ARQUITECTURA

Bulnes: "una pequeña aldea asturiana y una gran pregunta para nosotros"

Una experiencia en los Picos de Europa invita a pensar cómo planificamos, sostenemos y concretamos infraestructura en nuestros pueblos de montaña.
26/06/2026

En mi último viaje por España hubo muchos paisajes que me llamaron la atención. Pero una experiencia, en particular, me dejó pensando en Villa La Angostura, en la Patagonia y en nuestra manera de imaginar el futuro de los pueblos de montaña.

Fue la visita a Bulnes, una pequeña aldea ubicada en los Picos de Europa, dentro del Principado de Asturias. Un lugar mínimo, de apenas un puñado de casas de piedra asentadas en una planicie de altura, rodeadas por montañas, praderas y senderos.

Durante siglos, Bulnes vivió de una economía rural ligada a la vida de montaña: cabras, ovejas, pasturas, trabajo duro y aislamiento. No hay una ruta vehicular convencional que llegue hasta allí. La forma tradicional de acceder era —y sigue siendo— por una senda que parte desde Poncebos, un paraje enclavado entre paredes de roca y valles profundos.

Cuando decidimos visitarlo, nos dijeron que había dos opciones: subir caminando o tomar el funicular. Con mi corta experiencia en ese tipo de medios de transporte, confieso que al principio busqué cables, cabinas suspendidas o algo parecido a una telecabina. Pero no había nada de eso a la vista. Como la senda parecía accesible, decidimos subir caminando.

El camino gana altura de manera gradual. A medida que avanzábamos, me llamó la atención un detalle pequeño, pero muy significativo: muchas piedras resbaladizas estaban trabajadas a mano, golpeadas con martillo para generar agarre y mejorar la seguridad de quienes caminaban por allí. Era una intervención mínima, silenciosa, casi invisible, pero cargada de sentido común. Alguien, alguna vez, entendió que ese camino debía ser mejorado para que otros pudieran transitarlo mejor.

Después de unas dos horas de caminata, llegamos finalmente al pueblo. Lo que encontramos allí nos sorprendió: casas de piedra muy cuidadas, calles empedradas, alumbrado público distribuido con regularidad, energía eléctrica, servicios básicos y, al fondo, la boca del túnel por donde llega el funicular.

Bulnes, sin perder su identidad, está cambiando. De a poco, aquella economía rural fue incorporando una nueva dinámica vinculada al turismo. Muchas antiguas casas de piedra fueron recuperadas: conservan su arquitectura exterior, pero por dentro fueron adaptadas con criterios actuales, espacios más confortables, mayor eficiencia energética, mejores instalaciones y una nueva vida para construcciones que podrían haber quedado abandonadas.

A la vuelta decidimos bajar por el funicular. Y allí apareció la verdadera sorpresa.

El funicular de Bulnes no es una cabina colgante. Es un tren subterráneo que atraviesa la montaña por un túnel de más de dos kilómetros, con una pendiente importante y un sistema ferroviario que conecta Poncebos con Bulnes en pocos minutos. Además de transportar pasajeros, permite subir alimentos, materiales, combustible y otros elementos necesarios para la vida cotidiana del pueblo.

Entonces apareció la pregunta inevitable: ¿qué decisión política, técnica y económica tomó el Principado de Asturias para construir una obra de semejante escala con el objetivo de conectar mejor a un pueblo de apenas unas pocas casas?

Y, casi al mismo tiempo, apareció otra pregunta, más cercana y más incómoda: ¿por qué a nosotros nos cuesta tanto terminar obras básicas que podrían transformar de manera profunda la calidad de vida de nuestras comunidades?

Pienso, por ejemplo, en Villa La Angostura y en tantos años de espera para resolver definitivamente su conexión eléctrica con el sistema nacional. Pienso también en tantas obras que se anuncian, se inician, se demoran, se judicializan, se abandonan o quedan atrapadas en la burocracia, mientras los pueblos siguen creciendo, demandando servicios y esperando respuestas.

Pero tal vez la reflexión más valiosa no sea quedarnos únicamente en la desazón.

El riesgo de mirar estas experiencias europeas es hacerlo solamente desde el enojo: pensar en todo lo que no se hizo, en los recursos mal administrados, en las oportunidades perdidas y en las décadas de falta de continuidad. Y seguramente hay mucho de cierto en esa mirada. Pero también podemos mirar la oportunidad.

Bulnes demuestra que un pueblo pequeño, aislado y de montaña puede recibir una obra estratégica sin perder su identidad. Que la infraestructura bien pensada no necesariamente destruye el paisaje. Que el turismo puede convivir con la historia, con la piedra, con la escala humana y con una arquitectura que respeta el lugar. Que una decisión pública concreta puede mejorar la vida de los habitantes y, al mismo tiempo, abrir nuevas oportunidades económicas.

Entonces la pregunta cambia. No es solamente por qué no lo hicimos. La pregunta es qué podríamos hacer nosotros si decidiéramos planificar con esa seriedad.

¿Qué podría pasar en Villa La Angostura, en San Martín de los Andes o en tantos pueblos de la Patagonia si pudiéramos sostener obras de infraestructura con visión de largo plazo, continuidad técnica y respeto por el paisaje?

No hablo de crecer de cualquier manera. Hablo de crecer bien. De un crecimiento sano, equilibrado, con servicios adecuados, con arquitectura integrada al entorno, con eficiencia energética, con movilidad pensada y con obras que acompañen la vida real de las comunidades en vez de llegar siempre tarde.

Bulnes no me dejó solamente una postal hermosa de montaña. Me dejó una pregunta. Y quizás también una esperanza.

Si un pequeño pueblo asturiano, sin acceso vehicular, pudo mejorar su conectividad sin resignar su identidad, ¿cuánto podríamos lograr nosotros en la Patagonia si alguna vez lográramos transformar nuestros diagnósticos en decisiones, nuestras decisiones en obras y nuestras obras en futuro?

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