TERCERA TEMPORADA
Juguete Rabioso: hoy compartimos "El borracho de la Estancia de Don Adolfo", de Javier Santos Rodríguez
No hay luna; y la poca luz de la noche se cierne sólo a las estrellas limbadas y a algunos espejos de agua que la reflejan y la refieren, de cara al Cielo, como un milagro del más allá. El aire es casi azul, azulino, y se esparce como pequeñas gotas de algodón. Liviano, tenue, papel glasé.
Por el norte la sombra gris de unos jinetes se pierde en un recodo del camino y se confunde entre las sombras de las sombras, la alameda alta que toca con su follaje el prisma de las estrellas. Los pastizales parecen cantar un arrullo sedoso que vuelve al peso del aire perfumado de gramíneas. Si no fuera porque me quieren ajusticiar, pienso, dormiría como un angelito contemplando la pampa azul y este cielo negro, mágico, divino..
Pero no puedo dormir, no puedo siquiera soñar. Tampoco salir al camino. El peligro entra en la noche como la noche misma ha entrado en escena.
Me quedo inmóvil como una vizcacha ciega, despierto sobre la tierra, acostado. Estoy detrás del matorral, entre unos espinillos, desde donde puedo entrever el camino azul, los girasoles del campo de los Rosales , la cruz del sur pintando el cielo. Al fondo, bien al fondo, una lucecita amarilla: la pulpería de doña Ercilia.
La banda de don Adolfo Rosales me busca; y si me descubren, sé que no la cuento. Piensan que embaracé a Esperancita. Justo yo. Pero prefiero esa versión a la verdad. Si se supiera la verdad, ay, si supiera don Adolfo la verdad, a mi hijo Juanito lo hacen mortadela. ¿Por qué, Juanito, por qué tuviste que meterte con la hija de don Adolfo?
El silencio poblado de grillos y de ranas de pronto se rompe con el grito y la risa de un borracho que a duras penas va arrastrando las suelas por el pedregullo al costado del camino.
El tipo se para en seco cuando la botella cae delante de mí. Al querer agacharse en busca del vino, tambalea y se tumba como un tronco al pie de mi escondite. Buenas noches, me dice, y creo entender que me considera amigo en la alucinación y la confusión de su ebriedad.
¡Shh!, le chisto para que no hable, para que no delate mi presencia con su voz. Huele a un alcohol pesado. A días y noches de alcohol en la pulpería de doña Ercilia. Enciendo un fósforo para verle la cara.
Descubro no sin zozobra que es el propio Rosales, Adolfo Rosales, quien me mandó matar.
Se ríe y protesta sin darse cuenta de quién soy yo. Dice que un peón de la estancia lo vino a hacer abuelo, que está buscando a don Jacinto —a mí— para hacerlo puré. Me pide si puedo encontrar al susodicho y entregarlo a don Omar, su mano derecha, para que se encargue de él. De mí.
Está tan borracho que no me conoce.
Se sabe por estas tierras que a los borrachos como don Adolfo se les puede tocar el corazón. Entonces le narro la historia.
—Sabe qué, le voy a contar la historia de amor más linda del mundo —empiezo—. Figúrese un muchachito moreno como esta noche, el pelo crespo, los rulos bien marcados. Un muchacho de quince años que escribe poemas a una mujer, más de estancia que de alcurnia. Resulta que el poeta es en realidad un peón y la dulce mujer en sus veinte años cumplidos la rubia más hermosa del pueblo, hija del estanciero más famoso. De la unión santa y atrevida entre estas dos criaturas nacerá un caudillo con el nombre de Juan Manuel, héroe de la Patria.
El borracho don Adolfo se deja entretener por la historia pero algo dentro suyo le dice que a él alguien ya se la ha referido, y en eso interrumpe el relato consultado si esa historia no es la del Rómulo y la Juliana, esa tragedia de amor que le habían narrado una vez los gringos de las tierras del norte, sobre dos novios de familias enconadas y malditas. En eso, el mamao levanta un dedo y dice:
—No me gustan las tragedias, el vino no es buen amigo de las tragedias.
Y empieza a eructar y a hipar como un burro.
—Permítame presentarme don Adolfo —me arriesgo— yo soy el padre de ese morocho; usted el padre de la rubia. La historia que le quiero contar es la de nuestra sangre, que viene mezclándose, al parecer con mucho amor y heroísmo. Si no le gustan las tragedias, entonces deje a los héroes vivos.
Don Adolfo, recuperando la compostura, abre bien los ojos y mira el fulgor de una amistad en mis pupilas despiertas.
Entonces compartimos el resto de la noche hablando de pavadas y chismes, divertidos, juntos, hasta el amanecer.
Para el mediodía, el verdugo y la víctima hacemos las paces.
* JAVIER SANTOS RODRÍGUEZ, 1981, argentino y de San Isidro, GBA Norte. Nacido por casualidad en Tucumán. Pero desde los siete anda por los alrededores de Buenos Aires. Siempre quiso ser escritor, desde chico. Tal vez porque su padre solía inventar historias antes de dormir. Le gusta leer y escribir. Trabaja de bibliotecario cerca de su casa. Tiene algunos libros editados y otros por dar a luz. Enamorado. Risueño. Cantante en la ducha. Lee y practica filosofías a su modo. Se nutre de lecturas breves y escribe con mucha pasión. Busca rincones solitarios donde poder encontrar calma para eso. Viste de blanco por la paz y de rojo por amor. Sabe que la vida es corta y una y que estamos para ser nosotros mismos.