CUARTA TEMPORADA – ÚLTIMA ENTREGA
Juguete Rabioso: Hoy compartimos "Un Fiat rojo", por Carlos Chavez
Me llama Rolando. Hace años que no lo veo pero su urgencia trasciende el teléfono. Se niega a decirme para qué quiere verme pero entiendo que no le puedo fallar.
¿Se estará muriendo? ¿Necesita plata? ¿Tuvo un hijo? ¿Se habrá separado? Me entusiasma imaginar cada alternativa y voy pensando escenas acordes con esa realidad. Seguro que ocurren todas, cada una en su dimensión.
Me pasa una dirección pero cuando estoy llegando los vecinos me advierten de que la cita es en un barrio peligroso, así que estaciono en los bordes. Dejo mi auto, un Fiat 600 rojo en una vereda. Estoy realmente angustiado porque tengo que cumplir con ver a mi amigo pero para entrar al barrio hay que tener cuidado y se me ocurre que lo mejor es dejar mis tarjetas y el efectivo en un lugar seguro. No conozco a nadie por la zona pero la estación de ferrocarril está cerca; voy caminando apurado mientras miro cómo en las esquinas se abren un poco las moles de los viejos edificios y se alcanzan a ver las lejanas construcciones de la capital, reflejando el sol en sus vidrios. El destello llega hasta aquí.
La estación es lúgubre y llena de gente, es un túnel que conserva en pocos lugares los azulejos que de todas maneras ahora están sucios y descascarados, hay mucha gente caminando por todo lados porque todavía no llego al andén a pesar de que hace largo rato que camino, me consuelo pensando que por suerte es una terminal y no una estación de trasbordo en donde seguramente habría mucha más gente. Por fin llego a la boletería. Mi plan es que alguno de los que atiende cuide mis cosas de valor para que nadie me las pueda robar en el barrio al que tengo que ir. Le pregunto al de la primera ventanilla que encuentro pero me dice que él ya termina su turno, que pregunte en la de al lado que la chica se queda hasta las diez. Espero terminar para esa hora, así que me asomo ya sacando mi billetera sin hacer caso de la multitud que no para de circular a mi alrededor. Cuando le pregunto a la empleada me dice que sí, que ella hoy se queda hasta las diez. Miro mi tarjeta y veo que la de débito está muy gastada, mi nombre casi no se lee y parte del plástico transparente que la recubría está salido pero persistentemente unido formando unos rulos extraños en la superficie. Voy a tener que pedir un cambio al banco lo más pronto posible. Pienso que tal vez la empleada de la estación no quiera cuidarla con el pretexto de que no se lee bien el nombre y qué sabe ella si después la devuelve a la persona correcta, pero finalmente no pasa nada, apenas la mira. Tal vez mucha gente le pide que le guarde sus cosas por un rato, especialmente en las proximidades de semejante barrio.
De pronto pienso que tal vez ya se robaron mi auto. Si bien no lo dejé puntualmente en el barrio, está muy cerca de su zona de influencia y no les costaría nada caminar unas cuadras; así que prácticamente tiro mis cosas a través de la ventanilla, tengo que apurarme para llegar antes de que se lo lleven, no me acuerdo si dejé las llaves de mi casa adentro y comprobarlo en el camino me haría perder un tiempo precioso porque además tengo que esquivar a los pasajeros que acaban de llegar en un nuevo tren desde la capital. No es hora pico ni nada pero hay mucha gente que terminó su turno de trabajo y también mucha que necesita llegar para tomar servicio y prefiere tomar el tren para que no le roben el auto.
Me llama Rolando. Hace años que no lo veo pero su urgencia trasciende el teléfono. Se niega a decirme para qué quiere verme pero entiendo que no le puedo fallar.
¿Se estará muriendo? ¿Necesita plata? ¿Tuvo un hijo? ¿Se habrá separado? Me entusiasma imaginar cada alternativa y voy pensando escenas acordes con esa realidad. Seguro que ocurren todas, cada una en su dimensión.
Me pasa una dirección pero cuando estoy llegando los vecinos me advierten de que la cita es en un barrio peligroso, así que estaciono en los bordes. Dejo mi auto, un Fiat 600 rojo en una vereda. Estoy realmente angustiado porque tengo que cumplir con ver a mi amigo pero para entrar al barrio hay que tener cuidado y se me ocurre que lo mejor es dejar mis tarjetas y el efectivo en un lugar seguro. No conozco a nadie por la zona pero la estación de ferrocarril está cerca; voy caminando apurado mientras miro cómo en las esquinas se abren un poco las moles de los viejos edificios y se alcanzan a ver las lejanas construcciones de la capital, reflejando el sol en sus vidrios. El destello llega hasta aquí.
Imagen 2
La estación es lúgubre y llena de gente, es un túnel que conserva en pocos lugares los azulejos que de todas maneras ahora están sucios y descascarados, hay mucha gente caminando por todo lados porque todavía no llego al andén a pesar de que hace largo rato que camino, me consuelo pensando que por suerte es una terminal y no una estación de trasbordo en donde seguramente habría mucha más gente. Por fin llego a la boletería. Mi plan es que alguno de los que atiende cuide mis cosas de valor para que nadie me las pueda robar en el barrio al que tengo que ir. Le pregunto al de la primera ventanilla que encuentro pero me dice que él ya termina su turno, que pregunte en la de al lado que la chica se queda hasta las diez. Espero terminar para esa hora, así que me asomo ya sacando mi billetera sin hacer caso de la multitud que no para de circular a mi alrededor. Cuando le pregunto a la empleada me dice que sí, que ella hoy se queda hasta las diez. Miro mi tarjeta y veo que la de débito está muy gastada, mi nombre casi no se lee y parte del plástico transparente que la recubría está salido pero persistentemente unido formando unos rulos extraños en la superficie. Voy a tener que pedir un cambio al banco lo más pronto posible. Pienso que tal vez la empleada de la estación no quiera cuidarla con el pretexto de que no se lee bien el nombre y qué sabe ella si después la devuelve a la persona correcta, pero finalmente no pasa nada, apenas la mira. Tal vez mucha gente le pide que le guarde sus cosas por un rato, especialmente en las proximidades de semejante barrio.
