2025-05-17

TERCERA TEMPORADA

Juguete Rabioso: hoy compartimos "Otro día de Verano", de Por Ariel Guzmán

Un hombre cansado, una casa heredada y la invasión de lo mínimo: El autor sumerge al lector en la rutina sofocante de Hernán, un personaje acosado por moscas, pensamientos y un deseo que siempre llega tarde. Entre la pesadez del aire y la memoria del cuerpo, la literatura se tiñe de zumbidos, silencios y restos.

El colectivo abandonó el pavimento para entrar en las calles de tierra. Y Hernán volvió a preguntarse por qué había tenido la mala suerte de heredar la casa de su madre en ese lugar. Pegada a un inmenso campo cubierto de arbustos y yuyos altos. El humo del caño de escape lo envolvió al descender, pero no disimulaba ese olor feo, pesado, que invadía a gran parte del barrio por largos momentos del día. Antes de entrar a su casa se detuvo en la vereda; continuaba sofocado. El peso de las herramientas en el bolso afirmaba el cansancio. Se alentó en voz alta, al abrir la puerta, a soportar las incomodidades que se presentaban. La mayor de todas, contra la que luchaba sin resultados, eran las moscas.

Cargó los pulmones y contuvo la respiración. Apoyó el bolso en el suelo y corrió a abrir las ventanas. La ráfaga de un aire nuevo lo retuvo, y con un largo suspiro recuperó la respiración. Miraba su jardín. Las margaritas crecidas sobre el pasto amarillento se balanceaban y parecían a punto de quebrarse. Los yuyos que rodeaban a los tallos eran iguales a las hojas de achicoria.

Tiró la camisa gruesa, a la que nunca se acostumbraba, sobre una silla, como si hubiera buscado acertarle a algo. Contó cinco moscas en su brazo derecho. Lo sacudió; en su brazo izquierdo había nueve. No podía dejar de contarlas cada vez que se posaban en su cuerpo. Las sentía en la espalda, en los hombros, mientras se sacaba las botas de caucho. Sonaba un leve zumbido.

Se sentó en la reposera sobre vereda. La tranquilidad que necesitaba estaba ahí afuera; adentro, las moscas ocupaban todos los lugares menos el baño. A cada rato le volvía la idea de meterse en el campo a investigar qué las atraía. La causa podía estar en el frigorífico que estaba a menos de un kilómetro. Imaginó la sangre de vacas y cerdos escurriéndose por canaletas que cruzaban el campo en diferentes direcciones. La distancia lo hacía dudar. A las moscas las debía atraer algo que estuviera más cerca, quizás la descomposición del fruto de un árbol o el componente de una planta. Para entrar en el campo necesitaría protegerse de raspones y picaduras con la misma ropa gruesa con la que trabajaba todos los días. El calor lo hacía desistir, era mucho extender el cansancio del trabajo a una escapada como esa.

Cuando oscureció volvió a meterse en la casa. Los mosquitos comenzaron a picarlo y por única vez en el día pensaba que al final las moscas no eran tan insoportables. Además, a esa hora, la cantidad disminuía y parecían cansadas. Levantaban vuelos cortos para apoyarse durante mucho tiempo en la mesada, en los bordes de las puertas, o quedar pegadas en las paredes. Hernán no lograba imaginarse dónde se escondían.

Una vez adentro, buscó los platos de diferentes tamaños, repartidos por distintos lugares de la casa, llenos con dulce de leche. Las moscas atrapadas formaban pequeñas bolas negras. Los limpió y volvió a cargarlos para continuar con esa guerra que no terminaba de ganar.

Un impulso lo hizo darse una ducha. Las ganas de salir aparecieron con el chorro de agua en la cabeza. Necesitaba de una bebida burbujeante al aire libre; de alguien que lo acompañara, y como todas las otras veces pensó en Silvia. Para llegar al centro debía recorrer varios kilómetros. Ya no había tiempo. Quitaría horas a su descanso y al día siguiente estaría de mal humor. El agua, recorriendo su cuerpo, dejó de tener el efecto energizante del comienzo. Todo seguiría encuadrado en la misma rutina.

Silvia permanecía ahí, incrustada en su pensamiento. Y Hernán la llamó sólo para hacerle sonar el teléfono. Una señal que ella no respondió de ninguna manera. Él abrió las puertas de toda la casa, como en cada ataque de furia, con la ilusión de que las moscas se fueran de una vez por todas. Una brisa fresca entró como cada noche para apaciguar otro día de verano.

Hernán masticaba una manzana sobre la vereda y el teléfono sonó en el bolsillo de la bermuda. Silvia susurraba, pidiéndole explicaciones por haberla llamado. Él contestó que por un momento se había sentido tan bien que pensó en ella para salir a tomar algo. Sabía, por lo que ella le contaba, que a esa hora estaría de sobremesa con Alberto o preparando las cosas del jardín de infantes de su hijo para el otro día. Silvia remarcó que no se trataba de querer. No podía. La única manera de un encuentro era pactarlo con tiempo. Silvia prometió concretarlo la noche siguiente.

