje El Rincón por un par de años. Después se trasladan por el lago en una balsa de troncos hasta la zona actual del Correntoso cerca de la familia Antriao. En ese tiempo iban a comprar o hacer trueque a lo de los Jones en la desembocadura del Limay.

Demoraban 4 días en carreta por una especie de sendero que unía ambos lugares, porque no había caminos. Para cruzar a Bariloche se hacían balsas de troncos y llevaban más troncos que se vendían allá.

Unos años después, aproximadamente en 1905, deciden volver todos juntos a Llanquihue, para que mi abuelo busque esposa porque acá no había jóvenes de su edad. Regresan en 1909, mi abuelo con su esposa, Emilia Paredes Guzmán, hija de Benedicto Paredes y María Socorro Guzmán. Se instalan en distintos lugares dentro de Villa La Angostura, en ese momento Paraje Correntoso.

Él se estableció con permiso de la Oficina de Tierras en 1911, en un lote de 13 hectáreas en la actual Selva Triste, pegado al actual lote de La Granja, entre las calles Amancay y Boulevard Quetrihué. Construyó su vivienda, tuvo 12 hijos, sembró mucho y muy variado. Tenían economía de subsistencia y los pobladores en general eran muy humildes.

Cuando llega Parques Nacionales a la zona, impone otras condiciones de ocupación. Mi abuelo es desalojado del lugar con toda su familia, nunca se le permitió comprar ese lote que después fue vendido a un guardaparque. En el año 1933 se le cedió otro lote de sólo una hectárea de tierra con permiso de usar una más para plantar papas. Al ser tan poca tierra para plantar y para el consumo de tantas personas, la mayoría de mis tíos se trasladaron a Bariloche y algunos a Buenos Aires. Mi abuelo volvió a sembrar en el lugar que le cedieron, también sin derecho a compra mientras fue de Parques Nacionales. Mi abuela ayudaba a la economía familiar hilando y tejiendo. No la conocí, falleció de neumonía 6 años antes que yo naciera. Hacían trueque. Sembraron todo tipo de verduras y frutas como en su anterior ubicación. Hasta maíz y trigo. Tuvimos 15 clases de manzanas diferentes, algunas exclusivas para hacer chicha, dos perales distintos, 5 variedades de ciruelas, cerezas, zarza parrilla, frambuesas, grosellas, aromáticas, plantas medicinales, arvejas, habas, cebollas, hinojos, zanahorias y otras verduras que no recuerdo. Él además era maestro carpintero, trabajaba y enseñaba el oficio, también solía trabajar en las brigadas de Parques Nacionales o Vialidad Nacional haciendo caminos, como por ejemplo en el Boulevard Quetrihué, parte de la ruta que cruza el pueblo y otros senderos internos de la localidad. Eran abiertos a pala, hacha, trozadora y bueyes.

Tenían animales para consumo y transporte, como vacas, aves de corral, cerdos y caballos. Muy pocos a partir que Parques lo cambió de lote porque ellos decidían cuántos se le permitían a cada poblador y eran pocos por hectárea. Cuando era niña sentía que los guardaparques eran abusivos y trataban mal a mi abuelo sin necesidad, al igual que a la mayoría de los pobladores. Mayormente llegaban amenazantes, tratando de sacarnos del lugar y el maltrato era general para todos. Escribían malos informes de los pobladores para poder echarlos llegado el momento. Cada visita de ellos era un mal rato, salvo por un guardaparque que era buena gente, educado y apreciado por todos.

 

 

Mi abuelo era cuidadoso del ambiente, no tiraba árboles salvo que fuera necesario, a tal punto que se cayeron dos árboles nuevos sobre la casa en una gran nevada. Conocía exactamente cómo funcionaba el mallín capa a capa, nuestro lote tenía una parte dentro del mallín que nunca tocó y solo aprovechó la humedad del suelo cercano para algunas plantas. Los pozos de agua, eran dos. Uno para consumo de la casa y otro para riego, hechos en lugares que   él elegía y no tenían gran profundidad. Les hacía un cajón de madera con tapa que permitía que el agua se renovara permanentemente. En el de consumo especialmente, parecía que el agua corría. Estaba muy cercano al mallín. Era de compartir sus conocimientos y me explicó cómo funcionaban los mallines, cuál era su utilidad, sabía si el invierno iba a venir muy nevador o el verano muy seco, deducía la hora de acuerdo a la posición del sol y el largo de las sombras, también cuando iba a llover o nevar. No se equivocaba tampoco cuando pronosticaba si un año iba a ser bueno para la cosecha o no. La casa, sobre pilotes de troncos, estaba con la puerta orientada al sur porque la lluvia viene del norte y del oeste.

