“Recuerdos, observación, locura”

En su segunda entrega, Federico Watkins reseña tres obras de “literatura del yo”. Scott, Zina e Iuso despliegan “el poder de la connotación: cómo cada persona elige contar desde su mundo”.
“Recuerdos, observación, locura”
03/01/2022

Por esas cosas de la vida se me superpusieron estos tres libros, tres ejercicios del yo tan poderosos como distintos: Cassette virgen, de Edgardo Scott, Íntima distancia, de Alejandra Zina y Otro panorama de libertad, de Guillermo Iuso.

Motivado por la extraña coincidencia, fui enhebrando su lectura y los geolocalicé: Scott en mi mesa, Zina en el bolsillo del asiento del conductor, Iuso en la mesa de luz. Así avanzaba en paralelo. Bueno, eso es lo que me acuerdo, pero también que he subido al auto con el de Scott y he llevado el de Iuso en la mochila. La memoría es así, caprichosa: ¿Por qué, si no, Scott elige contarnos sobre Adriana, su octogenaria vecina de cuando tenía el consultorio en Colegiales, por sobre el resto de los que ahí vivían, incluyendo un loco solitario, muy alto, o una señora que parecía una cantante de tangos? La rescató a ella antes que a los otros (“sé que tarde o temprano, como un terreno frágil e inestable, se derrumbarán hacia el olvido”).

Adriana, que ya no existe más en el plano de los vivos, sigue existiendo. Para siempre, o hasta que el sol nos trague o Kim Jong-un se levante con el culo torcido y empiece a los bombazos. Como esa vieja china, o japonesa, o coreana, no se sabe bien, que Zina ve siempre que pasa por Guardia Vieja, y que también estará para siempre en el papel, aunque yo creo que la autora vislumbró algo más, la vio inmortal, la vio guardiana del reloj: “Pero la mujer no parece mirar a la gente, yo paso siempre delante de ella y creo que nunca me miró. Se mantiene de pie, a la sombra de los paraísos y las tipas, cerca de los gatos y el empedrado, viendo pasar el tiempo”.

“Dudaba de mí pero no del miedo que sentía” dice Iuso, el capo de Iuso en las primeras páginas de su libro, asustado por un fantasma que cohabita su residencia en Ecuador. Me gusta pensar ese dudar como el ánimo de todo el libro. La dirección frenética que siguen todas las memorias alcohólicas: medio borroso todo pero para adelante.

Cada uno tiene su destino, de todos modos: Scott parece volver a esos relatos de corte autobiográfico, lados b del casette de su vida como escritor, no tanto para regresar a ese pasado sino como forma literaria de cruzar el océano desde París (vive ahí hace 5 años) y volver a Lanús, a Bernal, a ese triángulo donde la estatua de un soldado parece haberse rajado solita. Zina es una observadora de lo que sucede en su casa, lo que sucede afuera, y recreadora de eso que su corazón vio y su inquietud intervino (“La infancia tiene esa forma de ser minuciosa, perpleja y leve, donde las preguntas se repiten como si nunca se hubiesen pronunciado”). Iuso, sincero y sin filtro (su sello) parece estar apresado en una compulsión por no olvidar lo vivido. Como si fuera Keith Richards y desconfiara siempre de lo que le pasó, apurado, como si todo hubiera sucedido hoy y hubiera sido escrito ya, con los párrafos del libro alineados a la izquierda y algunos errores ortográficos y de tipeo.

Zina escribe un libro que es un arbolito leve pero de raíces de baobab, el primer minuto de Alma de Diamante: etéreo y poderoso. Y humano, y preocupado por la absurda finitud de la existencia. O mejor: por la existencia que ven sus ojos, como esa abuela española, hija de republicanos, que parecía revivir su vida a cada instante o la otra, la viejita que ve en el subte y a la que puede imaginar viviendo en simultáneo sus distintas edades.

