EN PRIMERA PERSONA

"También fue el natalicio de cinco policías": una mirada sobre el caso Gatica cuatro años después

Pettorosso, el defensor de los policías que estuvieron imputados por la muerte de Gatica, plantea que el episodio expuso los efectos de las presiones políticas y mediáticas sobre una investigación penal.
20/07/2026

Hace exactamente cuatro años atrás, un 20 de julio de 2022, en horas de la mañana, fallecía Robinson Gatica (q.e.p.d.), en medio de un procedimiento policial.

Inmediatamente fue detenido el primer policía, sospechado de haber dado muerte al trabajador municipal, con un disparo de su arma reglamentaria. Luego le sucedieron otros cuatro compañeros más, quienes quedaron también sospechados, todos, de ser autores penalmente responsables de, nada menos, del delito de homicidio calificado que prevé una pena en expectativa de prisión perpetua en nuestro Código Penal.

Cinco trabajadores de la seguridad pública fueron injustamente acusados de un crimen que no habían cometido.

Sin perder tiempo, tras el deceso, todavía con el cuerpo caliente, sectores interesados que comulgan con pensamientos del desorden, rápidos de reflejos, intentaron sacar provecho de la situación, para instalar en la sociedad la idea de violencia institucional, con prédicas de “gatillo fácil”, “policía asesina” y otras pestilencias acordes que cantaban a coro, en hordas organizadas por activistas que hacían campañas ideológicas con claros fines de aprovechamiento político del mortal suceso, frente a la dependencia policíaca local.

Se exhibieron pancartas especialmente ideadas para la ocasión, con gritos, megáfonos y pintadas, donde la oportunidad se presentaba más que propicia para denostar a la institución policial.

En la vida intramuros los presos refieren a la cárcel como la tumba; porque en la cultura carcelaria, de cierta forma, entrar allí y ser “tumbero” se percibe como morir, dejar de ser lo que era; y donde perder la libertad a perpetuidad, se lo asume como la muerte misma, sin matices. Viviendo en cautiverio, pero muerto en vida, respirando sin libertad.

Aquella fatídica mañana, cinco policías quedaron cara a cara frente a la muerte, la del propio occiso y la de ellos mismos, con el reproche judicial que les cayera encima, que les proyectara un pasaje sin retorno a una cárcel con encierro perpetuo.

Prisioneros perpetuos por ir a trabajar, por cumplir con sus deberes de función, era la ignominia más perturbadora que cualquier uniformado pudiera sentir en su carrera. Y la sintieron, y la soportaron con hidalguía.

Distintas maturrangas fueron intentadas con objetivo de asegurar el éxito de la aventura judicial a la que fue llevada la familia de quien se presentara como víctima en el proceso judicial.

Comunicados “de apariencias” en prensa y redes sociales, firmados por organizaciones “fantasmas”, inexistentes, que respondían a la autoría de intereses ajenos al clamor de Justicia que se pregonaba; multiplicidad de marchas con bombos y aerosoles que cortaban la avenida coreando “se sabía, se sabía, a Gatica lo mató la Policía”; pericias criminalísticas “militantes” que aseguraban dictámenes sesgados a cargo de profesional inhabilitada para ejercer la medicina en esta jurisdicción; relaciones de amistad de tipo íntima manifiesta con el fiscal de la causa; disimulo de la paliza que recibiera el victimizado previo al arribo del personal policial; notas de opinión en portales y pasquines disidentes; entre otras maniobras y estrategias que no pudieron su cometido, resultando estériles, frente al contundente peso de las evidencias científicas colectadas por el Cuerpo Médico Forense provincial, y en paridad, de la mismísima Corte Suprema de Justicia de la Nacíón, concluyendo en concordancia a los galenos neuquinos.

En apretada síntesis, los expertos forenses concluyeron, todos coincidentes, que la muerte se produjo por un colapso cardíaco en una situación de hiper estrés, en un organismo de salubridad muy debilitada por consumo crónico de estupefacientes.

Efectivamente, quedara probado que Robinson Gatica consumía drogas ilícitas desde hacía mucho tiempo, ya de temprana adolescencia; pero, a pesar de tamaña desgracia conocida por varios -y que horas antes de su deceso se había intoxicado con cocaína- a los narcos que lo envenenaron durante años, nunca se los denunció -de contrario, se los ocultó-; mas sí señalando a los policías que concurrieron prestos en el servicio de auxilio; dado que, va de suyo, asomaba rentable una demanda judicial multimillonaria contra el Estado provincial responsable, en caso de lograrse condenar a los servidores públicos que fueron a cubrir esa emergencia.

Dada la dimensión de los intereses institucionales en juego, en un hecho de enorme trascendencia social que movilizara a una buena parte del colectivo populista, donde las críticas altisonantes pusieran la lupa en el accionar policial y la eficacia del servicio de Justicia, los medios masivos de comunicación locales, regionales y nacionales, cubrieron este caso por completo, desde el inicio del expediente hasta su terminación, durante años, llegando al sobreseimiento de los cinco inocentes.

Los policías honraron el uniforme azul, poniendo en riesgo sus propias vidas y salvando otras, frente a un atacante que los amenazara y lesionara con arma blanca, inmerso en un estado de brote psicótico donde veía entidades espirituales que lo agobiaban, resultando extremadamente peligroso para sí y para terceros.

De corolario, vale subrayar que la aventura judicial no prosperó frente a la tenacidad de las defensas intervinientes. Vayan así, pues, mis salutaciones a los aguerridos colegas que acompañaron técnicamente en el pupitre defensivo, habiendo honrado la Toga en tan delicado caso.

Hoy se cumplen cuatro años de una muerte evitable si se hubiera tratado debidamente el padecimiento de consumos problemáticos que -se sabía- aquejaba al fallecido; y también cuatro calendarios del natalicio de esos cinco policías, felizmente sobreseídos, a quienes va este humilde pero sentido reconocimiento de abogado defensor satisfecho con el triunfo de la verdad perseguida desde el inicio de la causa.-

 

Abog. Cristian Hugo Pettorosso

 

Mat. 2248, CAPN

 

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