Teníamos una vitrola, única entre los vecinos y solía reunirse con ellos a oír música con los discos de pasodobles, corridos y otros. Mis tíos y primos de Bariloche solían venir en Navidad en caravana, eran muchos. Cuando yo era chica había pocos vecinos en esa zona, desde el comienzo del cruce de la ruta y Boulevard Quetrihué hasta la unión de la calle Amancay y Nahuel Huapi había 7 a 8 familias. La hermana de crianza de mi abuelo, la abuela Flora Vargas y su familia estaban del otro lado del mallín y pasábamos por pequeños puentes de tablas y troncos entre los islotes que hizo mi abuelo para cortar camino, que también nos servía para bajar al actual Cruce y que usaban todos los vecinos y turistas como cortada.

Hasta la década de 1970 no hubo luz en el lugar salvo en el Cruce. Teníamos lámparas a querosén, velas y un farol grande (sol de noche) que iluminaba bien. La calefacción era a leña y la proveíamos mis tres hermanos y yo. Buscábamos ramas secas dentro del bosque, no tirábamos árboles, sacábamos lo caído. En verano sólo se prendía fuego para cocinar y era la época de recolectar ramas.  Mi abuelo trabajó la tierra hasta más de los 80 años, dejó de hacerlo cuando ya su cuerpo no podía porque no había quien le ayudara. También trabajó en su oficio de carpintero hasta los 86 u 87 años, haciendo portones de varonada (varas de ramas medianamente gruesas y derechas) y enseñando a hacer tejuelas con hachuela. Le gustaba la madera del ciprés por la veta. No lo vi cortar coihues, de echo había muchos y muy altos alrededor de la casa que estaba como en un claro del bosque. Solo taló para la quinta y con esa madera hizo la casa con su techo de tejuela, el galpón y los cercos con palo a pique (cercos hechos con tablones o troncos en forma vertical, enterrados en una zanja de 40 a 50 cm de profundidad uno al lado del otro hasta formar un cerco compacto) en los cuadros (espacio en que se dividía con cercos el lote de acuerdo a su uso)

Cuando necesitaba madera le pedía a Parques que le marcara algún árbol, generalmente se elegían los que podían presentar un peligro por su cercanía a la casa. Se tenía respeto por el bosque y no se volteaba un árbol si no estaba justificado. Más tarde en esta zona, se taló el bosque casi en su mayoría, se sacó tierra a los antiguos pobladores sin aviso ni opciones por parte de provincia en forma compulsiva, se rellenó el mallín que estaba lleno de vida, se lo canalizó y se loteó sin mucha previsión al no tomar en cuenta el ambiente.

De esa manera se contaminó la Laguna Calafate entonces exuberante de vida con hermosas y variadas aves acuáticas.

Mi abuelo falleció a 10 días de cumplir 95 años de un infarto el 19 de enero de 1982.

De él me queda el respeto y el amor por mi entorno, la comprensión de que la naturaleza es vida y debe ser preservada para nuestro bien. Que la madre tierra provee lo que necesitamos: agua, oxígeno, temperaturas intermedias. Que se debe cuidar el ambiente, y que este bosque nuevo lleno de animales y variedad de plantas, con árboles como los arrayanes o los coihues de 40 metros, ejemplares únicos del bosque andino patagónico, debemos protegerlo.

Porque la mano del hombre con un mal entendido desarrollo está destruyendo lo que le llevó miles de años a la Naturaleza y de nosotros depende su cuidado.

 

 

                                                                                                                 Escribió Lilia Estrella Vidal para Grupo Árbol Vla

 

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