2025-02-11

TERCERA TEMPORADA

Juguete Rabioso: hoy compartimos "Alud II” de Cecilia Fresco

En esta nueva entrega de la sección literaria que cura el escritor Diego Réis, un trabajo de la reconocida escritora angosturense.

-¡Cumpa! ¡Acá!

Escucha algo que se estremece entre las ramas, pero el sonido se apaga enseguida y el perro no aparece. Está tan abrigado que le transpira la frente debajo del gorro. Cada vez se abriga más, no quiere enfermarse. Más por orgullo que por miedo: el dieciocho cumplirá setenta y es el único de su edad capaz de llegar al filo. Aún con nieve. Pero le cuesta y le cuesta admitirlo, tal vez esta sea su última cumbre. Haya sido. Ahora ya está bajando y tiene calor. Hace demasiado calor para ser septiembre a esa altura. Entró en el bosque y quedó atrás la nieve, está descansando en un claro en la mitad del camino.

-¡Cumpa, vamos, ahora! ¡Cumpa, vení acá!

Grita con todo lo que tiene, con su voz envejecida, con su miedo en la garganta. Va levantando las cosas y acomodándolas en la mochila. Todavía había luz cuando se sentó a descansar, pero ahora tiene que buscar con la linterna. Ve las pasas de uva desparramadas en el suelo y se siente un viejo torpe ¿por qué se quedó tanto tiempo descansando? Igual sabe que no las necesita, que los pajaritos las van a aprovechar mejor. Guarda el último sándwich en un bolsillo exterior y mira al cielo. Las estrellas se ven enormes, la más lejana, la más fría y brillante es la de Elena, su Elena.

-Cumpa ¡Vamos nene! ¡Vamos que nos vamos! ¡Cumpaaaaaaaa!

Hay ruidos furtivos a su alrededor, pequeños ruidos de bosque, nada parecido a un perro, más bien ratones impacientes esperando su partida. Termina de armar la mochila, deja afuera el agua y toma un trago antes de subirse el cuello hasta la nariz. Sabe que no puede respirar aire frío, pero no hace frío, no el necesario para esta época del año. Acomoda la mochila en un tronco para ponérsela sin esfuerzo, para cuidar los huesos. Aunque esta mochila es liviana, demasiado acolchada, demasiado ergonómica. Es una buena mochilita de ataque, se la regalaron los nietos anticipando el cumpleaños, tiene correas y tiritas para todo. Él les dijo que les debía haber salido una fortuna, que por qué lo querían tanto si era un viejo cabrón, que para qué si le quedaba tan poco tiempo y no iba a llegar a amortizarla, pero aprecia el regalo y el cariño incondicional de los nietos.

La mochila es ajustable de arriba, de abajo, en el pecho, en la cintura. Reparte el peso en todo el cuerpo, pero no le alivia los dolores de rodilla. No le importa: llegó hasta arriba, usó piqueta y grampones por última vez, esta vez sí, última vez. Decide dejarlos ahí, para bajar con menos peso, para que se queden siempre en la montaña como quiere él. Quiere terminar esparcido junto con las cenizas de Elena en el valle que hay entre un lomo y el otro del cerro ¿dónde se habrá metido el perro?

-¡Cumpa! ¡Vamos, nene! ¡Cumpa Cumpaaaa! ¡Vení, vení! ¡Hueso! ¡Mirá, huesitooooo! ¡Vamos que hay que bajar!

Cuando conoció a Elena él era un recién llegado carne de asfalto le dijo ella y le mostró la montaña y le regaló ese amor para siempre: un pie en el valle, un pie en el monte y mi corazón al medio le decía. La primera vez que salieron en invierno se bajaron en el segundo tramo de la aerosilla, había poca gente en esos tiempos, esto es intermedia le dijo después te llevo arriba, desde ahí se ve todo, es la piedra del cóndor, se ve todo. Se fueron a almorzar al bosque donde no había pista ni estaba pisada la nieve. Estaba dura arriba y húmeda abajo, se les hundían los esquíes. Esto se llama nieve cartón, nieve primavera, hay que tener cuidado con la nieve en primavera. El bosque blanco y cargado parecía un cuento fantástico, la ilustración de un libro ruso, un paisaje de Finlandia.

