CUARTA TEMPORADA
Juguete Rabioso: hoy compartimos "La Alarma", de Santiago Darío López
“Tu alarma sonará en 3 horas 23 minutos”.
Apagó la pantalla y dejó el celular cargando sobre la mesita de luz. Bostezando se giró en la cama en una oscuridad tan absoluta, que hubiera dado lo mismo si hubiera tenido los ojos abiertos o cerrados, pero él los tenía abiertos.
Aquellas noches había estado particularmente inconforme con la vida… con su vida. Iván había comenzado su carrera laboral hace 24 años, como bachero en un restaurante, meses después y solo a causa de su larga insistencia, lo ascendieron a mozo. Allí estuvo unos 9 años hasta su despido resultado de una escandalosa discusión que mantuvo con un importante cliente al principio y que terminó luego en la oficina con su jefe, todo en la misma fatídica noche. Iván se había iniciado en los puestos más bajos y, muy a su pesar, ahí se mantuvo toda su vida. Nunca se amigó con la idea de que quizá estaba predeterminado psicológicamente solo a esos puestos y que inútil sería aspirar a cargos superiores, por esta negación es que Iván siempre trató de imponer su dignidad en todo momento y tarea, aunque esto le significara albergar una fuerte frustración.
Pasados unos meses de aquel episodio en el restaurante, finalmente encontró trabajo en un hotel de egresados en el sector de limpieza, el horario rotativo le trajo algunas dificultades para dormir hasta el día de hoy, pero eso es secundario. A quienes realmente padece es a los estudiantes, todas las noches los ve allí eufóricos, con una alegría molesta, exaltada y según Iván hasta fingida. Cada 7 noches, nuevos estudiantes, los mismos disfraces, el mismo boliche, los mismos gritos, preservativos usados, etc. Pero los baños… con los baños ocurría algo curioso, a Iván le costaba creer lo que veía al entrar en ellos: era el absurdo mismo en forma de mierda, de todas las texturas y colores, mierda en el piso detrás del inodoro, mierda dentro del bidet, pero no de la líquida, de la sólida, la que no se va por el desagüe con un baldazo de agua, cada azulejo del piso y de las paredes estaba meticulosamente ensuciado.
Para Iván no había descuido allí, no había caos, había intención, era poco menos que un mensaje, una gran metáfora escatológica que dejaba en claro quienes estaban por encima y quien por debajo. Semana a semana durante años los huéspedes le recordarían esto dentro del hotel, mientras que él se encargaría de hacerlo todas las noches en su cama. Ya había acumulado en su cuenta de banco bastantes años de humillación, esa humillación que está socialmente aceptada, de la “deseable”, la que está bien vista por la gente, sobre todo por la gente de clase alta y, aun así, no eran suficientes para retirarse y dejar de limpiarle el culo a cuanto patrón se lo pague.
Cerró los ojos e intentó dormir. De hecho, lo logró, durmió unos treinta minutos hasta que unos gritos desesperados lo sobresaltaron, en la oscuridad encendió la pantalla de su celular iluminando su fruncida cara, marcaba las 03:17, tardó en determinar si habían provenido de una de sus habituales pesadillas o si venían desde la calle, otra vez alguien gritó, con pereza pero intrigado se asomó a la ventana de su monoambiente en el tercer piso, pero no había nadie, una vez más, ahora se oían claramente en la esquina, desgraciadamente no tenía visión hasta allí, más gritos, quizás de dos o hasta tres personas diferentes, más despierto que nunca se mantuvo observando con todas las luces apagadas para no ser advertido, hasta que iluminado por la luz naranja de la calle, pasó un joven de unos veinte años aproximadamente, piel blanca, cabello claro y bien vestido, llevaba de esas camperas infladas de esas marcas europeas que tantas veces vio en su trabajo, corría torpe y descoordinado, como si estuviese golpeado, a pocos metros lo perseguían cinco hombres jóvenes, la frenética fuga terminó en mitad de la cuadra a metros del local abandonado donde cada dos por tres, la policía venía a sacar a los adolescentes o gente sin hogar que allí se reunían a drogarse. Con una zancadilla lo tiraron y tapándole la boca lo metieron sin perder tiempo, al parecer conocían muy bien ese local.
A estas alturas Iván tenía la adrenalina por las nubes, en un primer impulso tomó su celular para dar aviso a la policía, pero se detuvo un instante, miró las ventanas del edificio de enfrente con el tono de la llamada en curso aun en el oído, al parecer solo él estaba despierto a esas horas y, por lo tanto, era el único que había visto toda la escena, cortó. Volvió a apagar la pantalla de su celular y lo apoyó torpemente en su mesita de luz sin quitar la mirada de lo que pasaba allí abajo. Ya lo habían metido entre forcejeos, patadas al aire y golpes.
