CUARTA TEMPORADA:

Juguete Rabioso: En la 11° entrega, compartimos "La novia", de Patricio Denegri

En un pueblo donde el rumor pesa más que la verdad, un crimen abre la puerta a algo más oscuro: la culpa, la superstición y una noche de tormenta que no distingue entre vivos y muertos.
28/03/2026

Domingo 19:12 hs.

 

La anaranjada luz del atardecer se filtra por la puerta abierta de la comisaría y llega hasta el fondo del calabozo permitiendo que la sombra de los barrotes se le dibuje en el cuerpo a Tomás, que está sentado con los pies arriba del catre, con los codos apoyados en las rodillas, y con la cabeza escondida entre los brazos.

Las libertades, o lo desestructurado de los pueblos chicos le ha permitido a Martín, de once años y hermano de Tomás, mediante permiso del comisario que los conoce desde borregos, tener unos minutos junto a su hermano.

-Tenemos que hacer algo Tomás, no sabés las cosas que andan diciendo…

-Ya está, Martín -Tomás habla desde el fondo del calabozo, sin levantar la cabeza y con una voz exhausta.

-¿Cómo ya está boludo? Están diciendo pavadas Tomás, están diciendo que vos mataste a Gutiérrez, al Rubén, dicen que te lo llevaste puesto con la chata…

-Ya está Martín.

-¿El pueblo entero diciendo eso y vos no te vas a defender? -Martín está a punto de que se le salten las lágrimas.

Desde el escritorio de la entrada se escucha la vos del oficial:

-¡Pibito! ¡Dos minutos y arafue!

Martín se queda en silencio, las manos aferradas a los barrotes, los ojos brillosos clavados en esa imagen derrotada de su hermano. Una imagen que nunca creyó ver. Tomás había sido, y era, todo para él. Lo crió después de que sus padres murieran en un accidente, cuando volvían de la ciudad hacía ya más de cinco años atrás.

- ¿Fuiste vos? -consigue articular Martín con la voz quebrada.

Y Tomás, al menos una parte de él, se muere por decirle la verdad, de gritarle que sí, que estaba borracho, que la Silvia lo dejó, y que dobló muy abierto y que no lo vio, ¡que eran las cuatro de la mañana! ¡Que qué carajo andaba haciendo el Rubén Gutiérrez a esa hora por ahí, en el camino para el cementerio! que lo primero que pensó fue en irse a la mierda, pero no, se quedó ahí, y ahí lo encontraron, sentado en el pasto, con los ojos rojos, a unos pocos metros del cuerpo. Pero no. No puede decirle eso. No puede decirle la verdad a Martín, porque si bien ahora no levanta la cabeza y no puede verle la cara, sabe de la mirada que tienen su hermano en este mismo momento. Son unos ojos que ruegan que no. Que él le desmienta lo que en las calles del pueblo circula. Son los mismos ojos que a menudo lo miran con idolatría, los que cuando él llega de la leñera lo reciben con orgullo. Él no puede decirle a Martín que él, que  su hermano, es ahora un asesino.

Una parte de Tomás, la que planifica la excusa, rebusca en la memoria, y encuentra. Las historias junto al fogón, generalmente después del asado del domingo. Cuentos, leyendas del pueblo que al mismo tiempo aterran y encantan a su hermano pequeño.

Apenas levanta la mirada.

-No fui yo Martín. Fue la novia.

Tomás alcanza a ver la mueca que mezcla el asombro y el horror en el rostro de su hermano. Un segundo después, el oficial esta junto a él y lo obliga a retirarse.

 

*

Domingo 22:28 hs.

 

Marianela escucha los truenos desde la habitación. Le agradan, le sirven para acallar el constante cuchicheo que viene de la cocina que esta junto a su habitación. Quiere ir y mandarlos a todos a la mierda, ordenarle a los gritos que se vayan, que se vayan todos, que quiere estar sola. Pero no puede, no tiene fuerzas para levantarse, para despegarse de aquella almohada empapada por sus lágrimas. Y también sabe que no es culpa de ellos. Que ellos, sus padres, sus tíos, y sus vecinos de toda la vida, solo están preocupados por ella. Pero ese susurro constante que procura no molestarla… la está volviendo loca.