-¿Vas a tener plata? Soy enfermera, pensá. La excusa es que las emergencias nocturnas en el hospital o en la clínica las pagan al contado. No puedo volver sin un peso.

La voz de Silvia se dejó de escuchar con el impacto del abandono. Hernán volvió a sentirse lejos de todo. Sometido a una angustia repentina como cada vez que entra en la oscuridad de una máquina con una herramienta.

No conseguía dormir y encendió la radio-reloj de la mesa de luz. La música se repetía, lo aburría, las mismas canciones que escuchaba en el taller o desde algún auto en la calle, ninguna lo conectaba con algún recuerdo. No podía mantener los ojos cerrados. Se distraía mirando la oscuridad estrellada por la ventana, pegada a un costado de la cama, cruzada por las ramas de un árbol del campo. Estiró la mano para encender la luz del velador y después apagó la radio. Apareció el compás de las chicharras. Eran las dos y cuarto de la madrugada. El cansancio que tendría no lo dejaría manejar las herramientas con velocidad. No iría a trabajar.

Llegó hasta el comedor y movió las cortinas que daban a la calle. Las carcajadas sonaron ahogadas en el silencio. Hernán hizo un paso hacia atrás, y expectante, observaba la unión de la calle de tierra con la inmensa oscuridad del campo. Dos chicos aparecieron entre los yuyos. Cada uno sostenía una punta de algo que traían colgando. 

Uno de ellos lo soltó. El otro lo sostuvo unos segundos y después lo dejó caer.

-¿Qué hiciste?

-Vamos, dale. ¿Para qué lo querés?

-También se comen.

-Ahora ya no tenemos hambre. Tenemos sed. Vamos que nos quedaba una cerveza -uno de los chicos tomó envión y pateó lo que habían traído colgando. Luego se fueron.

Cuando Hernán estuvo por salir, un taxi que venía a mucha velocidad, se detuvo en su puerta con una frenada ruidosa. Silvia bajaba acomodándose el bolso.

Entró pidiendo permiso en la oscuridad. El perfume dulce y fuerte que traía cambió el aire de la casa, pero no el ánimo de Hernán. La minifalda exponía las piernas macizas y el maquillaje metalizado brillaba en los labios y parpados.

-¿No era qué hoy no podías?

-¿Me vas a saludar con un beso? -se llevó las manos a la cintura y sonrió.

-Sí…

Hernán se acercó y la beso en la mejilla.

-Mañana tengo que ir a preparar a una mujer para una operación, y no iba a poder venir. Tenía que ser hoy. Esta urgencia la atiendo esta noche -volvió a sonreír.

-¿Cómo hiciste para salir así vestida?

-Esperaba otro recibimiento. Me cambié en el baño de una estación de servicio -abrió el bolso y dejó ver una tela blanca.

-¿Qué recibimiento te voy a dar si me estaba por ir a dormir?

 

Hernán se acostó. Silvia lanzaba pequeñas patadas al aire para sacarse los tacos. Después bajó el cierre de la minifalda y movió las caderas hasta dejarla caer. Sacudía las manos, a cada rato, para espantarse las moscas de varias partes del cuerpo.

-Estás moscas te sacan las ganas de cualquier cosa. Apagá la luz -dijo Silvia.

Subió desnuda a la cama por encima del cuerpo de Hernán.

-Dejá el dulce de leche, no sirve, o por lo menos buscá otra cosa más -agregó Silvia.

-Pienso y no encuentro qué.

-No tengás abierta la casa. Después lo mejor sería darle mucho frío, con un aire acondicionado grande no vas a tener ninguna mosca. Y aparte la vamos a pasar mejor, fresquitos.

-¿Para qué? Falta poco y llega el frío.

-Acá ¿cómo es?

-No sé, para mí es todo nuevo. Veremos cómo se comporta la casa en invierno.

-Estamos perdiendo tiempo, me voy tempranito. Si no ya sabés...

 

Después del sexo quedaron en silencio. Silvia se dormía mientras Hernán miraba el techo y escuchaba el crujido de las ramas por la fuerza del viento. Se levantó sin hacer ruido y agarró el bolso de Silvia antes de salir de la habitación.

En la cocina, levantó la chaqueta blanca escote en v y la extendió en el aire. Un bolsillo grande del lado izquierdo tenía impreso con hilo azul el nombre de Silvia. ¿Y el pantalón que completaba el uniforme? ¿Dónde estaba lo que se ponía en lugar de los tacos?

Se asomó a la ventana y lo que habían tirado los chicos continuaba en el mismo lugar. Apretó la llave inglesa, la usaba también como un arma, y salió sintiéndose más seguro.