Quizás a causa de esto es que habían sido tan descuidados al cerrar la destartalada puerta, ya que ésta se había abierto permitiendo que los quejidos se oigan, aunque tenues, desde donde estaba Iván. Se oía como por momentos la víctima lograba liberar su boca para soltar un grito fuerte el cual era rápidamente acallado, tal vez con la palma de una mano, volvía a soltar un quejido corto pero interrumpido casi al instante, como lo hace una rodilla cayendo violentamente en el pecho, quitándole todo el aire. Iván supo que, si alguien tenía que hacer algo era él, el único testigo del infortunio de aquel rubio muchacho.
Tenía las pulsaciones aceleradas y sentía una energía sobrehumana que no había sentido jamás, se colocó las zapatillas y el pantalón corto y bajó ruidosamente decidido hacia la vereda, al cruzar la calle sigilosamente, volvió a observar las ventanas del edificio de enfrente, no había nadie. Cuidaba cada paso que daba evitando tropezar o pisar algo que pudiera hacer ruido, en cada paso que lo acercaba más y más a la puerta, rogaba porque no saliera ninguno de los delincuentes.
En el estado de exaltación que atravesaba Iván, sus sentidos estaban más finos que nunca y él mismo no se explicaba cómo nadie más oía los sonidos de desesperación que emitía el joven. Al llegar a la puerta apoyó las manos en la pared y acercó la cabeza al borde del marco, pero con cuidado de no sobrepasarlo para que desde adentro no lo vieran, no se oía ningún ruido cercano, todos los que se oían provenían del fondo del ruinoso local. Se animó a asomarse, no había nadie, se dio vuelta para observar una vez más todas y cada una de las ventanas de los edificios, ninguna tenía luces prendidas, ninguna tenía cortinas corridas ni siquiera parcialmente, volvió a mirar hacia el interior del local, nadie se había quedado cuidando la puerta, señal de que no tenían mucha experiencia. Levantó la mano y temblorosa la extendió al interior, debería haber dado un paso para llegar cómodamente a agarrar el picaporte, pero en lugar de eso, se sostuvo de la pared con los dos pies juntos y se extendió tanto como pudo hasta tomarlo, la puerta se encontraba abierta de par en par, con su transpirada mano en el picaporte, miró por última vez hacia el interior, se oía al muchacho rubio intentar gritar, aunque ahora con menos ímpetu, como si finalmente hubiera aceptado su destino. Iván cerró la puerta lentamente y con un leve tirón hacia arriba se aseguró de que la dañada cerradura encaje y quedara trabada para que ya no pudiera abrirse sola y que nadie pudiera oír los cada vez más tenues gritos. Volteó, las ventanas estaban allí, igual que antes, vacías… igual que él lo estaba hace 15 minutos, pero no ahora, ahora tenía algo por lo que aguardar, algo como una semilla, una negra semilla germinando en este preciso momento, algo como una justicia poética o mejor aún, una venganza, que no es otra cosa que la justicia que uno mismo se proporciona, lo que la hace aún más satisfactoria.
Volvió a cruzar la calle y subió las escaleras hasta su monoambiente, pero a diferencia de cuando bajó, esta vez lo hizo con sumo sigilo para asegurarse de no despertar a nadie, de no ser oído ni siquiera por los perros, cerró lentamente con llave en la oscuridad y se acurrucó calentito en su cama, se sentía liviano, como con un verde brote de alegría en el pecho que florecería en unas pocas horas en brillantes colores, tomó su celular y seleccionó la alarma que había activado hacía unos minutos, había decidido que faltaría al trabajo, que sería despertado por las sirenas de la policía y de la ambulancia a la hora que ellas consideren indicada y entonces se asomaría a la ventana y disfrutaría de que por un momento no sería él, el que estaría allí abajo, por un pequeño instante él sería el que observaría desde arriba y se regocijaría por dentro cosquilleándole las entrañas, aunque por fuera solo media sonrisa se le dibujara en el rostro, pero eso sería en unas cuantas horas. Tocó la pantalla. “Todas tus alarmas están desactivadas”.
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SANTIAGO DARÍO LÓPEZ.
Nacido en San Carlos de Bariloche (1989), su primer acercamiento a la literatura fue una vieja biblioteca de madera que tenía su madre, llena de libros muy distintos entre sí. Entre esos estantes empezó a leer sin demasiado orden, y así nació su interés por la literatura. Ese mismo entusiasmo lo llevó a la escuela, donde pasaba bastante tiempo en la biblioteca, leyendo y ampliando sus primeras lecturas. Ya en su adolescencia, ese recorrido se cruzó con la música. El Rap fue un espacio de aprendizaje importante, donde incorporó nociones de ritmo, estructura y cuidado por la palabra. Cuando esa etapa fue quedando atrás, la escritura siguió siendo un lugar propio. Ya entrados sus treinta años, el interés por la literatura volvió a despertar una vez más. Ese regreso se dio primero desde la poesía, a partir del descubrimiento de sus autores y de la lectura de sus obras, y luego desde el cuento.