Solo quiere poder estar en silencio. Llorar. Y pensar en Rubén, su Rubén. Poder imaginarlo, dibujarlo en su mente. No puede ser verdad. No puede estar muerto. Hoy mismo, en este mismo momento, él y ella estarían saliendo de la iglesia, casados.

Marianela levanta la vista y ve el maniquí que está en el fondo de su habitación, junto al espejo. Calzado en él, el vestido que ella no usará, el vestido blanco que Rubén nunca verá. No sabe por qué, si guiada por la pena o el dolor, se deshace de su ropa y se lo pone. Y se mira en el espejo, y llora, y siente una puntada de fuego que le atraviesa el esternón. En un rapto de ira se rompe el vestido, le arranca partes, le hace agujeros. Pero nada le da paz. Se deja caer el velo sobre la cara. No soporta ver ni el reflejo de su propio rostro marcado por el dolor. Escucha los susurros de la cocina y no los aguanta más. Solo quiere estar con Rubén. Abre la ventana y los postigos de su habitación. Sale con su vestido de novia a la calle en el mismo momento en que la tormenta se desata.

 

*

 

 

Domingo 04:12 hs.

 

Rubén recorre el camino de tierra. Agradece que sea una noche cálida de primavera porque si no se congelaría. Va en calzoncillos y camina a los tumbos porque lleva los pies atados con una soga, al igual que sus manos en la espalda. Los graciosos de sus amigos lo dejaron así, atado y en paños menores en el cementerio hace como quince minutos. Le deben faltar unos quince más para llegar al pueblo. Él suponía que su despedida de soltero iba a ser brava pero no creyó que iba a terminar así. Seguro que ahora esos cuatro hijos de puta se estarán tomando una cerveza en Barrabas, el único bar del pueblo.  El viento sacude los eucaliptus enormes que flanquean el camino. El pedregullo le lastima la planta de los pies, pero aun así, nada logra ponerlo de mal humor. Mañana se casa. Y con Marianela. Rubén se distrae de lo tedioso de la marcha rememorando los meses de conquista, los años de noviazgo.

Pasa unos cinco minutos así, avanzando a paso de pingüino y con una sonrisa que se le dibuja en el rostro con cada recuerdo, cuando escucha el rugido de un motor que se acerca. Ve la luz amarillenta que se asoma por la calle que desemboca en el camino al cementerio. El rugido crece, no hay dudas que es una camioneta. Rubén se ilusiona con que sean sus amigos que regresan por él, o aunque sea un conocido que lo pueda llevar hasta su casa. La chata se aparece por entre los pajonales que crecen a las orillas de la calle, se bambolea, va a una velocidad demasiado alta, peligrosa. Dobla demasiado abierto y los faroles ovalados ciegan a Rubén. Intenta apartarse, pero con los pies atados, tropieza. Antes de caer al suelo la camioneta lo impacta de lleno en lo largo de su cuerpo. Rubén muere en el acto. Jamás se casará con Marianela.

 

*

 

 

Domingo 23:11 hs.

 

Marianela camina en el barro. Su vestido de novia se arruina. Pero a ella poco le importa. Camina en la tormenta, bajo el agua, bajo los relámpagos que iluminan el cielo, bajo los rayos que se cortan en el cielo nocturno que se esconde tras los eucaliptus que custodian su camino. El camino al cementerio. El camino a Rubén.

Su familia, la de Rubén no quiso ni velorio ni nada por el estilo. Incluso ninguno de ellos se acercó ni a darle su pésame. Ella sabe que nunca la aprobaron, y que solo acudirían a su casamiento porque amaban a Rubén. ¿Quién no amaba a Rubén?

Ahora el cuerpo descansa en la cripta de su familia. Y Marianela irá hasta allí para estar con él. Para estar con él.

 

*

 

Lunes 02:14  hs.

 

Martín aguarda. Agazapado junto al muro ennegrecido de una casa abandonada. Se resguarda allí de la tormenta que amenaza con no escampar en toda la noche. Aferra con firmeza y ambas manos una de las hachas de su hermano.

