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"El diario de Rosario"

Federico Watkins escribe sobre "Diario del Dinero", el último libro de Rosario Bléfari.
08/02/2022
"El diario de Rosario"

El diario del dinero, Rosario Bléfari, 2020.

Mansalva, 174 páginas.

En ese gran libro que es El oficio de escribir, el suicida Cesare Pavese nos invita a conocer 25 años de su prodigioso cerebro, profundo, melancólico, que parece haberse abocado a mostrarle solamente el horror de la existencia y la fragilidad del ser humano (¡además de sus propios y mundanos problemas!). Reflexiona Pavese sobre la escritura, sobre la hechura no tanto formal sino con una aproximación que contiene a la forma, pero que apunta un poco más arriba, a las estrellas, por ahí.

Pocas veces leo diarios, y cuando lo hago es siempre con El oficio de escribir en la cabeza. Como un tabla de comparación. Quizás porque fue el primero que leí. En fin: ese ensimismamiento con las fuerzas que no podemos controlar y que nos terminan controlando —hablo del suicidio de Pavese y de la literatura de su diario pero no lo digo en forma despectiva— no tiene lugar en Diario del dinero, el libro de Rosario Bléfari que publicó Mansalva y que su autora no llegó a ver publicado aunque sí terminado: falleció un gris (acá en el Alto Valle) y triste (en toda Argentina) 6 de julio del 2020.

Rosario Bléfari, para quienes no la conozcan, es la protagonista de una peli llamada Silvia Prieto, dirigida por Martín Rejtman, es la cantante de Suárez, la banda con la que la conocí yo, además de solista, poeta, escritora, agitadora cultural, reina del indie, cantante de Sue Mont Mont y el 50% femenino de una de mis bandas favoritas en la Tierra, Los mundos posibles, cuyo único disco, Pinturas de guerra, apenas pasa de los 20 minutos: bellísimo, breve y austero.

Rosario, además, escribió su propio diario, durante un lapso similar al de Pavese, pero basándose en algo un poco más tangible: su vínculo con el dinero y también con la falta de él. O sobre todo con esa ausencia y las maneras que tenemos los ciudadanos de a pie de lidiar con eso.

Desordenado a la manera del cut-up de El almuerzo desnudo, con el que Burroughs mostró el estado alterado de una mente explotando, el diario de Rosario funciona de otra manera. Lo dice ella misma en la contratapa: “Quise que las entradas estuvieran desordenadas como si un viento hubiese entrado por la ventana y volado las hojas.” Cada uno se deja desordenar por el fenómeno que prefiera.

Sin embargo (para dejar en claro que la caprichosa comparación con el libro de Burroughs termina ahí) Diario del dinero nos brinda otra mirada, mucho más reveladora, humana y honesta. Aunque, hay que decirlo, la honestidad en literatura no es un mérito en sí misma: nada es bueno simplemente porque sea verdad o porque nació de las entrañas mismas de quien la enuncia.

Porque acá lo que la autora logró sin proponérselo demasiado es un libro no honesto sino sencillamente magnífico. Un approach único y cercano a la forma en que se relaciona con el mundo y sus reglas: la insoslayable importancia de la superestructura económica. Todo sale dinero. Las cuerdas de la guitarra, la crianza de su hija Nina, las salas de ensayo, la comida, lo que van pagando de alquiler en las diferentes casas donde viven con Fabio (Suárez, su pareja y padre de Nina). El arte está ahí, como un trabajo más, como parte de la ocupación diaria, alejado, al menos en esas páginas, al menos en la forma de meta arte: no hay alusiones más que laterales a la tan mentada ars poética. El mecanismo de este libro es otro. Y eso es lo que hay que festejar.

Navegás hoy por Instagram y es una banda de influencers mostrando la caripela y hablándote de todo lo que tienen en el interior y de cómo la magia de lo artístico les ha permitido no sé qué. Bueno, una de las que mejor ha tratado a esa entelequia llamada arte habla del precio del guiso en 2015 (“choclo, puerro, morrón, y una planta de lechuga para ensalada. Gasto $48”) y de cómo le dolió pagar un taxi en 2019, no de las musas o del equilibrio interno o de mirar el futuro con ojos de sorpresa.

El desorden magnifica esos cambios: nos permite darnos cuenta (porque hay una entrada de 1996 pegada a una de 2015 a una de 2018 a una de 2000 y así) cómo crece la importancia del dinero en la vida mientras pasan los años. Ahí donde una adolescente  Rosario se preocupaba por anotar todo lo que su curiosa mirada registraba, una treintañera reina del indie, ya siendo una de las más notables artistas de su generación, se preocupaba por guardar algo de dinero para hacer discos nuevos. De hacer volar a las alas de la imaginación a darse cuenta de que, además, tenés que pagar el pasaje: eso es la vida.

Por supuesto, esos son mis momentos favoritos del libro: quizás la constatación de que Rosario, esa artista cuya obra tiene la delicadeza de un pajarito, también es alcanzada por esa fuerza gravitatoria llamada fin de mes. Nos subyugamos con la piedad o resignación con que la enfrenta, lo comedido de anotar hasta el más mínimo avatar de su obra social o de los pagos de regalías o la recaudación de los recitales.

Que se entienda: no es el camino de una artista obsesionada con la platita sino con lo necesaria que es para hacer todo lo que hace. Es decir el ritual de cada primero de mes: salir a la jungla a buscar la subsistencia. Lo de todos. Pero a lo Rosario: no es un tratado del dinero. Es un tratado del amor. Con momentos sublimes como cuando anota que determinado día no gastó nada (pequeños triunfos que todos disfrutamos) o un descabellado sorteo de una verdulería en su vereda que sobrepasó la asistencia (como todo sorteo): la gente llegaba a la calle, los colectiveros se ponían de la gorra y los verduleros, acicateados por el caos, adrenalínicos, agregaban productos y por ende extendían la ceremonia con todos los inconvenitenes que eso estaba acarreando en la cuadra.

Recuerdo que cuando mi amigo Martín me contó que Rosario se acababa de morir, estaba en una reunión online y con alguna excusa les pedí que retomásemos en un rato. Me puse triste y me quedé así, pensativo, como cuando se murió Palo Pandolfo: esas personas que forman parte de tu vida desde siempre y a los que sentías como propios sin haber conocido.

La emoción más grande que me deparó esta lectura, entonces, fue la de dar un paseo por la parte más humana de ella: la que aprovecha un ofertón (70$: café con leche, medialunas, jugo), que andaba atrasada con las cuotas del dentista y ni hablar cuando se refiere a su tratamiento, los rayos, las idas y vueltas (también económicas porque, como dijimos, todo es plata) del cáncer que se la terminaría llevando.

De ella queda, acá, todo lo que el dinero no puede comprar. Que en su caso es muchísimo. Y bello. Y humano.

 

 

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