-Cumpita, vamos, vamos. Se viene algo, me doy cuenta. ¡Dale, carajo!

Pensó: si me muero en el mar quiero que me entierren en la montaña y si me muero en la montaña quiero que me entierren en la montaña.

Elena se había muerto en la cama, tranquila. Alegre hasta en eso. Le había dado dos hijos y sus hijos siete nietos que por algún motivo que él no entendía bien, lo adoraban. Elenita, la menor, tan amarilla y feliz como la abuela le decía retrógrado. Te quiero abuelito retrógrado. Abuelito del monte. Abuelito gruñón.

Parado ahí, con la mochila bien ajustada, se hace preguntas sobre su vida. Piensa que sería justo y hermoso morirse ahogado por la nieve, pero sabe que se engaña: no quiere morir, no quiere ser un viejo al que las piernas le duelen y le fallan. Desde que ella murió se siente un sobreviviente y no le pesa esa condición. Se sienta en el tronco en el que apoyó la mochila, el bosque oscurece todo, transpira, no se va a ir sin el perro. No va a dar un paso sin él, pero no le sale la voz para llamarlo.

El tronco está mojado y de a poco el frío le sube por la espalda, piensa que si se queda se va a enfermar, se incorpora y mira hacia arriba unos minutos. Cuando decide empezar a bajar escucha al perro.

Aúlla.

Aúlla como nunca lo había hecho antes y cuando se apaga el aullido empieza el estruendo. Baja rápido, viene desde muy arriba. No puede moverse del terror. Piensa que tal vez no alcance a llegar hasta ahí, que con suerte terminará cerca, antes del bosque, y todo será sólo una anécdota, una más para sumar a tantas. Piensa también que sí puede llegar, que el bosque no alcanzará a frenarlo y que él se transformará así en uno de esos hombres que mueren en su ley. De esos de los que la gente dice, casi contenta en el velorio, casi como si fuera un acto de justicia: y... murió en su ley. Piensa que tal vez no muera y sólo quede lisiado, piensa todo eso en un segundo pero su cuerpo sólo desea ver al perro ¿para qué lo habrá traído? ¿Para qué traer un perro a la montaña? Por egoísmo, nada más, no es lugar para animales domésticos.

Lo ve llegar rebotando, como si viniera viajando en la cresta de una ola. Lo ve bajar traído por la nieve, que llega casi mansa y se detiene frente a sus pies. No está enterrado ni roto. La nieve se lo  entregó entero, ya mudo y todavía tibio.

 

CECILIA FRESCO es escritora y poeta. Nació en Buenos Aires y creció en Bariloche, desde 2006 vive en Villa la Angostura. Ha sido becada por la Fundación Antorchas en el taller de análisis y producción de poesía dictado por Arturo Carrera y Daniel García Helder (2000) y por el Fondo Nacional de las Artes en taller de narrativa dictado por Vicente Battista (2007). Ha publicado las novelas Las Huellas (El Camarote Ediciones, 2010) y Bonaire (Finalista premio FUTUROCK 2021; Ed. Espacio Hudson, 2022). Los libros de poesía Realidad vs Representación (Ediciones del Dock, 2014 – Ediciones de la Grieta, 2024); Super 8 (Ed. de la Grieta, 2020); La Vida en el suelo en conjunto con Natalia Belenguer (Ed. Espacio Hudson, 2019); y La luz es una idea (La Mariposa y la Iguana, 2024). Los libros de cuentos Invierno (Ediciones Patagonia Escrita, 2017) y Circulares en conjunto con Mónica de Torres Curth (FER, 2019). Ha participado de varias antologías. Es integrante del grupo literario ALAMBERSE! de Villa la Angostura. Co-dirige el sitio literario La Zona – Crítica y ficción.

 

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