No puede decirle la verdad al pueblo. Nadie creerá que su hermano es inocente. Se reirán de él cuando afirme que a Rubén lo mató la novia. Ese espíritu vengativo de una mujer que asesina hombres para vengarse de aquel que la abandono en el altar y la condujo al suicidio. Nadie le creerá. Martín sabe que con seguridad Tomás, todo lo que él tiene en la vida, se va a pudrir en la cárcel. Ni siquiera lo tendrá cerca, se lo llevarán a una de esas cárceles de ciudad, lejos, y él no lo verá nunca más. Y Martín está harto. Harto de no tener nada, harto de perderlo todo.

Escucha algo como un susurro y levanta el hacha. ¿Puede matarse un espíritu asesino con un hacha? Se lo ha preguntado una y otra vez durante las horas que lleva escondido. No lo sabe. Ruega que sí.

Asoma la cabeza por el hueco de la pared en donde antaño hubo una ventana. El camino está hecho un barrial, hace más de dos horas que no para de llover con una fuerza inusual. No ve nada, pero cuando mira hacia su izquierda, hacia el lado del cementerio, un relámpago colabora y por apenas dos segundos puede ver con claridad una figura que regresa. Que se acerca. Lleva un vestido. Martín siente que se le congela el corazón.

El susurro se ha transformado en un lamento. La novia llora bajo el aguacero. Martín se ha arrastrado por un agujero en el muro, ha salido de la casa y ahora se esconde detrás de un árbol, oculto entre pastos largos que lo cubren. A medida que ella se acerca puede verla mejor. El vestido grisáceo, embarrado y harapiento. Los movimientos torpes, espasmódicos. El llanto continuo. El rostro oculto tras el velo y un pelo largo y oscuro que le cae desordenado sobre los hombros.

EL corazón de Martín ya no está congelado, ahora da golpes violentos como si quisiera escaparse de su propio cuerpo. Piensa en Tomás, al que no sabe si podrá volver a ver.

Martín salta de entre los pastos cuando la novia ha pasado justo por delante de él. Ella se gira sorprendida. Él da una patinada en el barro pero consigue recomponerse. Ella lanza un grito cuando ve el hacha en las manos del pequeño. Martín tras el velo, solo percibe dos cuencas oscuras y una mueca negra. Supone el rostro del horror. Y baja el hacha con todas sus fuerzas.

Martín no necesita de otro golpe. El hacha rompe el pecho de Marianela. Ella cae en el barro. Su lamento cesa, y ahora su vestido, el que nunca vio ni verá Rubén, se tiñe con el rojo oscuro de la sangre.

La tormenta no cesa, y Martín se pregunta si todos los fantasmas sangran de esa forma.

 

Lunes 02:27 hs.

 

La novia observa. Desde allí, desde el lugar en donde están los que no están. Ve al niño que bajo el agua, arrastra por el camino, por su camino, el cuerpo de una joven con un vestido de novia. Lo arrastra tirando desde los tobillos en dirección al pueblo, dejando un surco en el barro. En el pecho, la chica lleva incrustada un hacha.

Desde allí, sin todavía decidir si hacerse presente o no, la novia ve junto a aquel alma en pena, la tristeza de ambos, del vivo y de la muerta. Ve la que ni la tormenta más grande podrá disipar, y se pregunta si ya no basta, si ya no es suficiente, con tanto dolor.

 

*

 

 

PATRICIO DENEGRI. Plottier, Neuquén Argentina. Publicaciones digitales en Historias Pulp, revista Insomnia, diario La mañana de Neuquén, y en el sitio del Cedie (Centro de documentación e información educativa Alicia Pifarre). Participó en Antologías 2021 y 2022 de la editorial Ofidia.En 2021 se publicó la colección de cuentos Los perros negros no traen mala suerte. En 2023 se publicó la novela Todos los pájaros de humo. En 2025 Publicó en la Antología En el susurro de los primigenios, de Editorial Tirnanog. En 2022 fue primer puesto del concurso de cuento de ciencia ficción “De Abreu”  organizado por la “Asociación venezolana de ciencia ficción”. En 2024 ganó el segundo premio del mismo certamen.