Pappo: Y
..que sea el rock!!
Estando en la adolescencia, la banda que tenía con mis amigos en Olivos se llamaba Coma 4 y entre los tantos covers que tocábamos siempre había un rock crudo, simple y potente que tenía que ver con una parte de la ineludible y rica historia del rock en la argentina. Alguno de esos temas que, interpretándolos, nos ponía felices y con una adrenalina difícil de igualar al mismo nivel que alguno de AC/DC, Zeppelín o Deep Purple.
Yo tenía un LP que me cautivó siendo chico desde la música y también desde la lírica en muchos de sus temas. Ese disco junto a tantas otras joyas, las guardo de alguna manera en Bs. As. en la casa de mis viejos. Disco que, estoy seguro, tiene que haber influenciado a todos los primeros heavys del país, a gente como El Reloj, V8 como así también a Divididos, La Renga y tantos otros.
Estoy hablando del trabajo que mi invitado de hoy, Norberto Pappo Napolitano grabó en 1973: Pappo's Blues Volumen 3. La banda se formó junto a Héctor Pomo Lorenzo yMachi Rufino, ese fantástico dúo (una de las mejores bases que tuvo nuestra música) que formaría meses después junto al flaco Spinetta: Invisible.
Si bien Pappo fue un tipo rústico para escribir letras, la lucidez con que expresó sus ideas (incluso en Sandwiches de Miga, que él mismo confesó que lo escribió bajo efectos del ácido) es fabulosa. Caras en el Parque, El Brujo y El Tiempo, Trabajando en el Ferrocarril, Siempre es lo Mismo Nena son temas que se escucharán siempre. Igualmente consideré este disco como ideal para iniciar a los chicos en el rock, con letras que encienden la imaginación, hasta desde la tapa te hace volar (Yo, al escuchar la voz del Carpo, pensaba que él era el del dibujo de la tapa). Pappo´s Blues Volumen 3, como Back in Black de AC/DC, no solo deberían estar en el panteón del rock, debería regalársele a cualquier pibe que llega al mundo para que vaya entendiendo por donde pasa este tema del rock duro.
Parecía feliz en su casa de Artigas y Camarones rodeado de su hermana, de su perro Cactus y de un par de amigotes de esos que todos tenemos y no piden permiso para abrir la heladera.
A pesar de haber pasado cómodo los 50 y de luchar contra una panza de veterano más que interesante, Norberto Napolitano parecía un adolescente eterno. Y como un adolescente era capaz de llevar a cabo una filosofía que manifestaba, torpe y carismáticamente, a través de frases como esta: En mi cabeza tengo cuatro botoncitos. El botón de no escuchar, el de callarse la boca, el de desaparecer y el botón de ataque. Con eso resuelvo todas las situaciones".
Ese era Pappo. El que hace mil años, a fines de los '60, huyo de Los Abuelos de la Nada porque consideraba a Miguel Abuelo un hippie como el Che Guevara; el que le puso rock al beat de Los Gatos; el que entro en los 70 endemoniado por obra y gracia de Jimi Hendrix, el Eric Clapton de Cream y Muddy Waters; el que fundó sin proponérselo una mitología a través de una personalidad monolítica y sin mayores matices: lo suyo era el rock y el blues, la casa de La Paternal, el taller mecánico de su padre, la Harley Davidson, el Chevrolet, las mujeres fáciles y, en lo posible, rubias. No mucho más.
Teni¬a, si¬, algunas búsquedas existenciales que se evaporaron pronto. Fueron las que les comentaba al inicio y que plasmó en Pappo's Blues, sin duda su banda más trascendente y por la que pasaron en diferentes momentos músicos como David Lebon, Black Amaya y Alejandro Medina además de Pomo y Machi.
Fue sucio y desprolijo. Un héroe del asfalto. Un impertinente que se hacía querer por sus mañas y admirar por sus manos. Esas manos que si no hubieran servido para tocar la guitarra, al menos lo hubieran hecho ese mecánico de cabecera de cualquier barrio al que seguro le llevás el auto. Sus canciones siempre tuvieron algo críptico hasta hermético te diría.
Durante su alucinante vida, a la vez salvaje y familiera, rutera y barrial, Pappo mantuvo cierto sentido de lo misterioso, sumado a su filosofía de mecánico.
El Carpo sabía que todo tenía una causa, sea provocada por un motor de 8 cilindros o por otra cosa. Sus letras podían ser absurdas (No puedo evitar que vengan hacia mí los sánguches de miga, Sandwiches de miga), costumbristas (Anoche hubo fiesta en el club del blues local; sentados en una mesa, con amigos de verdad, estábamos tomando vino fino natural, Blues local, 1992) o místicas (Bautizan a un niño en el nombre de Dios, descubren que tiene un ser superior.
Los pastores advierten, un don especial: él venía a salvar nuestro mundo, La espada sagrada de Riff VII).
Un gran escritor de canciones dijo alguna vez que en un buen título ya hay una buena canción. El Carpo lo supo: El brujo y el tiempo, Nunca lo sabrán, Completamente nervioso, Llegará la paz, Malas compañías, Dios devorador, vienen a la mente. Desde El rock de la mujer perdida a fines de los 60, con Los Gatos hasta ese impecable testamento de amor blusero Buscando un amor (2004), Pappo vivió y murió como mito. Tenía tanto de Hell Angel como de héroe de historieta. Pero, como era un héroe real, muchos pensaban que no podía morir.
Era más fácil esperar que hiciera algún papelón o que dijera en público eso que todos piensan y nadie se anima a decir o, a lo sumo, que volviera a dejar la música para trabajar en su taller.
Más allá de ese cuerpo en la ruta, Pappo no murió. Simplemente tomó otra ruta desconocida.
En una letra de un tema suyo que grabó Spinetta en Spinettalandia y sus amigos, él mismo lo anticipó: Adonde quiero estar es lo que no interesa. Elijo el lugar, lo tomo por sorpresa.
Hace seis años, cientos de motoqueros hacían cantar a sus motores al unísono en las inmediaciones del Cementerio de Chacarita, una especie de código para despedir a un amigo que había muerto como a ellos les gustaría morir: en una noche de verano, acelerando su moto a través de la ruta.
Otros tantos iban en caravana con sus guitarras al hombro. Y los que faltan, ya estaban en el Cementerio, viola en mano. Porque Pappo también podría haber muerto zapando un blues o en el medio de un solo. Al fin de cuentas, por eso lo conocía la mayoría. El funeral hubiera sido el mismo. El dolor o al menos la infinita tristeza se hubiera sentido igual.
Lo único indiscutible e inalterable es que aquel 25 de Febrero de 2005 se fue a otra mesa a jugar truco con John Lee Hooker, Robert Johnson, Muddy Waters, Steve Ray Vaughan y Jimi Hendrix.
No lo voy a molestar pero siempre lo voy a recordar.
Ale The Rose