TERCERA TEMPORADA
Juguete Rabioso: hoy compartimos "El perseguido" de Bernabé de Vinsenci
EL PERSEGUIDO
Me escondí en el baño de la estación de servicio. Cerré el pasador y apoyé mis cien kilos contra la puerta. Escuché a la mujer de limpieza:
-Fíjese en el baño -dijo-. Me pareció verlo entrar.
Era él. No lo tuteó. Pero supe que era él. Por el saco y la corbata, tal vez merecía que lo trataran de usted. En el pueblo, además, nos tuteamos con desconocidos. Somos así. Todos nos conocemos. Una vez nos visitó el Gobernador Antúnez a pocos días de que ganar las elecciones y un chico de cuatro años, sobrino del viejo Peralta, le dijo con los cachetes paspados por los mocos: “Uté e’ un viejo puto”. En vez de retarlo, la madre le explicó a Antúnez que el chico estaba aprendiendo a hablar.
-Ya pide ir al baño -dijo riendo, y le sacó los mocos con la manga del pulóver-. ¿No, chiquito de mami?
-E’ un viejo puto -repitió el chico.
Buscaba conversación en la esquina del Teatro Avenida. Tenía revistas sobre la Biblia en la mano. La gente que pasaba al lado, lo ignoraba y fingía apuro. ¿Qué apuro puede tener alguien que vive en Balcón del Mar? Balcón del Mar es un pueblo de veinte cuadras a la redonda. El tipo llegó una noche a la terminal de ómnibus; traje negro, corbata, 32 maletín. Parecía un inversionista venido a menos. Al otro día, cuando salió el último colectivo, no subió. Se quedó en Balcón del Mar y no se fue.
Cuando pasaba por la esquina del Teatro Avenida y lo veía, cruzaba de vereda... “Jesús es la salvación, Él nos ama, vino a rescatarnos”, gritaba. Me ponía nervioso. Desde la vereda de enfrente me seguía con la mirada. Lo hacía con disimulo y una especie de rabia contenida. Entonces yo apuraba el paso.
En el baño, escuché el taconeo de los zapatos. Me puse blanco. Se me aflojó el cuerpo. Me aferré a la puerta. Escuché que abrió la canilla. Por la rendija lo vi: se acomodó el pelo y se miró al espejo. Silbó una canción de Los Palmeras. -¿Pensás que no sé que estás ahí? -dijo, y se paseó de un lado a otro. Tragué saliva y un nudo en la garganta me ahogó-. No me diste bola, ¿te das cuenta? Nunca me das bola.
Fue la primera vez que lo vi en otro lugar que no fuera la esquina del Teatro Avenida, cara a cara. Le dije “no, gracias, disculpá” y seguí caminando. Yo estaba apurado y, de los nervios y el apuro, me perdí por calles que no conocía. Me siguió y entonces corrí. Crucé semáforos. Él los cruzó, igual que yo, y esquivó autos y bicicletas, hasta que encontré la estación de servicio.
Le faltaban algunos dientes. Los que tenía estaban amarillos y manchados de caries. Las pupilas eran negras, grandes, redondas.
-¿Me escuchás? No te hagas el tontito -dijo y apoyó el maletín negro en la pileta de mármol-. Acá -siguió, y me revoleó una Biblia por arriba de la puerta. Cayó delante de mis pies. PROHIBIDA SU VENTA, Traducción Reina Valera, 1964, leí.
Un ruido de pasos me llamó la atención. Era la de limpieza. Apoyó el balde y el secador en el piso y dijo “buen día”. Vio el baño ocupado. Pidió disculpas y se fue. Pude pedirle ayuda, pensé después. Pero en Balcón del Mar la gente no se mete en los problemas de los demás.
-Cuento hasta tres -me amenazó.
-Pará -dije-, ¿qué querés?
-Uno… -empezó.
-¿Qué querés?
-Dos…
-¿Qué te hice, loquito? -dije-. ¿Querés plata? ¿Eso querés? No tengo.
-Tres -se acercó y se tiró contra la puerta. Justo yo lo estaba espiando por la cerradura. Caí hacia atrás como un peso muerto. Me di la cabeza contra el borde del inodoro. Instantáneamente me desmayé. Al rato desperté mareado. Le vi las pupilas negras, grandes. Estaba agitado, no podía respirar. Quise levantarme. El mareo del golpe o el susto no me dejó. Caminaba sobre un hilito a cincuenta metros de altura: algo peor que el vértigo. Veía borroso. Como si llevara anteojos de aumento.
-Hola -escuché. La puerta se abrió y dejó entrar unos rayos de luz.
Al verlo, se me aflojaron las piernas.
-No soy lo que crees -dijo mientras se sostenía de la pared, arriba del espejo-. Soy...
-¿Quién? -me toqué el chichón de la cabeza, parecía un huevo de avestruz-. ¿Quién sos? No entiendo.
-Soy… -dijo-. No me hagas decírtelo.
-¿Sos vos…? -le seguí la corriente-. No sabía. Así que sos vos.
-No, pelotudo. Soy…
-Creí que eras vos, pero decís que no, ¿entonces? -me saqué una zapatilla y se la tiré. En las pupilas negras vi reflejada la zapatilla rodando por el aire-. No sé quién sos, entonces.
-¿Ves lo que soy? ¿Ves, eh? -tenía los ojos brillosos como un alienígena-. ¿Te das cuenta? Decime.
