JUGUETE RABIOSO / CUARTA TEMPORADA

En esta entrega, hoy: “La má mejor” / “Cuidado con lo que hacés”, de Valeria Wald

Entre la notificación y el presagio Entre un grupo de WhatsApp donde una mujer se admite y se expulsa a voluntad, y el inquietante mail que se envía tras la muerte de su perro, estos relatos exploran el diálogo más peligroso: el que se mantiene con una misma. Humor ácido y un trasfondo inquietante.
28/02/2026

LA MÁ MEJOR

 

Vengo a hacer una confesión: tengo un grupo de whatsapp cuya única integrante soy yo. El nombre del grupo es “Notas”, porque fue creado con el objetivo de mandarme recordatorios o cosas que me interesara guardar. Es fácil de hacer y altamente recomendable para una eliminadora de grupos serial, como yo: armás un grupo con otra persona y la echás. O la invitás gentilmente a retirarse si no querés ser alevosamente cruel. Es el famoso “no sos vos, soy yo”. Y en mi caso, soy yo, sin dudas.

Los que me conocen saben que con los grupos de whatsapp tengo una relación muy particular de amor-odio. Y tengo el sí fácil, o el no difícil. O sea, treinta y cuatro grupos de whatsapp, los acabo de contar. El mío incluido, claro.

Con el tiempo, le cambié el nombre al grupo por “la má mejor”, pensando que de esta manera el grupo iba a ser para siempre. No contaba conmigo misma y mi imperiosa necesidad de reducir la cantidad de grupos de whatsapp que me agarra cada tanto. Ya me fui no sé cuántas veces. Por suerte, cuando me arrepiento y quiero volver a entrar, siempre me admito de nuevo. Hasta ahora, claro. Quizás un día me enoje que siempre me vaya, y entonces no me admita más.

Otra cosa que me gusta del grupo es que cada vez que voy a consultarme algo siempre estoy en línea. Esa sincronía que tenemos, esa conexión que hay en ese grupo me encanta. Es de los que menos veces salgo. Y los que más me cuesta decidirme cuando me quiero ir de alguno. Sobre todo por la información valiosa que pierdo, aunque con el tiempo se va haciendo obsoleta. Al final, la idea de tener todo a mano y no tener que estar rastreando la información en cada grupo que la envía, pierde su razón de ser, porque tampoco encuentro las cosas en este grupo.

No lo borro, porque soy muy susceptible y tengo miedo de enojarme conmigo misma. Y porque le tengo cariño y me gusta la foto que lo identifica. Con salir me alcanza, total, vuelvo cuando quiero. No soy rencorosa.

 

 

CUIDADO CON LO QUE HACÉS

 

No pude callar el grito. Ahí estaba Godofredo. Su cuerpito exangüe, después de haber dado una dura batalla por sobrevivir. Clavado con crueldad a una cruz hecha con un par de perchas, lo que lo obligaba a adoptar una posición extraña, como de alguien que padeciera escoliosis, o sifosis, o alguna de esas malformaciones en la columna.

Parecía una burla del destino. Godofredo había sido un regalo de mi exmarido, en alguno de sus momentos de culpa por todos los cuernos me había metido durante el matrimonio. Me lo regaló con ese nombre horrible ya elegido y todo. Me dijo que Godofredo significaba protección de los dioses, y que si bien ya no estábamos juntos, él me deseaba lo mejor y quería que yo estuviera protegida. No supe si agradecerle o putearlo. Primero porque me sentía mucho más protegida estando si él. Sin mi ex, digo. Y sin Godofredo también. Segundo, porque no me gustan los animales, nunca quise tener uno cuando estábamos juntos por lo que no entendí si era su típica falta de registro hacia mis sentimientos o lisa y llanamente su venganza por haber tomado las riendas de mi vida y decidido que el hecho de que se hubiera acostado con casi la mitad del sector femenino de mi familia ya era suficiente para mí. Pero el bicho no tenía la culpa y me miraba con una ternura que me derritió. Paradójicamente, viniendo de mi ex, los perros son el emblema de la fidelidad, así que no tuve más remedio que aceptarlo en mi nueva vida.

Verlo así, muerto de esa forma, sin entender quién podría haber hecho algo semejante, fue devastador. Fui a la cocina y me preparé un sándwich de mortadela para superar la muerte del animalito. Abrí una lata de cerveza que me tomé de un solo trago. El alcohol no es lo mío, así que al toque fui al baño. No me decidía en los pasos a seguir: hacer pis y vomitar, eso seguro. Lo que no me quedaba claro era el orden, porque además estaba un poco mareada y con unas terribles ganas de acostarme a dormir. No lo dije, pero la cerveza me da mucho sueño. Una vez resuelto el tema de qué líquido expulsar primero de mi cuerpo, más liviana, pasé por el living evitando mirar a Godofredo, que seguía ahí, colgado de la pared en su cruz, como un Jesús del mundo mascotil. Antes de que me agarraran náuseas otra vez, me acosté a dormir.

Me desperté a las cuatro horas, con el ferviente deseo de que todo hubiera sido un mal sueño y Godofredo no estuviera ahí. No sabía qué hacer con él. No me quería ni acercar. Confieso que tenía la ilusión de que si esperaba tres días iba a resucitar y despertarme a lengüetazos como era su asquerosa costumbre. Mi exmarido sí que sabía cómo molestarme.

En ese estado alterado abrí mi casilla de mensajes de mails. Tenía un montón de mensajes atrasados, pero hubo uno que llamó inmediatamente mi atención porque me lo había mandado yo misma. Lo abrí, sorprendida: “cuidado con lo que hacés”, decía.

Me respondí: “obvio, yo siempre tengo cuidado con lo que hago, muchas gracias por avisarme de todos modos”. Lo envié. Chequeé el resto de los mensajes y me fui a resolver qué hacía con el pobre Godofredo.

 

 

VALERIA WALD (Buenos Aires, 1970). Es actriz egresada de la Escuela Nacional de Arte Dramático (ENAD), profesora de inglés y traductora literaria (IESLV "J.R. Fernández"). Publicó los poemarios Cuando despertemos (2021) y Una noche entera (2025), y la novela ilustrada Más que nunca vivos (2022). Textos de su autoría integran la antología Papeles de la pandemia (Letralia) y su cuento "La quinta" obtuvo una mención especial de la Biblioteca Popular José Ingenieros. Actualmente estudia Artes de la Escritura en la UNA y trabaja en sus novelas inéditas Pozo ciego e Inconsciente colectivo.