El gato estaba en una posición extraña. La pata delantera y trasera del lado derecho, rígidas; las del lado izquierdo caídas buscando la tierra. La cabeza apoyada de costado con los ojos abiertos. La mirada perdida del animal lo incomodaba, no podía terminar de completar la idea de que estaba muerto. La herida sobre el estómago se extendía hasta las patas. La curiosidad lo obligaba a mirar adentro de ella, pero una lámina de moscas la cubría, dejando únicamente a la intemperie la sangre que manchaba los pelos de los bordes. También había sangre en la tierra. Todas las moscas, las que se apoyaban en el gato y en la tierra, parecían inmóviles. Hernán sacudió el pie por encima de ellas, con la intención de hacerlas volar, pero no se movieron. 

Dejó abierta la puerta que daba a la calle, y desde adentro, observaba el montículo de ramas con las que había ocultado al gato. Pasó la noche sentado en la oscuridad, con los codos apoyados en las rodillas, sosteniendo la llave inglesa con ambas manos. Recién cuando amaneció la dejó sobre la mesa, a un costado del bolso de Silvia, para cerrar la puerta y las cortinas. Se puso las botas de caucho, la camisa gruesa, y el pantalón de siempre; como cualquier otro día de trabajo. Trajo el machete del fondo, tenía la mitad de la hoja herrumbrada y el mango de madera quebrado a un costado. No entendía para qué lo podría haber usado su madre. Se acomodó la visera de la gorra, y con esfuerzo, esquivó yuyos y troncos para entrar en el campo.

 

Mientras Silvia se despabilaba, sentía las moscas en sus pantorrillas y en el ombligo; subiendo por el cuello hasta el mentón, y revoloteando en el borde de los pezones. Buscó la hora en la radio-reloj: diez de la mañana. La desesperación le impedía encontrar la ropa y el orden para vestirse. Gritaba llamándolo a Hernán. Escuchó el chillido de una puerta al abrirse. Una luz cegadora entraba por la ventana. Frente al espejo, su ropa la avergonzaba; los restos de perfume la repugnaba. Sólo quería irse, sin maquillarse, sin orinar, sin al menos un vaso de agua. No encontraba el bolso.

Silvia entró en la cocina. Su asombro calmó la rabia, pero continuaba con la respiración agitada. Creía que el pecho se le inflaba cada vez más. Hernán la miraba y sonreía apoyado en la mesada. Su camisa estaba cubierta de tierra en los hombros y tenía rasguños en las mejillas y en el dorso de las manos. A su lado, a un costado de la pileta, resaltaba la cabeza de una vaca con los ojos abiertos, el izquierdo hundido, sobre un papel madera que no absorbía toda la sangre que chorreaba.

-Al final era como yo pensaba -dijo Hernán.

Las moscas habían desaparecido. Silvia dejó de andar a las brazadas para quitárselas de encima. Avanzó unos pasos y las descubrió a los pies de Hernán; pegadas en una mancha de sangre que no dejaba de agrandarse en el suelo. Retrocedió y le dio la espalda para afirmarse en la mesa. Estiró la chaqueta que cubría su bolso.

-Esa no te entra, con eso no trabajás. Ponétela.

Silvia la dobló y después la guardó. En el momento que levantó la llave inglesa, sintió la mano áspera y húmeda de Hernán, apoyada en su hombro.

*

ARIEL GUZMÁN (1975, Córdoba, Argentina) estudió Comunicación Social en la Universidad Nacional de Córdoba. En 2016 su novela “Casas de naipes” fue finalista del Premio Literario Provincia de Córdoba. En 2017 participó en la antología de cuentos cordobeses llamada “Esperando el 601” y ese año publicó el libro de cuentos “Paseo de sombras” por la editorial Postales Japonesas. En 2018 su novela “Objetos para ocultar el vacío” obtuvo el segundo premio en el Concurso Premio Municipal de Literatura Luis de Tejeda y fue publicada por la Editorial Municipal al año siguiente. En 2019 ganó el segundo lugar con el cuento “El otro costado de la casa” en el Certamen Nacional de Cuento General Cabrera. En 2020 ganó el segundo premio con el cuento “Un anticipo de las cosas” en el 7 Concurso Literario ACIC (Asociación Cultural Israelita de Córdoba). En 2021 ganó el tercer lugar con el cuento “En el centro” en el Certamen Provincial de Relatos “Tributo a Daniel Salzano”. Y ese mismo año obtuvo una mención en el Concurso Literario “Jorge Ramallo-Homenaje” organizado por la Agencia Córdoba Cultura junto a la Biblioteca Popular Mariano Moreno de la Ciudad de Río Cuarto con el cuento “El poder de las fieras”. En 2023 participó en una antología de cuentos publicada por el Área de Publicaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba. Sus textos han sido publicados en medios virtuales y gráficos de todo el país. Dicta clínicas y talleres de escritura.

 

 

 

 

 

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