De pronto pienso que tal vez ya se robaron mi auto. Si bien no lo dejé puntualmente en el barrio, está muy cerca de su zona de influencia y no les costaría nada caminar unas cuadras; así que prácticamente tiro mis cosas a través de la ventanilla, tengo que apurarme para llegar antes de que se lo lleven, no me acuerdo si dejé las llaves de mi casa adentro y comprobarlo en el camino me haría perder un tiempo precioso porque además tengo que esquivar a los pasajeros que acaban de llegar en un nuevo tren desde la capital. No es hora pico ni nada pero hay mucha gente que terminó su turno de trabajo y también mucha que necesita llegar para tomar servicio y prefiere tomar el tren para que no le roben el auto.
Imagen 3
Trato de recordar el camino de vuelta desde la terminal hasta el lugar en donde estacioné pero el contraluz de la tarde casi noche no me permite identificar correctamente las calles, no todas tienen un cartel con el nombre y en realidad hay muchas esquinas parecidas, hay cafés que dejan ver parcialmente la transmisión del fútbol y la gente se detiene en las ventanas porque como es un horario casi laboral muchos no llegan a su casa antes de que termine el partido y también hay escuelas de las que salen niños directamente a los brazos de sus padres aunque también hay quienes se quedan hablando en la vereda y más adelante hay iglesias con limosneros y señoras que todavía cubren su cabeza con redecillas y algunas tienen los ruleros puestos porque tal vez se estén preparando para la boda que pronto se celebrará porque ya veo venir los autos adornados con cintas de colores y fotógrafos que disparan para todos lados y gente muy elegante que viene consumiendo unos bocadillos que parecen muy ricos a pesar de que son mezclas extrañas, tan extrañas como pera granos de café enteros queso y pimienta o uvas con tomates cherry y cuero de buey unos cocineros exquisitos que estuvieron estudiando muchos años en Europa.
Cuando finalmente llego es como si hiciera coincidir la foto mental que saqué con el lugar donde estacioné, frente a una farmacia y me acuerdo que debería cambiar el cepillo de dientes de mi gato. Entro y cuando voy a sacar número no encuentro el dispensador, que normalmente está junto a la puerta, y por lo general es de plástico rojo aunque los he visto amarillos me parece, uno de los empleados me dice que no es necesario, que él me atiende, gracias, le digo, de nada, ¿es tuyo el fitito rojo? sí, le digo, ah, porque yo tengo uno igual, hoy no lo traje porque lo llevé al taller a cambiarle el embrague, mirá que muchas veces no es necesario le digo, es verdad pero le tengo confianza al mecánico me dice, que suerte que tuviste, me dice, acá cerca hay un barrio muy peligroso, no te robaron el auto porque pensaron que era el mío.
Trato de recordar el camino de vuelta desde la terminal hasta el lugar en donde estacioné pero el contraluz de la tarde casi noche no me permite identificar correctamente las calles, no todas tienen un cartel con el nombre y en realidad hay muchas esquinas parecidas, hay cafés que dejan ver parcialmente la transmisión del fútbol y la gente se detiene en las ventanas porque como es un horario casi laboral muchos no llegan a su casa antes de que termine el partido y también hay escuelas de las que salen niños directamente a los brazos de sus padres aunque también hay quienes se quedan hablando en la vereda y más adelante hay iglesias con limosneros y señoras que todavía cubren su cabeza con redecillas y algunas tienen los ruleros puestos porque tal vez se estén preparando para la boda que pronto se celebrará porque ya veo venir los autos adornados con cintas de colores y fotógrafos que disparan para todos lados y gente muy elegante que viene consumiendo unos bocadillos que parecen muy ricos a pesar de que son mezclas extrañas, tan extrañas como pera granos de café enteros queso y pimienta o uvas con tomates cherry y cuero de buey unos cocineros exquisitos que estuvieron estudiando muchos años en Europa.
Cuando finalmente llego es como si hiciera coincidir la foto mental que saqué con el lugar donde estacioné, frente a una farmacia y me acuerdo que debería cambiar el cepillo de dientes de mi gato. Entro y cuando voy a sacar número no encuentro el dispensador, que normalmente está junto a la puerta, y por lo general es de plástico rojo aunque los he visto amarillos me parece, uno de los empleados me dice que no es necesario, que él me atiende, gracias, le digo, de nada, ¿es tuyo el fitito rojo? sí, le digo, ah, porque yo tengo uno igual, hoy no lo traje porque lo llevé al taller a cambiarle el embrague, mirá que muchas veces no es necesario le digo, es verdad pero le tengo confianza al mecánico me dice, que suerte que tuviste, me dice, acá cerca hay un barrio muy peligroso, no te robaron el auto porque pensaron que era el mío.
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CARLOS CHÁVEZ (Buenos Aires, 1961). Su inclinación por las letras lo marcó desde la más temprana infancia, por eso lo llamaban "el itálico" pero con los años se engrosó y oscureció por lo que ahora es conocido como "el negrito"
Amplio, luminoso, con dependencias. Miembro fundador del colectivo Alamberse, sin embargo al momento de escribirse esta biografía su obra permanece inédita. Tal vez sea mejor.