Iuso no, él no observa. O sí, observa pero no como un entomólogo sino como un cazador. Entre la cocaína, la noche, el miedo, los excesos, necesita un nuevo hogar en Guayaquil, ahí donde está becado para hacer arte y dar una charla, charla que se prepara para detonar. Para qué va a mirar la historia si está haciendo historia. Pero eso él no lo sabe: se gasta el dividendo semanal que le dan los ecuatorianos en un banquete romano para recuperar fuerzas de una orgía de la noche anterior y del viandazo que le habían dado los Alplax que se pechó para poder dormir. La charla es un desastre, va más allá del escándalo: le apuntan con un arma, vomita, todo un bardo, y se va de Guayaquil dejando graffiteadas dos frases para la posteridad:

 

PASARLA BIEN ES EL COMPROMISO QUE MÁS ME OPRIME.

YO SOY UN DESEQUILIBRADO QUE CREE EN SÍ MISMO.

 

Scott, como Zina y sus viejitas, también ve el paso del tiempo. Lo ve en la figura de César Candia, un loco que de adolescente se acostaba con  todas, incluso las hacía llorar, era el guacho pistola, pero cuya actitud ahora no podría andar. Dos demostraciones de ese machismo y arden los Whatsapps y el Facebook y medio como que chau. César Candia como el auspiciante del paso de época. Cambió el zeitgeist, hermano, lo siento, no era tan divertido. Además, creciste. Y, dice el autor, los que logran el esplendor en sus primeros años después no logran recuperar aquella feroz intensidad. Como le pasó a Rimbaud, solamente que tuvo el tino de irse a vivir a África y morir joven.

Así de acelerado anda Iuso una vez de vuelta en Buenos Aires. Pero no frena: sigue de joda, porque las estrellas del rock son así. Entonces hay champagne, whisky caro, merca, joda loca, y un violento asalto (en el que lo patean, le mean la espalda) que sirve como corolario del día porque esa mañana su novia lo había dejado diciéndole:

—Vos no tenés actitud de vida próspera.

El poder de la connotación: cómo cada persona elige contar desde su mundo. El yo fue primero que la gallina. Ese recordar, ese (“volver a pasar por la memoria”), que cada quien usa de trinchera para lograr su cometido. Si el de Scott es el doble ejercicio de visitar esos países llamados Argentina y pasado con voz prolija, reflexiva, el de Zina es el de salir a pescar escenas con una lente que va embelleciendo cada rincón de tiempo y el de Iuso es la estrella de rock que se cuenta para recordarse años después, al que le pasan cosas trágicas en el marco del día a día (“Empecé a tomar vodka desde la mañana. Pensaba lo siguiente: si a pocos centímetros de la tierra había huesos, en semejante montículo podría haber muchos cadáveres”).

Son ejemplos también de lo amplia que puede llegar a ser esta enorme categoría llamada literatura del yo.

Porque a priori habría 7.753.000.000 de aproximaciones.

La pasión está en lo que eligen contar, la chispa es volver a pasar por el tamiz del hoy lo que sucedió. Los hechos crudos. Para después sí dotarlos de la magia que cada artista está llamado a hacer (precisa, Scott, bella, Zina, descontrolada, Iuso). Esa es la razón de una historia: nada sucede hasta que no lo recreamos, como el rayo partiendo el árbol en un bosque lejano o en el patio interno de un edificio, fuera de la percepción humana.

En fin. Relatos e historias. Nada más lindo que historias bien contadas. Hechos pequeños de la vida dotados de futuro por estos tres hermosos libros. Nada existió, nada existe sin un presente que lo recree. Cada huevo de dinosaurio desenterrado comienza a contar en ese mismo instante su pasado. Le dejamos el cierre a Scott: “Por eso creo que las cosas no empiezan —aunque quizás en otra dimensión sí lo hayan hecho— hasta que no hay un signo (una imagen, un aroma, una impresión) que reafirme ese comienzo”.

 

Cassette virgen, Edgardo Scott (2021, Emecé).

Íntima distancia, Alejandra Zina (2021, Dábale Arroz).

Otro panorama de libertad, Guillermo Iuso (2017, Mansalva).

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