Se me acercó. Estiró una pata y, bañándome de fluido, me acarició la cabeza:
-Ahora me entendés, ¿no? -hablaba con ternura-. Dale, decime -le iba a mentir, “Yo nunca te di charla porque andaba apurado”, “La vida nos quita tiempo para hacer amistades, te roba todo, te pido perdón”.
-¿Por qué siempre andás con una Biblia? -le pregunté y me acordé de “Jesús no ama, Él es la salvación, vino a rescatarnos”.
-Dios salva -dijo-. Jesús nos va a rescatar de pestes y hambrunas.
El traje lo convertía en una persona honesta, respetable; el maletín y las revistas le daban oportunidad de charlar con gente.
-¿Y qué sos, entonces? ¿Pastor? -quizás era mormón. También lo había visto sacar charla para pedir cigarrillos o dinero. Me dio la sensación que podía ser un residente de la Clínica Mental Pichón Riviére.
-No. No falta mucho -con la nariz tomó agua del inodoro-. ¿Qué opinás? ¿Me ves como Pastor?
-¿Tenías sed, eh? -dije, y miré restos de papel higiénico flotando-. ¿Tiro la cadena… querés?
-La hubieses tirado antes -con una mano se secó el pico.
-¿Sabés una cosa?
-¿Qué?
-Por gente como vos pierdo el gusto y el olfato. Empiezo a ver la realidad como si tuviera una telita gris en los ojos.
-¿Como anteojos ahumados?
-No, más oscuro -dijo-. ¿Viste cuando mirás mucho el sol? Así. Mi padre fue ciruja -dijo de golpe-. Yo de chico… -se interrumpió.
-¿Cómo? ¿cirujano…?
-No, ciruja -no me importaba si fue ciruja o cirujano. Me refregué los ojos. Me parpadeaban-. Compraba chatarras. Esas cosas. Me acordé del chino de Crónica TV. De cuando dijo “eh, masomeno” a la pregunta del periodista “¿a usted le parece bien lo que hace?”.
-En qué pensás -dijo.
-No sé… en nada. -dije-. ¿Tengo que pensar en algo?
-¿Te doy miedo, eh? Decime -alguien golpeó la puerta-. Decime si te doy miedo.
-¿Se puede? -era la de limpieza-. En cinco minutos termina mi turno y tengo que dejar el baño limpio.
Me miró como cada vez que lo cruzaba en la esquina del Teatro Avenida.
-Hablá vos. Salí, inventá algo. Sé pillo.
-¿Por qué yo? -dije en voz baja-. Vos me metiste en esto, loco.
-¿Se puede? -insistió la mujer. Espié por la cerradura. Llevaba un balde. Olía a lavandina y desinfectante.
-Disculpe. Todavía no terminé “el trámite” -dije-. Hay que hacer algo.
-No sé. ¿Hacer qué? No tengo la más puta idea. No se me ocurre nada.
-¿Te leo un versículo? Te leo un versículo y vemos qué pasa, ¿dale? -a esta gente se la pone a prueba en momentos así, pensé.
-Me da miedo -dijo y largó más fluido.
Agarré la biblia. La hojeé, vi un pasaje subrayado, y leí:
PORQUE NO HAY NADA OCULTO QUE NO HAYA DE SER MANIFESTADO; NI ESCONDIDO, QUE NO...
No terminé de leer que sentí un golpe en la cabeza. Un golpe seco, parecido a un garrotazo. Me desplomé en el piso. De eso me acuerdo.
La mujer de limpieza tanteó el picaporte, desesperada. También me acuerdo.
-Señor, ¿está bien? -dijo y daba puñetazos a la puerta.
Abrí los ojos. Estaba solo, tirado en el piso. Un rayo de sol me entibiaba la frente.
-¿Necesita ayuda, señor? -insistió la mujer y tanteó otra vez el picaporte.
Me acomodé el pelo. Quise tomar un cuarto de Clonazepam, me fijé en el bolsillo, pero no tenía más.
-Me quedé dormido -respondí-, enseguida salgo.
En la calle, un tipo me interceptó de atrás. Me asusté. Un nudo en la garganta me quitó la voz. Caminé. Me perdí entre la gente, por calles que no conocía. El tipo me siguió. Cuando corrí, él también corrió. Crucé semáforos en rojo -sin importarme nada ya- y él los cruzó, esquivando autos y bicicletas. Vi una estación de servicio. Pensé que sería un buen lugar y me escondí.
-¿Pensás que no sé que estás ahí? -dijo una vez que estuve dentro del baño-. Nunca me diste bola, gil. Ahora me vas a tener que escuchar. Jesús salva, ¿sabés? Él va a rescatarnos, de pestes, hambrunas…
***
BERNABÉ DE VINSENCI nació en Saladillo en 1993. Vivió durante dieciocho años en El Hogar de Niños Golondrinas. Luego en La Plata y Rosario. En la ciudad de Rosario publicó su primer libro de poemas La trama esquizoide (2013). Entre otros libros publicó, en poesía, La trama de los padecientes (2019). Junto a Yuca musicalizó en clave de punk algunos poemas (ver en YouTube “Lxs Padecientes”). En narrativa, publicó También este infierno temerás (Casagrande Editorial, 2023). A principios del próximo año, la editorial Agnes publicará “Extracción de la piedra”, un cuento largo de ciencia ficción. Ediciones Periféricas (Chile) prepara Diario del tonto de Sala City, un diario de crónicas y alucinaciones que narra la desigualdad y el vivir off-side del statu quo agro bonaerense.